Perros calientes

29 abril, 2017 § Deja un comentario



Con frecuencia espero en las esquinas. En cualquier esquina. Lo desapercibido en la mitad de la cuadra, es relevante en la esquina. En los pueblos, la iglesia ocupa buena parte de uno de los cuatro costados,  la alcaldía el otro, en general el que está en frente al otro lado de la plaza y en las esquinas están la casa cural, la casa del gamonal, el bar más concurrido, los juzgados; en ocasiones hay una estación de policía pero suele estar disimulada en la mitad de la cuadra cerca de los juzgados. En las aglomeraciones urbanas las esquinas tienen dueños y habitantes variados; mandamases de la cuadra, de la calle o del barrio que alquilan el espacio entre semáforos para que otros ejerzan de venteros ambulantes, saltimbanquis, malabaristas, payasos, bailarines sin música o trompetistas, los he visto. Lo curioso de las esquinas es que a pesar de encontrarse en los extremos de calles o plazas, son el centro de la acción. En lenguaje de ordenador urbano esquina es el cruce de dos vías. En lenguaje de vendedores de cigarrillos, de lotería, de aguacates o de perros calientes es donde están los clientes. En lenguaje de gamonales, la esquina es la mayor demostración de poder, sobre todo si es de plaza principal. Una esquina, en términos de comercio, es el lugar más costoso de la cuadra; lo mismo si se trata de vivienda, las casas de esquina son más caras y en general más grandes.
Hay esquinas famosas como “Speakers Corner” en el Hyde Park de Londres o la que forman Broadway y la Cuarenta y dos: “Times Square” de New York. Igualmente famosos son el cruce de Junín con la Playa en Medellín y la esquina de la avenida Jiménez con la carrera Séptima en Bogotá, donde han asesinado caudillos, iniciado manifestaciones que derrocan dictadores y también eventos deportivos de la talla de la Vuelta a Colombia en bicicleta. Sin embargo pueden más las esquinas pequeñas, de barrio, conocidas solo para los vecinos. La esquina del granero “La Abundancia” es famosa en cinco calles a la redonda y tiene tanta historia como las más engalanadas del mundo. O “Cuatro Esquinas” que se apoderó de los puntos de convergencia posibles. En una esquina de aquellas sucedió una historia que me cuesta no narrar.


Con frecuencia, mientras el semáforo cambia de color o aun después de que haya cambiado, espero en la esquina. Espero más de un cambio de luces o voy hasta la acera del frente y cuando la luz pasa a rojo regreso al punto de partida. Es una técnica. Hace algunos días, al anochecer, después ir varias veces hasta la acera del frente y regresar, a la espera del hecho que no dejaría el día en blanco y sería suficiente para una historia, claudiqué; cansado de pasar la calle de un lado a otro sin que nada sucediera, a parte de dos frases de circunstancia. Un policía bachiller dijo a su compañero mientras esperaban el cambio de luz: “…oí decir que nos iban a dar arma…”. Los dos agentes pasaron más rápido que yo, desaparecieron entre la gente y no escuché la continuación. La otra frase me alcanzó cuando llegué al otro lado, un hombre mayor dijo: “…solo me faltan los exámenes de orina…” ignoro si lo dijo a un amigo, mayor como él o a su mujer. No escuché más porque una moto frenó en seco a mi lado. Era una moto grande. Quien la manejaba se bajó sin quitarse el casco. El parrillero, también sin quitarse el casco se quedó en la moto, para cuidarla y sostenerla en equilibrio, me dije. La moto quedó con el motor y las luces prendidas. Al bajarse con afán, de mala gana me pareció, el piloto caminó a paso largo hasta un puesto de perros calientes a unos metros de la esquina. Pasó a mi lado como una exhalación de ida y, al regreso, dos o tres minutos después, con un enorme envoltorio cubierto de salsas y aderezos, fue una tromba. No chocó conmigo porque una luz premonitoria me hizo dar un paso atrás. Todavía con el casco puesto, no sabría decir si era hombre o mujer, se acercó al que se había quedado en la moto prendida y, sin miramientos, puso el envoltorio con el perro caliente frente a la visera de su casco.

