Todo termina en punta

27 mayo, 2017 § Deja un comentario



Lo que sigue sucedió hace algún tiempo, podría decir años, pero eso no tiene importancia. Son cruces casuales al amanecer. En épocas de invierno aun está de noche cuando el cruce sucede. Los personajes son dos o tres y hasta cuatro si me instalo como vínculo único de los cruces. Ellos son un hombre y una mujer que no se conocen y nunca se han visto pero tienen dos puntos en común. Uno, ambos tienen mascota, el tercer personaje, seguramente la razón de sus salidas al amanecer. Mascotas de la misma raza y tamaño, pelo corto con manchas negras y blancas, el mismo caminar que no es caminar sino correr desbaratado y cara plana: ojos bizcos y hocico plano, pasado bajo el peso de una plancha. Dos mascotas sin perfil o una mascota multiplicada por dos. Ellos, el hombre y la mujer, salen a pasearlas al amanecer cuando aun es de noche; supongo, siempre supuse, no llegué a confirmarlo, que aprovechan el paseo de la mascota para hacer ejercicio. Si las mascotas son iguales, cortadas por la misma tijera o miembros de la misma camada, ellos, sus amos, no se diferencian mucho el uno de la otra y éste es el segundo punto en común, al menos a mis ojos. Los dos son flacos, de estatura corriente, pelo corto entrecano y quieto, mirada fija al frente y caminar regulado por la carrera desbaratada de la mascota, quizá también por su fatiga. Siempre visten ropa informal, ni tan deportiva que parezcan trotadores fatigados, ni tan formal que los haga ver como oficinistas cortos de tiempo. Independiente de sus vestimentas, y éste es quizá un tercer punto en común, ambos tienen el aire de funcionarios de una institución oficial con la jubilación a la vista y tal vez por algún estatus preferencial de antigüedad, con la posibilidad de llegar más tarde que sus compañeros al puesto de trabajo. Sus superiores saben de las mascotas, de la salida al amanecer, de la pronta jubilación y como están cerca de partir les permiten ciertas facilidades. Seguramente se las merecen después de años de servicio. No creo que ellos, la mujer y el hombre, se conozcan aunque es posible que por su apariencia de funcionarios oficiales, trabajen en la misma institución.


El cruce tiene lugar en puntos distintos del recorrido que hago tres veces por semana, también al amanecer pero sin mascota. Primero la veo a ella en las aceras que bordean la canalización; si viene en sentido contrario es porque salió más temprano, bajó hasta la avenida El Poblado y está de regreso. Si la alcanzo y va en la misma dirección es porque salió tarde, aunque en apariencia ese detalle no tiene importancia porque su paso es siempre el mismo, más lento que rápido. Hay amaneceres en que el tiempo parece sobrarle. Siempre paso a su lado sin mirarla ni saludarla. En una ocasión su mascota intentó correr detrás de mí pero ella se lo impidió con un tirón de la correa: “¡… Sartre…, cuidadito pues…!”, dijo con autoridad la mujer. La mascota hizo una voltereta y volvió a su lado con la cara plana y los ojos bizcos fijos en mí. Eso creí. El cruce con el hombre sucede en la segunda parte de mi recorrido, en la Aguacatala, cuando llego a la avenida Las Vegas, el lugar donde comienzo a regresar. Entonces lo veo, lo distingo en la distancia, camina rápido, su mascota siempre va con la lengua afuera más no por el esfuerzo sino por una condición genética de su raza. El hombre camina con paso militar: cabeza alta, brazos en movimiento y mirada al frente. No me mira y no me saluda pero estoy seguro de que me ve. Estoy seguro de que los dos: ella y él, me ven, me reconocen como yo a ellos, incluso imagino que después de tanto tiempo de cruzarnos podemos considerar que somos conocidos y me han adjudicado una profesión; quizá imaginan que soy mando medio en alguna empresa privada, no deben pensar de mí que soy un funcionario público, esperaría que no fuera así, hago lo posible por no parecerlo; quizá me imaginen como uno de esos que tienen poco para hacer, matan el tiempo en la casa, duermen todo el día y levantan los pies cuando la señora del servicio pasa barriendo cerca del balcón los alrededores de la silla de siempre, y hace creer a su familia que sale, al amanecer día de por medio, a trotar. Eso no lo deben poner en duda porque en cada cruce yo troto y ellos caminan. Después del tiempo, también, he llegado a la conclusión de que ellos no se conocen y tampoco se han cruzado a pesar de que ignoro el recorrido del hombre, nuestro contacto es el instante del cruce, no sé dónde comienza o dónde termina el suyo; con la mujer es distinto, cruzarme con ella en distintas direcciones me ha sugerido la posibilidad de la ida y el regreso lo que permite deducir que su punto de partida es algún lugar frente a la canalización. Después del tiempo, que se puede calcular en meses quizá también en años, hemos establecido relación de una sola vía con cruces milimétricos que duran segundos pero tienen el valor de años; en este momento debe ser posible decir nos conocemos, incluso que somos amigos, de cruces, claro, pero amigos al fin y al cabo. Otro punto en común, el cuarto si no estoy mal, lo noté una mañana cuando la mascota del hombre se deshizo del collar y sin gobernar su carrera, ni su cuerpo, ni sus ojos bizcos, corrió sin freno hacia la avenida. Estábamos a unos diez metros de distancia, mi primera reacción fue desviarme para interrumpir la carrera de la mascota y evitar el accidente pero la voz del hombre tronó como una orden de cumplimiento inmediato: ¡…Sartre…, aquí…! el perro volvió al lado del hombre que le aseguró el collar, me miró con ojos bizcos, eso creí, y siguieron su camino como si nada. Como de costumbre el hombre y yo ni nos miramos ni nos saludamos.

