Almuerzo y billar azul

25 marzo, 2017 § Deja un comentario


Por primera vez me encuentro cerca de una mesa de billar con paño azul. Siempre tuvieron el paño verde. El salón es grande como todos los salones donde hay mesas de billar, con la diferencia de que éste es un restaurante donde sirven menú del día, es decir, corrientazo. El jugo de mango que viene con el almuerzo, dulce como almíbar, fue lo primero que llegó a la mesa. El salón es un rectángulo amplio, la mesa de billar está más cerca de uno de los costados cortos y a la misma distancia de los costados largos. Alrededor hay mesas para dos personas: redondas, metálicas, con manteles a cuadros, verdes, azules o rojos, y sillas imitación Thonet. Nadie juega billar y nadie toca el piano que está contra uno de los costados largos y entre dos puertas que conducen a otros salones. Más allá del piano hay una cabina de teléfono londinense y al fondo, en el costado opuesto, está el bar con toda su parafernalia de botellas, vasos, luces y las dos mujeres que, a parte de la mujer mayor que almuerza en una de las mesas del centro, y yo, somos los únicos en el salón. La mujer mayor y yo miramos hacia el mostrador; estoy detrás de ella, solo veo su espalda y como está concentrada en lo que come no veo ningún movimiento delator, solo mueve sus manos, brazos y mandíbulas, espero; quizá también mueve sus ojos pero no puedo dar fe de eso. Siempre espero que la gente haga cosas, tome posiciones o muestre intenciones que delaten lo que piensan hacer o, mejor aun, lo que no piensan. Después de cierto tiempo puedo definir con un margen de error mínimo lo que cada uno piensa, cuál será el movimiento siguiente. Esta mujer no muestra nada, come con apetito quizá con afán pero de ahí en adelante, nada.

Una pareja joven entra al salón y ocupa una de las mesas cerca del piano, se sientan frente a frente, no hay otra posibilidad, las mesas son redondas y pequeñas. Hay o hubo algo entre ellos, ningún gesto delata una amistad de ocasión o de trabajo. Hablan poco. Cuando les traen el menú se concentran, cada uno en lo suyo, y no se miran. Entonces me digo que si hay algo entre ellos, hubo es mejor decir, ya no tienen nada para hablar. Callan. Están por obligación, quizá la ruptura está cerca y no se atreven a anunciarla. Mientras la pareja se debate en silencio, la mujer mayor que comía concentrada partió sin dejar rastro. La mujer ya había partido cuando, después del jugo de mango dulce, llegó a mi mesa el resto del menú: sopa de guineo, más caliente que fría, deliciosa; y casi al mismo tiempo el segundo plato: pollo a la plancha, verduras cocidas y arroz saraviado en molde. Me propuse saborear el almuerzo, tengo tiempo, además, las paredes tapizadas de afiches y avisos cubiertos por la pátina del tiempo devuelven al salón una cierta penumbra agradable. No tenía por qué preocuparme, por lo menos no como la pareja que aun sigue en silencio, mirando sin ver hacia puntos distintos y con los vasos de jugo de mango recién servido al alcance pero sin probarlo.

Estaba concentrado en las manos y ojos de la pareja cuando llegó un hombre vestido de color naranja, camisa y pantalón, ocupó una mesa delante de la mía y me dio la espalda. Hay una mesa vacía entre la suya y la mía pero como son mesas pequeñas puedo decir que no está lejos. Una serie de gestos curiosos lo obligaron a estar de pie más de lo necesario. Primero dejó el celular que traía en la mano derecha sobre la mesa; con la mano izquierda buscó en la parte de atrás de su cintura, entre camisa y pantalón, y de allí sacó un segundo celular que dejó al lado del primero; luego, otra vez con la mano derecha sacó del bolsillo del mismo lado un tercer celular que dejó al lado de los otros dos. Imagino que notó mi presencia y, sin mirarme, se sentó como pudo para que yo no alcanzara a interpretar el por qué de sus movimientos. Con seguridad tenía algo para esconder a mi curiosidad. Lo confirmé cuando, sentado en su puesto, antes de que la mujer que sirve las mesas se acercara a la suya, hizo movimientos incómodos en su lado izquierdo hasta que logró sacar del bolsillo algo que dejó sobre la mesa. En ese momento se relajó. Cuando la mujer que sirve las mesas le dijo de qué se componía el menú del día el hombre se tranquilizó, sus hombros cayeron y su espalda se dobló hacia adelante. En ese momento y con todo el ajetreo del vecino de los celulares, venía de comenzar mi segundo plato y estaba frío.
Dos mujeres sin historia y sin ademanes delatores ocuparon la mesa que la mujer mayor, también sin historia, abandonó sin que me diera cuenta. Mientras que el salón es un ir y venir de intenciones que circulan entre los comensales la mujer que atiende las mesas espera la llegada de otros clientes en un banco alto cerca del bar y piensa, no habla con nadie ni mira un lugar preciso, solo piensa. Me pregunto en qué piensa ¿en el próximo cliente?, ¿en que se quiere ir?, ¿piensa en el almuerzo de su casa? También es posible que domine el arte de no pensar: poner la mente en blanco y no dejar que nada interfiera en la quietud del vacío. Un arte difícil que nunca he logrado.

