Almuerzo y billar azul

25 marzo, 2017 § Deja un comentario

Por primera vez me encuentro cerca de una mesa de billar con paño azul. Siempre tuvieron el paño verde. El salón es grande como todos los salones donde hay mesas de billar, con la diferencia de que éste es un restaurante donde sirven menú del día, es decir, corrientazo. El jugo de mango que viene con el almuerzo, dulce como almíbar, fue lo primero que llegó a la mesa. El salón es un rectángulo amplio, la mesa de billar está más cerca de uno de los costados cortos y a la misma distancia de los costados largos. Alrededor hay mesas para dos personas: redondas, metálicas, con manteles a cuadros, verdes, azules o rojos, y sillas imitación Thonet. Nadie juega billar y nadie toca el piano que está contra uno de los costados largos y entre dos puertas que conducen a otros salones. Más allá del piano hay una cabina de teléfono londinense y al fondo, en el costado opuesto, está el bar con toda su parafernalia de botellas, vasos, luces y las dos mujeres que, a parte de la mujer mayor que almuerza en una de las mesas del centro, y yo, somos los únicos en el salón. La mujer mayor y yo miramos hacia el mostrador; estoy detrás de ella, solo veo su espalda y como está concentrada en lo que come no veo ningún movimiento delator, solo mueve sus manos, brazos y mandíbulas, espero; quizá también mueve sus ojos pero no puedo dar fe de eso. Siempre espero que la gente haga cosas, tome posiciones o muestre intenciones que delaten lo que piensan hacer o, mejor aun, lo que no piensan. Después de cierto tiempo puedo definir con un margen de error mínimo lo que cada uno piensa, cuál será el movimiento siguiente. Esta mujer no muestra nada, come con apetito quizá con afán pero de ahí en adelante, nada.

Una pareja joven entra al salón y ocupa una de las mesas cerca del piano, se sientan frente a frente, no hay otra posibilidad, las mesas son redondas y pequeñas. Hay o hubo algo entre ellos, ningún gesto delata una amistad de ocasión o de trabajo. Hablan poco. Cuando les traen el menú se concentran, cada uno en lo suyo, y no se miran. Entonces me digo que si hay algo entre ellos, hubo es mejor decir, ya no tienen nada para hablar. Callan. Están por obligación, quizá la ruptura está cerca y no se atreven a anunciarla. Mientras la pareja se debate en silencio, la mujer mayor que comía concentrada partió sin dejar rastro. La mujer ya había partido cuando, después del jugo de mango dulce, llegó a mi mesa el resto del menú: sopa de guineo, más caliente que fría, deliciosa; y casi al mismo tiempo el segundo plato: pollo a la plancha, verduras cocidas y arroz saraviado en molde. Me propuse saborear el almuerzo, tengo tiempo, además, las paredes tapizadas de afiches y avisos cubiertos por la pátina del tiempo devuelven al salón una cierta penumbra agradable. No tenía por qué preocuparme, por lo menos no como la pareja que aun sigue en silencio, mirando sin ver hacia puntos distintos y con los vasos de jugo de mango recién servido al alcance pero sin probarlo.

Estaba concentrado en las manos y ojos de la pareja cuando llegó un hombre vestido de color naranja, camisa y pantalón, ocupó una mesa delante de la mía y me dio la espalda. Hay una mesa vacía entre la suya y la mía pero como son mesas pequeñas puedo decir que no está lejos. Una serie de gestos curiosos lo obligaron a estar de pie más de lo necesario. Primero dejó el celular que traía en la mano derecha sobre la mesa; con la mano izquierda buscó en la parte de atrás de su cintura, entre camisa y pantalón, y de allí sacó un segundo celular que dejó al lado del primero; luego, otra vez con la mano derecha sacó del bolsillo del mismo lado un tercer celular que dejó al lado de los otros dos. Imagino que notó mi presencia y, sin mirarme, se sentó como pudo para que yo no alcanzara a interpretar el por qué de sus movimientos. Con seguridad tenía algo para esconder a mi curiosidad. Lo confirmé cuando, sentado en su puesto, antes de que la mujer que sirve las mesas se acercara a la suya, hizo movimientos incómodos en su lado izquierdo hasta que logró sacar del bolsillo algo que dejó sobre la mesa. En ese momento se relajó. Cuando la mujer que sirve las mesas le dijo de qué se componía el menú del día el hombre se tranquilizó, sus hombros cayeron y su espalda se dobló hacia adelante. En ese momento y con todo el ajetreo del vecino de los celulares, venía de comenzar mi segundo plato y estaba frío.
Dos mujeres sin historia y sin ademanes delatores ocuparon la mesa que la mujer mayor, también sin historia, abandonó sin que me diera cuenta. Mientras que el salón es un ir y venir de intenciones que circulan entre los comensales la mujer que atiende las mesas espera la llegada de otros clientes en un banco alto cerca del bar y piensa, no habla con nadie ni mira un lugar preciso, solo piensa. Me pregunto en qué piensa ¿en el próximo cliente?, ¿en que se quiere ir?, ¿piensa en el almuerzo de su casa? También es posible que domine el arte de no pensar: poner la mente en blanco y no dejar que nada interfiera en la quietud del vacío. Un arte difícil que nunca he logrado.

Fue entonces cuando un murmullo vino de la mesa del hombre de los celulares. No podía venir de la mesa de la pareja porque ya estaban dando cuenta de su almuerzo en silencio, y tampoco de la mesa de las mujeres sin historia porque entonces tendrían una. El murmullo que me desconcertó, venía en efecto, de la mesa del hombre de los celulares. Tras sus hombros caídos hacía movimientos insignificantes que solo me podían llevar a pensar que hablaba con alguien, no era un soliloquio y menos, a pesar de que era posible, que hablara solo. Pasaron unos minutos en los cuales el hombre murmuró, calló, volvió a murmurar y a callar sin que, desde mi lugar pudiera ver movimientos que pusieran sus celulares en acción, sin embargo era seguro que si tenía cuatro era para utilizarlos. De repente se levantó de la mesa, guardó sus teléfonos en los mismos lugares de donde los sacó en el mismo orden y, sin mirar a nadie, partió apresurado sin probar su almuerzo. La mujer que atiende las mesas tenía la mente en blanco y no lo llamó para que pagara su cuenta. La pareja en crisis seguía mirando al vacío y las dos mujeres sin historia aun no tenían una y tampoco notaron el drama del hombre que se fue sin almorzar. En cuanto a mí, que ocupé el lugar más distante para observar de cerca la mesa de billar de paño azul, concluí que jugar allí es posible solo cuando no es hora de almuerzo y los clientes son distintos. Entonces levanté la mano para llamar a la mujer del servicio con la intención de pedirle un café y la cuenta…
Argumento. Las historias vienen con cada uno. Basta con dejarlas llegar, dijo sin moverse de su lugar. A lo lejos, entonces…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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