Tampoco podría decir si el parrillero era hombre o mujer a pesar de que observé con atención su figura quieta mientras esperaba el regreso del otro, ¿otra? Había un gesto de rabia en la manera como puso la mezcla de salsas, ripio de papas, pan y la apenas visible punta de una salchicha, frente a los ojos del parrillero. ¿Parrillera? Sin mover el envoltorio con el perro del lugar donde lo puso y sin quitarse los cascos se enfrascaron en una discusión sorda. La, o, el que se quedó sosteniendo la moto, rechazó el envoltorio con un movimiento de parabrisas de su casco mientras el otro, hombre o mujer, insistía acercando cada vez más el perro caliente a la visera. Discutían sin hablar aislados por los cascos. Por la energía de los gestos, si hubieran gritado ni siquiera el ruido del tráfico hubiera sido suficiente para acallarlos, la discusión se hubiera escuchado en varias cuadras a la redonda. El piloto, cansado, cansada, de discutir sin encontrar salida, levantó la visera de su casco, introdujo el envoltorio por el espacio negro que abrió y dio un mordisco que solo puede ser de rabia, lo digo por lo que quedó cuando lo volvió a poner al frente al casco del parrillero, parrillera. Nunca podré asegurar si eran un hombre y una mujer o dos hombres o dos mujeres porque en un movimiento inesperado, el parrillero, hombre o mujer o lo que fuera, pasó de su puesto al puesto del piloto, aceleró y desapareció calle arriba, pasó el semáforo en rojo y sin que el otro, otra, con medio perro caliente en la mano pudiera hacer nada, solo correr detrás…
Argumento.  Con estas palabras comienza la historia: ¡…En esta esquina…!
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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La parábola de los ciegos

22 abril, 2017 § 1 comentario


En 1568 Pieter Brueghel, el viejo, tenía cuarenta y tres años. Moriría al año siguiente después de pintar dos de sus obras más representativas: La parábola de los ciegos y La urraca sobre el cadalso. El año anterior, con la llegada del Duque de Alba y por orden de Felipe II, había comenzado en el País Flamenco la represión de la doctrina protestante. Según algunos especialistas las dos pinturas denuncian la persecución. En La urraca sobre el cadalso, la horca y la urraca simbolizan la habladuría que lleva a la ejecución; en La parábola de los ciegos, el guía ciego y sus seguidores también ciegos caerán al hoyo que les espera justo cuando pasan frente a la iglesia de Santa Ana. La parábola es una pintura al temple, pigmentos mezclados sobre la tela con cola líquida, una técnica empleada en lugar de la pintura al óleo y utilizada para la ilustración de libros. Brueghel aprendió el temple de su maestro Pieter van Aelst y del ilustrador italiano Giulio Clovio con quien trabajó la pintura en miniatura durante su estadía en Italia, de allí su precisión en el detalle. Sin embargo hay quien asegura que su suegra Mayken Verhulst influyó en su aprendizaje.

… Hace dos años, cuatrocientos cuarenta y cinco después de que Pieter Brueghel pintara La parábola de los ciegos, una tarde de viernes, mientras caminaba por la canalización de la quebrada La Ayurá rumbo a la Avenida El Poblado, los vi. A unos veinte metros, los vi. Los bastones llamaron mi atención. Eran dos. Supuse, nunca se debe suponer, que un tercero los guiaba. Los bastones eran blancos con tramos rojos. Supuse, digo, que eran dos ciegos, por los bastones, y el tercero, un vidente que los acompañaba. Eran las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde de un viernes caluroso. A esa hora el poniente tiñe de ocre todo lo que toca, carros y pavimento y árboles que bordean la canalización. Porque es viernes en la tarde, víspera de fin de semana, hay más gente, más carros, más ruido. Hace calor. Tal vez por eso vi tres. Los dos ciegos y el guía. Cuando me encontré a menos de diez metros distinguí sólo los ciegos, es decir, los portadores de los bastones. No había guía. Esperaban que el semáforo cambiara a verde al borde de la acera. Eran dos hombres mayores, el más joven iba adelante, el otro, más bajo de estatura y con la mano derecha en el hombro de su compañero se dejaba guiar. Llegué a su lado, parecían tranquilos y dueños de la situación. La luz cálida del poniente hacía brillar sus bastones y sus camisas blancas…

Dos años antes de la pintura de Brueghel, Erasmo publicó en su Adagia “El ciego líder del ciego” donde Horacio menciona los ciegos inspiradores de la parábola que Brueghel amplió a seis. Dicen que la pintura de Brueghel inspiró a Charles Baudelaire el soneto Los ciegos que fuera publicado en la revista L’Artiste y más tarde incluido en la segunda edición de Las flores del mal, sin embargo hay quien duda porque es posible que en 1860, año en que Baudelaire escribió el poema no conociera la pintura pues la copia que se encuentra en El Louvre llegó en 1893. Se dice también que el escritor alemán Ernest Hoffmann se inspiró en la pintura para escribir uno de los diálogos de La ventana en la esquina, uno de los cuentos de su libro “Cuentos póstumos”. El punto en común entre Baudelaire y Hoffmann es que ambos hacen alusión a las caras dirigidas al cielo de los ciegos. ¿Qué buscan los ciegos en el cielo? se pregunta Baudelaire. Quien sí escribió un poema en 1962 en el libro Pinturas de Brueghel y otros poemas fue el poeta americano William Carlos William: …los rostros se levantan / hacia la luz / no hay detalles ajenos / a la composición cada uno / sigue a los otros báculo / en mano triunfante hacia el desastre.

