La música de la selva (Leticia 3)

24 diciembre, 2016 § Deja un comentario

251-leticia-3-1
… Al día siguiente navegamos Río abajo. Los mismos viajeros, la misma lancha azul, la misma corriente de apariencia tranquila; pero no éramos los mismos. Dice Heráclito que el hombre que bajó al río ayer no es el mismo que baja hoy y el río tampoco. No éramos los mismos. Habíamos recorrido los senderos de Puerto Nariño; nos habíamos encandilado con su belleza; habíamos desayunado sopa de tucunaré con patacón, fariña y ají para unos, huevos revueltos para otros y café para todos; quizá respondiendo a un impulso venido de quién sabe dónde Yuba dijo mientras desayunaba: “como un tigrillo atrás de una gallina”, lo escuché, esperé otra frase para dar sentido a la anterior pero no dijo más y no me atreví a preguntarle a qué se refería; después asistimos a una ceremonia en el espacio donde se construirá la maloca de la cual Yuba es el centro espiritual y poco antes del medio día abordamos la lancha para el regreso. No éramos los mismos. El regreso sería rápido, navegaríamos en favor de la corriente. Con la luz metálica de la tarde a ras de las aguas, el Río parecía una mesa sobre la cual nos deslizamos hasta Leticia pero no hasta el puerto que dejamos el día anterior, nos deslizamos hasta un atajo en la isla que el Río puso frente al malecón del puerto hasta que lleguen las lluvias. Los viajeros que bajaron al Río por el canal ayer, llegan hoy por un puente que los dejó a la altura del malecón. Allí mismo, cerca de las cinco de la tarde me despedí de Yuba, él iría a su casa y nosotros a preparar la expedición del día siguiente por los senderos de la selva hasta la maloca de Cayetano. Nos volveremos a ver, le dije.
En ese momento una mujer vestida como una turista: pantalón corto, botas para caminar, blusa vinotinto al vuelo, lo mismo que su pelo rubio, caminaba a toda prisa hacia nosotros; pasaba entre la gente con facilidad quizá porque detrás de ella venía un leticiano que no lograba sostenerle el paso y debía correr. La pareja, turista y leticiano, cruzaron el malecón del puerto en segundos; algunos hombres, tal vez amigos del leticiano intentaron llamar su atención pero él no tenía tiempo para responder, la más mínima distracción y perdía el paso de la mujer. Pasaron como flechas a nuestro 251-leticia-3-2lado y bajaron por la pendiente pantanosa hasta el canal, la mujer siempre adelante, el leticiano detrás saltando de tronco en tronco. Era posible que algo o alguien los persiguiera o, que algo o alguien los esperara. Subieron a una lancha, ella adelante, él al motor, y partieron a la velocidad que la multitud de embarcaciones les permitió. Los miré alejarse hasta perderlos de vista detrás de otra embarcación. Con el sol en el ocaso un tinte metálico teñía lo que sucediera, el calor era intenso y la historia que vi venir de lejos y seguí hasta la lancha donde partieron la mujer y el leticiano, terminó allí, en punta.
La jornada del día siguiente comenzaría en el kilómetro dieciséis de los veinte construidos en la ruta planeada para unir Leticia con Tarapacá a ciento sesenta y cuatro kilómetros de distancia. Salimos a las cinco y treinta de la mañana. Los gansos contentos de vernos a tan buena hora nos despidieron con la algarabía de otras veces; el cielo gris y una llovizna fina que parecía venir de antes, de mucho antes, nos acompañaría en el moto-taxi hasta la esquina del Hospital donde nos encontramos con Elvis, guía, ojos y oídos, en el Amazonas. No eran las seis de la mañana cuando en dos moto-taxis, Elvis, Carlos Guillermo y Rafael, en uno; Luz Elena, mi mujer, y este cronista en el otro, tomamos la vía que nos llevaría hasta el dieciséis, el kilómetro de la carretera donde comenzaría la travesía hasta la maloca de Cayetano. Hora y media de camino por la selva. El trayecto en moto-taxi hasta el dieciséis se matizó entre motor y radio con interferencias, pensé que si viviera en Leticia aprendería escuchar la radio mal sintonizada o mejor, la mantendría prendida y no la escucharía; me estaba dejando llevar por la segunda opción cuando llegamos al dieciséis todavía bajo la lluvia fina que en apariencia no moja pero va uno a ver y sí, moja. Pasamos de los ruidos de la modernidad, motores e interferencias, a las músicas de la selva nativa: roces, ritmos inesperados, corrientes, vientos cortos, hojas que caen,251-leticia-3-3 árboles que susurran y seguramente fauna y flora que nos observa pasar y silba para anunciar nuestra presencia. Forrados en caucho y plástico, botas e impermeables, emprendimos el camino. Elvis, el guía conocedor de la selva, Luz Elena, Carlos Guillermo, este cronista y Rafael cerrando el cortejo. Para