Perros calientes

29 abril, 2017 § Deja un comentario


Con frecuencia espero en las esquinas. En cualquier esquina. Lo desapercibido en la mitad de la cuadra, es relevante en la esquina. En los pueblos, la iglesia ocupa buena parte de uno de los cuatro costados,  la alcaldía el otro, en general el que está en frente al otro lado de la plaza y en las esquinas están la casa cural, la casa del gamonal, el bar más concurrido, los juzgados; en ocasiones hay una estación de policía pero suele estar disimulada en la mitad de la cuadra cerca de los juzgados. En las aglomeraciones urbanas las esquinas tienen dueños y habitantes variados; mandamases de la cuadra, de la calle o del barrio que alquilan el espacio entre semáforos para que otros ejerzan de venteros ambulantes, saltimbanquis, malabaristas, payasos, bailarines sin música o trompetistas, los he visto. Lo curioso de las esquinas es que a pesar de encontrarse en los extremos de calles o plazas, son el centro de la acción. En lenguaje de ordenador urbano esquina es el cruce de dos vías. En lenguaje de vendedores de cigarrillos, de lotería, de aguacates o de perros calientes es donde están los clientes. En lenguaje de gamonales, la esquina es la mayor demostración de poder, sobre todo si es de plaza principal. Una esquina, en términos de comercio, es el lugar más costoso de la cuadra; lo mismo si se trata de vivienda, las casas de esquina son más caras y en general más grandes.
Hay esquinas famosas como “Speakers Corner” en el Hyde Park de Londres o la que forman Broadway y la Cuarenta y dos: “Times Square” de New York. Igualmente famosos son el cruce de Junín con la Playa en Medellín y la esquina de la avenida Jiménez con la carrera Séptima en Bogotá, donde han asesinado caudillos, iniciado manifestaciones que derrocan dictadores y también eventos deportivos de la talla de la Vuelta a Colombia en bicicleta. Sin embargo pueden más las esquinas pequeñas, de barrio, conocidas solo para los vecinos. La esquina del granero “La Abundancia” es famosa en cinco calles a la redonda y tiene tanta historia como las más engalanadas del mundo. O “Cuatro Esquinas” que se apoderó de los puntos de convergencia posibles. En una esquina de aquellas sucedió una historia que me cuesta no narrar.


Con frecuencia, mientras el semáforo cambia de color o aun después de que haya cambiado, espero en la esquina. Espero más de un cambio de luces o voy hasta la acera del frente y cuando la luz pasa a rojo regreso al punto de partida. Es una técnica. Hace algunos días, al anochecer, después ir varias veces hasta la acera del frente y regresar, a la espera del hecho que no dejaría el día en blanco y sería suficiente para una historia, claudiqué; cansado de pasar la calle de un lado a otro sin que nada sucediera, a parte de dos frases de circunstancia. Un policía bachiller dijo a su compañero mientras esperaban el cambio de luz: “…oí decir que nos iban a dar arma…”. Los dos agentes pasaron más rápido que yo, desaparecieron entre la gente y no escuché la continuación. La otra frase me alcanzó cuando llegué al otro lado, un hombre mayor dijo: “…solo me faltan los exámenes de orina…” ignoro si lo dijo a un amigo, mayor como él o a su mujer. No escuché más porque una moto frenó en seco a mi lado. Era una moto grande. Quien la manejaba se bajó sin quitarse el casco. El parrillero, también sin quitarse el casco se quedó en la moto, para cuidarla y sostenerla en equilibrio, me dije. La moto quedó con el motor y las luces prendidas. Al bajarse con afán, de mala gana me pareció, el piloto caminó a paso largo hasta un puesto de perros calientes a unos metros de la esquina. Pasó a mi lado como una exhalación de ida y, al regreso, dos o tres minutos después, con un enorme envoltorio cubierto de salsas y aderezos, fue una tromba. No chocó conmigo porque una luz premonitoria me hizo dar un paso atrás. Todavía con el casco puesto, no sabría decir si era hombre o mujer, se acercó al que se había quedado en la moto prendida y, sin miramientos, puso el envoltorio con el perro caliente frente a la visera de su casco.

Tampoco podría decir si el parrillero era hombre o mujer a pesar de que observé con atención su figura quieta mientras esperaba el regreso del otro, ¿otra? Había un gesto de rabia en la manera como puso la mezcla de salsas, ripio de papas, pan y la apenas visible punta de una salchicha, frente a los ojos del parrillero. ¿Parrillera? Sin mover el envoltorio con el perro del lugar donde lo puso y sin quitarse los cascos se enfrascaron en una discusión sorda. La, o, el que se quedó sosteniendo la moto, rechazó el envoltorio con un movimiento de parabrisas de su casco mientras el otro, hombre o mujer, insistía acercando cada vez más el perro caliente a la visera. Discutían sin hablar aislados por los cascos. Por la energía de los gestos, si hubieran gritado ni siquiera el ruido del tráfico hubiera sido suficiente para acallarlos, la discusión se hubiera escuchado en varias cuadras a la redonda. El piloto, cansado, cansada, de discutir sin encontrar salida, levantó la visera de su casco, introdujo el envoltorio por el espacio negro que abrió y dio un mordisco que solo puede ser de rabia, lo digo por lo que quedó cuando lo volvió a poner al frente al casco del parrillero, parrillera. Nunca podré asegurar si eran un hombre y una mujer o dos hombres o dos mujeres porque en un movimiento inesperado, el parrillero, hombre o mujer o lo que fuera, pasó de su puesto al puesto del piloto, aceleró y desapareció calle arriba, pasó el semáforo en rojo y sin que el otro, otra, con medio perro caliente en la mano pudiera hacer nada, solo correr detrás…
Argumento.  Con estas palabras comienza la historia: ¡…En esta esquina…!
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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