Pero la curiosidad quedó instalada. Las coincidencias origen de la ficción estaban en su lugar: los dos personajes eran iguales, su única diferencia era de género. Dudé. Pensé en la posibilidad de que fuera una sola mascota con dos amos, hombre y mujer, que la pasean por turnos, pero deseché la idea porque las diferencias de tiempo entre cruces eran mínimas y los lugares donde se daban, siempre los mismos con cada uno de ellos. Si los amos de los “Sartres” eran funcionarios como imaginé, o quizá profesores de alguna Universidad pública, lo digo por el nombre de la mascota; Sartre, el de cada uno, debe pasar el día durmiendo en algún rincón mientras ellos van al trabajo, y como gozan de estatus preferencial regresan temprano para el segundo paseo al finalizar la tarde o en la noche. A partir del momento en que decidí seguir el paso de los amos de Sartre, salí varias veces en la noche pensando en la posibilidad de un cruce nocturno pero no hubo tal cruce. No los vi, ni a él ni a ella y menos a Sartre. Mi interés por los cruces, los personajes y sus mascotas, tomó una importancia inesperada en mis salidas al amanecer; se convirtieron en una medida de tiempo según el lugar, más allá o más acá, del momento del cruce; las ocasiones en que por alguna razón, de uno de ellos o de los dos, no mía, no nos encontramos, la duda se instalaba hasta mi próxima salida: ¿qué habrá pasado?, ¿se enfermaría Sartre? Hasta que un amanecer de abril, el día comenzaba a despuntar, vi venir al hombre pero no vi venir a Sartre. Vi al hombre con paso lento, más que de costumbre, tal vez cansado. Esa mañana la mujer venía hacia mí cuando la vi por la acera de la canalización. A mi siguiente salida creí ver a la mujer de lejos, íbamos en la misma dirección, por la distancia, no vi su mascota. Ese amanecer no hubo cruce con el hombre. En mis salidas siguientes no los vi más, ni a la mujer ni al hombre ni a Sartre. Los cruces cesaron. Quizá me cruzaba con una mascota que para jugar conmigo, salía al amanecer con amos distintos. Pura ficción que termina en punta…
Argumento. Todo termina en punta, dijo el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Anuncios

