Todos tenemos un celular

3 junio, 2017 § Deja un comentario


Las dos de la tarde. Un mostrador venta de café a un lado, dos sillas dobles en frente; dos sencillas, ocupo una de las sencillas, y otra doble en frente de las sencillas completan los muebles alrededor del espacio de nadie en un costado del hall, abierto hasta un cuarto piso, donde la gente espera. Un guardia en el ventanal
entre el primer piso del hall y la planta baja, donde espero, vigila, no se mueve, su trabajo es estar quieto y vigilar. Un hombre mayor lee un extenso documento en la silla doble al otro lado del espacio de nadie frente a mí, cada diez líneas mira el celular que tiene al lado. Una mujer en otra silla doble, vecina y perpendicular a la mía, juega con un pitillo entre sus labios. Una mesa cuadrada separa su silla doble de la mía, sencilla. La mujer juega con el pitillo y bebe a sorbos medidos un café granizado; cruza y descruza las piernas enfundadas en un pantalón negro pegado al cuerpo, juega con el pitillo y mira su celular. Tiene un periódico pero no lo lee, lo sujeta con la misma mano que sujeta el celular, con la izquierda sostiene el vaso desechable. Por momentos deja el periódico y el celular sobre sus piernas y con el pitillo escarba al interior del vaso, entonces lo apoya contra la pierna del mismo lado. Decide entonces sacar un lapicero del bolso y abrir el periódico en la página de los acertijos. En una acción continua sostiene el vaso contra la pierna mientras mira el periódico y el celular y busca las palabras en el acertijo, una sopa de letras. Se concentra, juega con el pitillo y cuando encuentra una palabra sostiene el vaso contra su costado y la señala. Repite el movimiento: vaso al costado, periódico y celular sobre las piernas y búsqueda de la palabra. Hasta el momento solo la he visto de perfil, tiene la cabeza pequeña, el pelo cogido en una cola, también pequeña, y nada de maquillaje. No parece a la espera de nada quizá se sentó allí a descansar. En la silla doble vecina a la mujer del pitillo, un hombre con dos niños, niño y niña, hace selfies; a veces él a un lado, a veces entre los niños que corretean por el hall y vuelven a la silla doble para otro selfie. Los niños van y vienen, vuelven a la silla donde el papá mira fijamente el celular, debe ser el papá. La mujer del pitillo se fatiga de la sopa de letras, termina el granizado, deja el vaso vacío sobre la mesa entre su silla y la mía, aparenta leer el periódico pero el celular puede más. Mientras tanto una mujer mayor, muy mayor, una abuela, ocupa de medio lado, una nalga en el aire, la silla vecina a la mía y habla por celular, dice algunas palabras que no entiendo, escucha otras tantas, corta la llamada y parte. Al mismo tiempo otra mujer muy joven ocupa el puesto en la silla doble al lado del hombre mayor que lee el documento y cada diez líneas mira su celular; a pesar del calor la mujer muy joven viste chaqueta de cuero y botas más arriba del tobillo, vino en moto, me digo, pero no veo su casco; se sienta, saca el celular y como todos, lo mira fijamente; se da cuenta que la miro entonces me mira y como no me conoce deja de mirarme y vuelve al celular. La mujer del pitillo se levanta al mismo tiempo que la joven con chaqueta de cuero se sienta, toma el vaso desechable vacío, cruza el espacio de nadie entre las sillas dispuestas en rectángulo y el mostrador, venta de café, va hasta los depósitos de basura, tira el desechable y lentamente como si midiera sus pasos o los contara, hace un rodeo amplio en el hall y desaparece por una de las entradas a mi izquierda con la mirada clavada en el celular. Un hombre joven, con barriga y celular, ocupa el puesto donde estaba la mujer del pitillo en el mismo instante en que ella se levanta; como todo el mundo juega o lee o habla con su celular. Al mismo tiempo tres mujeres mayores, una de ellas con uniforme, llegan al mostrador donde venden café. Desde mi puesto solo veo sus espaldas, están recostadas contra el mostrador y no veo sus caras, las tres llevan un celular en la mano derecha. Georges Perec decía que todo el mundo llevaba siempre algo en la mano derecha. Se demoran poco, cuando parten son reemplazadas por otra mujer que parece joven y también intenta comprar café. Todas llevan un celular en su mano derecha. El hombre joven con barriga, que ocupó el puesto de la mujer del pitillo, resultó ser el tío, ¿o el papá? de los niños que se hacen selfies. De repente abandona el puesto y pasa a ocupar el espacio que dejan libre los niños y el otro que no parece su hermano. Cuando el hombre joven con barriga, sin quitar los ojos de su celular, cambia de puesto el otro se va y los niños quedan con él. Entonces aparece en la zona de nadie una mujer pequeña de pelo negro y largo; los niños al verla corren donde ella pero el hombre joven con barriga no la mira, no la conoce o la conoce tanto que la ignora.


