Ficciones pasajeras

6 mayo, 2017 § Deja un comentario

Como todos saben voy por la calle en busca de las ficciones de otros y generalmente encuentro las mías. Aquí van dos que viajaron conmigo en el transporte público hace algún tiempo y el azar o la repetición que me persigue las sube a esta Marginalia…

… No sucede a menudo y menos aun cuando el vagón va hasta el tope de pasajeros a pesar de que no es hora pico. Algo extraño, no sé decir qué, sucede. Primero, el vagón hasta el tope a una hora que habitualmente debería ir vacío o por lo menos con espacios generosos. Segundo, como no hay lugar cerca de las puertas donde prefiero estar, por instinto, para salir sin afugias o para evitar el estrujón. Me muevo hasta la mitad del pasillo y allí me agarro de la barra metálica, una acción que no es necesaria porque en medio del gentío cada uno se sostiene en el vecino. Un hombre joven viaja sentado en el puesto frente a mí sin levantar la vista porque está ocupado con su celular. No nota mi presencia y tampoco la de los otros pasajeros. Como también escribo en mi celular siento curiosidad por saber que escribe el personaje del asiento frente a mí. Convertir a los otros en personajes es una posibilidad que todo el mundo tiene pero pocos utilizan. Desde mi puesto de pie entre dos pasajeros, una mujer y un funcionario quizá de notaría intenté ver la pantalla del celular o leer lo que con agilidad pasmosa teclea pero es imposible, la pantalla es pequeña y la veo al revés, lo único que distingo son sus dedos moviéndose a la velocidad del rayo sobre el teclado. Se me ocurrió entonces escribir, en mi celular, lo que era posible que el personaje escribiera en el suyo si, como yo, tiene la costumbre de anotar lo que sucede alrededor. Ocupé, en mi imaginación claro está, su puesto y comencé a teclear en mi celular, quizá no tan veloz como él pero lo suficiente para no sentirme superado por su habilidad, lo que escribiría si ocupara su puesto: “…En este vagón apretujado hasta el tope, un hombre de pie espía los otros pasajeros, hace esfuerzos para escribir en su celular y no puede porque no tiene espacio. La mujer a su izquierda no se deja amedrentar por los empujones cortos y sostenidos pero precisos del hombre que escribe y no le permite movimiento. El hombre que escribe, además de apretujado, comienza a tener calor, se nota en su cara cada vez más congestionada; choca contra la espalda del funcionario a su derecha y de inmediato siente un golpe en la cintura a nivel del riñón. Lo corriente es que hubiera protestado pero no lo hace, se sostiene pegado a la barra y como desquite porque no se atreve a mirar de dónde vino el golpe, levanta el brazo más arriba de lo normal y empuja, esta vez sin disimulo, a la mujer que no se deja amedrentar. La mujer protesta. Le dice en tono de voz que todo el mundo escucha que controle su mala educación. El hombre no responde pero señala al pasajero que lo golpeó. La mujer no se deja llevar por la incomodidad del momento y por encima del hombre que escribe, empuja al pasajero de la izquierda que en ese momento ya está de espaldas…” Dejé de escribir como si fuera yo quien viaja sentado y no el personaje que ocupa el puesto al frente mí y de quien tomé el lugar, uno puede tomar el lugar de los personajes y en ocasiones, como ahora, la sorpresa es grande. Me di cuenta cuando dejé el lugar del personaje y volví al mío, de pie en el pasillo, que su puesto estaba vacío. El personaje que tecleaba a la velocidad del rayo había desaparecido. Quizá bajó en la estación anterior, la misma para donde yo iba, me dije. El vagón estaba prácticamente vacío y el único pasajero de pie en el centro del pasillo, agarrado a la barra metálica, era yo. Me pasé por estar tomando el lugar de personajes que seguramente bajaron donde debían hacerlo…
… Pintarse las uñas es un arte. Requiere habilidad, pulso y paciencia, sobre todo durante el tiempo de secado porque es frecuente que el trabajo se dañe por culpa de un movimiento de esos que se hacen sin pensar, que uno cree sin riesgo y cuya mecánica, si no se presta atención, saca, por así decirlo, las uñas. Esto es válido si quien se pinta las uñas es la misma persona o si una especialista es quien lo hace; de todas maneras el tiempo de secado es el mismo y lo que cada uno haga en él, es su problema. Todo esto sin mencionar que unas uñas bien pintadas requieren minucia y pulso firme.
