Lado A y lado B

20 mayo, 2017 § Deja un comentario


Lado A.
Día gris, lluvioso. Hora de almuerzo. Un salón de restaurante, rectangular. Grandes puertas de vidrio y ventanales en un costado. Del interior se ve la poca gente que pasa. En el lado opuesto, frente a los ventanales, el bar con espejos y botellas hasta el techo; un mostrador alto donde taberneros, meseros, cocineros y administradores atareados se mueven de un lado a otro. Entre los costados largos del rectángulo diez o doce mesas con el pleno de clientes. En uno de los costados cortos una tarima con aire de casa de familia con sofá y piano. Allí, un trío: bongó, pianola y flauta traversa pone ritmo caribeño al almuerzo. Al lado derecho de la tarima, contra la pared también con espejos donde se refleja la calle y la lluvia, pero sin botellas, dos mesas para dos o cuatro personas. Una está libre y hasta el momento nadie la ocupa a pesar del completo de clientes, quizá tiene reserva pendiente En la otra una pareja se mira a los ojos: no hablan, se besan, los hielos de sus bebidas se derriten y seguramente los platos que les llevarán de un momento a otro quedarán fríos donde el mesero los deje, el amor puede más. En la siguiente mesa, separada de la pareja por una columna, una dama sola: ¿espera su pedido?, ¿alguien que la acompañe? No la vi llegar, apareció allí de un momento a otro y su soledad en este lugar con el bullicio del cupo completo me causó curiosidad. La observé con disimulo. Automat, la pintura de 1927 de Edward Hopper, fue lo primero que vino al recuerdo. La mujer de la pintura de Hopper estaba tan sola como la dama un poco a la derecha de mi puesto en una de las mesas del salón; la de Hopper iba abrigada para las ventiscas del invierno neoyorkino; la dama solitaria en la mesa medio disimulada por la columna viste de rojo encendido, por lo menos de la cintura para arriba, no la vi de pie. La correa negra de su bolso terciado, cruza su pecho, pasa entre los senos y se pierde debajo de la mesa; lleva gafas con montura también roja que se quita y se pone con rapidez y algo de nerviosismo. En contraste con la tranquilidad aparente de la mujer de Automat, la dama de rojo parece inquieta. Dos detalles, pero de detalles están hechas las historias: uno, la dama de rojo no dejó su bolso sobre el asiento y aun lo lleva terciado; dos, los movimientos repetitivos con las gafas que se quita y se pone, son suficientes para despertar mi curiosidad. Y la de cualquiera. Es evidente que no ve bien de lejos y la acción con sus gafas delata que espera a alguien y no quiere que, quien quiera que sea, la vea sin que ella lo, o la, descubra antes. Mientras los enamorados se miran a lo más profundo de sus ojos y el salón se mueve entre el tintineo de cubiertos y voces cada vez más agudos porque la música no alcanza a tapar los otros sonidos, la dama de rojo se mueve inquieta en su puesto y ordena una bebida, quizá la ordenó al entrar y no lo noté, que llegó minutos después en un vaso largo, con líquido transparente y cubos de hielo; un manojo de hojas verdes rebosan el borde. Es posible que la bebida no fuera lo que imaginé pero el bullicio de las conversaciones y el ritmo de la música me hicieron pensar en un mojito cubano. A partir del momento en que llegó la bebida la dama pareció calmarse, incluso llegó a mover las gafas frente a su cara al ritmo de la percusión, pero sus ojos como puntos ingobernables se movieron sin descanso en intentos infructuosos por ver más o más lejos de lo que les era posible. Poco a poco una paradoja se instaló en la figura de la dama de rojo; por un lado algunos detalles que componen su figura denotan tranquilidad, dominio de la situación: cuando toma sorbos cortos de su bebida y la saborea entrecerrando los labios o cuando suelta las gafas sobre la mesa, quizá con la intención de dejarlas allí de una vez por todas; pero también carga con detalles que denotan intranquilidad: el bolso terciado obra como una muestra de inseguridad e incomodidad, lo mismo la mano derecha que acomoda el peinado con más frecuencia de la necesaria; y el impulso sin freno, en eso se convirtió, de tomar las gafas, hacer dos movimientos frente a los ojos, para ver lo que no ve sin ellas y volverlas a dejar sobre la mesa, cinco, a veces diez o quince segundos, entonces vuelve al principio. La dama de rojo es un puñado de contradicciones. Para completar, por inquietud o soledad, el mojito se terminó más pronto de lo esperado y cuando quizo probar un poco más se encontró con el frío del hielo que quema sus labios; una expresión de abandono la domina, sus hombros caen y, es cierto, su cuerpo se desliza hasta casi desaparecer debajo de la mesa. La joven menuda del servicio presintió el momento y se apresuró a ofrecer otro vaso o insinuar que pronto llegaría su plato, pero ella no había ordenado nada; si la joven menuda del servicio no hubiera llegado en su rescate la dama de rojo se hubiera, quizá, escurrido debajo de la mesa. Pasado el trance, la dama de rojo y la joven menuda del servicio, se decidieron por otro mojito…