Lado A y lado B

20 mayo, 2017 § Deja un comentario



Lado A.
Día gris, lluvioso. Hora de almuerzo. Un salón de restaurante, rectangular. Grandes puertas de vidrio y ventanales en un costado. Del interior se ve la poca gente que pasa. En el lado opuesto, frente a los ventanales, el bar con espejos y botellas hasta el techo; un mostrador alto donde taberneros, meseros, cocineros y administradores atareados se mueven de un lado a otro. Entre los costados largos del rectángulo diez o doce mesas con el pleno de clientes. En uno de los costados cortos una tarima con aire de casa de familia con sofá y piano. Allí, un trío: bongó, pianola y flauta traversa pone ritmo caribeño al almuerzo. Al lado derecho de la tarima, contra la pared también con espejos donde se refleja la calle y la lluvia, pero sin botellas, dos mesas para dos o cuatro personas. Una está libre y hasta el momento nadie la ocupa a pesar del completo de clientes, quizá tiene reserva pendiente En la otra una pareja se mira a los ojos: no hablan, se besan, los hielos de sus bebidas se derriten y seguramente los platos que les llevarán de un momento a otro quedarán fríos donde el mesero los deje, el amor puede más. En la siguiente mesa, separada de la pareja por una columna, una dama sola: ¿espera su pedido?, ¿alguien que la acompañe? No la vi llegar, apareció allí de un momento a otro y su soledad en este lugar con el bullicio del cupo completo me causó curiosidad. La observé con disimulo. Automat, la pintura de 1927 de Edward Hopper, fue lo primero que vino al recuerdo. La mujer de la pintura de Hopper estaba tan sola como la dama un poco a la derecha de mi puesto en una de las mesas del salón; la de Hopper iba abrigada para las ventiscas del invierno neoyorkino; la dama solitaria en la mesa medio disimulada por la columna viste de rojo encendido, por lo menos de la cintura para arriba, no la vi de pie. La correa negra de su bolso terciado, cruza su pecho, pasa entre los senos y se pierde debajo de la mesa; lleva gafas con montura también roja que se quita y se pone con rapidez y algo de nerviosismo. En contraste con la tranquilidad aparente de la mujer de Automat, la dama de rojo parece inquieta. Dos detalles, pero de detalles están hechas las historias: uno, la dama de rojo no dejó su bolso sobre el asiento y aun lo lleva terciado; dos, los movimientos repetitivos con las gafas que se quita y se pone, son suficientes para despertar mi curiosidad. Y la de cualquiera. Es evidente que no ve bien de lejos y la acción con sus gafas delata que espera a alguien y no quiere que, quien quiera que sea, la vea sin que ella lo, o la, descubra antes. Mientras los enamorados se miran a lo más profundo de sus ojos y el salón se mueve entre el tintineo de cubiertos y voces cada vez más agudos porque la música no alcanza a tapar los otros sonidos, la dama de rojo se mueve inquieta en su puesto y ordena una bebida, quizá la ordenó al entrar y no lo noté, que llegó minutos después en un vaso largo, con líquido transparente y cubos de hielo; un manojo de hojas verdes rebosan el borde. Es posible que la bebida no fuera lo que imaginé pero el bullicio de las conversaciones y el ritmo de la música me hicieron pensar en un mojito cubano. A partir del momento en que llegó la bebida la dama pareció calmarse, incluso llegó a mover las gafas frente a su cara al ritmo de la percusión, pero sus ojos como puntos ingobernables se movieron sin descanso en intentos infructuosos por ver más o más lejos de lo que les era posible. Poco a poco una paradoja se instaló en la figura de la dama de rojo; por un lado algunos detalles que componen su figura denotan tranquilidad, dominio de la situación: cuando toma sorbos cortos de su bebida y la saborea entrecerrando los labios o cuando suelta las gafas sobre la mesa, quizá con la intención de dejarlas allí de una vez por todas; pero también carga con detalles que denotan intranquilidad: el bolso terciado obra como una muestra de inseguridad e incomodidad, lo mismo la mano derecha que acomoda el peinado con más frecuencia de la necesaria; y el impulso sin freno, en eso se convirtió, de tomar las gafas, hacer dos movimientos frente a los ojos, para ver lo que no ve sin ellas y volverlas a dejar sobre la mesa, cinco, a veces diez o quince segundos, entonces vuelve al principio. La dama de rojo es un puñado de contradicciones. Para completar, por inquietud o soledad, el mojito se terminó más pronto de lo esperado y cuando quizo probar un poco más se encontró con el frío del hielo que quema sus labios; una expresión de abandono la domina, sus hombros caen y, es cierto, su cuerpo se desliza hasta casi desaparecer debajo de la mesa. La joven menuda del servicio presintió el momento y se apresuró a ofrecer otro vaso o insinuar que pronto llegaría su plato, pero ella no había ordenado nada; si la joven menuda del servicio no hubiera llegado en su rescate la dama de rojo se hubiera, quizá, escurrido debajo de la mesa. Pasado el trance, la dama de rojo y la joven menuda del servicio, se decidieron por otro mojito…


