Tres soledades y el del sombrero

21 enero, 2017 § Deja un comentario

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255-soledades-4Edward Hopper pintó Automat en 1927. Lo mostró por primera vez en el invierno del mismo año en una Galería de Nueva York y lo vendió. Casi tres años después el martes negro de octubre de 1929 sentenció a la bancarrota la economía mundial y fue el caos. La soledad de la mujer en el cuadro no presupone ninguna de las afugias que vinieron con el desastre económico; diez años después del final de La Gran Guerra los Estados Unidos vivían en el confort de no haberla padecido en su propia tierra. La mujer, sola en el auto-servicio, donde los clientes ordenan a través de una ventanilla después de depositar el valor del pedido en una ranura, podría llamarse June. June Miller. Minutos antes, sin saber qué hacer, camina sin rumbo hasta que el frío y la necesidad de tomar algo caliente la obligan a entrar en el primer local abierto. Si no fuera por el hombre con tendencia a la calvicie y chaqueta de tela gruesa, ocre, que parece escribir o dibujar en una libreta y ocupa una mesa en la esquina más alejada de la puerta el local estaría desierto. No es hora de almuerzo o cena. June entra sin mirar al hombre, es posible que no lo haya visto, va a la ventanilla, ordena un té caliente, una rosca dulce y espera. El servicio es rápido, June lo recibe y va a ocupar la mesa cerca de la puerta en el extremo opuesto a la mesa del hombre que la observa. June lleva guantes pero solo se quita el de la mano derecha. Tiene prisa, piensa el hombre, nota además que no lleva bolso, quizá, se dice, lo tiene sobre las piernas. Anota el detalle en su libreta. Le parece curioso que la mujer se concentre en consumir su té sin quitarse el abrigo ni el sombrero. Es el frío, piensa, el frío y la prisa. Entonces debe adivinar su cara, en apariencia joven, que se disimula bajo el sombrero y las luces que caen del techo al estilo Greta Garbo. June, cruza las piernas, no mira para ningún lado, consume con rapidez la rosca dulce; aun le queda media taza de té; vuelve a la posición inicial con las rodillas juntas pero solo unos segundos porque entonces cruza las piernas de nuevo. ¿Está nerviosa? se pregunta el hombre y anota su duda. Tiene una cita, ¿de amor, de trabajo? Se decide por el trabajo. Si fuera de amor no hubiera comido y el trabajo con hambre es insostenible, anota. El hombre mira la mujer con la seguridad de que ella no lo va a mirar, guarda la libreta con las notas o los dibujos en el bolsillo de la chaqueta, se ajusta el sombrero del autorretrato y sale al frío de la calle, se hace tarde para llegar al estudio…

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Han pasado cuatro años. June obtuvo el trabajo pero la crisis se lo quitó y el “New Deal” de Franklin Delano Roosevelt tomará todavía un par de años en llegar. June perdió el trabajo. No sabe qué hacer. En el momento más caluroso del verano se encuentra en una habitación de hotel a la espera de un telegrama. Desde aquella noche en el Automat, cuatro años atrás, June tiene la sensación de haber estado todo el tiempo a la espera, ¿de qué?, no lo ha podido saber, la espera hace parte del aire. Esa tarde está segura de que espera un telegrama a su nombre: June Miller, Hill Hotel, 250W 93th. NY. Llegará en cualquier momento. No se atreve a salir de la habitación, es un telegrama de vida o muerte; sin embargo el clima es tan soberbio que la falta de aire acondicionado la obliga a estar en paños menores. Ni siquiera soporta ir a la ventana para ver y contar las ventanas del edificio del frente, no sabe cuántas veces lo ha hecho. Son treinta y dos en ocho pisos, todas iguales y con las cortinas corridas como si allí no viviera nadie; entonces el calor la obliga a resguardarse a la sombra. Cuenta las ventanas y regresa a la silla donde, arrugado de tanto pasarle por encima, está el vestido de flores que se compró con el último sueldo. Tiene todo listo, las maletas cerradas que golpea con los pies descalzos cada vez que pasa cerca y no abre porque el telegrama llegará en cualquier momento y entonces partir será inmediato. Está sentada en la cama, piensa y quiere llorar pero no tiene lágrimas. Escucha tres golpes en la puerta y una voz juvenil. ¡Telegrama! Abre a toda prisa, olvida que está en paños menores. Abre y se encuentra con un joven en uniforme verde chillón, corbatín y gorro redondo. El botones. Detrás del botones pasa rumbo a su habitación un hombre mayor que, a pesar del calor lleva puesto el sombrero del autorretrato. June da un grito de alegría al recibir el papel amarillo plegado y sellado. El hombre del sombrero atraído por el grito de la mujer, se detiene y observa. Entre él y la mujer está el botones. El calor es infinito. June rasga el papel y lee con avidez. Entonces gime y sin que una sola lágrima corra por sus mejillas, llora. Vuelve al interior de la habitación y se deja caer en la cama, no le importa la presencia del botones. No ha visto al hombre y no lo verá. June no logra quitar los ojos del papel amarillo. El hombre se quita entonces el sombrero, su cabeza sin pelo brilla de sudor; observa a la mujer con detenimiento, como si la hubiera visto antes o como si quisiera ver todo, los colores, las formas, las luces y las sombras, incluso el calor. Todo. En el momento en que intenta decir algo, quizá reconfortar la mujer, el botones cierra la puerta…