Lado B.
Nadie me va a notar, pensó la dama de rojo en el momento de llegar a la entrada del restaurante y ver el salón con todas las mesas ocupadas. Era el momento ideal, no esperaba encontrarlo hasta el tope de clientes pero le convenía a la perfección. Desde la puerta alcanzó a ver una mesa pequeña, al otro lado del salón, fuera del circuito de meseros y comensales, perfecta para ella. Cruzó el salón por el centro. Fue un riesgo pero necesitaba llegar directo al mostrador donde los empleados despachaban pedidos, llenaban órdenes o esperaban la salida de algún plato. Preguntó a una de las meseras si la mesa del fondo, al lado de la pareja estaba reservada. La mesera, joven y menuda, más bajita que la dama de rojo, consultó con la mirada al administrador atareado en el bar y él, quizá por el afán del servicio, confirmó, con otra mirada igual que la mesa estaba libre. La joven menuda dijo a la dama de rojo que podía ocuparla y ella entonces, quizá para ganar tiempo, ordenó allí mismo un mojito recargado… recargado, insistió. Se deslizó tan rápido como pudo por el pasillo entre mesas y mostrador sin mirar para ningún lado con la esperanza de que nadie la viera, que nadie tuviera referencia de su presencia; con prisa ocupó la única mesa que para ella tenía una ventaja visible, se podía disimular detrás de la columna que la separaba de los enamorados. Por supuesto no miró los enamorados, sus ojos estaban puestos en la mesa. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que un trío tocaba ritmos caribeños en una tarima frente a su mesa, hasta ese momento no había escuchado la música. No fue una cita lo que la llevó hasta allí, ni una inquietud, ni la soledad que refleja quien parece abandonado a su suerte en una mesa para cuatro, mientras las otras, todas las otras, están ocupadas por grupos numerosos. Necesitaba un lugar con gente, entre quienes se pudiera disimular; un lugar donde nadie la viera. ¿Por qué no se fue para su casa si nadie la podía ver? La respuesta es simple, porque era allí donde primero la buscarían. Segura de eso decidió instalarse en ese salón al que nunca había entrado y era perfecto, a nadie se le ocurriría pensar que estaba allí. Y como sabía que no tendría más qué hacer, olvidó el celular o mejor, no lo olvidó, lo dejó, decidió que se distraería mirando qué hacen los otros cuando creen que nadie los mira. Cuando la joven menuda trajo el mojito recargado jugaba con las gafas, las hacía girar entre sus dedos o las pasaba de una mano a la otra; sin darse cuenta seguía el ritmo del son que sonaba en ese momento. Unas horas, era todo lo que necesitaba; un par de horas sin que nadie la encontrara, sin que nadie supiera dónde estaba, después aparecería con cara de sorpresa, incluso con lágrimas preguntaría: ¿qué pasó?, ¿cuándo fue?, ¿por qué no me llamaron?, ¿quién lo hizo? No sabría decir si por la tensión del momento, por la música, o por el hecho de estar sola en un lugar público, no estaba acostumbrada, el tiempo pasó y el mojito se terminó antes de lo que hubiera querido. Necesitaba que el tiempo pasara pero no tan rápido. Fue el roce del hielo en sus labios lo que desató una desazón como no la había sentido nunca; pedir algo, otra bebida o algo para comer implicaba llamar la atención,  se convirtió en un martirio, lo que menos deseaba en ese momento. La joven menuda, atenta al servicio de sus clientes se acercó para preguntarle si deseaba ordenar su plato pero notó el desanimo de la dama de rojo hundida, cada instante más perdida en el asiento y no alcanzó a hacer su pregunta, la dama caía en un estado lamentable, entonces la joven menuda decidió que lo mejor era traerle otro mojito más recargado aun para reanimarla. Fue entonces cuando la dama de rojo vio al hombre que desde una de las mesas del salón la miraba como se mira cuando se quiere ver más de lo que se puede ver. El hombre la miraba y escribía en su celular…


Argumento. Detrás de una historia siempre vienen otras historias… dijo el hombre, también puede ser una mujer, y comenzó a escribir…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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