Fue entonces cuando un murmullo vino de la mesa del hombre de los celulares. No podía venir de la mesa de la pareja porque ya estaban dando cuenta de su almuerzo en silencio, y tampoco de la mesa de las mujeres sin historia porque entonces tendrían una. El murmullo que me desconcertó, venía en efecto, de la mesa del hombre de los celulares. Tras sus hombros caídos hacía movimientos insignificantes que solo me podían llevar a pensar que hablaba con alguien, no era un soliloquio y menos, a pesar de que era posible, que hablara solo. Pasaron unos minutos en los cuales el hombre murmuró, calló, volvió a murmurar y a callar sin que, desde mi lugar pudiera ver movimientos que pusieran sus celulares en acción, sin embargo era seguro que si tenía cuatro era para utilizarlos. De repente se levantó de la mesa, guardó sus teléfonos en los mismos lugares de donde los sacó en el mismo orden y, sin mirar a nadie, partió apresurado sin probar su almuerzo. La mujer que atiende las mesas tenía la mente en blanco y no lo llamó para que pagara su cuenta. La pareja en crisis seguía mirando al vacío y las dos mujeres sin historia aun no tenían una y tampoco notaron el drama del hombre que se fue sin almorzar. En cuanto a mí, que ocupé el lugar más distante para observar de cerca la mesa de billar de paño azul, concluí que jugar allí es posible solo cuando no es hora de almuerzo y los clientes son distintos. Entonces levanté la mano para llamar a la mujer del servicio con la intención de pedirle un café y la cuenta…
Argumento. Las historias vienen con cada uno. Basta con dejarlas llegar, dijo sin moverse de su lugar. A lo lejos, entonces…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Anuncios

Doña Lucía

20 marzo, 2017 § 1 comentario



Este texto fue publicado en la edición 494 de octubre de 2012 de Vivir en El Poblado de Medellín con el título “La casa de los muñecos”. Fue, 
en ese momento y es, ahora, un homenaje al talento infinito de doña Lucía.