Con esto en mente, porque he visto en innumerables ocasiones la frustración que resulta de uñas recién pintadas pero malogradas por un movimiento fortuito, la presencia de la mujer en la segunda banca de atrás para adelante en el bus de una de las tantas rutas que va hacia el sur por la avenida El Poblado en la acción precisa de pintarse las uñas, me puso sobre aviso. Por supuesto, no vi lo que la mujer hacía hasta el momento en que llegué a la banca libre a su lado pero al otro lado del pasillo. Solo tres pasajeros iban en el bus cuando subí en la parada anterior al Parque. Me pareció extraño que a esa hora, las doce y media, el bus fuera casi vacío. Uno de los tres pasajeros era la mujer que se pintaba las uñas. Los otros dos eran un muchacho grande y joven en la banca de atrás, frente al pasillo, con un monopatín en el piso bajo sus tenis sucios; y en la primera banca, detrás del chofer, una mujer vestida de rojo con lentejuelas y peinado despeinado, el color de su cabello no parecía ser el original pero no presté más atención a ese detalle porque la pose de la mujer en la segunda banca de atrás para adelante, plegada sobre ella como si quisiera aprovechar un momento propicio, que no va a regresar, llamó mi atención cuando pasé la máquina registradora y fui a ocupar la banca paralela a la suya. La mujer, con ropa deportiva, tenis fluorescentes, pantalón negro pegado al cuerpo; medias y camiseta magenta brillante llamaría la atención de cualquiera. Iba atareada en algo que no distinguí. Lo único visible era que venía concentrada en sus manos. Cuando ocupé mi lugar, el bus iba en movimiento, la mujer levantó la cabeza, entonces vi que tenía un pincel con tapa de esmalte para pintar uñas en una mano, la otra extendida sobre el muslo y entre las piernas, un frasco de esmalte rojo. Apenas me senté la mujer dejó de aplicar esmalte en sus uñas y quedó suspendida en la acción. Distinguí en su pose y en lo que alcancé a ver de su cara, quizá en sus labios apretados, la tensión de la espera. No dejé de mirarla. Cuando el bus se detuvo por culpa del tráfico, la mujer aprovechó y con precisión aplicó dos pasadas de esmalte en una uña, iba a hacer lo mismo en la siguiente pero el bus se puso en movimiento, frenó, arrancó de nuevo, esquivó un desnivel, disminuyó la velocidad para pasar un resalto y la mujer volvió a interrumpir su manicura. La idea de tomar una fotografía del momento me asaltó en alguna de las sacudidas del bus pero estaba obligado a esperar, como ella, los escasos momentos de quietud. Hubiera podido pedirle que si me permitía tomar una fotografía de su récord, porque es un récord pintarse las uñas en un bus en movimiento. He visto mujeres maquillarse, pintar sus ojos, sus labios o resaltar sus pestañas pero pintarse las uñas, era la primera. La fotografía, entonces, se convirtió en una obligación pero me faltaron agallas para pedirle que me dejara tomarle una foto, no hubiera sabido explicarlo si ella pregunta por qué o para qué. Y si se siente ofendida, si siente violada su intimidad, menos aun hubiera podido explicarlo. La fotografía sería de lado, de reojo si así pudiera llamarla, sin que ella lo notara y en el momento preciso en que el bus hiciera un alto o disminuyera la velocidad al punto de parecer quieto.
Lo que sucedió de ese momento en adelante es sencillo: ella esperó cada ocasión para aplicar esmalte y yo esperé cada ocasión para hacer, con mi celular, al calculo para no delatarme. Fallé más veces de las que logré acertar, en realidad las fallé todas, unas porque solo veía partes de su cuerpo, muslos o camiseta magenta; otras, porque, ella, más hábil que yo en eso de aprovechar los espacios de quietud, alcanzó a terminar sus diez dedos, alcanzó a soplar sus uñas frescas para que secaran más rápido y llegó antes que yo a su destino. Cuando bajó, sin siquiera mirarme, me quedé con el celular listo para la próxima parada donde lograría la fotografía del momento exacto en que ella aplica el esmalte en alguna de sus uñas, pero la parada llegó, ella desapareció y no logré la foto. El testimonio de esta historia es deficiente, tendrán que creerme…
Argumento. Me repito, dice el hombre, también puede ser una mujer… Y comienza a narrar la historia de siempre…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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