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A las seis y quince de la tarde los altavoces de la Estación Central de Nueva York anuncian la salida del tren con destino Philadelphia, andén cuatro, en quince minutos. La voz metálica repite el anuncio tres veces. Es otoño, primeros días de noviembre. La semana anterior la transmisión por CBS Radio desde el teatro Mercury de la Guerra de los mundos de H. G. Wells, dirigida y protagonizada por Orson Welles había causado pánico en varias ciudades y la gente estaba nerviosa; pero no solo por la transmisión radial, también por las noticias que llegaban de Europa. En el hall de la estación los espacios para circular eran mínimos, viajeros con maletas, solos, en parejas o en grupos, en uniforme militar, con maletín de empleados, oficinistas hombres y mujeres con pesados bolsos de mano, niños del brazo de sus madres. Una multitud con ansia de tomar su tren, partir, o por lo menos, salir de allí. Entre ellos un hombre de casi sesenta años, alto, con el sombrero del autorretrato ajustado en su cabeza, chaqueta de tela gruesa, ocre, y mirada de esas que ve todo busca la salida hacia el andén cuatro. El hombre lleva una maleta de cuero pequeña de apariencia liviana y un maletín más grande, tal vez pesado. El hombre lleva su equipaje con facilidad, con cuidado sería mejor decir. Encuentra el andén cuatro y camina sin dificultad entre los otros pasajeros hasta encontrar su coche, el ciento noventa y tres. Sube por la primera puerta y una vez en el pasillo constata que su puesto, el que tiene marcado en su pasaje está ocupado por una mujer vestida de negro. El hombre duda. En ese momento, muy lentamente, el tren se pone en marcha. Observa la mujer, ella no se da cuenta de su presencia, está concentrada en las páginas de un libro; él no se mueve del lugar en el pasillo hasta donde llegó pero toma nota del sombrero negro que disimula la cara y parte del cabello rubio. ¿Está sola?, ¿lleva luto?, ¿por qué ocupa mi puesto si cada pasajero lleva marcado el que le corresponde en el tiquete? se pregunta el hombre mientras observa la mujer. Deja sus maletas en el piso del pasillo, saca la libreta del bolsillo en el costado de su chaqueta y toma nota o dibuja lo que ve. Lo hace con frecuencia, lo hace siempre, observa la soledad cada vez más presente y la dibuja. La gente está sola, algunos conviven con su soledad, otros intentan escapar, en trenes, por las autopistas, recorriendo las calles o frente a una taza de café en el auto-servicio. La mujer de negro, sin embargo, no parece escapar de nada, huir de nada, está allí y lee. Curioso, piensa el hombre mientras toma nota o hace apuntes, curioso que en estos tiempos encuentre gente que no parece huir y tampoco esperar. La mujer no se mueve, solo cambia la pierna de apoyo o pasa las hojas del libro con lentitud. Lee despacio, ¿qué leerá? se pregunta el hombre mientras el paisaje del atardecer se desliza enmarcado por la ventanilla como en el cine. De repente la mujer levanta la cara y el hombre ve la sonrisa rodeada de labios rojos y piel blanca. Es joven, bonita; el hombre duda, cree que la ha visto antes. Ella nota su indecisión y con la misma sonrisa dice, …hola, perdí mi tiquete y seguramente ocupé su puesto, mi nombre es June Miller…

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Argumento. Soy Edward Hopper dijo el del sombrero. Yo también, respondió el otro. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Muy pronto en Ficción.La.Editorial

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