… Quizá temeroso del desastre, esperé con los ciegos el cambio de luz del semáforo. Cuando el timbre que indica el cambio sonó los dos ciegos iniciaron su paso de un lado a otro de la calle. Ambos movían los bastones como péndulos, contra el piso, delante de sus pasos. La luz rasante destacaba sus figuras pausadas y sus sombras proyectadas en el asfalto parecían ir  más rápido que ellos. El calor hacía reverberar el momento, los ciegos en fila iban cada vez más lento, los segundos que marca con sonido metálico el semáforo antes del cambio de luces transcurrían implacables. Calculé que no alcanzarían a llegar al otro lado antes de terminar el conteo y la jauría de motorizados se desbocaría sobre ellos calle abajo. Por la luz rasante y dura, por el desplazamiento sin afán de los ciegos, por las siluetas de los automóviles a la espera viendo desfilar los dos hombres frente a ellos, por todo eso y también porque nada más se movía alrededor, se hizo un silencio profundo donde lo único que se escuchaba era el rastrillar de los bastones que indican el camino…

Seis ciegos siguen el paso que indica el guía, también ciego, en la pintura original; se llevan agarrados al bastón o al hombro del que va adelante. En otras pinturas los ciegos se identificaban por los ojos cerrados; en La parábola, Brueghel adjudica, hasta el más mínimo detalle, una condición ocular diferente a cada uno: el segundo no tiene ojos, el tercero sufre leucoma, el cuarto una atrofia del globo ocular, el quinto no percibe la luz; al sexto lo mismo que al primero, el guía, que ya cayó en el cepo, no se les ven los ojos. Los ciegos giran la cabeza en dirección al cielo, la actitud que atrajo la atención de Baudelaire y Hoffman; la precisión en el detalle y la austeridad en el empleo de tonos tierras oscuros, verdes y grises. No hay rojos. Además, el movimiento imparable de la composición que conducirá a los seis personajes al mismo hueco, hacen de La parábola un ejemplo de la maestría de Pieter Brueghel. El drama está a la vista, el desenlace sucederá de un momento a otro.

… El silencio alrededor de los dos hombres, la precaución de su paso, la luz rasante y sus sombras alargadas atizaban el drama. Esperé en la esquina, miré sus pasos lentos y el ritmo acompasado con que rastrillaban sus bastones contra el piso. Pensé que no alcanzarían a llegar a la otra orilla. Recordé la pintura de Brueghel y agradecí que no hubiera un hueco al otro lado de la vía donde hubieran caído sin remedio. Pasaron dos años antes de que la parábola del ciego guiando el ciego me alcanzara de nuevo. Busqué entre mis papeles las notas que tomé aquel día y como Brueghel, que en su momento denunció la ceguera del poder al reprimir a quienes no están de acuerdo, caí en la cuenta de que la historia se repite y de la misma manera que hace cuatrocientos cuarenta y nueve años, los ciegos de hoy, guiados por otros ciegos, vamos sin remedio a un hueco profundo de donde nada nos sacará…

La parábola de los ciegos es una pintura relativamente pequeña: ochenta y seis por ciento cincuenta y cuatro centímetros. Se encuentra en la Galería Nacional de Capodimonte en Nápoles. La copia que quizá Baudelaire nunca vio está en el Museo de El Louvre en Paris…
Argumento. El hombre, también puede ser una mujer, pregunta: ¿ve? El ciego dice no… y caen. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Nada es lo que parece

