Máscara contra máscara

8 abril, 2017 § Deja un comentario

La Arena México en la colonia Doctores, 197 calle Dr. Lavista en el DF, estaba a reventar. Pantallas gigantes, luces giratorias con colores que cambian al ritmo de la música estridente, pitos, gritos; la multitud alborotada en la fila y en el hall presagian un espectáculo seguramente difícil de olvidar. En el hall de entrada, antes de las graderías, algunos luchadores o sus dobles, rodeados de modelos en bikini posaban para los fotógrafos de ocasión, todo dueño de celular es uno. Había, por supuesto, teatralidad en las poses, en sus músculos a punto de estallar, en las modelos que se mueven como gacelas. “…Las actitudes y vestimentas teatrales de los luchadores presagian el futuro de su papel en el cuadrilátero…” escribe, palabras más palabras menos, Roland Barthes en su texto sobre el mundo de la lucha libre. “Catch” en francés. La teatralidad del momento, la expectativa de lo que íbamos a presenciar, la presencia de los luchadores o sus dobles y las modelos en hall, no parecía fuera de lugar. Estábamos allí para ver un espectáculo con personajes de habilidad extrema en el cuadrilátero, personajes que conocen su papel, el devenir de sus intervenciones y también los gestos y voces, con los que enardecen el público o entre ellos, llegado el momento.
La teatralidad también está en el público. En la fila antes de entrar y en el hall me crucé con asistentes enmascarados como los luchadores que íbamos a ver: ¿luchadores en asueto?, ¿aficionados que se toman el momento a pecho? En la fila de asientos delante de la mía, a unas diez o doce filas del cuadrilátero y con vista total del espectáculo, menos en los momentos de mayor algarabía cuando el público se para, grita, levanta los brazos, vitorea o rechaza a uno u otro de los protagonistas, cuando todos hacemos lo mismo, una pareja joven se emociona, se abraza, se separa, se besa, a veces de pie, a veces sin levantarse de sus puestos; él lleva máscara de luchador color naranja con arabescos negros, ella no; la máscara, sin embargo, no impide la emoción, la estimula.


La Arena México está a reventar. Esta noche el combate estelar promete emociones, máscara contra máscara, El Diamante Azul contra Pierroth. Es combate de apuesta. En los combates de apuesta, máscara contra máscara o cabellera contra cabellera, quien pierde debe quitarse la máscara o raparse la cabeza, y eso, según la norma establecida, equivale a desaparecer. No volverá a subir a un cuadrilátero con el nombre y la máscara o la cabellera con la que perdió el combate de apuesta. Pierde la incógnita en el caso de la máscara o la personalidad en el de la cabellera. Y si regresa a los cuadriláteros será bajo otro nombre y con otros distintivos. Supe de un luchador que en un combate de apuesta, cabellera contra cabellera, perdió, fue rapado por su contrincante y cuando regresó enmascarado lo hizo con tal suerte que por su estilo, por sus fintas, el público lo reconocía y le gritaba el nombre anterior. He aquí una diferencia con el “catch”: el luchador de “catch” no tiene la preocupación de ganar sino de realizar las posturas que se esperan de él; Roland Barthes anotó en su texto que el “catch” es un espectáculo y no un deporte. La lucha libre tiene tanto de uno como de otro con la diferencia de que el luchador que participa en combates de apuesta pone en juego su identidad, su personalidad en el cuadrilátero y perder puede ser una lastre de por vida.
La norma es estricta, quien hace carrera, con máscara, en el mundo de la lucha libre no puede mostrar su rostro en público y tampoco dejar conocer su nombre, por ningún motivo. Las entrevistas en la prensa o la televisión; la llegada o salida en ropa de calle de la Arena serán siempre con la máscara. La máscara, llamada la incógnita, es su imagen pública. Y en esto hay algo de teatral: el luchador enmascarado es un actor. La máscara le otorga una personalidad, una manera, un estilo; la máscara significa su personaje. La máscara es su heterónimo. El heterónimo de El Santo, el enmascarado de plata, uno de los más legendarios luchadores es Rodolfo Guzmán Huerta o quizá es al contrario; el nombre y apellidos de El Santo solo se conocieron en el momento de su retiro. Sucede con frecuencia a los luchadores, héroes incógnitos, a quienes la gente reconoce y pide autógrafos cuando llevan la máscara y no los reconocen, los ignoran, cuando van por la calle sin ella. Con la máscara son famosos, sin ella son transeúntes anónimos. Durante la velada presenciaremos, aparte del combate de fondo, otros cinco combates y el homenaje a un hombre que llegó al retiro de la actividad sin perder la máscara, con la incógnita intacta; se trata de El Villano III quien, acompañado por sus hijos, luchadores enmascarados como él, se quitará la máscara en el cuadrilátero frente al público y dejará ver su cara. Volverá a ser él, después de años en los cuadriláteros. Un momento emocionante, sin lugar a dudas.


