A veces es mejor que nadie lea lo que uno escribe

4 febrero, 2017 § Deja un comentario

257-metro-2Esta es una historia difícil de creer pero así, tal cual, apareció en la prensa. Un escritor narró, no se sabe a quién ni cuándo, que se había cruzado con un pasajero que leía una de sus novelas en el metro, precisamente una que se desenvuelve allí, en el metro mismo, en hora pico. Agregó que se había parado a su lado y lo había observado sin quitarle el ojo de encima. Aseguró que lo hizo con disimulo porque quería ver su reacción, quería saber si la lectura de pocas páginas le bastaban para dar por terminado el libro o si por el contrario avanzaba de una página a otra aunque eso no era evidencia de que le hubiera gustado; sin embargo, dijo, le pareció que la lectura lo absorbía hasta el punto de aislarlo del bullicio y el gentío. Precisamente como sucedía con el personaje de la novela. Fue una coincidencia, la primera, que la atmósfera de la novela fuera igual o casi igual, a la que el lector y él mismo vivían entre pasajeros pegados a celulares, chateando, cargados con morrales pesados, los ojos cerrados, o abiertos pero sin concentrarse en nada ni en nadie. Como en la novela, en cada estación, una multitud subía y bajaba o se estrujaba para abrirse paso. La gente pasaba entre ellos pero ni el lector, ni él, se dejaban desplazar del puesto que habían logrado en el pasillo, sin mirarse, claro; en aparente ignorancia del otro. De tiempo en tiempo, tal vez de un párrafo a otro, el lector hacía ruidos extraños. El escritor supuso que había llegado a un punto de la narración que lo inquietó, una página donde continuar le obligaba esfuerzos de concentración mayores; el lector no dejó de leer, pero a partir de ese momento su actitud se hizo defensiva quizá un poco huidiza. El escritor calculó, por la cantidad de páginas, que había llegado el momento donde el personaje preocupado porque se da cuenta de que lo persiguen se disimula detrás del libro. El escritor recuerda el párrafo y piensa en lo inútil que le pareció el escondite, sin embargo, no había otro. En la novela, el personaje es reconocido por quienes lo persiguen y su intención de esconderse queda frustrada. El escritor observa con mayor atención al lector y cae en la cuenta de que a medida que avanza en la lectura ve menos de él, su respiración se acelera y se esconde aun más detrás del libro. Difícil de comprender, pensó el escritor, que en medio de los ruidos del metro, la gente, los altavoces, escuche con claridad los altibajos en la respiración del lector y más extraño aun que su figura disminuya como la del personaje en la novela. En ese punto, según el cálculo del escritor, el lector ignora lo que sucederá en la novela, quizá desea, como sucede con frecuencia entre los lectores, que el personaje logre evadir la persecución. Pero el escritor sabe que no podrá evadirla.

257-metro-1El lector le cayó simpático al escritor, no porque haya conversado con él o le haya dado alguna opinión acerca de la novela; le cayó bien por el simple hecho de leerlo: comprar el libro y leerlo; pedirlo prestado y leerlo; o robarlo, esa ya es una acción encomiable con uno de sus libros, robarlo y leerlo. El escritor, entonces, se preocupa por la actitud a la defensiva del lector y piensa en la posibilidad de prevenirlo sobre lo que sucederá al personaje de la novela. Por algún motivo que no sabe explicar siente la obligación de ayudarle ya que, a fuerza de observarlo, lo ve como el personaje que él mismo compuso. Imagínese, dijo el escritor, uno de mis personajes en el momento crucial de una de mis historias frente a mí. Un “déjà vu” literario. Mientras el metro avanza y se detiene en todas las estaciones, el escritor recuerda que están a cuatro estaciones del momento en que el personaje será interpelado por quienes lo persiguen. Por primera vez se le ocurre pensar en una solución. ¿Hablarle? ¿Hacerse su amigo? ¿Lograr que entre en confianza y sin anunciarle lo que sucederá, obligarlo a que le entregue el libro o se lo preste antes de llegar a la estación fatídica? La única alternativa que el escritor encuentra es distraerlo, sacarlo de la lectura. Mientras piensa en cómo abordar la conversación con el lector, cada vez más a la defensiva detrás del libro, el tren hace alto en una estación. Los altavoces anuncian horarios, rutas de salida a trenes en conexión o llaman la atención sobre el cambio de itinerarios. Mientras el ruido de voces y el roce de metales se pega a todo y los pasajeros que suben y bajan estrujan a los que ocupan los pasillos, como el lector y el escritor, porque no hay puestos libres; el lector, como el personaje de la novela, hace del libro un parapeto e impide cualquier aproximación del escritor que intentó hablarle cuando otro pasajero, vestido de azul y con audífonos que lo aíslan de todo lo empuja; él exagera el empujón, murmura una disculpa que el lector no responde y agrega una queja, algo así como: a esta hora ya no se puede viajar. Pero el lector no se dio por aludido. En la estación siguiente sucedió más o menos lo mismo, otro intento de acercamiento, esta vez preguntando la hora, con la misma reacción por parte del lector.

