El informe

24 junio, 2017 § Deja un comentario

… Desde el primer día me llamaron “Jefe”, los más tímidos “Señor Jefe” y los otros, los que no tienen arreglo, no me llamaban de ninguna manera. Nunca dije mí nombre, nadie lo preguntó. Siempre fui la representación de mi rango…
(Introducción necesaria)


A Jefe le pareció que hacer una descripción sobre el comportamiento de los sujetos investigados, podía interpretarse como un intento para influir en quienes leyeran el informe. Nada más lejano de sus intenciones. Y menos aun en este caso particular. Su futuro dependía, se lo había insinuado el superior inmediato, de los resultados y de la prontitud con que el informe llegara a manos de los altos rangos. Tienes que ser, le dijo, rápido y certero, no dejarte mezclar en divagaciones inútiles y presentarlo de manera que no deje lugar a la duda.
Durante la investigación Jefe analizó diferentes maneras de presentar los hechos. Cuando tuvo claro el resultado final se encerró en el mismo lugar donde había escuchado las respuestas de los involucrados y barajó, esa es la palabra, barajó, las opciones que tenía para hacer que el caso y aun más, su desenlace, fueran creíbles. Apegado a la técnica, consideró el planteamiento en el estilo impersonal, cronológico, de los informes; pensó también que si incluía algunos perfiles que mostraran la naturaleza de los involucrados lograría estimular el interés de los lectores oficiales. Se entusiasmó con la idea y la trabajó mientras los interrogatorios enriquecían el material de base. Siempre soñó con escribir una novela y sin proponérselo la ocasión había caído entre sus manos, por supuesto, no sería una novela en el sentido tradicional, con forma de libro y cientos de ejemplares impresos, sería, en apariencia, lo que siempre son los informes oficiales: un ladrillo. Un ladrillo con historia y con final, como una novela. Sería eso en lugar de la compilación de sucesos ordenados para la interpretación de los altos rangos.


Se la iba a jugar. El superior inmediato le había insinuado que lo hiciera, sin especificar cómo. La puerta a la innovación estaba abierta. ¿O será que entendió mal y el superior solo le había sugerido que hiciera un trabajo para cuidar el puesto? Cuando la duda lo asaltó, esa es la palabra, asaltó, se encontraba en interrogatorio; lo suspendió y citó al hombre con figura de músculos saltones para la mañana siguiente. Dio por terminadas las entrevistas del día y se encerró en el despacho, antiguo camerino del ilusionista desaparecido sujeto de la investigación, adaptado para su labor. ¿Será que entendí mal? se preguntó con insistencia. ¿Será que repetir acciones y sucesos es más efectivo para conservar el puesto, que hacer demostraciones de ingenio? A pesar de las dudas, las desechó, y sin esperar la luz del día se concentró en la tarea de organizar el material para escribir el Informe, con mayúsculas, que siempre esperó entregar a quienes pertenecía tomar la decisión. Sus dotes de escritor quedarían a flor para que los superiores reconocieran el talento que cuajó, esa es la palabra, cuajó entre ellos.
Intercaló jornadas de indagatoria con largas sesiones de escritura. La luz en el ojo de buey de su despacho, desde el primer día corrigió a quienes llamaron su lugar de trabajo “carromato” o “camerino”, permanecía prendida hasta horas en las que la mayoría dormía y volvía a brillar antes de que ninguno hubiese regresado de sus sueños. Repasó los interrogatorios y mezcló apartes que le ayudaron a construir la trama y no se permitió la facilidad de preparar para los lectores oficiales lo que era considerado desde siempre como un simple informe de investigación. En el arrebato, esa es la palabra, arrebato de la escritura olvidó las preocupaciones técnicas específicas a su profesión, es decir: rendición clara y escueta de los hechos; y se concentró en el suspenso de la trama. Tuvo la certeza de encontrar facetas, en los interrogados, que de otra manera hubieran permanecido en la oscuridad. Vio con claridad las relaciones que se tejen entre personas que comparten a diario durante mucho tiempo y desde el momento en que tomó la decisión de cambiar el tono del informe tuvo la convicción de haber llegado a lo que en realidad sucedió. Un amanecer, la inquietud del desenlace comenzó a hacer mella, lo atrajo con tal energía que las insinuaciones del superior inmediato sobre rapidez y acierto apoyaron su creencia, pues, se repitió, si los hechos se enumeran en un informe, así con minúscula, como él exige, nadie va a dar crédito a lo sucedido.