Lado B.
Nadie me va a notar, pensó la dama de rojo en el momento de llegar a la entrada del restaurante y ver el salón con todas las mesas ocupadas. Era el momento ideal, no esperaba encontrarlo hasta el tope de clientes pero le convenía a la perfección. Desde la puerta alcanzó a ver una mesa pequeña, al otro lado del salón, fuera del circuito de meseros y comensales, perfecta para ella. Cruzó el salón por el centro. Fue un riesgo pero necesitaba llegar directo al mostrador donde los empleados despachaban pedidos, llenaban órdenes o esperaban la salida de algún plato. Preguntó a una de las meseras si la mesa del fondo, al lado de la pareja estaba reservada. La mesera, joven y menuda, más bajita que la dama de rojo, consultó con la mirada al administrador atareado en el bar y él, quizá por el afán del servicio, confirmó, con otra mirada igual que la mesa estaba libre. La joven menuda dijo a la dama de rojo que podía ocuparla y ella entonces, quizá para ganar tiempo, ordenó allí mismo un mojito recargado… recargado, insistió. Se deslizó tan rápido como pudo por el pasillo entre mesas y mostrador sin mirar para ningún lado con la esperanza de que nadie la viera, que nadie tuviera referencia de su presencia; con prisa ocupó la única mesa que para ella tenía una ventaja visible, se podía disimular detrás de la columna que la separaba de los enamorados. Por supuesto no miró los enamorados, sus ojos estaban puestos en la mesa. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que un trío tocaba ritmos caribeños en una tarima frente a su mesa, hasta ese momento no había escuchado la música. No fue una cita lo que la llevó hasta allí, ni una inquietud, ni la soledad que refleja quien parece abandonado a su suerte en una mesa para cuatro, mientras las otras, todas las otras, están ocupadas por grupos numerosos. Necesitaba un lugar con gente, entre quienes se pudiera disimular; un lugar donde nadie la viera. ¿Por qué no se fue para su casa si nadie la podía ver? La respuesta es simple, porque era allí donde primero la buscarían. Segura de eso decidió instalarse en ese salón al que nunca había entrado y era perfecto, a nadie se le ocurriría pensar que estaba allí. Y como sabía que no tendría más qué hacer, olvidó el celular o mejor, no lo olvidó, lo dejó, decidió que se distraería mirando qué hacen los otros cuando creen que nadie los mira. Cuando la joven menuda trajo el mojito recargado jugaba con las gafas, las hacía girar entre sus dedos o las pasaba de una mano a la otra; sin darse cuenta seguía el ritmo del son que sonaba en ese momento. Unas horas, era todo lo que necesitaba; un par de horas sin que nadie la encontrara, sin que nadie supiera dónde estaba, después aparecería con cara de sorpresa, incluso con lágrimas preguntaría: ¿qué pasó?, ¿cuándo fue?, ¿por qué no me llamaron?, ¿quién lo hizo? No sabría decir si por la tensión del momento, por la música, o por el hecho de estar sola en un lugar público, no estaba acostumbrada, el tiempo pasó y el mojito se terminó antes de lo que hubiera querido. Necesitaba que el tiempo pasara pero no tan rápido. Fue el roce del hielo en sus labios lo que desató una desazón como no la había sentido nunca; pedir algo, otra bebida o algo para comer implicaba llamar la atención,  se convirtió en un martirio, lo que menos deseaba en ese momento. La joven menuda, atenta al servicio de sus clientes se acercó para preguntarle si deseaba ordenar su plato pero notó el desanimo de la dama de rojo hundida, cada instante más perdida en el asiento y no alcanzó a hacer su pregunta, la dama caía en un estado lamentable, entonces la joven menuda decidió que lo mejor era traerle otro mojito más recargado aun para reanimarla. Fue entonces cuando la dama de rojo vio al hombre que desde una de las mesas del salón la miraba como se mira cuando se quiere ver más de lo que se puede ver. El hombre la miraba y escribía en su celular…