257-metro-3Durante el penúltimo el tramo antes de la estación donde subirían los perseguidores, el escritor intentó hablar del libro: ¿es un buen libro? preguntó. Debe ser muy bueno si le permite concentrarse en medio del gentío. El lector, ahora sí prácticamente invisible detrás del libro, levantó los ojos, miró al escritor por encima del borde de la portada y no habló. ¿Quién es el autor? insistió el escritor. En ese momento entraban en la estación, faltaba una para llegar a la parada donde según la novela ya nada tendría reversa, el personaje sería cazado por sus perseguidores. El lector no respondió a ninguna de las preguntas del escritor y cuando los frenos comenzaron a chirriar, el silbido del aire comprimido se deslizó por las rendijas y el timbre de los altavoces anunció la entrada del tren en la estación, el lector cerró abruptamente el libro, algo que sorprendió al escritor porque esa acción no estaba en la novela y tampoco se le hubiera ocurrido; se enderezó tanto como pudo, hasta quedar por lo menos una cabeza más alto que el escritor, murmuró una excusa por la incomodidad y empujó al escritor sin esperar respuesta; pasó a empujones entre los pasajeros y saltó al andén donde se escabulló entre la multitud que esperaba, que llegaba o que partía. Nada de esto estaba en la novela del escritor. Según él, el lector debía ir hasta la siguiente estación donde sería atrapado. El escritor no sabía qué hacer. Con ese cambio, el argumento que le tomó meses, por no decir años, desarrollar perdía piso por completo; ¿quién era quién en la novela, el personaje era el lector?, ¿al revés?, ¿ahora que el lector interrumpió la acción, los perseguidores subirían al tren en la estación siguiente?, ¿dudó incluso de él, cuál era su participación en la trama?, ¿de dónde salió su personaje?, ¿lo había olvidado? Y entonces ocurrió la segunda coincidencia: ese día vestía la misma ropa que el personaje de la novela cuando los perseguidores lo atrapan; era una costumbre suya venida de quién sabe cuál escritor inmortal, como un fetiche: vestir al personaje igual a como él viste en el momento de escribirlo. Quiso ir detrás del lector, seguirlo para saber a dónde iba, qué iba a hacer, con quién se iba a encontrar, necesitaba decirle que debía volver a su puesto en el tren, que si no lo hacía perdería años de trabajo, pero las puertas del vagón cerraron y no logró bajar. En la estación siguiente, donde tendría lugar el encuentro con los perseguidores, tres hombres con la amenaza en la mirada subieron al vagón y fueron directamente hacía donde el escritor se encontraba, no dudaron: un sujeto con las características de quien buscaban y vestido como les dijeron que vestiría se encontraba en el lugar donde estaba marcado que iría el sospechoso. Es lo que sucede en la novela, pensó el escritor…
Argumento. Todo es ficción, dice uno. El resto también, responde el otro. Así comienza la acción en la llamada realidad…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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