15 abril, 2017 § Deja un comentario


Es difícil saber lo que piensa la gente en los lugares públicos. Los observo con disimulo y hago lo posible por imaginarlo. Ninguno creería, si se los dijera, que está en camino de convertirse en el personaje de una historia sin final de la que no podrá salir más. Por eso, dirán algunos, es mejor no mirar para ningún lado, no ver a nadie y pasar como se pasa un desierto, rápido. Por eso, por aquello del desierto, el hombre que vi venir de lejos me causó la impresión de estar en una historia de la que era imposible salir. ¿Por qué, el hombre que se acercó despacio, sin arrastrar los pies pero lento, parecía no poder salir de esa historia que lo tenía dominado? No hubiera sabido decirlo en ese momento, luego vinieron los hechos. Ya verán.
Era un hombre de apariencia corriente. Estatura promedio, edad promedio, bigote gris más bien delgado y mirada perdida tras unas gafas de carey antiguas; camisa color crema, pantalón marrón de tela sintética y zapatos también marrón. Protegía con cariño, bajo el brazo izquierdo, la forma negra y delgada de un estuche de cuero. Me dije que era músico. Tenía figura de músico. El estuche de cuero negro trajinado por el tiempo podía contener un clarinete. No tuve duda, era un estuche de clarinete, pequeño para un oboe y grande para una flauta. Lo observé sin que se diera cuenta y confirmé para mi tranquilidad que era músico. La manera de proteger el estuche lo delataba. También lo delataba una suerte de temblor permanente que parecía salido de su interior como una manera de sostener el ritmo, un ritmo de él, propio, una energía subterránea que en apariencia dominaba sin dificultad. El tamborileo con las puntas de los dedos en el aire y el tap tap, al dos por cuatro, con el zapato derecho lo ponían evidencia ante mí, experto en descifrar lo que la gente lleva por dentro y pretende no dejar ver. Había que observarlo con detenimiento para ver que la música lo invadía. Los transeúntes que pasaban a su lado o tropezaban con él no lo notaban; muchos, ni siquiera lo miraban. Fue evidente para mi que el músico iba para una cita de trabajo, era media tarde y se me ocurrió pensar en la posibilidad de un ensayo, su orquesta preparaba un concierto, en el peor de los casos, para esa misma noche; de ahí, me dije, el temblor interior que lo ponía a tono. El hombre miraba al frente, estaba concentrado en su música. Estoy seguro de que no me vio, en ningún momento me vio. Hubiera podido observarlo de frente sin encogimiento y él no lo hubiera notado. Y entonces, mirándolo bien, no me pareció que fuera integrante de una orquesta sinfónica, el tap tap con sus pies delataba un ritmo más movido, ¿salsa, merengue, cha cha, cha? no lo sé, algún ritmo de ese estilo, más no clásico. Quizá lo que desencadenó esa duda, la primera, fue el bigote delgado, pulido como una línea, al estilo Vicentico Valdés aquel cubano cantante de salsa.
Y de la primera duda surgió otra que comenzó a hacer mella, el tamborileo que pensé como marcador de un ritmo musical se convirtió en “tic” que camufla el vacío de la espera. La mirada fija al frente, el cuerpo tenso, el tap tap corto, sencillo, sin ruido, con el zapato, fueron los rasgos que eliminaron su apariencia de músico. Ya no era músico, ya no iba para un ensayo. ¿Qué era?, ¿para dónde iba?, ¿qué esperaba?, ¿el “tic” era una manifestación de nervios reprimida?, ¿y el estuche?, ¿si no era un clarinete?, ¿qué era? No sé cómo ni por qué el estuche de clarinete se convirtió en portador, fino y de cuero aunque trajinado, de caña de pescar y entonces lo del trajín pareció posible porque nadie va por montes y veredas en busca de cañadas o riachuelos, los pocos que quedan, sin desgastar el equipo. Ahora el hombre sostenía el estuche con las dos manos y sus dedos se movían al ritmo de la espera mientras, como si quisiera ignorar el lugar, su mirada continuaba fija al frente. El hombre que un cuarto de hora antes tenía figura de integrante de una orquesta que se movía al ritmo de lo que tocaría esa misma noche, pasó a reflejar la impaciencia del pescador que espera y tamborilea, sin ruido, mientras el pez merodea alrededor de su carnada. Resultó entonces claro en mis conjeturas de observador experimentado, que el hombre estaba en una historia de la que no se podía evadir. Era un pescador que hacía rutinas de espera mientras llegaba lo que tenía que llegar: una hora, un encuentro, una cita, un pez, quizá gordo. Si este hombre espera con la tranquilidad del pescador, a esta hora, en este lugar y con media hora de avance (después de media hora nada había sucedido aparte de pasar de músico a pecador), es porque no tiene nada más que hacer, duda de la certeza de la cita o espera un pez gordo a quien no puede quedarle mal.
Si es esto lo que sucede, la situación cambia, un pez gordo es otra cosa, el estuche deja de ser estuche de caña de pescar y se convierte en secreto, ofensivo, defensivo o quizá solo disculpa para salir de casa sin crear sospechas y sin dar explicaciones. El hombre, estaba seguro ahora, espera un pez gordo. Pero, a pesar de que se hacía evidente el por qué de su presencia allí, el estuche continuaba siendo un secreto. No esconderlo, no disimularlo, era la prueba irrefutable del secreto. Para que algo sea secreto hay que decirlo, mostrarlo, ponerlo en primer plano, si no se hace así no existe y pasa desapercibido. El contenido del estuche que pasó del inofensivo clarinete a la caña de pescar, se convirtió en mí obsesión y pasó a ser arma, cerbatana silenciosa y mortífera, o estilete de espía en la guerra fría. Me enfrasqué en el descubrimiento del secreto con tanta fuerza que cuando llegó el pez gordo, si llegó, o quizá utilizó el arma camuflada en el estuche, si la utilizó, no lo noté. Para mi tranquilidad, el hombre no toca el clarinete en una orquesta y tampoco es pescador, sin embargo, ignoro aun y eso me deja inmerso en su secreto, el contenido del estuche…
Argumento.Los secretos solo existen cuando se les califica como tales. Hasta entonces son nada… Así, con nada, empieza una novela secreta…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2015 / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

          