Argumento. Detrás de una historia siempre vienen otras historias… dijo el hombre, también puede ser una mujer, y comenzó a escribir…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Cruces inventados

13 mayo, 2017 § Deja un comentario


Nada es invento. Si por alguna razón, los detalles, datos o fechas de los “cruces” que siguen, coinciden con hechos sucedidos en la llamada realidad, es porque de tanto repetirlos han tomado el aire de lo sabido. Sin embargo son coincidencias sencillas que, como todo el mundo sabe, están al origen de la ficción. Calificar estos cruces como inventados es una repetición quizá innecesaria…


Coincidencias
Dicen que Las Meninas es una puesta en escena, un montaje, toda proporción guardada, idéntico a las imágenes en movimiento que propone el cine. Una razón de peso es que el pintor utilizó la Cámara Oscura, un recurso que Vermeer y otros contemporáneos emplearon. Parece que Las Meninas fue construida a partir de imágenes independientes con el apoyo de la Cámara Oscura y luego editada, un término cinematográfico, en el taller donde el artista agregó los detalles y el misterio. Y es de ese misterio de donde pueden surgir tantas versiones como espectadores visiten El Prado o cualquiera de los museos virtuales en internet. Unas más fantásticas o acertadas, a ojos de los expertos, que otras. El cuadro de Velázquez fue pintado a mediados del siglo XVII y quién sabe de cuántas historias ha sido la fuente.
Las historias están en todas partes y cada uno promueve las que más le gustan. En ocasiones las narraciones se cruzan y alcanzan vida propia en espacios distintos. En “Short cuts”, traducido al español como “Vidas cruzadas”, Raymond Carver escribió nueve cuentos que suceden en lo profundo de la clase media americana. Robert Altman hizo una película en 1993, con base en las nueve historias; el título era el mismo. Por cuestiones de ambientación la película se sitúa en un Los Ángeles desconocido y poco visualizado pero se acerca a lo imaginado por Carver, quien murió en 1988. Unos cuentos que se cruzan y una película que aunque no es literal lleva el mismo título y pone en escena los mismos personajes. Otra obra, que tiene relación con los cuentos de Carver aunque es casi seguro que su autor no se cruzó con él ni con Altman, es la de Edward Hooper el pintor que en los años cuarenta creó situaciones que no están lejos de lo imaginado por Carver y Altman en sus ficciones cruzadas. Hooper pintó, por ejemplo, un hombre en mangas de camisa y chaleco, que podría ser uno de los personajes de Carver; el hombre fuma y al mismo tiempo mira por la ventana algo que el espectador no ve, mientras una mujer ¿su mujer? en camisón de seda lee un libro, ¿en voz alta?, sentada en una silla oscura. Están en una pieza de hotel. No es su habitación de todos los días, no hay intimidad en los objetos que allí se encuentran. Es una puesta en escena como la de Velázquez trescientos años antes y surte el mismo efecto: historias que se cuentan. Ni Carver, ni Altman, ni Hooper y menos aún Velázquez se cruzaron en ningún momento de sus vidas…