La mujer pequeña de pelo negro, largo, dice algo a los niños, van los tres donde el hombre joven con barriga y sin mediar palabra, con un gesto seco le piden el celular, él lo entrega y parten todos en la misma dirección de la mujer del pitillo. Entre tiempo la joven con chaqueta de cuero habla por celular con la cabeza hacia atrás recostada sobre el espaldar de la silla, solo veo su boca y no distingo si llora o ríe. Cuando el hombre mayor que lee el documento y mira el celular se levanta de su puesto, la joven con chaqueta de cuero se expande en la silla doble, ahora para ella sola. El hombre mayor que lee, con el documento bajo el brazo y el celular en la mano, va hasta el mostrador y pide un café. Se cruza en el espacio de nadie con una mujer que ríe sola, come chicle, mira su celular como todos y pasa como una exhalación. Me doy cuenta de que la joven con chaqueta de cuero me mira, se levanta y viene hacia mí, pienso que me va a hablar, me preguntó qué me irá a decir pero no dice nada, pasa a mi lado sin mirarme. Otra mujer, no tan joven y con la mirada puesta en su celular, ocupa el puesto vecino al que dejó la joven con chaqueta de cuero. El hombre mayor que lee cambió de lugar y se sienta ahora donde antes estaban los niños y los tíos haciéndose selfies. La joven con chaqueta de cuero regresa comiendo helado, se sienta en el lugar que antes ocupó el hombre joven con barriga y antes que él la mujer del pitillo. Otro hombre joven llega con su celular en la mano al puesto vecino de la mujer no tan joven que se sentó donde estaba la joven con chaqueta de cuero antes de partir, hablan, ríen, se muestran el celular y parten. Otro hombre mayor con camisa de cuadros rojos ocupa esa silla doble, libre ahora, saca su celular, abre la boca y se queda mirándolo. El guardia desapareció del entrepiso. La joven con chaqueta de cuero y el hombre mayor con camisa a cuadros rojos no se despegan de sus celulares. El hombre mayor que lee y mira su celular cada cierto tiempo, lee el documento que, me parece, tiene unas sesenta páginas. Mis ojos se cierran, hace calor, dejo el computador en mi puesto y voy al mostrador al otro lado del espacio de nadie por un café. La mujer vestida de blanco lo sirve en un pocillo desechable pequeño; pago, ella registra la venta, me entrega el recibo y dos monedas, tomo el pocillo pero no lo levanto lo suficiente, lo golpeo contra un borde y el café se derrama sobre la mesa cerca de la máquina registradora. La mujer con un trapo seco limpia el reguero de café, le pido disculpas, ella me dice que no me preocupe y al mismo tiempo, como ve que intento ayudarle, me dice: póngale cuidado a su computador no le quite el ojo de encima. Luego me trae otro café. Intento pagárselo pero no recibe el dinero: tranquilo dice, no fue culpa suya. Cuando regreso a mi puesto con el café, tres mujeres mayores rodean al hombre mayor que lee, le hacen preguntas, él muestra el celular, sin decir más parten por el lado opuesto a la mujer del pitillo. La joven con chaqueta de cuero no se ha movido de su puesto y teclea en su celular a una velocidad asombrosa, teclea y bosteza. Una señora de verde se sienta en la silla vecina a mi lado y se inclina hacia mi en un intento por ver qué hago, me volteo hacia la izquierda para que no vea la pantalla de mi computador y la miro de frente, ella también me mira, es bajita y redonda, sonríe y se va. En el lugar donde antes estuvo la mujer no tan joven que se fue con el joven que vino por ella y antes la joven con chaqueta de cuero y antes el hombre mayor que lee, ahora, hay dos mujeres, las dos pegadas de sus celulares: una madre con dos niñas y una joven de uniforme azul con una maleta sobre las piernas. La madre deja su celular y da tetero a una de las niñas mientras la otra niña juega con un celular. En la silla que dejó el hombre mayor que lee, una joven morena y gruesa que acompaña a una mujer mayor en silla de ruedas descansa, no espera, no tiene celular y si lo tiene no lo ha sacado. La madre con las dos niñas sigue dando tetero a una de ellas y, con dificultad, mira el celular en la mano libre. Por alguna razón la silla a mi lado es ocupada por gentes de paso. La mujer mayor que se sentó con media nalga en el aire, la mujer bajita y redonda que intentó ver la pantalla de la computadora y ahora un hombre que se quita los zapatos, estira los pies, saca el celular, lo mira, no encuentra lo que busca, se pone de nuevo los zapatos y se va por donde nadie se ha ido hasta ahora. En la silla donde estaba la joven morena y gruesa, compañera de la mujer mayor en silla de ruedas, están ahora una mujer embarazada y un hombre, parece el padre; los dos miran sus celulares.