Para doña Lucía Correa de Posada crear un muñeco comienza, a veces, por una rama seca, por una cuchara de palo, por un par de botones, por un retazo de tela que se vería bien como camisa o mejor como pantalón. Un muñeco puede empezar por un objeto inesperado o por la selección de material y colores para la piel, para los detalles, para los accesorios. En ocasiones la creación de un molde está al comienzo. Sin embargo, es importante el carácter, la personalidad del muñeco, el reflejo de su figura, su intimidad, porque los muñecos tienen una, si no, serían otra cosa. Todo esto, por supuesto, habita la imaginación y las manos de doña Lucía de Posada y se manifiesta en el momento de la combinación de materiales, en las posibilidades que presiente, lo mismo que en las características y los detalles que seguramente ve antes de terminar el personaje. Dicen que el “Arte Poética” aparece cuando dos palabras que por su naturaleza no se han unido, lo hacen para crear un significado. Combinar materiales de origen distinto, cambiar su esencia al situarlos en lugares inesperados o con funciones que antes no desempeñaban y así lograr que asuman una nueva forma casi con vida, es también poesía. Con su talento y capacidad de observación todos los materiales entran en juego, la madera, el corcho, el metal, las telas, un botón por allí, una pluma por allá, una tela de flores como falda para la chica o corbata para el varón, unas chaquiras irrepetibles en la cabeza; unas cabezas de alfiler para marcar un peinado, o las barbas de árbol para figurar el cabello al viento. Un par de broches sencillos se convierten en ojos de mirada profunda, pero lo más especial es que esos mismos broches también pueden ser diadema y parecen distintos.
Doña Lucía Correa de Posada crea muñecos desde hace más de cuarenta años. Primero, hace muchos años, fui modista, dice, hice vestidos para clientas que venían a mi casa. En la medida en que dominó los materiales, las telas, los hilos, los botones, las mezclas entre unos y otros, infinitas posibilidades florecieron en sus manos con la ayuda de la máquina “Paff” de toda la vida que siempre ha estado frente a la ventana. Ha hecho colchas de retazos, manteles, cortinas, adornos, cajas, coronas con materiales diversos y también ha reparado muñecas antiguas, son innumerables sus realizaciones. Con sus muñecos ha participado en exposiciones de importancia nacional y son ellos quienes han recorrido almacenes y vitrinas de todo el país agregando un aura especial a las marcas que acompañan.
Conocimos a Doña Lucía cuando se instaló con taller y casa, en compañía de Adriana, su hija, en la Loma de Las Brujas. Nuestra afición por los objetos y la admiración por su trabajo hizo el resto. Hemos seguido su labor creativa durante años. Lo más fácil es decir que su casa es una casa de muñecas, no por el tamaño que se les conoce a esas casas de juguete sino por la cantidad innumerable de muñecos y muñecas que la habitan, muchos creados por ella pero también otros traídos del mundo entero por ella, sus hijos o sus familiares y amigos. También hemos dicho que la casa de doña Lucía parece una casa de cuento donde los personajes cobran vida cuando todos duermen, sin embargo es posible que eso también haya sucedido bajo sus ojos mientras trabaja en sus personajes. Su casa es un estímulo a la imaginación, es un lugar donde la convivencia entre colecciones se da en todos los rincones: la colección de cajas en las escaleras, o los Pinochos al lado de un televisor de los años cincuenta, o los corazones que se ven desde la entrada, o el santoral donde pocas figuras faltan; o las gallinas de todos los tamaños o los pájaros de cabeza inclinada y picos de colores. No importa donde se mire, siempre hay algo que estimula la vista.
No solo se necesita imaginación para crear un lugar así, su casa y lugar de trabajo son también el resultado de la relación especial que ella sostiene con los objetos, con los materiales, con la posibilidad de ver donde nadie ha visto antes. No es exagerado decir que su talento está en la capacidad de comprender la esencia de los objetos que colman su casa y en su mayoría están al origen de sus personajes, de la posibilidad de imaginarlos más allá de su forma física, de agregarles y quitarles, de vestirlos y desvestirlos, de darles forma, de conversar con ellos, de criarlos, porque doña Lucía es además la abuela de una familia con hijas, hijos y nietos que son fuente de estímulo para su labor creativa. Doña Lucía es la abuela de una familia que se amplía hasta el número infinito de personajes que ha creado.
Argumento. Sin argumentos.
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Esperar

11 marzo, 2017 § Deja un comentario


Siempre esperamos. Esperamos que algo suceda o que no suceda, que siga como está. Esperamos un cambio o no esperamos nada. No esperar también es esperar que lo que está siga como está. Hay quien pasa los días esperando y nada. Nada ya es algo. La gente en la calle deja la sensación de espera; cuando es abierta tiene lugar en una esquina, en una mesa de café o bajo el neón de algún aviso; y cuando no, se esconde detrás de posturas discretas, cambios de pose, miradas perdidas. Claro que una cosa es esperar sin saber qué se espera o con la idea vaga de que lo que venga, cualquier cosa que sea, será distinto de lo que hay; y otra, con conocimiento de causa; en ese caso cuando la espera falla, la frustración toma su lugar; cuando no, no pasa nada, es lo que se esperaba, así, sin sobresaltos. La acción de esperar viene con dos espacios paralelos casi siempre simultáneos: esperar y ser esperado. El hombre que camina apresurado por la acera saturada de gente y, además, en sentido contrario a todos, es esperado por alguien en algún lugar quizá no muy lejano; sin embargo, simultáneamente, él espera que quien lo espera, lo espere a pesar de su retraso. Esperar no solo concierne los otros, también los eventos que llegan, a veces con suspenso, otras sin él. Esperar toma todas las horas de lunes a lunes, sin descanso. Cada día, hay quienes esperan el paso de los minutos hasta completar la horas y los días y si trabajan en una oficina frente a computadoras que no se apagan nunca esperan la hora de salida, la hora de la fila para entrar a la estación y subir al metro apretujados como cigarrillos; esperan llegar a casa, prender el televisor, mirar las noticias: cuántos muertos, cuántos robos, cuántas violaciones, cuántos políticos corruptos, cuántos robos de sumas inverosímiles que nadie es capaz de escribir. Otros esperan sin preguntarse o esperan a ver qué pasa. Y no pasa nada. O sí, sí pasa, pero cuando pasa y no era lo que se esperaba es como si no se hubiera esperado. Hay personas que cuando salen del trabajo, en la tarde, no van directamente al metro ni a la fila del bus. Esperan en algún lugar estratégico, en una esquina, en una mesa de cafetería, recorren en ida y vuelta la misma acera o se paran a observar a los otros en el reflejo de una vitrina. Las dos mujeres que conversan sobre todo y sobre nada, sin mencionarlo; cada frase es la constatación de lo que esperan y no ha llegado. Cuando se despiden quedan como si lo que esperaban no se hubiera dicho. Una, parte calle arriba con la mirada perdida y la cabeza en otra parte, no por falta de tiempo o disgusto, sino porque no escuchó lo que esperaba. La otra, parte en sentido contrario y si la posibilidad de comparar su actitud con la de su amiga fuera posible, el resultado sería el mismo, tampoco escuchó lo que esperaba. Una tarde mientras espera en una mesa de cafetería, un hombre mira al frente. Una bolsa de plástico roja y un plato con un dedo de queso que parece recién sacado del horno sobre la mesa. El hombre parte pequeños pedazos del dedo de queso y los lleva a la boca. Mastica con cuidado, como si tuviera todo el tiempo del mundo; mastica con la intención de quien quiere más. Llevar pedazos pequeños de dedo de queso a la boca y masticar con cuidado, como parte de la pantomima de la espera, le toma media hora o quizá veinte minutos. Cuando va por la mitad del dedo de queso no ha dejado notar ninguna tendencia; de un momento a otro, con el siguiente bocado, deja notar una: mira furtivamente hacia la puerta. Mira y mastica, pedazo por pedazo, con lentitud. Mientras mastica sus ojos reposan en la bolsa de plástico roja, luego parte otro pedazo, pequeño, quita los ojos de la bolsa y los concentra en el plato que le sirve de punto de referencia, pone el pedazo entre sus labios y mastica, saborea el manjar que, en mínimas porciones, le proporciona la tranquilidad de esperar con aliciente. Su mirada entonces pasa de la bolsa de plástico, al plato, y luego, sin que nadie lo note, ni siquiera la persona a quien espera, mira hacia la puerta. Así es el sin fin que viene con la espera. El ir y venir entre la bolsa, el plato y la puerta. Podemos quedarnos allí para ver qué pasa. Algo debe pasar. La espera prevista: una cita, por ejemplo, viene con suspenso limitado. En la espera no prevista, la incertidumbre de esperar sin saber qué, conmueve hasta el punto de acompañar a quien espera hasta que renuncie, se entregue al desengaño y abandone con la espera sin concluir. O, también es posible, que la espera se cumpla y la acción recomience al día siguiente. La espera no termina. Esperar, y eso lo sabemos bien, viene con suspenso incluido, no se trata solo de desear que algo pase y esperarlo, se trata del suspenso que la espera proporciona. Cuando la espera es propia ignoramos el suspenso. Lo ignoramos, no lo dominamos. Dominarlo equivale a no esperar, a saberlo todo. Sin embargo, dominarlo a su manera, en calles, cafeterías, en el metro o en su propia casa, determina lo que los otros esperan, qué esperan y también qué esperan de lo que esperan. Es sencillo esperar que algo llegue, que algo suceda, que llegado el momento pase lo que vaya a pasar o no pase. Con frecuencia la espera se hace sin imprevistos; con frecuencia, también, lo esperado no es lo que llega y la frustración aparece; eso es previsible, se nota en la mirada, en la respiración, en la caída de la boca. Esperar así es inquietante. Si la espera es en grupo, los referentes y las comparaciones entre el significado de la espera, distinto para cada uno, se manifiestan. La lentitud irreversible del tiempo hace mella y las figuras se descomponen. En los lugares públicos nadie mira a nadie pero, sin que los otros lo noten, todos miran a todos. Ese detalle hace del inicio de la espera una vitrina donde todo es visible. Como nadie está preparado la curiosidad disimulada abunda. Cada uno asume la situación con naturalidad pero todos buscan los lugares más cómodos según un interés personal hecho público. Los intereses hechos públicos van desde extender el cuerpo en dos o tres asientos, dormir o simular dormir, concentrar la mirada en un punto indefinido que no coincida con la presencia de otro, hasta comprar un café en pocillo desechable y tomarlo a sorbos medidos, continuos para que no se enfríe, o mirar, la mayoría de las veces sin ver, la pantalla de un portátil, una tablet o un celular y teclear en él. Cuando esta acción viene acompañada del uso de audífonos, la mirada es aun más ausente y la espera más presente. Es probable que el uso de dispositivos contribuya a aminorar la angustia del tiempo que se instala en lugares donde grupos de personas se reúnen con un fin: cumplir una cita médica, actualizar un documento público, hacer una fila. En general, la espera está sometida a los avatares del tiempo y casi siempre obliga a estar. No se hacen amigos cuando se espera. Lo máximo a lo que se llega es a dos o tres confidencias; tal vez a la narración de una aventura mal terminada en una espera similar. La versión del conocido que terminó mal en una espera idéntica a la del momento es frecuente. A partir de aquí solo queda esperar. Siempre esperamos. Algo debe pasar…
Argumento. Pasada la espera, todos respiran hondo y olvidan, la memoria no está para conservar esos recuerdos, espera otros… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Entre papeles

4 marzo, 2017 § Deja un comentario


261-boca-2

Entre papeles encontré lo siguiente: “…cuando el tiempo se detenga no podremos calcular su paso en días, horas, minutos o segundos; es posible que su forma y transcurrir cambie, que pierda su condición lineal y se convierta en alternancia, juego o sucesión de relaciones de momentos, espacios, presencias que según el deseo se modifican. Cuando el tiempo se detenga, tendremos la capacidad de pasar de un instante inolvidable al lado del mar a otro no menos inolvidable en la montaña, ¿antes o después? poco importa, la capacidad para ir y venir, alejarnos y regresar será infinita. Lo que sigue es especulación, nadie lo sabe. Aquellos para quienes se ha detenido, por segundos, hablan de una luz enceguecedora, pero tampoco ellos tienen la explicación total. Difícil es hablar del tiempo sin dominarlo, sin saber si en ese estado todavía cargamos con dos necesidades vitales: el sustento y la palabra. La necesidad de nutrirse y la necesidad de contarse. No imagino un estado, por leve, vaporoso o indefinido que parezca, donde no sea necesario sentir el aroma de una salsa mientras cuece y al mismo tiempo escuchar la voz que la narra…’  Todo plato tiene su momento histórico: el plato de lentejas que permitió a José negociar la primogenitura; o, en un tiempo más cercano, las peras al chocolate que alguna vez sirvieron a la mesa de Sarah Bernhardt y fueron tan de su gusto que quedaron bautizadas como Las peras Bernhardt que se encuentran en el menú de los grandes restaurantes al promediar la primavera. El cordero con Salsa a la Menta era uno de los platos de elección en el Titanic la noche del 12 de abril de 1912, hacía parte del menú y se podía combinar perfectamente con el Calabacín relleno y el Ponche romano que, dice la historia, era el postre de los Césares. No se sabe cuántas personas probaron aquel menú la noche de la catástrofe. ‘La mejor salsa es el hambre’ escuché decir hace algún tiempo y conservé la frase en la memoria porque quien la pronunció lo hizo como si palabra, sustento, deseo e imaginación fueran un placer que se satisface simultáneamente. La herramienta natural para comunicar: la palabra; la importancia de alimentar y no solamente comer, sino, hacer de la preparación un arte; el placer de crear con imaginación las narraciones, los aromas, los sabores, los colores. El resultado será una historia lejos de la historia oficial, será la historia cercana, la cotidiana, la de cada uno, la personal, la íntima. Aquella, que si el tiempo se detiene, no cambia.

261-boca-3
Es la historia que el tiempo convierte en necesidad, que encuentra la palabra que la sazone, la imaginación que la diferencie, el placer con sabor de vida y memoria. El encuentro del cual voy a anotar el siguiente párrafo es significativo: …Sentí curiosidad por ver quienes eran los otros invitados. Lejos de mí, al otro lado de la mesa, cerca del ventanal que miraba hacia los apartados del gran salón, estaba don Oliverio. En el momento en que se cruzaron nuestras miradas hizo una seña desde su puesto que me pareció un saludo. Don Oliverio es un experto conocedor de las especias y los sabores. El día de nuestro primer encuentro, estaba con su mujer al final del paseo bordeando el parque. Ese día me llevó en un recorrido por los sabores. Las especias picantes de la India, en comparación con los chiles, también picantes de México, son diferentes, dijo Don Oliverio. El “hot” hindú, usted sabe que “hot” significa caliente, pero allí es picante, se pega al paladar y se esparce por la boca; mientras que el “chile” mexicano es como una explosión que pasa tan rápido como llega. Otra cosa muy distinta es el amargo. Allí hay tonalidades. Imagine el pequeño gusto, amargo y perfumado a la vez, del jengibre en una salsa para salmón sazonada con anchoas: toma el gusto denso de una salsa madura. Recuerde el mismo jengibre, mezclado con finas hierbas y yogur en una salsa al fresco, ideal para combinar con dados de pollo a la parrilla por su amargo, sutil y distinto. ¿Qué opina?, preguntó. Tiene razón, dije. Lo voy a invitar a mi casa, dijo, allá podríamos profundizar sobre el tema, si le interesa, claro está. Por supuesto que me interesa, dije, pero sobre todo me interesan los aromas. Pero mi querido amigo, interrumpió don Oliverio, ningún sabor está separado de su aroma, eso no existe; volvamos al jengibre, ¿Qué aroma tiene?¡perfumado!, se respondió y me miró para confirmar mi opinión. Sí, respondí, perfumado y discreto. ¡Eso es! Si llega el momento en que podemos calificar y diferenciar los aromas y los sabores, es porque son nuestros, igual que los recuerdos que vienen con ellos, agregó. Las salsas son aroma y sabor que excitan los sentidos. ¿Qué es una salsa?, se preguntó. Hablando desde el punto de vista de la técnica, es una mezcla de ingredientes que en otras épocas tenía como objetivo esconder aquello que no queríamos que el huésped viera; lo mismo sucedía con los pintores menores del Renacimiento, cuando debían pintar una mano o un pie descalzo, encontraban una piedra, el tronco de un árbol, una ruina o un drapeado para esconderlo. Desde el punto de vista del chef, la salsa es parte de la composición y en lugar de esconder lo indeseable, contribuye a poner en valor la estética, el sabor, el aroma y oficia de mediador entre el huésped y el plato. Como el maestro de ceremonias que presenta, La Salsa, con mayúsculas, cuenta, introduce. Mire, continuó don Oliverio, en su libro “Afrodita” más precisamente en el capítulo de “Salsas y otros fluidos esenciales”, Isabel Allende menciona así el valor sensual de una salsa: ‘…debe ser atractiva a la mirada, como el rostro de la persona amada, sabrosa como un beso, suave como las partes más íntimas y debe tener un aroma único, intransferible como la piel…’

261-boca-1
¿Qué más ingredientes para una historia? me pregunto ahora. La historia se cuece en su origen, en su tiempo y en el de sus ingredientes. Allí donde algunos encuentran historias de amor; otros, de aventuras; otros, de conspiraciones y borrascas; algún sensible tendrá presente el aroma del lugar de sus idilios o habrá también quien encuentre en su memoria el perfume de las costillitas doradas al aceite de oliva mezclado con mejorana. O las calles donde el aroma de aceitunas, sardinas frescas y Vino se rodea de amigos desconocidos, aficionados a pasar las tardes conversando a la sombra de algún árbol, al calor de un almuerzo de esos que duran hasta cuando el sol se esconde en el horizonte. Como decía don Oliverio, aroma y sabor son inseparables, como tan inseparables son comida y palabra o audacia y visión: atributos básicos para elaborar la relación entre lo que está y lo que pasa, entre la narración y la memoria; entre la textura y el sabor, el color y la forma. Los ingredientes están en todas partes. 
No es fácil tenerlos en cuenta. Si lo fuera, todo o casi todo estaría hecho, incluso con el tiempo detenido…”


261-boca-4

 

Ilustraciones de Humberto Pérez Tobón. Lápiz sobre papel. sf.

Argumento. Cuando no sé qué hacer escarbo entre papeles, dijo el hombre, siempre hay algo. Entre papeles está la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

1-cara-texto-textura-sal

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para marzo, 2017 en .