El silencio es ganancia

10 febrero, 2017 § Deja un comentario

258-silencio-1El ruido y el silencio están en los opuestos, entre ellos, quien sufre uno o goza el otro. El silencio no se escucha, está. Necesita desplazar al ruido para ser escuchado y aún así no es fácil de notar. El silencio necesita del opuesto para ser echado de menos. En música tiene tanta trascendencia como una nota. En la palabra, los silencios suelen ser impulsos y según el orador es valorado como pausa o reflexión. En la escritura un silencio equivale a un punto o, un punto aparte. El silencio existe en contraposición al ruido y cada vez que se menciona, la figura del opuesto viene implícita. Una pistola, una motocicleta, una puerta, un lugar público, un aplauso, un martillo, una almádena, son denominaciones para objetos, lugares o acciones que de ordinario hacen ruido. Es tan sólido el silencio que el ruido necesita armas potentes para desplazarlo: martillos o almádenas, por ejemplo.
Dos semanas después del lunes en que todo comenzó, me dijo aquella frase que parece tomada de alguna memoria en desbarajuste por el ruido: “…El silencio es ganancia…”, casi no alcanzo a escuchar sus palabras mezcladas entre golpes de martillo y almádena que venían del otro lado de la pared del estudio. El ruido inunda como el agua, se perfila por los resquicios, hace temblar los vidrios y no permite que el silencio sea, murmuró, con la mirada clavada en la pared límite entre él y los golpes de los martillos y las almádenas, y no tiene marcha atrás.
El primer golpe retumbó un lunes a las ocho de la mañana en la casa vecina, la 147. Bien pudo ser martes o miércoles. Quizá como un mecanismo de defensa interior olvidó el día; los lunes, todo el mundo lo sabe, son días que deberían pasar desapercibidos, quizá propicios para un buen martillazo. No cayó en la cuenta en ese momento de lo que se venía encima. El golpe retumbó a primera hora. Pensó que había sido un accidente, algo que se cayó y nada más. Ni siquiera pensó en la posibilidad del martillazo, si fuera eso, me habrían avisado, alguien me habría prevenido, es lo menos en aras de la convivencia pacífica de la que tanto se habla. Cuando los golpes se repitieron, dos, tres veces, tan cerca de su cabeza que hubiera podido suponer que venían del interior mismo de su cerebro, pensó que el accidente o la cosa caída no estaba del otro lado de la pared, sino allí mismo, a su lado. Algunos golpes más, sin reposo, con la insistencia de quien tiene la obligación de demoler lo que tiene en frente, retumbaron de nuevo, ya no solo en su cabeza sino en todas partes, en la pieza que le servía de estudio, en las otras piezas, en toda la casa. El retumbar de la almádena trajo a su memoria la primera secuencia de “Ensayo de orquesta” la película de Fellini, recordó aquella bola de hierro, como las que se utilizan en las demoliciones, cuando de un solo golpe desaparece la fachada de un edificio. Imaginó una bola gigante, como aquella, al otro lado de la pared, en la casa vecina. Estar lo más lejos posible de allí, fue lo único que se le ocurrió, no quería correr el riesgo de que todo le cayera encima. Los martillazos se sucedieron sin interrupción esa mañana, los días siguientes y aun dos semanas después del primer golpe, el primer aviso si lo podemos llamar así, cuando me dijo “… el silencio es ganancia…” los golpes eran intensos como el primer día. En ese momento, por supuesto, ya sabía que un equipo de demolición trabajaba al interior de la casa vecina. Con el paso de los días y la furia de las embestidas había aprendido a distinguir la intensidad, el objeto y la intensión del martillazo. Había martillazos para aflojar y para quebrar, había también martillazos con ayuda de otro útil para levantar o despegar. Los había con intensidades que van desde el golpe a una pieza suelta, que responde con un sonido hueco, sordo, en ocasiones bajo y sin eco; hasta el golpe frontal a una pieza pegada por completo a la pared o el piso y tiene parecido con el choque entre locomotoras que se encuentran frente a frente a velocidad de crucero. Podían tener aplicaciones distintas, sonidos distintos, sin embargo, todos sin lugar a clasificaciones eran martillazos que retumbaban en su cabeza.258-silencio-2
