Nada es lo que parece

15 abril, 2017 § Deja un comentario

Es difícil saber lo que piensa la gente en los lugares públicos. Los observo con disimulo y hago lo posible por imaginarlo. Ninguno creería, si se los dijera, que está en camino de convertirse en el personaje de una historia sin final de la que no podrá salir más. Por eso, dirán algunos, es mejor no mirar para ningún lado, no ver a nadie y pasar como se pasa un desierto, rápido. Por eso, por aquello del desierto, el hombre que vi venir de lejos me causó la impresión de estar en una historia de la que era imposible salir. ¿Por qué, el hombre que se acercó despacio, sin arrastrar los pies pero lento, parecía no poder salir de esa historia que lo tenía dominado? No hubiera sabido decirlo en ese momento, luego vinieron los hechos. Ya verán.
Era un hombre de apariencia corriente. Estatura promedio, edad promedio, bigote gris más bien delgado y mirada perdida tras unas gafas de carey antiguas; camisa color crema, pantalón marrón de tela sintética y zapatos también marrón. Protegía con cariño, bajo el brazo izquierdo, la forma negra y delgada de un estuche de cuero. Me dije que era músico. Tenía figura de músico. El estuche de cuero negro trajinado por el tiempo podía contener un clarinete. No tuve duda, era un estuche de clarinete, pequeño para un oboe y grande para una flauta. Lo observé sin que se diera cuenta y confirmé para mi tranquilidad que era músico. La manera de proteger el estuche lo delataba. También lo delataba una suerte de temblor permanente que parecía salido de su interior como una manera de sostener el ritmo, un ritmo de él, propio, una energía subterránea que en apariencia dominaba sin dificultad. El tamborileo con las puntas de los dedos en el aire y el tap tap, al dos por cuatro, con el zapato derecho lo ponían evidencia ante mí, experto en descifrar lo que la gente lleva por dentro y pretende no dejar ver. Había que observarlo con detenimiento para ver que la música lo invadía. Los transeúntes que pasaban a su lado o tropezaban con él no lo notaban; muchos, ni siquiera lo miraban. Fue evidente para mi que el músico iba para una cita de trabajo, era media tarde y se me ocurrió pensar en la posibilidad de un ensayo, su orquesta preparaba un concierto, en el peor de los casos, para esa misma noche; de ahí, me dije, el temblor interior que lo ponía a tono. El hombre miraba al frente, estaba concentrado en su música. Estoy seguro de que no me vio, en ningún momento me vio. Hubiera podido observarlo de frente sin encogimiento y él no lo hubiera notado. Y entonces, mirándolo bien, no me pareció que fuera integrante de una orquesta sinfónica, el tap tap con sus pies delataba un ritmo más movido, ¿salsa, merengue, cha cha, cha? no lo sé, algún ritmo de ese estilo, más no clásico. Quizá lo que desencadenó esa duda, la primera, fue el bigote delgado, pulido como una línea, al estilo Vicentico Valdés aquel cubano cantante de salsa.
Y de la primera duda surgió otra que comenzó a hacer mella, el tamborileo que pensé como marcador de un ritmo musical se convirtió en “tic” que camufla el vacío de la espera. La mirada fija al frente, el cuerpo tenso, el tap tap corto, sencillo, sin ruido, con el zapato, fueron los rasgos que eliminaron su apariencia de músico. Ya no era músico, ya no iba para un ensayo. ¿Qué era?, ¿para dónde iba?, ¿qué esperaba?, ¿el “tic” era una manifestación de nervios reprimida?, ¿y el estuche?, ¿si no era un clarinete?, ¿qué era? No sé cómo ni por qué el estuche de clarinete se convirtió en portador, fino y de cuero aunque trajinado, de caña de pescar y entonces lo del trajín pareció posible porque nadie va por montes y veredas en busca de cañadas o riachuelos, los pocos que quedan, sin desgastar el equipo. Ahora el hombre sostenía el estuche con las dos manos y sus dedos se movían al ritmo de la espera mientras, como si quisiera ignorar el lugar, su mirada continuaba fija al frente. El hombre que un cuarto de hora antes tenía figura de integrante de una orquesta que se movía al ritmo de lo que tocaría esa misma noche, pasó a reflejar la impaciencia del pescador que espera y tamborilea, sin ruido, mientras el pez merodea alrededor de su carnada. Resultó entonces claro en mis conjeturas de observador experimentado, que el hombre estaba en una historia de la que no se podía evadir. Era un pescador que hacía rutinas de espera mientras llegaba lo que tenía que llegar: una hora, un encuentro, una cita, un pez, quizá gordo. Si este hombre espera con la tranquilidad del pescador, a esta hora, en este lugar y con media hora de avance (después de media hora nada había sucedido aparte de pasar de músico a pecador), es porque no tiene nada más que hacer, duda de la certeza de la cita o espera un pez gordo a quien no puede quedarle mal.
Si es esto lo que sucede, la situación cambia, un pez gordo es otra cosa, el estuche deja de ser estuche de caña de pescar y se convierte en secreto, ofensivo, defensivo o quizá solo disculpa para salir de casa sin crear sospechas y sin dar explicaciones. El hombre, estaba seguro ahora, espera un pez gordo. Pero, a pesar de que se hacía evidente el por qué de su presencia allí, el estuche continuaba siendo un secreto. No esconderlo, no disimularlo, era la prueba irrefutable del secreto. Para que algo sea secreto hay que decirlo, mostrarlo, ponerlo en primer plano, si no se hace así no existe y pasa desapercibido. El contenido del estuche que pasó del inofensivo clarinete a la caña de pescar, se convirtió en mí obsesión y pasó a ser arma, cerbatana silenciosa y mortífera, o estilete de espía en la guerra fría. Me enfrasqué en el descubrimiento del secreto con tanta fuerza que cuando llegó el pez gordo, si llegó, o quizá utilizó el arma camuflada en el estuche, si la utilizó, no lo noté. Para mi tranquilidad, el hombre no toca el clarinete en una orquesta y tampoco es pescador, sin embargo, ignoro aun y eso me deja inmerso en su secreto, el contenido del estuche…
Argumento.Los secretos solo existen cuando se les califica como tales. Hasta entonces son nada… Así, con nada, empieza una novela secreta…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2015 / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

          

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