Máscara contra máscara

8 abril, 2017 § Deja un comentario


La Arena México en la colonia Doctores, 197 calle Dr. Lavista en el DF, estaba a reventar. Pantallas gigantes, luces giratorias con colores que cambian al ritmo de la música estridente, pitos, gritos; la multitud alborotada en la fila y en el hall presagian un espectáculo seguramente difícil de olvidar. En el hall de entrada, antes de las graderías, algunos luchadores o sus dobles, rodeados de modelos en bikini posaban para los fotógrafos de ocasión, todo dueño de celular es uno. Había, por supuesto, teatralidad en las poses, en sus músculos a punto de estallar, en las modelos que se mueven como gacelas. “…Las actitudes y vestimentas teatrales de los luchadores presagian el futuro de su papel en el cuadrilátero…” escribe, palabras más palabras menos, Roland Barthes en su texto sobre el mundo de la lucha libre. “Catch” en francés. La teatralidad del momento, la expectativa de lo que íbamos a presenciar, la presencia de los luchadores o sus dobles y las modelos en hall, no parecía fuera de lugar. Estábamos allí para ver un espectáculo con personajes de habilidad extrema en el cuadrilátero, personajes que conocen su papel, el devenir de sus intervenciones y también los gestos y voces, con los que enardecen el público o entre ellos, llegado el momento.
La teatralidad también está en el público. En la fila antes de entrar y en el hall me crucé con asistentes enmascarados como los luchadores que íbamos a ver: ¿luchadores en asueto?, ¿aficionados que se toman el momento a pecho? En la fila de asientos delante de la mía, a unas diez o doce filas del cuadrilátero y con vista total del espectáculo, menos en los momentos de mayor algarabía cuando el público se para, grita, levanta los brazos, vitorea o rechaza a uno u otro de los protagonistas, cuando todos hacemos lo mismo, una pareja joven se emociona, se abraza, se separa, se besa, a veces de pie, a veces sin levantarse de sus puestos; él lleva máscara de luchador color naranja con arabescos negros, ella no; la máscara, sin embargo, no impide la emoción, la estimula.


La Arena México está a reventar. Esta noche el combate estelar promete emociones, máscara contra máscara, El Diamante Azul contra Pierroth. Es combate de apuesta. En los combates de apuesta, máscara contra máscara o cabellera contra cabellera, quien pierde debe quitarse la máscara o raparse la cabeza, y eso, según la norma establecida, equivale a desaparecer. No volverá a subir a un cuadrilátero con el nombre y la máscara o la cabellera con la que perdió el combate de apuesta. Pierde la incógnita en el caso de la máscara o la personalidad en el de la cabellera. Y si regresa a los cuadriláteros será bajo otro nombre y con otros distintivos. Supe de un luchador que en un combate de apuesta, cabellera contra cabellera, perdió, fue rapado por su contrincante y cuando regresó enmascarado lo hizo con tal suerte que por su estilo, por sus fintas, el público lo reconocía y le gritaba el nombre anterior. He aquí una diferencia con el “catch”: el luchador de “catch” no tiene la preocupación de ganar sino de realizar las posturas que se esperan de él; Roland Barthes anotó en su texto que el “catch” es un espectáculo y no un deporte. La lucha libre tiene tanto de uno como de otro con la diferencia de que el luchador que participa en combates de apuesta pone en juego su identidad, su personalidad en el cuadrilátero y perder puede ser una lastre de por vida.
La norma es estricta, quien hace carrera, con máscara, en el mundo de la lucha libre no puede mostrar su rostro en público y tampoco dejar conocer su nombre, por ningún motivo. Las entrevistas en la prensa o la televisión; la llegada o salida en ropa de calle de la Arena serán siempre con la máscara. La máscara, llamada la incógnita, es su imagen pública. Y en esto hay algo de teatral: el luchador enmascarado es un actor. La máscara le otorga una personalidad, una manera, un estilo; la máscara significa su personaje. La máscara es su heterónimo. El heterónimo de El Santo, el enmascarado de plata, uno de los más legendarios luchadores es Rodolfo Guzmán Huerta o quizá es al contrario; el nombre y apellidos de El Santo solo se conocieron en el momento de su retiro. Sucede con frecuencia a los luchadores, héroes incógnitos, a quienes la gente reconoce y pide autógrafos cuando llevan la máscara y no los reconocen, los ignoran, cuando van por la calle sin ella. Con la máscara son famosos, sin ella son transeúntes anónimos. Durante la velada presenciaremos, aparte del combate de fondo, otros cinco combates y el homenaje a un hombre que llegó al retiro de la actividad sin perder la máscara, con la incógnita intacta; se trata de El Villano III quien, acompañado por sus hijos, luchadores enmascarados como él, se quitará la máscara en el cuadrilátero frente al público y dejará ver su cara. Volverá a ser él, después de años en los cuadriláteros. Un momento emocionante, sin lugar a dudas.