Memoria
La memoria es algo que a veces hace reír y a veces hace llorar, es el epígrafe de un documental del que sólo recuerdo esa frase. Hace pocos días, ayer, escuché hablar de un libro que se lee tan rápido como se olvida. No hay memoria sin olvido. “… Es tan corto el amor y es tan largo el olvido…” escribió Neruda; y Borges “…Sólo una cosa no hay, es el olvido…” Y de la misma manera es posible citar cientos de ejemplos de memoria y olvido que  llevarían a lo mismo: la memoria es el olvido.
Recordar una persona implica hacer una reconstrucción mental de su cara. Pero si el recuerdo debe ser más preciso, la búsqueda lleva a un momento señalado y el resultado será el momento de una acción y entonces vienen las preguntas: ¿cuándo sucedió aquello?, ¿cómo estaba yo vestido?, ¿qué hicimos después?, ¿por qué estábamos allí? Y entonces aparece el tiempo. Cuando alguien describe, en media hora, en diez páginas o en cien, una acción que tiene transcurso en años; memoria, olvido y tiempo, lo hacen de tal manera que quien escucha o lee recibe una versión creíble de lo sucedido. La acción literal, narrada al pie de la letra, minuto a minuto, tomaría tanto tiempo en su desarrollo como  la situación misma.
Como un ejercicio de memoria, o de olvido, una persona con quien sólo hablé una hora o un poco menos, me contó cómo la sensación de olvido lo invadió una noche frente a su computadora con un dolor de cabeza terrible. A mi pregunta de si había algo, cosa o persona que recordara más que otros de ese período, su respuesta fue: una mujer con un diente de oro. No hablamos más, su transporte llegó y el hombre fue a ocupar su puesto apresurado, se excusó diciendo que su tiquete no era numerado…


Las cosas no son del dueño
Las cosas no son del dueño sino, del que las necesita. Dicen. He aquí una prueba. Una vez, mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde para seguir mi camino alcancé a ver desde mi puesto de conductor unas gafas para sol abandonadas, perdidas por su dueño, al borde de la cera al otro lado de la calle. Desde ese instante consideré que eran mías pues yo las había visto de primero. ¿Primero de qué, antes que quién?, no lo se, pero eso fue lo que decidí y quedé convencido de mi derecho. No podía dejar mi puesto de conductor, cruzar la calle, recoger las gafas y volver de nuevo a mi puesto, era un riesgo, entonces las vigilé hasta el momento en que el semáforo hizo el cambio de luces. En el último segundo, cuando la luz titila entre rojo y amarillo antes de pasar al verde, un señor cruzó la calle corriendo y recogió las gafas como si fueran suyas. ¡He! grité… esas gafas son mías! Pero el hombre no me escuchó. Entonces pité varias veces hasta que logré llamar su atención. Mientras esto sucedía el semáforo paso a verde y el carro detrás de mí comenzó a insistir para que continuáramos. El señor al otro lado de la calle se quedó a la espera pues no sabía por qué le hacían señas desde un carro desconocido. Cuando llegué a su lado, tuve que parquear mi carro para no interrumpir el tráfico y le dije sin preámbulos, esas gafas son mías. La sorpresa del hombre fue tan grande como mi decisión para reclamar la propiedad. No nos dijimos ni una palabra más, él me las entregó, yo volví a mi puesto y partí. Ni siquiera se me ocurrió mirarlo por el retrovisor.
Hace poco en la ciclovía vi caer del bolsillo de atrás de alguien que me pasó en bicicleta un papel, tal vez era un billete, no lo puedo asegurar. Dos personas que trotaban unos metros detrás de mí vieron el papel y confirmaron que era un billete. Vi cuando lo recogieron. Recordé la historia de las gafas y les dije, ¡Eh, ese billete es mío! no me creyeron, no me lo entregaron y siguieron por donde iban como si nada hubiera pasado…
Argumento. Ningún cruce viene solo, dice el hombre. También puede ser una mujer… Después de decirlo sigue el cruce y, por supuesto, la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Ficciones pasajeras

6 mayo, 2017 § Deja un comentario


Como todos saben voy por la calle en busca de las ficciones de otros y generalmente encuentro las mías. Aquí van dos que viajaron conmigo en el transporte público hace algún tiempo y el azar o la repetición que me persigue las sube a esta Marginalia…