Después de la partida del hombre que se quitó los zapatos vinieron unos segundos, quizá minutos, de reposo; nadie se movió, nadie se fue y nadie llegó. El puesto a mi lado quedó libre, el puesto al lado de la joven con chaqueta de cuero también. El guardia en el ventanal volvió a su puesto, su recorrido es de un lado a otro de la ventana, cuatro pasos a la derecha, cuatro a la izquierda con reposo en cualquier lugar del recorrido y la posibilidad de mirar el hall que se ve en su totalidad desde su puesto de vigilancia. La mujer embarazada y el marido, supongo que es el marido, guardan sus celulares y parten. Una pareja joven llega. La joven con chaqueta de cuero ya no teclea en su celular, habla, tose, bosteza y habla. La sensación de que ninguno de los presentes espera se impone. Una mujer grande, rubia, con tetas enormes pasa cerca; al mismo tiempo dos ancianas tomando jugo de mandarina también y una joven flaca y alta, demasiado alta se para en el centro del espacio de nadie, mira sin mirar, consulta su celular y se va en el mismo momento en que dos mujeres mayores, que no están juntas ocupan los puestos libres al lado de la joven con chaqueta de cuero y al mío. La que se sienta a mi lado me saluda y se tapa media cara con una mano. La que se sienta al lado de la joven con chaqueta de cuero lleva gafas oscuras a pesar de que no hay sol y toma café en pocillo desechable. Sus gafas son de espejo, alcanzo a ver mi reflejo en ellas. La mujer toma el café apurada, en tres sorbos llega al final. La joven con chaqueta de cuero empaca su celular y deja su puesto, se fue. La mujer de las gafas de espejo se queda quieta como una estatua después de tomarse el café y la que ocupó la silla a mi lado sacó su celular, en el momento en que se iba a concentrar en él una joven llegó por ella. La mujer con las gafas de espejo deja su puesto cuando su celular timbra y la joven con chaqueta de cuero regresa. La madre con las dos niñas se fue y la joven con uniforme azul está aun allí pegada al celular. La  joven con chaqueta de cuero organiza su morral, saca cosas, no alcanzo a ver qué saca, mira, organiza y guarda de nuevo, repite la acción al menos tres veces, entonces se acomoda, se prepara para estar allí un buen rato, saca el celular y chatea. Un hombre con el pelo desteñido y una mano enyesada aparece y desaparece rápido. Ahora están la joven con chaqueta de cuero, la mujer con uniforme y maleta sobre las piernas y otra mujer que no sé de dónde salió; las tres pegadas a sus celulares. Un hombre sin pelo toma coca-cola parado al lado del mostrador y mira de reojo para todo lado, no lleva celular y si lleva no lo muestra. Como un fantasma el hombre con pelo desteñido y mano enyesada aparece y desaparece. En una de las sillas dobles aparece un hombre con muletas y celular. Dos horas después de llegar, antes de que mi celular suene, me voy…
Argumento. ¿Qué sería de nosotros sin celular? se pregunta el hombre, también puede ser una mujer… Así, en medio de la duda, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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