La parábola de los ciegos

22 abril, 2017 § Deja un comentario

En 1568 Pieter Brueghel, el viejo, tenía cuarenta y tres años. Moriría al año siguiente después de pintar dos de sus obras más representativas: La parábola de los ciegos y La urraca sobre el cadalso. El año anterior, con la llegada del Duque de Alba y por orden de Felipe II, había comenzado en el País Flamenco la represión de la doctrina protestante. Según algunos especialistas las dos pinturas denuncian la persecución. En La urraca sobre el cadalso, la horca y la urraca simbolizan la habladuría que lleva a la ejecución; en La parábola de los ciegos, el guía ciego y sus seguidores también ciegos caerán al hoyo que les espera justo cuando pasan frente a la iglesia de Santa Ana. La parábola es una pintura al temple, pigmentos mezclados sobre la tela con cola líquida, una técnica empleada en lugar de la pintura al óleo y utilizada para la ilustración de libros. Brueghel aprendió el temple de su maestro Pieter van Aelst y del ilustrador italiano Giulio Clovio con quien trabajó la pintura en miniatura durante su estadía en Italia, de allí su precisión en el detalle. Sin embargo hay quien asegura que su suegra Mayken Verhulst influyó en su aprendizaje.

… Hace dos años, cuatrocientos cuarenta y cinco después de que Pieter Brueghel pintara La parábola de los ciegos, una tarde de viernes, mientras caminaba por la canalización de la quebrada La Ayurá rumbo a la Avenida El Poblado, los vi. A unos veinte metros, los vi. Los bastones llamaron mi atención. Eran dos. Supuse, nunca se debe suponer, que un tercero los guiaba. Los bastones eran blancos con tramos rojos. Supuse, digo, que eran dos ciegos, por los bastones, y el tercero, un vidente que los acompañaba. Eran las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde de un viernes caluroso. A esa hora el poniente tiñe de ocre todo lo que toca, carros y pavimento y árboles que bordean la canalización. Porque es viernes en la tarde, víspera de fin de semana, hay más gente, más carros, más ruido. Hace calor. Tal vez por eso vi tres. Los dos ciegos y el guía. Cuando me encontré a menos de diez metros distinguí sólo los ciegos, es decir, los portadores de los bastones. No había guía. Esperaban que el semáforo cambiara a verde al borde de la acera. Eran dos hombres mayores, el más joven iba adelante, el otro, más bajo de estatura y con la mano derecha en el hombro de su compañero se dejaba guiar. Llegué a su lado, parecían tranquilos y dueños de la situación. La luz cálida del poniente hacía brillar sus bastones y sus camisas blancas…

Dos años antes de la pintura de Brueghel, Erasmo publicó en su Adagia “El ciego líder del ciego” donde Horacio menciona los ciegos inspiradores de la parábola que Brueghel amplió a seis. Dicen que la pintura de Brueghel inspiró a Charles Baudelaire el soneto Los ciegos que fuera publicado en la revista L’Artiste y más tarde incluido en la segunda edición de Las flores del mal, sin embargo hay quien duda porque es posible que en 1860, año en que Baudelaire escribió el poema no conociera la pintura pues la copia que se encuentra en El Louvre llegó en 1893. Se dice también que el escritor alemán Ernest Hoffmann se inspiró en la pintura para escribir uno de los diálogos de La ventana en la esquina, uno de los cuentos de su libro “Cuentos póstumos”. El punto en común entre Baudelaire y Hoffmann es que ambos hacen alusión a las caras dirigidas al cielo de los ciegos. ¿Qué buscan los ciegos en el cielo? se pregunta Baudelaire. Quien sí escribió un poema en 1962 en el libro Pinturas de Brueghel y otros poemas fue el poeta americano William Carlos William: …los rostros se levantan / hacia la luz / no hay detalles ajenos / a la composición cada uno / sigue a los otros báculo / en mano triunfante hacia el desastre.

… Quizá temeroso del desastre, esperé con los ciegos el cambio de luz del semáforo. Cuando el timbre que indica el cambio sonó los dos ciegos iniciaron su paso de un lado a otro de la calle. Ambos movían los bastones como péndulos, contra el piso, delante de sus pasos. La luz rasante destacaba sus figuras pausadas y sus sombras proyectadas en el asfalto parecían ir  más rápido que ellos. El calor hacía reverberar el momento, los ciegos en fila iban cada vez más lento, los segundos que marca con sonido metálico el semáforo antes del cambio de luces transcurrían implacables. Calculé que no alcanzarían a llegar al otro lado antes de terminar el conteo y la jauría de motorizados se desbocaría sobre ellos calle abajo. Por la luz rasante y dura, por el desplazamiento sin afán de los ciegos, por las siluetas de los automóviles a la espera viendo desfilar los dos hombres frente a ellos, por todo eso y también porque nada más se movía alrededor, se hizo un silencio profundo donde lo único que se escuchaba era el rastrillar de los bastones que indican el camino…

Seis ciegos siguen el paso que indica el guía, también ciego, en la pintura original; se llevan agarrados al bastón o al hombro del que va adelante. En otras pinturas los ciegos se identificaban por los ojos cerrados; en La parábola, Brueghel adjudica, hasta el más mínimo detalle, una condición ocular diferente a cada uno: el segundo no tiene ojos, el tercero sufre leucoma, el cuarto una atrofia del globo ocular, el quinto no percibe la luz; al sexto lo mismo que al primero, el guía, que ya cayó en el cepo, no se les ven los ojos. Los ciegos giran la cabeza en dirección al cielo, la actitud que atrajo la atención de Baudelaire y Hoffman; la precisión en el detalle y la austeridad en el empleo de tonos tierras oscuros, verdes y grises. No hay rojos. Además, el movimiento imparable de la composición que conducirá a los seis personajes al mismo hueco, hacen de La parábola un ejemplo de la maestría de Pieter Brueghel. El drama está a la vista, el desenlace sucederá de un momento a otro.

… El silencio alrededor de los dos hombres, la precaución de su paso, la luz rasante y sus sombras alargadas atizaban el drama. Esperé en la esquina, miré sus pasos lentos y el ritmo acompasado con que rastrillaban sus bastones contra el piso. Pensé que no alcanzarían a llegar a la otra orilla. Recordé la pintura de Brueghel y agradecí que no hubiera un hueco al otro lado de la vía donde hubieran caído sin remedio. Pasaron dos años antes de que la parábola del ciego guiando el ciego me alcanzara de nuevo. Busqué entre mis papeles las notas que tomé aquel día y como Brueghel, que en su momento denunció la ceguera del poder al reprimir a quienes no están de acuerdo, caí en la cuenta de que la historia se repite y de la misma manera que hace cuatrocientos cuarenta y nueve años, los ciegos de hoy, guiados por otros ciegos, vamos sin remedio a un hueco profundo de donde nada nos sacará…

La parábola de los ciegos es una pintura relativamente pequeña: ochenta y seis por ciento cincuenta y cuatro centímetros. Se encuentra en la Galería Nacional de Capodimonte en Nápoles. La copia que quizá Baudelaire nunca vio está en el Museo de El Louvre en Paris…
Argumento. El hombre, también puede ser una mujer, pregunta: ¿ve? El ciego dice no… y caen. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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