… No sucede a menudo y menos aun cuando el vagón va hasta el tope de pasajeros a pesar de que no es hora pico. Algo extraño, no sé decir qué, sucede. Primero, el vagón hasta el tope a una hora que habitualmente debería ir vacío o por lo menos con espacios generosos. Segundo, como no hay lugar cerca de las puertas donde prefiero estar, por instinto, para salir sin afugias o para evitar el estrujón. Me muevo hasta la mitad del pasillo y allí me agarro de la barra metálica, una acción que no es necesaria porque en medio del gentío cada uno se sostiene en el vecino. Un hombre joven viaja sentado en el puesto frente a mí sin levantar la vista porque está ocupado con su celular. No nota mi presencia y tampoco la de los otros pasajeros. Como también escribo en mi celular siento curiosidad por saber que escribe el personaje del asiento frente a mí. Convertir a los otros en personajes es una posibilidad que todo el mundo tiene pero pocos utilizan. Desde mi puesto de pie entre dos pasajeros, una mujer y un funcionario quizá de notaría intenté ver la pantalla del celular o leer lo que con agilidad pasmosa teclea pero es imposible, la pantalla es pequeña y la veo al revés, lo único que distingo son sus dedos moviéndose a la velocidad del rayo sobre el teclado. Se me ocurrió entonces escribir, en mi celular, lo que era posible que el personaje escribiera en el suyo si, como yo, tiene la costumbre de anotar lo que sucede alrededor. Ocupé, en mi imaginación claro está, su puesto y comencé a teclear en mi celular, quizá no tan veloz como él pero lo suficiente para no sentirme superado por su habilidad, lo que escribiría si ocupara su puesto: “…En este vagón apretujado hasta el tope, un hombre de pie espía los otros pasajeros, hace esfuerzos para escribir en su celular y no puede porque no tiene espacio. La mujer a su izquierda no se deja amedrentar por los empujones cortos y sostenidos pero precisos del hombre que escribe y no le permite movimiento. El hombre que escribe, además de apretujado, comienza a tener calor, se nota en su cara cada vez más congestionada; choca contra la espalda del funcionario a su derecha y de inmediato siente un golpe en la cintura a nivel del riñón. Lo corriente es que hubiera protestado pero no lo hace, se sostiene pegado a la barra y como desquite porque no se atreve a mirar de dónde vino el golpe, levanta el brazo más arriba de lo normal y empuja, esta vez sin disimulo, a la mujer que no se deja amedrentar. La mujer protesta. Le dice en tono de voz que todo el mundo escucha que controle su mala educación. El hombre no responde pero señala al pasajero que lo golpeó. La mujer no se deja llevar por la incomodidad del momento y por encima del hombre que escribe, empuja al pasajero de la izquierda que en ese momento ya está de espaldas…” Dejé de escribir como si fuera yo quien viaja sentado y no el personaje que ocupa el puesto al frente mí y de quien tomé el lugar, uno puede tomar el lugar de los personajes y en ocasiones, como ahora, la sorpresa es grande. Me di cuenta cuando dejé el lugar del personaje y volví al mío, de pie en el pasillo, que su puesto estaba vacío. El personaje que tecleaba a la velocidad del rayo había desaparecido. Quizá bajó en la estación anterior, la misma para donde yo iba, me dije. El vagón estaba prácticamente vacío y el único pasajero de pie en el centro del pasillo, agarrado a la barra metálica, era yo. Me pasé por estar tomando el lugar de personajes que seguramente bajaron donde debían hacerlo…
… Pintarse las uñas es un arte. Requiere habilidad, pulso y paciencia, sobre todo durante el tiempo de secado porque es frecuente que el trabajo se dañe por culpa de un movimiento de esos que se hacen sin pensar, que uno cree sin riesgo y cuya mecánica, si no se presta atención, saca, por así decirlo, las uñas. Esto es válido si quien se pinta las uñas es la misma persona o si una especialista es quien lo hace; de todas maneras el tiempo de secado es el mismo y lo que cada uno haga en él, es su problema. Todo esto sin mencionar que unas uñas bien pintadas requieren minucia y pulso firme.