En medio del retumbar de martillos intentó diferentes técnicas: taponar los oídos como hacen los operarios de máquinas ruidosas en cadenas de producción; buscar en alguna parte de su interior la dosis de paciencia suficiente para pasar el bache; partir, lo hizo, pero fue imposible recorrer las calles sin rumbo por tiempo indefinido; buscar un lugar público, centro comercial o cafetería, donde trabajar sin la almádena pegada a los oídos. El ruido, confirmó, contamina más que la polución: los motores, las músicas, distintas de una puerta a otra, las sirenas, los llantos, los gritos, los timbres, los roces entre metales. En ningún lugar el silencio tiene cabida. Decidió enfrentar la situación y quejarse. Lo hizo un par de veces, sin embargo, quienes iniciaron la demolición la deben terminar y las quejas no son obstáculo. La demolición, como el futuro y los ruidos que vendrán después, quizá ya no martillazos sino pulidoras o sierras eléctricas, no tiene reversa. Recordó que algunos años antes dejó un apartamento porque el vigilante le hizo caer en la cuenta de que el único inquilino en todo el edificio que no estaba en la fiesta era él. Incluso le sugirió que se uniera a la fiesta. Si no es posible vencer al enemigo lo mejor es unirse a él, le dijo el vigilante con una sonrisa.
Entonces con la mirada pegada a la pared de su estudio, me dijo que le había pasado por la mente comenzar a demoler de su lado, responder a cada martillazo de allá para acá con otro de acá para allá, así, quizá lleguemos a una suerte de ritmo que podría ser placentero; una suerte de alfabeto morse: tres golpes cortos, tres largos, tres cortos, que nos permitirá sostener una conversación fluida, marcada por avisos de ¡auxilio! a los martillazos. He intentado todo, agregó por fin después de algunas frases sueltas, incluso buscar una salida a la situación, una salida que venga acompañada con algo de placer, porque es de placer de lo que se trata; he llegado a imaginar, mientras los golpes de martillo me rodean, que demoler debe ser algo parecido a jugar con agua. Un placer sin igual. Mojar es equivalente a ver caer, poco importa el ruido, también tiene su encanto, nadie lo puede negar. Incluso quien está metido hasta la coronilla entre los martillazos, quien suministra los golpes no los escucha. He pensado que si en algún momento de mi vida me veo en la obligación de cambiar de profesión, por ahora tengo una inclasificable, soy buscador de ficciones, el oficio de demoledor me vendría a las mil maravillas. Me imagino dando martillazos sin saber, sin preguntar, sin que nadie me diga, qué hay del otro lado. Y cuando la almádena haya hecho su trabajo y el muro haya desaparecido, lo que encuentre del otro lado será un descubrimiento: quizá encuentre un sordo o un loco, o una señora mayor y enferma con un malestar irreversible; quizá también encuentre el vacío o un entierro o, por qué no, un paisaje con horizonte bajo, una pradera color clorofila y colinas al corte con el cielo. Toda una aventura. Una ficción con tantas variables como descubrimientos. Me dijo todo esto sin interrupción. Lo dejé hablar porque era su única manera de combatir la situación irreversible, de esas que aparecen y dejan como único recurso: esperar. Si nos hubieran avisado, dijo por fin, quizá hubiera sido distinto…
Argumento. El silencio no se ve, no se siente, ni siquiera se escucha, dijo el hombre, también puede ser una mujer. Sin embargo, el ruido, demasiado fuerte impidió que alguien lo, la, escuchara… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017 / Casa 148. Unidad Residencial Las Brujas

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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