Todo termina en punta

27 mayo, 2017 § Deja un comentario


Lo que sigue sucedió hace algún tiempo, podría decir años, pero eso no tiene importancia. Son cruces casuales al amanecer. En épocas de invierno aun está de noche cuando el cruce sucede. Los personajes son dos o tres y hasta cuatro si me instalo como vínculo único de los cruces. Ellos son un hombre y una mujer que no se conocen y nunca se han visto pero tienen dos puntos en común. Uno, ambos tienen mascota, el tercer personaje, seguramente la razón de sus salidas al amanecer. Mascotas de la misma raza y tamaño, pelo corto con manchas negras y blancas, el mismo caminar que no es caminar sino correr desbaratado y cara plana: ojos bizcos y hocico plano, pasado bajo el peso de una plancha. Dos mascotas sin perfil o una mascota multiplicada por dos. Ellos, el hombre y la mujer, salen a pasearlas al amanecer cuando aun es de noche; supongo, siempre supuse, no llegué a confirmarlo, que aprovechan el paseo de la mascota para hacer ejercicio. Si las mascotas son iguales, cortadas por la misma tijera o miembros de la misma camada, ellos, sus amos, no se diferencian mucho el uno de la otra y éste es el segundo punto en común, al menos a mis ojos. Los dos son flacos, de estatura corriente, pelo corto entrecano y quieto, mirada fija al frente y caminar regulado por la carrera desbaratada de la mascota, quizá también por su fatiga. Siempre visten ropa informal, ni tan deportiva que parezcan trotadores fatigados, ni tan formal que los haga ver como oficinistas cortos de tiempo. Independiente de sus vestimentas, y éste es quizá un tercer punto en común, ambos tienen el aire de funcionarios de una institución oficial con la jubilación a la vista y tal vez por algún estatus preferencial de antigüedad, con la posibilidad de llegar más tarde que sus compañeros al puesto de trabajo. Sus superiores saben de las mascotas, de la salida al amanecer, de la pronta jubilación y como están cerca de partir les permiten ciertas facilidades. Seguramente se las merecen después de años de servicio. No creo que ellos, la mujer y el hombre, se conozcan aunque es posible que por su apariencia de funcionarios oficiales, trabajen en la misma institución.