Con esto en mente, porque he visto en innumerables ocasiones la frustración que resulta de uñas recién pintadas pero malogradas por un movimiento fortuito, la presencia de la mujer en la segunda banca de atrás para adelante en el bus de una de las tantas rutas que va hacia el sur por la avenida El Poblado en la acción precisa de pintarse las uñas, me puso sobre aviso. Por supuesto, no vi lo que la mujer hacía hasta el momento en que llegué a la banca libre a su lado pero al otro lado del pasillo. Solo tres pasajeros iban en el bus cuando subí en la parada anterior al Parque. Me pareció extraño que a esa hora, las doce y media, el bus fuera casi vacío. Uno de los tres pasajeros era la mujer que se pintaba las uñas. Los otros dos eran un muchacho grande y joven en la banca de atrás, frente al pasillo, con un monopatín en el piso bajo sus tenis sucios; y en la primera banca, detrás del chofer, una mujer vestida de rojo con lentejuelas y peinado despeinado, el color de su cabello no parecía ser el original pero no presté más atención a ese detalle porque la pose de la mujer en la segunda banca de atrás para adelante, plegada sobre ella como si quisiera aprovechar un momento propicio, que no va a regresar, llamó mi atención cuando pasé la máquina registradora y fui a ocupar la banca paralela a la suya. La mujer, con ropa deportiva, tenis fluorescentes, pantalón negro pegado al cuerpo; medias y camiseta magenta brillante llamaría la atención de cualquiera. Iba atareada en algo que no distinguí. Lo único visible era que venía concentrada en sus manos. Cuando ocupé mi lugar, el bus iba en movimiento, la mujer levantó la cabeza, entonces vi que tenía un pincel con tapa de esmalte para pintar uñas en una mano, la otra extendida sobre el muslo y entre las piernas, un frasco de esmalte rojo. Apenas me senté la mujer dejó de aplicar esmalte en sus uñas y quedó suspendida en la acción. Distinguí en su pose y en lo que alcancé a ver de su cara, quizá en sus labios apretados, la tensión de la espera. No dejé de mirarla. Cuando el bus se detuvo por culpa del tráfico, la mujer aprovechó y con precisión aplicó dos pasadas de esmalte en una uña, iba a hacer lo mismo en la siguiente pero el bus se puso en movimiento, frenó, arrancó de nuevo, esquivó un desnivel, disminuyó la velocidad para pasar un resalto y la mujer volvió a interrumpir su manicura. La idea de tomar una fotografía del momento me asaltó en alguna de las sacudidas del bus pero estaba obligado a esperar, como ella, los escasos momentos de quietud. Hubiera podido pedirle que si me permitía tomar una fotografía de su récord, porque es un récord pintarse las uñas en un bus en movimiento. He visto mujeres maquillarse, pintar sus ojos, sus labios o resaltar sus pestañas pero pintarse las uñas, era la primera. La fotografía, entonces, se convirtió en una obligación pero me faltaron agallas para pedirle que me dejara tomarle una foto, no hubiera sabido explicarlo si ella pregunta por qué o para qué. Y si se siente ofendida, si siente violada su intimidad, menos aun hubiera podido explicarlo. La fotografía sería de lado, de reojo si así pudiera llamarla, sin que ella lo notara y en el momento preciso en que el bus hiciera un alto o disminuyera la velocidad al punto de parecer quieto.
Lo que sucedió de ese momento en adelante es sencillo: ella esperó cada ocasión para aplicar esmalte y yo esperé cada ocasión para hacer, con mi celular, al calculo para no delatarme. Fallé más veces de las que logré acertar, en realidad las fallé todas, unas porque solo veía partes de su cuerpo, muslos o camiseta magenta; otras, porque, ella, más hábil que yo en eso de aprovechar los espacios de quietud, alcanzó a terminar sus diez dedos, alcanzó a soplar sus uñas frescas para que secaran más rápido y llegó antes que yo a su destino. Cuando bajó, sin siquiera mirarme, me quedé con el celular listo para la próxima parada donde lograría la fotografía del momento exacto en que ella aplica el esmalte en alguna de sus uñas, pero la parada llegó, ella desapareció y no logré la foto. El testimonio de esta historia es deficiente, tendrán que creerme…
Argumento. Me repito, dice el hombre, también puede ser una mujer… Y comienza a narrar la historia de siempre…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para mayo, 2017 en .