La bala perdida

19 junio, 2017 § Deja un comentario

Miércoles, nueve y media de la mañana. Por primera y última vez, en el mismo momento en que ocupó la mesa del segundo piso de la biblioteca, frente al gran ventanal, notó el agujero. Nunca antes lo había visto. Era pequeño, a la altura de los ojos, redondo, limpio, sin astillas, como de bala. Cuando ya estaba en su silla y sin haber escuchado la detonación, sintió el impacto de un proyectil, hubiera podido ser algo distinto, en su ojo izquierdo. Tuvo tiempo para considerar el significado del agujero en los ventanales de la biblioteca y después nada, o mejor, todo.
No podría decir que la vio venir pero cuando el brillo lo deslumbró presintió la bala, el roce veloz del metal con el vidrio confirmó la corazonada pero ya no había nada que hacer y tampoco se le ocurrió hacer nada. Una forma creció ante sus ojos y algo parecido a un puñetazo lo empujó hacia atrás. Un estremecimiento interior sacó su cerebro de madre y su corazón estalló. Dio una voltereta y se encontró de espaldas sobre el piso, inmóvil, con el ojo derecho fijo en la lámpara de un solo bombillo apagado a esa hora, y con el cerebro en efervescencia a pesar del impacto. La sorpresa lo llevó a un estado de agudeza inesperado. No sentía el cuerpo, sabía que estaba muerto o en trance de estarlo e intuía que de ese momento en adelante y mientras le quedaran fuerzas y capacidad debía intentar reconstruir para su propia satisfacción y para facilidad de los investigadores los hechos del atentado, porque había sido un atentado, no había sido una bala perdida y menos aun un accidente. En ese momento era el testigo y por supuesto, la víctima de un atentado.
Su interés por la investigación que un grupo de científicos venía realizando sobre la reconstrucción de la memoria en imágenes con la ayuda del Escáner Mercurial lo había llevado a la biblioteca ese día. Había escrito un “paper” sobre el tema y estaba intentando ponerse en contacto con otros investigadores pues un artículo aparecido en la Global Medical Review confirmaba su tesis sobre la digitación de las células del cerebro donde se encuentra la memoria y la posibilidad de reproducir en imágenes, como en una película, las actividades que el sujeto realizara en los momentos previos al análisis. La diferencia entre sus investigaciones y los resultados expuestos en la Revista estaba en la descripción detallada de un cierto número de ejercicios realizados con voluntarios. Los autores dejaban planteada una posición optimista frente a la hipótesis del alcance que su análisis podía tener en todas las actividades realizadas por el sujeto durante su vida. La información acumulada en el cerebro por su configuración en capas, como el tronco de un árbol, hacía viable la posibilidad convertir en imágenes las capas exteriores y debía ser posible también hacer lo mismo con las más profundas, aquellas más alejadas en el tiempo.


Recordó cómo devoró el artículo cuando Gloria, la encargada de las revistas se la entregó. La coincidencia del trabajo científico con el suyo lo emocionaron hasta el punto de convertir en obligación el contacto con los autores del artículo. La participación en el proyecto, incluso como voluntario, fue la motivación para afrontar el sueño que lo había perseguido como una pesadilla y que escribió bajo el título: “La visualización de la memoria digitalizada en una pantalla de ordenador, susceptible de ser vista por otros como una película”.
En el número siguiente de la Revista, el grupo de investigadores publicó un segundo artículo donde destacaban que el mecanismo del ojo humano era como un lente de resolución perfecta que permitía ampliaciones de hasta el mil doscientos por ciento de las imágenes captadas y almacenadas en la memoria. Al final del artículo y a manera de ejemplo los autores mencionaban “Blow up” la película de Michelangelo Antonioni, de los años sesenta del siglo veinte, donde un fotógrafo, sin proponérselo, contribuye a esclarecer un asesinato cometido en el Hyde Park de Londres ampliando hasta el máximo un detalle distante de la imagen que había querido fotografiar.
Esa mañana, cuando ocupó su mesa de la biblioteca todavía esperaba respuesta de los autores del artículo. Había tenido un primer contacto vía e-mail con los editores, quienes después de evaluar su interés, lo pusieron en contacto con el grupo de trabajo. Estaba ansioso por conocer la respuesta que daría inicio a su vinculación con el grupo. Por eso cuando percibió el destello y cayó al piso después del estremecimiento, su primer pensamiento fue para ellos. Comprendió que la reconstrucción de las primeras capas del cerebro facilitaría la labor de los investigadores. Su preocupación por registrar el momento del impacto en las capas exteriores del cerebro, donde se almacena la memoria, lo llevó a registrar el momento del disparo con la certeza de que a partir de ese detalle era posible identificar el autor del atentado, porque a diferencia de la imagen análoga en la película de Antonioni, en su caso la imagen sería digital y permitiría con toda seguridad una ampliación perfecta sin deformación o borrosidad alguna.
Estaba seguro de que había sido víctima de un atentado, no le cabía en la cabeza que hubiera sido un accidente: una bala perdida. No era posible, los accidentes no eran lo suyo, era práctico en exceso para permitir que cualquier evento pudiera salirse de control. Tampoco consideraba los imponderables. Para alguien como él no era deseable aparecer en los periódicos como la víctima de una bala perdida y aunque nunca imaginó que su vida terminara bajo las balas de un matón a sueldo, estaba dentro de lo posible y viéndolo bien, le gustaba. La situación le atribuía un cierto halo de héroe sacrificado. Con el ojo derecho fijo en la lámpara hizo desfilar por su memoria el lugar donde todas las mañanas a la misma hora se sentaba a leer, estudiar, preparar clase, o hacer nada. Lo vio rodeado de gente en una algarabía inusual. En el tumulto, los hombres gritaban y las mujeres se tomaban la cabeza entre las manos. Imaginó gente señalando en la distancia, desde los ventanales de la biblioteca, el lugar de donde había venido la bala; el lugar donde se hallaba el culpable. Pero no escuchaba nada, solo un pequeño zumbido que parecía entrar por un oído y salir por el otro, nada más.