Los combates se disputan a tres asaltos. El luchador que quede inmóvil, la espalda contra la lona pierde y es el fin del asalto. El primer combate femenino enfrentó seis mujeres, tres contra tres; luego vinieron dos combates masculinos también tres contra tres; la disputa por un campeonato mundial entre El Último Guerrero y Matt Taven; y, antes del homenaje a El Villano III, la disputa de otro título mundial de tríos masculino. La norma establecida enfrenta siempre rudos contra técnicos. Los rudos van contra todo, no respetan las reglas y para ellos todo vale, son los villanos. Los técnicos, por el contrario, respetan y casi siempre tienen el favor del púbico, son los héroes. Los rudos hacen gestos agresivos a las graderías desde lo más alto de las cuerdas y cometen faltas que son abucheadas; sin embargo atizan la emoción y la participación del público que se levanta y grita para rechazarlos o apoyarlos. Entre el público hay partidarios de los dos bandos.
A medida que se desarrolla el combate los golpes van y vienen, las patadas voladoras, los brazos inmovilizados, los tirantes a los brazos, las llaves de rendición, las de dolor, los toques de espalda y los forcejeos a ras de la lona, los candados al cuello y a los brazos; todos los movimientos son una demostración de habilidad, arrojo y estado físico. De un momento a otro, sin que nadie lo espere, uno de los combatientes, quizá un técnico aunque un rudo también lo hace, corre de un lado a otro del cuadrilátero, se deja rebotar contra las cuerdas del costado opuesto y en su regreso golpea con el antebrazo el cuello y los hombros de su oponente que posiblemente no espera la maniobra. En otras ocasiones el rudo sorprende al héroe con una voltereta en el aire, se amarra a su cuello con los pies y en una finta veloz de su cuerpo, lo derriba a la lona. El héroe queda golpeado o se entrega a la derrota, sin embargo se recupera con facilidad inesperada y en segundos se encuentra de nuevo con los brazos al frente y las manos abiertas a la espera de empuñar las del rudo como si nada hubiera pasado. Caer fuera del cuadrilátero es frecuente, buena parte de los combates tiene lugar en el espacio abierto alrededor, cerca y a veces entre el público. Cuando uno de los contrincantes cae fuera su oponente vuela entre las cuerdas, se suspende en el aire y va a dar con todo su peso encima del otro y allí, en ese pasadizo estrecho, continúa la lucha. Entonces la Arena tiembla, grita, ovaciona.

El Santo, El hijo de El Santo, El Cavernario, Karloff Lagarde, La Pantera Sureña, El Copetes, El Villano, La Orquídea Negra, Blue Demon, El Pandita, El Matemático Junior, Aníbal, El Hijo de Aníbal, Cien Caras, Dragón Lee, Marco Corleone, Los Misioneros de la Muerte, El Espanto, La Princesa Guerrera, El Invasor, Estrellita, Tiffany, El Polímero Espacial, El Espíritu, Olimpus o Al Rojo Vivo, y muchos otros con nombres pintorescos, extraños o agresivos han sido héroes o villanos; mujeres y hombres, que han trasegado los cuadriláteros de México, Estados Unidos, América y Europa, durante décadas. Algunos han perdido su incógnita o su cabellera pero casi siempre han vuelto con otro nombre o con otra personalidad. La lucha libre es un arte que se hereda, que vive en las familias de padres a hijos a sobrinos incluso a nietos y por ruda que parezca, no descarta mujeres, algunas de ellas luchadoras con historiales de campeonas. Por esto no es extraño encontrar parejas de hermanos, o padres e hijos, que luchan juntos, se lleva en la sangre.
El combate de fondo, máscara contra máscara entre El Diamante Azul y Pierroth, fue un espectáculo desde la salida de los contrincantes por la rampa inclinada que lleva al cuadrilátero. El Diamante Azul hace honor a su nombre y pasa entre las cuerdas envuelto en una capa azul, amplia y semi transparente. Todo en él es azul: la máscara, los botines, la pantaloneta. En tres vueltas rápidas saluda a su público. No ha terminado aun cuando, de un momento a otro, una figura con vestido de calle, saco y pantalón negro, camisa blanca y corbata también negra, entra al cuadrilátero como una tromba. Lo único que lleva a pensar que no se trata de un espontáneo que saltó allí para saludar al Diamante es la máscara negra con arabesco blanco: es el El Pierroth que invade con fuerza el terreno; de un tirón arranca sus ropas y queda en pantaloneta, listo para el combate. El publico grita, aplaude, abuchea. La pareja delante de nosotros: él con máscara, ella no, se abrazan con emoción. Fueron tres asaltos disputados. Las llaves, las fintas, los candados, los saltos y contra saltos, abundaron. Un candado al brazo a ras de lona en el tercer asalto, con la espalda del Pierroth vencida, dio como ganador a El Diamante Azul. El Pierroth perdió la incógnita. Como nos habían prevenido nuestros acompañantes Diana y Agustín, Luz Elena, mi mujer, y este cronista, terminamos como la concurrencia, aplaudiendo el espectáculo, aplaudiendo a héroes y villanos. Era cerca de la media noche cuando salimos en busca de un carro a la calle Dr. Lavista…
La Familia Lorenzo, pintores de padres a hijos y a nietos, originarios del estado de Guerrero, son los autores de los luchadores que ilustran esta Marginalia. Nos encontramos con Fernando Lorenzo un miembro de la familia en el puesto que tienen los sábados en el mercado San Ángel en el DF. Siempre están por allí…
Argumento. Todos tenemos un heterónimo, dijo. Por lo menos uno, respondió el otro… O más volvió a decir el primero… Así con ese inventario comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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