El cruce tiene lugar en puntos distintos del recorrido que hago tres veces por semana, también al amanecer pero sin mascota. Primero la veo a ella en las aceras que bordean la canalización; si viene en sentido contrario es porque salió más temprano, bajó hasta la avenida El Poblado y está de regreso. Si la alcanzo y va en la misma dirección es porque salió tarde, aunque en apariencia ese detalle no tiene importancia porque su paso es siempre el mismo, más lento que rápido. Hay amaneceres en que el tiempo parece sobrarle. Siempre paso a su lado sin mirarla ni saludarla. En una ocasión su mascota intentó correr detrás de mí pero ella se lo impidió con un tirón de la correa: “¡… Sartre…, cuidadito pues…!”, dijo con autoridad la mujer. La mascota hizo una voltereta y volvió a su lado con la cara plana y los ojos bizcos fijos en mí. Eso creí. El cruce con el hombre sucede en la segunda parte de mi recorrido, en la Aguacatala, cuando llego a la avenida Las Vegas, el lugar donde comienzo a regresar. Entonces lo veo, lo distingo en la distancia, camina rápido, su mascota siempre va con la lengua afuera más no por el esfuerzo sino por una condición genética de su raza. El hombre camina con paso militar: cabeza alta, brazos en movimiento y mirada al frente. No me mira y no me saluda pero estoy seguro de que me ve. Estoy seguro de que los dos: ella y él, me ven, me reconocen como yo a ellos, incluso imagino que después de tanto tiempo de cruzarnos podemos considerar que somos conocidos y me han adjudicado una profesión; quizá imaginan que soy mando medio en alguna empresa privada, no deben pensar de mí que soy un funcionario público, esperaría que no fuera así, hago lo posible por no parecerlo; quizá me imaginen como uno de esos que tienen poco para hacer, matan el tiempo en la casa, duermen todo el día y levantan los pies cuando la señora del servicio pasa barriendo cerca del balcón los alrededores de la silla de siempre, y hace creer a su familia que sale, al amanecer día de por medio, a trotar. Eso no lo deben poner en duda porque en cada cruce yo troto y ellos caminan. Después del tiempo, también, he llegado a la conclusión de que ellos no se conocen y tampoco se han cruzado a pesar de que ignoro el recorrido del hombre, nuestro contacto es el instante del cruce, no sé dónde comienza o dónde termina el suyo; con la mujer es distinto, cruzarme con ella en distintas direcciones me ha sugerido la posibilidad de la ida y el regreso lo que permite deducir que su punto de partida es algún lugar frente a la canalización. Después del tiempo, que se puede calcular en meses quizá también en años, hemos establecido relación de una sola vía con cruces milimétricos que duran segundos pero tienen el valor de años; en este momento debe ser posible decir nos conocemos, incluso que somos amigos, de cruces, claro, pero amigos al fin y al cabo. Otro punto en común, el cuarto si no estoy mal, lo noté una mañana cuando la mascota del hombre se deshizo del collar y sin gobernar su carrera, ni su cuerpo, ni sus ojos bizcos, corrió sin freno hacia la avenida. Estábamos a unos diez metros de distancia, mi primera reacción fue desviarme para interrumpir la carrera de la mascota y evitar el accidente pero la voz del hombre tronó como una orden de cumplimiento inmediato: ¡…Sartre…, aquí…! el perro volvió al lado del hombre que le aseguró el collar, me miró con ojos bizcos, eso creí, y siguieron su camino como si nada. Como de costumbre el hombre y yo ni nos miramos ni nos saludamos.

Pero la curiosidad quedó instalada. Las coincidencias origen de la ficción estaban en su lugar: los dos personajes eran iguales, su única diferencia era de género. Dudé. Pensé en la posibilidad de que fuera una sola mascota con dos amos, hombre y mujer, que la pasean por turnos, pero deseché la idea porque las diferencias de tiempo entre cruces eran mínimas y los lugares donde se daban, siempre los mismos con cada uno de ellos. Si los amos de los “Sartres” eran funcionarios como imaginé, o quizá profesores de alguna Universidad pública, lo digo por el nombre de la mascota; Sartre, el de cada uno, debe pasar el día durmiendo en algún rincón mientras ellos van al trabajo, y como gozan de estatus preferencial regresan temprano para el segundo paseo al finalizar la tarde o en la noche. A partir del momento en que decidí seguir el paso de los amos de Sartre, salí varias veces en la noche pensando en la posibilidad de un cruce nocturno pero no hubo tal cruce. No los vi, ni a él ni a ella y menos a Sartre. Mi interés por los cruces, los personajes y sus mascotas, tomó una importancia inesperada en mis salidas al amanecer; se convirtieron en una medida de tiempo según el lugar, más allá o más acá, del momento del cruce; las ocasiones en que por alguna razón, de uno de ellos o de los dos, no mía, no nos encontramos, la duda se instalaba hasta mi próxima salida: ¿qué habrá pasado?, ¿se enfermaría Sartre? Hasta que un amanecer de abril, el día comenzaba a despuntar, vi venir al hombre pero no vi venir a Sartre. Vi al hombre con paso lento, más que de costumbre, tal vez cansado. Esa mañana la mujer venía hacia mí cuando la vi por la acera de la canalización. A mi siguiente salida creí ver a la mujer de lejos, íbamos en la misma dirección, por la distancia, no vi su mascota. Ese amanecer no hubo cruce con el hombre. En mis salidas siguientes no los vi más, ni a la mujer ni al hombre ni a Sartre. Los cruces cesaron. Quizá me cruzaba con una mascota que para jugar conmigo, salía al amanecer con amos distintos. Pura ficción que termina en punta…
Argumento. Todo termina en punta, dijo el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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