Esperar

11 marzo, 2017 § Deja un comentario

Siempre esperamos. Esperamos que algo suceda o que no suceda, que siga como está. Esperamos un cambio o no esperamos nada. No esperar también es esperar que lo que está siga como está. Hay quien pasa los días esperando y nada. Nada ya es algo. La gente en la calle deja la sensación de espera; cuando es abierta tiene lugar en una esquina, en una mesa de café o bajo el neón de algún aviso; y cuando no, se esconde detrás de posturas discretas, cambios de pose, miradas perdidas. Claro que una cosa es esperar sin saber qué se espera o con la idea vaga de que lo que venga, cualquier cosa que sea, será distinto de lo que hay; y otra, con conocimiento de causa; en ese caso cuando la espera falla, la frustración toma su lugar; cuando no, no pasa nada, es lo que se esperaba, así, sin sobresaltos. La acción de esperar viene con dos espacios paralelos casi siempre simultáneos: esperar y ser esperado. El hombre que camina apresurado por la acera saturada de gente y, además, en sentido contrario a todos, es esperado por alguien en algún lugar quizá no muy lejano; sin embargo, simultáneamente, él espera que quien lo espera, lo espere a pesar de su retraso. Esperar no solo concierne los otros, también los eventos que llegan, a veces con suspenso, otras sin él. Esperar toma todas las horas de lunes a lunes, sin descanso. Cada día, hay quienes esperan el paso de los minutos hasta completar la horas y los días y si trabajan en una oficina frente a computadoras que no se apagan nunca esperan la hora de salida, la hora de la fila para entrar a la estación y subir al metro apretujados como cigarrillos; esperan llegar a casa, prender el televisor, mirar las noticias: cuántos muertos, cuántos robos, cuántas violaciones, cuántos políticos corruptos, cuántos robos de sumas inverosímiles que nadie es capaz de escribir. Otros esperan sin preguntarse o esperan a ver qué pasa. Y no pasa nada. O sí, sí pasa, pero cuando pasa y no era lo que se esperaba es como si no se hubiera esperado. Hay personas que cuando salen del trabajo, en la tarde, no van directamente al metro ni a la fila del bus. Esperan en algún lugar estratégico, en una esquina, en una mesa de cafetería, recorren en ida y vuelta la misma acera o se paran a observar a los otros en el reflejo de una vitrina. Las dos mujeres que conversan sobre todo y sobre nada, sin mencionarlo; cada frase es la constatación de lo que esperan y no ha llegado. Cuando se despiden quedan como si lo que esperaban no se hubiera dicho. Una, parte calle arriba con la mirada perdida y la cabeza en otra parte, no por falta de tiempo o disgusto, sino porque no escuchó lo que esperaba. La otra, parte en sentido contrario y si la posibilidad de comparar su actitud con la de su amiga fuera posible, el resultado sería el mismo, tampoco escuchó lo que esperaba. Una tarde mientras espera en una mesa de cafetería, un hombre mira al frente. Una bolsa de plástico roja y un plato con un dedo de queso que parece recién sacado del horno sobre la mesa. El hombre parte pequeños pedazos del dedo de queso y los lleva a la boca. Mastica con cuidado, como si tuviera todo el tiempo del mundo; mastica con la intención de quien quiere más. Llevar pedazos pequeños de dedo de queso a la boca y masticar con cuidado, como parte de la pantomima de la espera, le toma media hora o quizá veinte minutos. Cuando va por la mitad del dedo de queso no ha dejado notar ninguna tendencia; de un momento a otro, con el siguiente bocado, deja notar una: mira furtivamente hacia la puerta. Mira y mastica, pedazo por pedazo, con lentitud. Mientras mastica sus ojos reposan en la bolsa de plástico roja, luego parte otro pedazo, pequeño, quita los ojos de la bolsa y los concentra en el plato que le sirve de punto de referencia, pone el pedazo entre sus labios y mastica, saborea el manjar que, en mínimas porciones, le proporciona la tranquilidad de esperar con aliciente. Su mirada entonces pasa de la bolsa de plástico, al plato, y luego, sin que nadie lo note, ni siquiera la persona a quien espera, mira hacia la puerta. Así es el sin fin que viene con la espera. El ir y venir entre la bolsa, el plato y la puerta. Podemos quedarnos allí para ver qué pasa. Algo debe pasar. La espera prevista: una cita, por ejemplo, viene con suspenso limitado. En la espera no prevista, la incertidumbre de esperar sin saber qué, conmueve hasta el punto de acompañar a quien espera hasta que renuncie, se entregue al desengaño y abandone con la espera sin concluir. O, también es posible, que la espera se cumpla y la acción recomience al día siguiente. La espera no termina. Esperar, y eso lo sabemos bien, viene con suspenso incluido, no se trata solo de desear que algo pase y esperarlo, se trata del suspenso que la espera proporciona. Cuando la espera es propia ignoramos el suspenso. Lo ignoramos, no lo dominamos. Dominarlo equivale a no esperar, a saberlo todo. Sin embargo, dominarlo a su manera, en calles, cafeterías, en el metro o en su propia casa, determina lo que los otros esperan, qué esperan y también qué esperan de lo que esperan. Es sencillo esperar que algo llegue, que algo suceda, que llegado el momento pase lo que vaya a pasar o no pase. Con frecuencia la espera se hace sin imprevistos; con frecuencia, también, lo esperado no es lo que llega y la frustración aparece; eso es previsible, se nota en la mirada, en la respiración, en la caída de la boca. Esperar así es inquietante. Si la espera es en grupo, los referentes y las comparaciones entre el significado de la espera, distinto para cada uno, se manifiestan. La lentitud irreversible del tiempo hace mella y las figuras se descomponen. En los lugares públicos nadie mira a nadie pero, sin que los otros lo noten, todos miran a todos. Ese detalle hace del inicio de la espera una vitrina donde todo es visible. Como nadie está preparado la curiosidad disimulada abunda. Cada uno asume la situación con naturalidad pero todos buscan los lugares más cómodos según un interés personal hecho público. Los intereses hechos públicos van desde extender el cuerpo en dos o tres asientos, dormir o simular dormir, concentrar la mirada en un punto indefinido que no coincida con la presencia de otro, hasta comprar un café en pocillo desechable y tomarlo a sorbos medidos, continuos para que no se enfríe, o mirar, la mayoría de las veces sin ver, la pantalla de un portátil, una tablet o un celular y teclear en él. Cuando esta acción viene acompañada del uso de audífonos, la mirada es aun más ausente y la espera más presente. Es probable que el uso de dispositivos contribuya a aminorar la angustia del tiempo que se instala en lugares donde grupos de personas se reúnen con un fin: cumplir una cita médica, actualizar un documento público, hacer una fila. En general, la espera está sometida a los avatares del tiempo y casi siempre obliga a estar. No se hacen amigos cuando se espera. Lo máximo a lo que se llega es a dos o tres confidencias; tal vez a la narración de una aventura mal terminada en una espera similar. La versión del conocido que terminó mal en una espera idéntica a la del momento es frecuente. A partir de aquí solo queda esperar. Siempre esperamos. Algo debe pasar…
Argumento. Pasada la espera, todos respiran hondo y olvidan, la memoria no está para conservar esos recuerdos, espera otros… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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