Los hechos tenían un origen incierto y por esto mismo estaba seguro de que podía comenzar a partir de la definición concreta del suceso culminante y, a partir de él, ir en marcha atrás descubriendo móviles e involucrados; sin embargo, no podía anunciarlo desde el comienzo pues las circunstancias de trama y suspenso lo impedían. Pasó días y noches pegado al portátil de dotación. Cuando terminó, grabó el texto en el puerto USB, lo imprimió y lo dejó sobre una de las dos sillas que utilizaron los testigos en los interrogatorios, parte del mobiliario desde antes de su llegada. Observó desde su puesto el paquete, cinco y medio centímetros de espesor, durante tres días sin tocarlo. De memoria, folio tras folio, repitió lo escrito. No lo mostró a nadie, ni siquiera al hombre que puso el denuncio de desaparición del ilusionista, nombrado en todos los testimonios como el Enano Director. Durante esos tres días tampoco se dejó ver. Esperó. Hizo el recuento y cuando consideró que lo tenía bajo control reapareció orgulloso del cartapacio que llevaba en el maletín de cuero negro. Aquí llevo una obra maestra, pensó cuando se sintió observado y cuando el Enano Director lo abordó en el momento de subir al automóvil oficial que fue a recogerlo, le repitió golpeando el maletín con la palma de la mano: aquí llevo una obra maestra.
Quienes hayan llegado a este punto del relato se darán cuenta de que ya no se narrará desde la mirada de alguien que desde afuera narra las peripecias, angustias y orgullos del aquel a quien todos llaman Jefe, porque a nadie se le ocurrió preguntar su nombre; sino, con la voz de un tercero que pasa a hablar en primera persona y se toma atribuciones quizá molestas para los lectores desprevenidos. Se preguntarán quién soy, cuál es mi posición en el Informe y sobre todo, cómo y por qué llegó a mis manos, y aunque quisiera decirlo con amplitud aplacaré la curiosidad de quienes se han hecho la pregunta con un tecnicismo: “reserva del sumario”. ¿Y entonces qué hago aquí? como respuesta debo entrar en una explicación, corta, para no abrumar, esa es la palabra, abrumar. Primero, no diré mi nombre. Segundo, no serán ustedes quienes lean el Informe, esa fue mí tarea; les quise evitar fatigas inútiles para facilitar la comprensión de los hechos. Es importante que entiendan que lo sucedido parece mentira y que esa fue la chispa que desató las veleidades, esa es la palabra, veleidades, de escritor de Jefe. Me tomé el trabajo de entrar en las páginas del Informe que llevaba aquel día en su maletín e hice el resumen. En otras palabras lo leí por ustedes.


Puedo decir que Jefe encontró lo que debía encontrar, no se equivocó, pero recurrió a sus dotes literarias para narrar, esa es la palabra, narrar los hechos. Utilizó, por supuesto, recursos de escritor para enfatizar los apartes que consideraba importantes. Comenzó sugiriendo que el Ilusionista desapareció sin dejar rastro porque no entendió la sutileza de una treta de prestidigitación y en lugar de regresar al lugar de la práctica se perdió en los confines de la magia. Esta afirmación es, por lo menos, una forma de eliminar posibles implicados, quitar la racionalidad que distingue ese tipo de informes y abrir un espacio sin medida en linderos que, solo alguien, con la imaginación de Jefe, tiene la posibilidad de narrar.
Ignoro cuál fue la acogida que tuvo el Informe pero eso tiene poca importancia porque, en el estricto sentido de su actividad, los superiores hubiesen tenido poco o nada para juzgar, si no es la desaparición de un ciudadano que en la mayoría de los casos queda sin resolver. Para las personas que viven en el mundo de la investigación era un caso común: la sospecha, el interrogatorio, el acusado, el occiso o la condena, que no hubiese revestido, de no ser por el Informe de Jefe, ningún interés particular. La forma de narrar los hechos, para mí un rasgo de genialidad, fue lo que atrajo mi atención, porque encontré placentero, esa es la palabra, placentero, verme narrado como si yo fuera un personaje de esos que van y vienen por la magia, esa es la palabra, magia, de la ficción…
Nota: Encontré este documento en el desorden de mi computadora. Lo transcribo tal cual. Puedo asegurar que busqué el informe pero desapareció también…
Argumento. Un salón cuadrado, dos ventanas y tres puertas, dos en los muros enfrentados y en ángulo recto con relación a las ventanas. La tercera puerta en la pared opuesta. Una mesa con flores y tres cuadros: dos paisajes y la reproducción de un desnudo. Un sofá frente a las ventanas y dos sillas en ángulo recto. Una mesa de centro, a nivel de las rodillas, donde una joven pondrá bebidas y comida o pasabocas si son necesarios. Cuando el protagonista entre inicia la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial


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