Cruces inventados

13 mayo, 2017 § Deja un comentario

Nada es invento. Si por alguna razón, los detalles, datos o fechas de los “cruces” que siguen, coinciden con hechos sucedidos en la llamada realidad, es porque de tanto repetirlos han tomado el aire de lo sabido. Sin embargo son coincidencias sencillas que, como todo el mundo sabe, están al origen de la ficción. Calificar estos cruces como inventados es una repetición quizá innecesaria…


Coincidencias
Dicen que Las Meninas es una puesta en escena, un montaje, toda proporción guardada, idéntico a las imágenes en movimiento que propone el cine. Una razón de peso es que el pintor utilizó la Cámara Oscura, un recurso que Vermeer y otros contemporáneos emplearon. Parece que Las Meninas fue construida a partir de imágenes independientes con el apoyo de la Cámara Oscura y luego editada, un término cinematográfico, en el taller donde el artista agregó los detalles y el misterio. Y es de ese misterio de donde pueden surgir tantas versiones como espectadores visiten El Prado o cualquiera de los museos virtuales en internet. Unas más fantásticas o acertadas, a ojos de los expertos, que otras. El cuadro de Velázquez fue pintado a mediados del siglo XVII y quién sabe de cuántas historias ha sido la fuente.
Las historias están en todas partes y cada uno promueve las que más le gustan. En ocasiones las narraciones se cruzan y alcanzan vida propia en espacios distintos. En “Short cuts”, traducido al español como “Vidas cruzadas”, Raymond Carver escribió nueve cuentos que suceden en lo profundo de la clase media americana. Robert Altman hizo una película en 1993, con base en las nueve historias; el título era el mismo. Por cuestiones de ambientación la película se sitúa en un Los Ángeles desconocido y poco visualizado pero se acerca a lo imaginado por Carver, quien murió en 1988. Unos cuentos que se cruzan y una película que aunque no es literal lleva el mismo título y pone en escena los mismos personajes. Otra obra, que tiene relación con los cuentos de Carver aunque es casi seguro que su autor no se cruzó con él ni con Altman, es la de Edward Hooper el pintor que en los años cuarenta creó situaciones que no están lejos de lo imaginado por Carver y Altman en sus ficciones cruzadas. Hooper pintó, por ejemplo, un hombre en mangas de camisa y chaleco, que podría ser uno de los personajes de Carver; el hombre fuma y al mismo tiempo mira por la ventana algo que el espectador no ve, mientras una mujer ¿su mujer? en camisón de seda lee un libro, ¿en voz alta?, sentada en una silla oscura. Están en una pieza de hotel. No es su habitación de todos los días, no hay intimidad en los objetos que allí se encuentran. Es una puesta en escena como la de Velázquez trescientos años antes y surte el mismo efecto: historias que se cuentan. Ni Carver, ni Altman, ni Hooper y menos aún Velázquez se cruzaron en ningún momento de sus vidas…


Memoria
La memoria es algo que a veces hace reír y a veces hace llorar, es el epígrafe de un documental del que sólo recuerdo esa frase. Hace pocos días, ayer, escuché hablar de un libro que se lee tan rápido como se olvida. No hay memoria sin olvido. “… Es tan corto el amor y es tan largo el olvido…” escribió Neruda; y Borges “…Sólo una cosa no hay, es el olvido…” Y de la misma manera es posible citar cientos de ejemplos de memoria y olvido que  llevarían a lo mismo: la memoria es el olvido.
Recordar una persona implica hacer una reconstrucción mental de su cara. Pero si el recuerdo debe ser más preciso, la búsqueda lleva a un momento señalado y el resultado será el momento de una acción y entonces vienen las preguntas: ¿cuándo sucedió aquello?, ¿cómo estaba yo vestido?, ¿qué hicimos después?, ¿por qué estábamos allí? Y entonces aparece el tiempo. Cuando alguien describe, en media hora, en diez páginas o en cien, una acción que tiene transcurso en años; memoria, olvido y tiempo, lo hacen de tal manera que quien escucha o lee recibe una versión creíble de lo sucedido. La acción literal, narrada al pie de la letra, minuto a minuto, tomaría tanto tiempo en su desarrollo como  la situación misma.
Como un ejercicio de memoria, o de olvido, una persona con quien sólo hablé una hora o un poco menos, me contó cómo la sensación de olvido lo invadió una noche frente a su computadora con un dolor de cabeza terrible. A mi pregunta de si había algo, cosa o persona que recordara más que otros de ese período, su respuesta fue: una mujer con un diente de oro. No hablamos más, su transporte llegó y el hombre fue a ocupar su puesto apresurado, se excusó diciendo que su tiquete no era numerado…


Las cosas no son del dueño
Las cosas no son del dueño sino, del que las necesita. Dicen. He aquí una prueba. Una vez, mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde para seguir mi camino alcancé a ver desde mi puesto de conductor unas gafas para sol abandonadas, perdidas por su dueño, al borde de la cera al otro lado de la calle. Desde ese instante consideré que eran mías pues yo las había visto de primero. ¿Primero de qué, antes que quién?, no lo se, pero eso fue lo que decidí y quedé convencido de mi derecho. No podía dejar mi puesto de conductor, cruzar la calle, recoger las gafas y volver de nuevo a mi puesto, era un riesgo, entonces las vigilé hasta el momento en que el semáforo hizo el cambio de luces. En el último segundo, cuando la luz titila entre rojo y amarillo antes de pasar al verde, un señor cruzó la calle corriendo y recogió las gafas como si fueran suyas. ¡He! grité… esas gafas son mías! Pero el hombre no me escuchó. Entonces pité varias veces hasta que logré llamar su atención. Mientras esto sucedía el semáforo paso a verde y el carro detrás de mí comenzó a insistir para que continuáramos. El señor al otro lado de la calle se quedó a la espera pues no sabía por qué le hacían señas desde un carro desconocido. Cuando llegué a su lado, tuve que parquear mi carro para no interrumpir el tráfico y le dije sin preámbulos, esas gafas son mías. La sorpresa del hombre fue tan grande como mi decisión para reclamar la propiedad. No nos dijimos ni una palabra más, él me las entregó, yo volví a mi puesto y partí. Ni siquiera se me ocurrió mirarlo por el retrovisor.
Hace poco en la ciclovía vi caer del bolsillo de atrás de alguien que me pasó en bicicleta un papel, tal vez era un billete, no lo puedo asegurar. Dos personas que trotaban unos metros detrás de mí vieron el papel y confirmaron que era un billete. Vi cuando lo recogieron. Recordé la historia de las gafas y les dije, ¡Eh, ese billete es mío! no me creyeron, no me lo entregaron y siguieron por donde iban como si nada hubiera pasado…
Argumento. Ningún cruce viene solo, dice el hombre. También puede ser una mujer… Después de decirlo sigue el cruce y, por supuesto, la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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