Los combates se disputan a tres asaltos. El luchador que quede inmóvil, la espalda contra la lona pierde y es el fin del asalto. El primer combate femenino enfrentó seis mujeres, tres contra tres; luego vinieron dos combates masculinos también tres contra tres; la disputa por un campeonato mundial entre El Último Guerrero y Matt Taven; y, antes del homenaje a El Villano III, la disputa de otro título mundial de tríos masculino. La norma establecida enfrenta siempre rudos contra técnicos. Los rudos van contra todo, no respetan las reglas y para ellos todo vale, son los villanos. Los técnicos, por el contrario, respetan y casi siempre tienen el favor del púbico, son los héroes. Los rudos hacen gestos agresivos a las graderías desde lo más alto de las cuerdas y cometen faltas que son abucheadas; sin embargo atizan la emoción y la participación del público que se levanta y grita para rechazarlos o apoyarlos. Entre el público hay partidarios de los dos bandos.
A medida que se desarrolla el combate los golpes van y vienen, las patadas voladoras, los brazos inmovilizados, los tirantes a los brazos, las llaves de rendición, las de dolor, los toques de espalda y los forcejeos a ras de la lona, los candados al cuello y a los brazos; todos los movimientos son una demostración de habilidad, arrojo y estado físico. De un momento a otro, sin que nadie lo espere, uno de los combatientes, quizá un técnico aunque un rudo también lo hace, corre de un lado a otro del cuadrilátero, se deja rebotar contra las cuerdas del costado opuesto y en su regreso golpea con el antebrazo el cuello y los hombros de su oponente que posiblemente no espera la maniobra. En otras ocasiones el rudo sorprende al héroe con una voltereta en el aire, se amarra a su cuello con los pies y en una finta veloz de su cuerpo, lo derriba a la lona. El héroe queda golpeado o se entrega a la derrota, sin embargo se recupera con facilidad inesperada y en segundos se encuentra de nuevo con los brazos al frente y las manos abiertas a la espera de empuñar las del rudo como si nada hubiera pasado. Caer fuera del cuadrilátero es frecuente, buena parte de los combates tiene lugar en el espacio abierto alrededor, cerca y a veces entre el público. Cuando uno de los contrincantes cae fuera su oponente vuela entre las cuerdas, se suspende en el aire y va a dar con todo su peso encima del otro y allí, en ese pasadizo estrecho, continúa la lucha. Entonces la Arena tiembla, grita, ovaciona.

El Santo, El hijo de El Santo, El Cavernario, Karloff Lagarde, La Pantera Sureña, El Copetes, El Villano, La Orquídea Negra, Blue Demon, El Pandita, El Matemático Junior, Aníbal, El Hijo de Aníbal, Cien Caras, Dragón Lee, Marco Corleone, Los Misioneros de la Muerte, El Espanto, La Princesa Guerrera, El Invasor, Estrellita, Tiffany, El Polímero Espacial, El Espíritu, Olimpus o Al Rojo Vivo, y muchos otros con nombres pintorescos, extraños o agresivos han sido héroes o villanos; mujeres y hombres, que han trasegado los cuadriláteros de México, Estados Unidos, América y Europa, durante décadas. Algunos han perdido su incógnita o su cabellera pero casi siempre han vuelto con otro nombre o con otra personalidad. La lucha libre es un arte que se hereda, que vive en las familias de padres a hijos a sobrinos incluso a nietos y por ruda que parezca, no descarta mujeres, algunas de ellas luchadoras con historiales de campeonas. Por esto no es extraño encontrar parejas de hermanos, o padres e hijos, que luchan juntos, se lleva en la sangre.
El combate de fondo, máscara contra máscara entre El Diamante Azul y Pierroth, fue un espectáculo desde la salida de los contrincantes por la rampa inclinada que lleva al cuadrilátero. El Diamante Azul hace honor a su nombre y pasa entre las cuerdas envuelto en una capa azul, amplia y semi transparente. Todo en él es azul: la máscara, los botines, la pantaloneta. En tres vueltas rápidas saluda a su público. No ha terminado aun cuando, de un momento a otro, una figura con vestido de calle, saco y pantalón negro, camisa blanca y corbata también negra, entra al cuadrilátero como una tromba. Lo único que lleva a pensar que no se trata de un espontáneo que saltó allí para saludar al Diamante es la máscara negra con arabesco blanco: es el El Pierroth que invade con fuerza el terreno; de un tirón arranca sus ropas y queda en pantaloneta, listo para el combate. El publico grita, aplaude, abuchea. La pareja delante de nosotros: él con máscara, ella no, se abrazan con emoción. Fueron tres asaltos disputados. Las llaves, las fintas, los candados, los saltos y contra saltos, abundaron. Un candado al brazo a ras de lona en el tercer asalto, con la espalda del Pierroth vencida, dio como ganador a El Diamante Azul. El Pierroth perdió la incógnita. Como nos habían prevenido nuestros acompañantes Diana y Agustín, Luz Elena, mi mujer, y este cronista, terminamos como la concurrencia, aplaudiendo el espectáculo, aplaudiendo a héroes y villanos. Era cerca de la media noche cuando salimos en busca de un carro a la calle Dr. Lavista…
La Familia Lorenzo, pintores de padres a hijos y a nietos, originarios del estado de Guerrero, son los autores de los luchadores que ilustran esta Marginalia. Nos encontramos con Fernando Lorenzo un miembro de la familia en el puesto que tienen los sábados en el mercado San Ángel en el DF. Siempre están por allí…
Argumento. Todos tenemos un heterónimo, dijo. Por lo menos uno, respondió el otro… O más volvió a decir el primero… Así con ese inventario comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