Hasta que un ruido lo desconcentró, quiso mirar hacia el lugar de donde vino pero el ojo derecho no se movió de la lámpara. Deben estar haciendo los preparativos para trasladarme a un lugar donde me encuentre cómodo, donde la gente pueda visitarme. Creyó ver en el bombillo sombras corriendo para lado y lado; creyó escuchar mujeres llorando; un hombre vestido con uniforme de guardia privado examinaba el orificio redondo y perfecto, sin astillas, en el ventanal de la biblioteca a la altura de su cabeza. A medida que pasaban los minutos el remolino de gente era más numeroso ¿Es posible que alguno de ellos hubiera concebido el complot y después de ejecutarlo se mezclara con el público lloroso y preocupado?
Repasó si algún amigo nuevo había llegado en los últimos meses a sus cercanías; algún estudiante demasiado obsequioso o trabajador hasta el punto de volverse meloso; un vecino conversador más allá de lo normal que sugiere reuniones con amigas los viernes después del trabajo. Por más que buscó no encontró pistas que lo llevaran a personas con esas características. Los amigos eran los mismos desde siempre; su novia, resignada a tener novio toda la vida; los vecinos no habían cambiado desde el día en que su mamá le dejó el apartamento como herencia por adelantado.
Con el ojo fijo en el bombillo como en la bola de cristal llegó a la conclusión de que a él lo habían matado de lejos, como se mata a los grandes. Dejó esa reflexión bien visible en la superficie del cerebro. Pero aún así los asesinos habían tenido que preparar la acción, imaginarla y ejecutarla; fueron el brazo armado que la finalizó y aunque en apariencia estaban solos, detrás de ellos había otros que pensaron, programaron y llevaron a cabo la operación sobre el papel. El esfuerzo por dejar claro lo que debía o no quedar en la superficie de su cerebro lo debilitó. La poca energía que le quedaba se consumió en el intento por dejar pistas para los investigadores. Sabía que si los autores del artículo sobre la digitación de las capas de la memoria que tanto se parecía al escrito por él, lo tenían en cuenta como prototipo de las posibilidades científicas de su proyecto, la información que dejara a flor de cerebro era fundamental. De sus fuerzas sólo quedaba un recuerdo borroso y entonces el deseo de descansar lo invadió. No ver más, no decir más, no escuchar más, su misión estaba cumplida, los murmullos eran más y más lejanos. Cerrar los ojos repitió. Su ojo derecho no obedeció, recibió la orden tan débilmente como las voces y las imágenes que desaparecían, se quedó abierto, fijo en el vacío. Cuando sintió un manto blanco que lo cubría suavemente como si le fuera a cuidar el sueño, el silencio lo invadió.


Al final de la tarde, Gloria, la encargada de las revistas, lo encontró en el suelo al lado de una de las mesas del segundo piso, muerto. Nadie había pasado por allí en todo el día y asustada dio la alarma. Un infarto fulminante, dijo el médico legista al hacer el levantamiento. Cuando la figura de la empleada se reflejó en los ventanales sin rasguños, perfectos, orgullo de la biblioteca, se sintió triste, ya no iba a tener a quién mostrar las revistas nuevas cuando llegaran. La noche prometía ser oscura…

Argumento. Una mujer, o un hombre, vende lotería en una esquina. Cada día ofrece el número que corresponde a su lugar en la semana. El miércoles el tres, el viernes el cinco, el domingo el siete. Un lunes cambia los números: el domingo pasa a ser el dos, el jueves el uno, el martes el cinco… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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