hacer la distancia en hora y media debíamos caminar rápido, nuestros compañeros conocedores del camino no tenían dificultad para pasar sobre troncos húmedos y resbalosos puestos allí por otros pasantes o por el tiempo para salvar pantanos o corrientes de agua. Luz Elena, poco entrenada para este ejercicio lo asumió con la energía y seguridad de los conocedores; debo decir que intenté lo mismo y creo que lo logramos, mantuvimos el ritmo, pasamos los obstáculos; bajo los árboles la lluvia parece lejana aunque la humedad se siente; caminar entre árboles sin agarrarse a ellos, sin tomarlos como soporte fue una prueba que pasamos sin dificultad. La inmensa variedad de verdes, desde el claro casi invisible, hasta el denso, opaco, que pasa por el café quemado y llega al negro es un calidoscopio en permanente formación. Si en el Río es posible mirar las riberas en la distancia, escuchar la corriente y el sonido de las aguas, hacer abstracción del motor y alcanzar cierta quietud; en la selva no hay un instante de reposo, hay que calcular el paso, incluso el que aun no se ha dado y el siguiente; hay que buscar los pasajes menos pantanosos, evitar los troncos y las raíces saltonas; las formas inesperadas y los sonidos venidos de distintos lugares imponen su ritmo y atizan el esfuerzo. Elvis ve pájaros y flores donde mis ojos solo ven tonalidades de verde. Lo mejor es dejarse llevar hasta pasar un puente de altura mediana con pasamanos a la derecha y troncos lisos por la humedad.
Llegamos a la maloca de Cayetano. ¿En la hora y media prevista? no lo sé. La maloca es imponente en medio de un claro de la selva y rodeada de chozas, alcancé a contar cuatro; los perros ladraron y una gallina curiosa nos observó por una rendija mientas estuvimos en el balcón de la choza que ocupan Cayetano y Mariela su mujer. Ella es ticuna, él huitoto. Cayetano es el abuelo de la maloca, es decir, es el centro de toda actividad ritual o festiva que se lleve a cabo en ella. Nos recibieron en el espacio abierto frente a su choza. Mariela estaba ocupada con el fogón encendido cuando llegamos, Cayetano nos recibió. 251-leticia-3-4Tomamos café mientras nuestros amigos hablaban con él. Con la maloca en frente lo menos que podíamos hacer era entrar en ella. Desde el momento en que se cruza el umbral es evidente la fuerza de un lugar sagrado: la altura, el espacio interior, las columnas que se pierden por allá arriba tras el techo de paja tejida. A un nivel más bajo, un piso intermedio alberga los presentes durante los rituales o las fiestas. Dibujos de animales o figuras geométricas adornan las columnas. En el centro de ese espacio abruma la dimensión del universo. Cayetano el abuelo, habla despacio y en voz baja, sonríe con facilidad y se ve fuerte. Habla de la última celebración donde asistieron cerca de mil personas, agrega que la próxima será en febrero. Decimos que volveremos para esa celebración, reímos y regresamos a la choza donde Mariela nos espera con un sancocho de gallina; como de costumbre pregunto si tienen ají, Mariela pide a un joven que está cerca que traiga algunos, pequeños, redondos y verdes. Me dicen que desmenuce el mío con los dedos en el plato. Es el ají más ají de todo el viaje, picante sin interferir con el sabor del sancocho que termina por imponerse sobre el calor del pique, hasta la cucharada siguiente. Toda una experiencia. Me dijeron que tuviera cuidado con mis manos impregnadas de ají si las ganas de orinar me alcanzaban, no presté atención…
251-leticia-3-5
Epílogo.
Eran las ocho y media de la mañana cuando dejamos la maloca de Cayetano y Mariela. Ese mismo día a las cuatro de la tarde estábamos en Bogotá y más tarde, ya de noche, en Medellín. Estábamos de regreso a lo urbano, a la modernidad, a la movilidad frustrada, a las filas que no se respetan, a las multitudes en todas partes, calles, centros comerciales, transporte público. De regreso a nuestro Jardín de las delicias con su infierno recurrente. Extrañaremos los silencios, los espacios, las músicas del Río y de la selva. La nuestra fue solo una mirada de reojo pero un estímulo para la imaginación. Volveremos, es lo único que puedo decir por ahora…
Argumento. Volveré dijo el hombre y nadie le creyó… Con la duda comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

ficcion-la-editorial-1Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial1-texturas-urbanas-sal9
1-texturas-urbanas-sal3
1-texturas-urbanas-sal4Nuestros libros se encuentran en:
ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com 

Anuncios

Etiquetado:, , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo La música de la selva (Leticia 3) en .

Meta

A %d blogueros les gusta esto: