Visible o invisible

25 febrero, 2017 § Deja un comentario

Una naranja en el lugar menos pensado, sobre una mesa al lado de una ventana. La vi al pasar frente a la puerta abierta. A las cuatro o cinco de la tarde el poniente contra la mesa pequeña, con patas en tijera, brilla como el agua quieta de un lago. La naranja, al contraluz sobre la superficie brillante, semeja todo menos lo que es. La composición y el momento perecen elegidos para que al pasar frente a la puerta abierta, en lugar de naranja, una esfera suspendida sobre una superficie brillante, que podría ser metálica, aparezca. La composición es perfecta, el sobresalto entre lo que es y lo que se ve, sugiere, sin embargo, el riesgo de quedarse con lo invisible es ilimitado, aunque es posible que una vez visto lo invisible, todo vuelva a ser sencillo. La naranja en su lugar y lo que después no se ve, también…

 

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…La mañana del día siguiente o del siguiente, poco importa. Cuando el sol, ardiente, comienza a despuntar. Un camino adoquinado bordea un barranco profundo. A la izquierda, fachadas de colores vivos; a la derecha, el barranco y más allá el paisaje infinito: las montañas, el cañón por donde corre un río y el cielo con nubes quietas. A la vera del camino adoquinado, cada cincuenta metros, una banca de tres maderos, dos redondos, cortos y verticales en los extremos sostienen uno largo y plano donde los caminantes descansan o esperan. De espaldas al paisaje, en una de esas bancas y frente a una casa con muros, puertas y ventanas de colores que vibran con la música a todo volumen, un hombre grueso, camisa blanca, pantalón oscuro, sin sombrero en la cabeza hundida entre los hombros, mira con ojos quietos una cajetilla de cigarrillos azul. Piensa, me dije cuando lo vi de lejos. No levantó la cabeza cuando pasé a su lado. Tampoco, es posible, se dio cuenta de que me detuve a unos metros y lo miré con la intención de preguntarle hasta dónde lleva el camino adoquinado, pero la posición abrumada, los ojos clavados en la cajetilla azul, los dedos rígidos como garfios y la misma cajetilla lo impidieron. Si le pregunto, me dije, es posible que no responda, que ni siquiera me escuche; también es posible que la conversación se amplíe y no solo hablemos de los adoquines sino del paisaje a sus espaldas. Y quizá entonces me diga qué tiene la cajetilla de cigarrillos, azul, que lo obliga a sentarse de espaldas al paisaje. Quizá lo diga. Quizá no. Quizá se levante, mire el paisaje que incita a volar y lance la cajetilla con la esperanza de ir tras de ella…

 

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…Quizá, así, se haga invisible, como los ruidos que hacen parte de las cosas. Atribuir a un ruido el valor de cosa es suponerle una forma, un peso, un espacio y un volumen. En una venta de leídos compré un libro de Bárbara Leaming: “Si aquello fue felicidad. La vida de Rita Hayworth”. Lo compré porque la bella Rita me gusta por misteriosa e inesperada como en “La dama de Shanghai”. Compré el libro y fui a Versalles, un lugar donde los marinos pintados en la mitad de la pared de la izquierda, entrando, se baten contra la tormenta que los abruma desde cuando mi memoria recuerda este lugar hace más de treinta años. Ocupé una mesa en la fila del centro, una mesa para cuatro, y pedí un café negro con almojábana. Desempaqué el libro y comencé a leer. El capítulo uno inicia con la presentación de un cómico en el Orpheum Theatre de Duluth en Minnesota en febrero de 1917. Hacía frío, supongo, aunque el texto no lo menciona. Los hermanos Cansino, Eduardo y Elisa, bailarines, padre y tía de la bella Rita, esperan turno para salir a escena. Cuando, de repente, como caído del cielo, un estruendo me sacudió, sacudió el lugar, sacudió el café y la almojábana que apenas llegaban a la mesa. Un arrume de bandejas de aluminio en equilibrio se deslizó hasta caer al piso en un estrépito tal que la mirada de todos los parroquianos alcanzó el fondo del salón. Entonces sucedió algo inesperado, como siempre con lo inesperado, después de que sucede todo cambia. Los ruidos se hicieron presentes, tomaron forma, peso y lugar específico. La conversación a mis espaldas resaltó circular y espesa, como la esfera; la queja del señor de camisa de cuadros porque el café, caliente, lo quemó, se interpuso como un triángulo con puntas; el llamado de otra mujer para ordenar un desayuno cayó como un tablón encima del tintineo de platos que chocan. Ruidos de tamaños y pesos que no me atreví a descifrar entraron y salieron por los resquicios. Ruidos con forma, peso y volumen, como objetos en el espacio, sobre las mesas, entre la gente, ocuparon los espacios y me arrinconaron…

 

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…Un vaso de plástico transparente, desechable, con contenido amarillo que se recorta limpiamente contra el entorno oscuro no arrincona. Una línea, menos visible pero también de plástico, se recorta entre el contenido del vaso y la masa también amarilla, ensortijada como una cabellera, que se comunica con el vaso por la línea menos visible que las une. Me costó, a pesar de la luz del día separar las formas, dar a cada una su valor en el todo y construir una figura. Es una mujer, viste de negro; su cuerpo se confunde con el entorno en penumbra por las sombras de los árboles que rodean el lugar, al aire libre y a plena luz del día, bajo la sombra. Distingo, aparte de las formas amarillas y la línea menos visible, una mesa metálica. La mujer ocupa uno de los costados de la mesa. La veo de perfil. No hay movimiento. Pienso en alguna pieza en tres dimensiones, una escultura por ejemplo. Las texturas son precisas en la transparencia y brillo del vaso, en las sombras del cabello ensortijado y en la más tenue linea que une las formas amarillas. El cuerpo, la ropa y quizá la piel del personaje, mujer escultura, se diferencian del entorno por su falta de brillo. La observo con detenimiento, a pesar de que nada se mueve, espero que algo pase. Percibo entonces un movimiento por impulsos: el líquido amarillo del vaso sube por la línea que une las formas de color. A medida que el amarillo en el vaso disminuye, sube por la línea menos visible que une las formas, el color de la cabellera se hace más intenso. El paso del color amarillo de una forma a otra se sucede sin contratiempos. Pienso en una escultura con motor o, y esta es una opción más delirante, imagino un androide instalado allí para la representación de una nueva tecnología. Me distraigo de la conversación con mis amigos, no me atrevo a decirles lo que veo, ni lo que pienso, no me creerían y es posible que vieran algo distinto. Mientras esto pasa por mi mente el vaso de plástico queda vacío; la cabellera amarilla ensortijada cambia a una pose vertical y la línea de unión que volvió a ser transparente queda interrumpida con inclinación hacia la figura vestida de negro, como si la señalara. Entonces, sin anunciarlo, sin prevenirme, la figura vestida de negro, una mujer alta y delgada con un tatuaje en alguna parte, se levanta y abandona la mesa en dirección contraria a donde me encuentro. En la mesa queda el vaso vacío, transparente, y el pitillo inclinado hacia donde estaba la mujer, ahora invisible. Segundos después, dos mujeres jóvenes tomadas de la mano que se besan con timidez, ocupan la mesa. El vaso transparente, huella de lo invisible, no se mueve de la mesa…

Argumento. Lo que está en juego no es de poner en evidencia lo visible, sino, lo invisible, dijo y después calló. Con esta declaración arranca la historia…. …
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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