El muerto y el gemelo

1 abril, 2017 § Deja un comentario


Personajes: E. M. V. D. O. El señor B. P. E-2. El detective.
Todos empleados de banco, menos, claro está, el detective…

E. Puede llamarse J o K. Sin embargo E le va bien. Es de aquellos que podría decir: …tengo dos dientes falsos, solo mi dentista y yo lo sabemos… Es joven y si bien su expresión, en general, denota algo que no va con él es alegre y conversador, sin embargo necesita entrar en confianza, como la mayoría. En la medida que frecuenta las personas las barreras caen y su ingenio sale a flote, cuenta chistes y conversa sobre temas variados. Pero. Siempre hay un pero. Nunca ha podido superar el encogimiento que le causa el sexo opuesto. La presencia femenina lo apabulla y aun cuando entrado en confianza parece abierto a la conversación o incluso al amorío, una fuerza interior lo inmoviliza. Frente a una mujer preferiría ser otro…

M. Por la mirada, así, grande abierta, quizá para ver más de lo necesario, y la boca que rechina, tiene la apariencia de una mujer a punto de tomar una decisión o saltar, sin apoyo, por encima del charco que se atraviesa en su camino después del aguacero. Sin embargo no llega a tanto. La mirada abierta y la boca en pleno esfuerzo son síntomas de una intensidad reprimida. M quisiera ser la rubia platinada a quien un galán heroico conquista y se enamora perdidamente. Pero no es así, sus galanes son mucho menos que heroicos. No soporta los avances de D, el contador, que no cesa de acosarla. Se siente atraída por E, el subalterno de D, pero cada vez que se cruza con él lo ve tan reprimido que ha llegado a creer que su sentimiento se acerca más a la lástima que al amor y, no sin dolor, piensa que algún día abandonará la idea de seducirlo…

V. El vigilante, no lleva nunca la gorra que distingue su función, por eso hay clientes del banco que lo toman por un cliente más. No la utiliza para no desordenar el peinado en el que invierte minutos valiosos frente al espejo cada mañana y es causa de peleas interminables con X, su compañero. V solo piensa en su peinado y en su compañero, en ese orden; y no se interesa por nada más desde el día que E ignoró sus avances y por eso lo odia. Con su sonrisa de incógnita y los ojos a medio cerrar es testigo de que en el banco se cocinan ajustes, represalias, desquites y amoríos que mantienen en vilo al personal. Menos a él, dice con voz de canario, porque con X no necesita de nada ni de nadie más…   

D. Tiene la mirada vidriosa de quien pasa horas frente a listados interminables de cifras. Su oficio es sumar, pocas veces restar, dineros que no le pertenecen. Su jefe, O, le exige precisión y claridad a toda prueba; los clientes son minuciosos hasta el último centavo y cualquier error se paga caro. D es un solitario, sin embargo la soledad que ha cargado durante años se ha vuelto insoportable y por eso se insinúa a M, para tener algo de compañía, pero ella solo tiene ojos para E, el contador subalterno, que no le presta atención. Cuando D cae en la cuenta de que para acercarse a M debe ganarse la confianza de E, convertirse en su amigo inseparable y hacer que le sirva de lazarillo, decide comprar su confianza. ¿Cómo? Con dinero del que cuentan en jornadas interminables cada día. Si toman un poco, nadie lo notará, piensa D

O. Es un hombrecito pequeño de cabeza triangular, que peina los tres pelos que le quedan como si se tratara de una melena de león. De ahí los ojos desorbitados y el carácter áspero. Pero O, como todo el mundo tiene corazón y en secreto, sin que nadie lo note, es lo que cree, observa a M cuando camina por el pasillo, toma refresco en la cafetería o se aleja rumbo a su casa al final del día, entonces sueña con caminar a su lado. Desde la coincidencia de su ascenso a jefe de contadores con el ingreso de M al banco, O la persigue, mentalmente, claro. Una mañana se le ocurrió la idea de ordenar a E que le ayude a organizar un encuentro accidental con ella en el salón cafetería de la esquina del banco. Incluso pensó en ofrecer al subalterno una suma que no hubiera visto nunca en su vida si hacía el puente con ella. Desgraciadamente, las semanas y los meses pasaron y nunca se atrevió a insinuar su pretensión a E y menos aún a acercarse a M. En despecho, cada día, se mostró más estricto con D

B. El señor B. Es, según O, el hombre más importante del banco. Es el gerente. Todos los días a la hora del café, la pausa de los empleados, el señor B pasa por el hall del banco y como después de tantos años es amigo de todos pasa entre los clientes saludando como una reina, entra al pasillo, toma café, se pone al día de las noticias o los chismes y trata de estar al lado de M que solo tiene ojos para E. Por supuesto el señor B es pudiente, dueño de una cuantiosa fortuna y viudo. Desde antes de la muerte de su mujer tiene los ojos puestos en M. Ahora, libre y con la posibilidad de cumplir el deseo de estar cerca de la mujer que tiene su corazón en vilo, siente la felicidad cercana. Sin embargo el señor B prefiere no cortejar a M delante de todos y lleva su discreción al extremo; se limita a seguirla cuando sale en las tardes rumbo a su casa. Esta situación no puede extenderse más en el tiempo, el señor B lo sabe…

P. Es patinador. Desde el día en que descubrió el cuerpo, que no reconoció, recostado de frente contra la pared del orinal, sin vida y ensangrentado, no ha podido cerrar la mirada de terror que lo acompaña a todas partes. No esperaba encontrar lo que encontró aquella mañana en el baño para hombres del primer piso. Como patinador, es decir, mensajero entre funcionarios, es quien lleva y trae todo entre las distintas dependencias y “todo” significa “todo”: incluso chismes, dires, desdichas, inventos, verdades y mentiras. Digamos que el hallazgo en el orinal aceleró la sorpresa en sus ojos ya desencajados por el estupor que le causaban las intenciones secretas de sus compañeros de trabajo. La facilidad para ir de un puesto a otro, intercambiar ideas con todos, también con O que se permitía esos deslices con él, y recibir a veces bajo juramento de estricto secreto, confidencias azarosas, había convertido a P en el “paño de lágrimas” del banco. Para los investigadores P es aquel que por sus intimidades con todos corre el riesgo de hablar más de la cuenta…

E-2. Nadie lo vio. Solo V quien dijo a los detectives que antes de que P encontrara el cuerpo ensangrentado había notado la presencia de E en los pasillos alrededor de la máquina de café, cerca del baño de hombres, pero cuando lo llamó con la intención de recriminarlo porque todavía no era hora de la pausa, éste no le respondió. V cayó entonces en la cuenta de que no se trataba del E que todos conocen sino de otro, idéntico, su hermano gemelo con bigote, dijo. Sin bigote, agregó, era igual, los mismos ojos, los mismos hombros caídos, la misma flacura lastimosa. Como a V le molestaba E sobre todo después de que lo rechazó, agregó que le pareció extraño verlo fuera de su puesto antes de la hora del descanso. También dijo que E no fue la única persona que merodeó por allí antes del descubrimiento y que, el muerto, cuando todavía estaba vivo, claro está, había pasado cerca de su puesto pero eso no era extraño… 

Epílogo. Un detective con cara, figura y bigote de detective en servicio llegó al banco minutos después de que la alarma fuera activada. Nadie hasta ese momento se había atrevido a tocar el cadáver. Cuando el detective y dos de sus colegas dieron vuelta al cuerpo incrustado de frente contra la pared del orinal y con cinco heridas de puñal, la sorpresa fue mayor. El muerto era nadie menos que el señor B. Los presentes se miraron interrogantes: D mira a O con temor; O se siente observado, busca a E entre el grupo y solo alcanza a verlo detrás de M; todos, sin excepción miran a M que lanzó un grito pequeño y con la mano coronada por uñas rojas se tapó la boca. El único que no centró su mirada en ella fue E porque se encontraba a sus espaldas; pero todos notaron la forma insistente como V clavó sus ojos en E, seguramente en busca del bigote que llevaba aquel que imaginó como su hermano gemelo poco antes de descubrir el cadáver. El único que no mostró expresión fue el detective. Se limitó a observar los presentes uno por uno. M era la más conmovida porque, aunque no lo pareciera, sospechaba el por qué de las frecuentes visitas a tomar café del señor B y como, en la práctica, las esperanzas de conquistar a E eran mínimas, su interés ya se había volcado hacia el señor B. Esa intención, si M la hubiese mencionado, habría convertido a E en el sospechoso número uno. Si lo hubiera sabido, P no se hubiera guardado un chisme de ese tamaño. Desde su lugar, algo alejado del grupo para no interferir en el dolor de los empleados, el detective tomaba nota y hacía el análisis de la situación. En ese momento P notó algo extraño en el ojo izquierdo del detective. Es de vidrio, se dijo, y lo murmuró al oído de V pero éste no lo escuchó porque su atención estaba puesta en E. Mientras los forenses hicieron las diligencias del levantamiento, el detective midió, evaluó y sacó conclusiones. Todos, anotó en su libreta, tienen razones para matar al señor B: por envidia, por celos, por M. Todos culpables, anotó mientras miraba de reojo las actitudes falsamente conmovidas. Los diez ojos clavados en M y las cinco heridas en el cuerpo de la víctima certificaban su duda. Del gemelo de E, posible asesino, nadie dijo nada, el detective concluyó que era un invento de V para distraer su atención…
Argumento. Nada es lo que parece, dice el hombre, también puede ser una mujer. Al instante se arrepiente porque ignora a quién se lo dijo… Así, en la ignorancia comienza la historia…

Los dibujos que ilustran esta Marginalia, cuento negro,  fueron realizados a partir de máscaras populares mexicanas por Saúl Álvarez Lara en el año 2017

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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