Por fin el Río

17 diciembre, 2016 § Deja un comentario

250-leticia-2-3Al Río hay que llegar temprano. A las seis de la mañana tomamos una ducha fría, perfecta en este clima cercano a los treinta grados. No hay espejo en el baño y tampoco en la habitación, una experiencia inesperada difícil de desechar por la vieja costumbre de querer saber quién es aquel que se busca en el reflejo. Nos alistamos, los segundos y los minutos se toman su tiempo. Salimos rumbo al puerto poco antes de las ocho de la mañana después de desayunar pescado frito, patacones y café en el comedor familiar de la casa de Nilo Tamani, nuestro anfitrión. Subiremos contra corriente hasta Puerto Nariño y debemos ir preparados, entonces nuestros faltantes, los de mi mujer y míos, se hicieron notar: botas de caucho e impermeables. Las botas, porque seguramente íbamos a encontrar zonas con pantano al bajar de la lancha; impermeables, porque la lluvia, aunque estemos en verano, acecha. El moto-taxi con su acompañamiento de motor y radio nos recoge frente a la casa y el concierto, no sabría decir si alegre, triste o preocupado por nuestra partida del trío de gansos, se escuchó hasta la ribera opuesta del Río más allá del islote frente a la casa.

250-leticia-2-1El puerto de Leticia es una suerte de terraza, malecón con barandas, que se codea con el Río y con la multitud de lanchas lentas, barcos rápidos, botes y demás embarcaciones en épocas de creciente; ahora, por el verano y porque el Río decidió llevar su corriente al otro lado del islote, lo que vemos desde la baranda del puerto es una hondonada con un berenjenal de lanchas lentas, botes rápidos y otras naves pequeñas encalladas en el lodo del canal que, cuesta creer, es el Amazonas de nuestros sueños. En el mercado alrededor del puerto, bullicioso y entreverado, se encuentra de todo lo imaginable; allí conseguimos botas, gafas de sol y víveres para la expedición. Los impermeables y otras botas blancas con dibujos negros para mi mujer vinieron del arsenal de pertrechos que nuestros compañeros de viaje, Carlos Guillermo y Rafael, médicos y leticianos por adopción, conservan para socorrer a viajeros primerizos como nosotros. En la cafetería de la esquina del movimiento, en cada puerto hay una, esperamos la llegada de Elvis Cueva nuestro guía. Un despecho a todo volumen se cuela por las rendijas de las sillas, las mesas y la gente en la cafetería. Elvis llega acompañado de Yuba, el abuelo andoque que también es de la partida. Mientras se organizan detalles: la lancha, la gasolina, los víveres, etcétera, Yuba ocupa una silla al otro lado de la mesa. Me mira, no me ve, pero la expresión de su cara indica que sí me ve. No le hablo, lo observo, nos observamos, él no se mueve, espera y escucha, sabe dónde se encuentra; yo también espero pero no puedo dejar de moverme, la gente que pasa, la música, los moto-taxis, el puerto, todo llama mi atención. Después de un rato Yuba ya no me mira, cierra los ojos y parece dormir, sin embargo está pendiente de lo que se mueve y de lo que no.

250-leticia-2-4La lancha es azul tiene unos doce metros de eslora. En la proa va el vigía, un muchacho joven de quien desconozco, aun ahora, el nombre; tampoco escuché su voz y solo, después de un par de horas de navegación río arriba, me di cuenta de que sostenía un diálogo de señales con los brazos: izquierda, derecha, lejos, cerca, con Jair, el navegante, que viaja en la popa de la lancha al lado del motor fuera de borda. Entre ellos y bajo un cobertizo dos bancas bordean la lancha; allí van los viajeros, uno y uno enfrentados para balancear el equilibrio y el peso de la embarcación: Rafael y Jerónimo adelante, Carlos Guillermo y Yuba en el medio, Luz Elena y este cronista atrás; Elvis ocupa un lugar en el centro de la tabla que une los costados cerca de la popa, es el puesto del guía con visión hacia adelante y hacia las riberas del Río.

250-leticia-2-5Zarpamos con una hora de retraso, nueve y treinta, casi diez de la mañana, debido a las demoras iniciales y también a que el canal de salida es estrecho y con abundancia de tráfico. Por fin, después de pasar el trancón del canal nos encontramos con el Río, ancho y ajeno como diría don Ciro Alegría, con la ribera opuesta lejos, lejísimos, en el Perú; y entre ella y nosotros la corriente de apariencia tranquila pero con procesión debajo. Tomamos rumbo Río arriba. Al comienzo todo es mirar, callar o preguntar; sobre todo mirar, tratar de ver todo; incluso Yuba, quieto y con la cabeza alta mira a su manera el Río que conoce desde siempre. Ni siquiera las arritmias del motor porque algo se enreda en la hélice o porque el oleaje venido de embarcaciones más rápidas lo ahogan, nos sacan del embeleso; Jair gira el motor sobre su eje, le da un respiro, lo devuelve al agua y él retoma su fuerza, que no es mucha; nuestra lancha remonta la corriente con todo el tiempo del mundo por delante.

250-leticia-2-2Queremos verlo todo, escucharlo todo. Por momentos es la quietud, el motor y los sonidos del agua que va en sentido contrario, lo único que escuchamos; los árboles en la ribera, el cielo infinito, el sol, los silencios mientras cada uno mira el río buscando lo inesperado. Cómo no imaginar a Klaus Kinski en el papel de Lope de Aguirre bajando por estas corrientes en busca de Eldorado después de sabotear la expedición de Pedro de Ursúa; cómo no recordar aquel otro río, el Atrato, navegado años antes en expedición parecida; cómo no soñar ahora con recorrer este Río entre Leticia y Manaos. A la una y cuatro minutos el Río parece tranquilo. Yuba viaja en su interior, en silencio, la cara levantada frente a la corriente. Antes de pasar frente a la Isla de los Micos, reserva natural ahora pero negocio de infausta recordación en épocas recientes, pasamos el caserío de Nazareth; el diálogo entre Jair y el vigía es permanente, deben tener cuidado con los troncos que bajan y los bancos de arena invisibles a mis ojos pero identificables a los de ellos. En la distancia se ven nubes de lluvia. La temperatura es estable, entre veintiséis y treinta grados. Elvis, ve cosas que no veo, por ejemplo un Caracara, también llamado Gavilán pollero, que nos mira subir posado en el borde de una rama. Después de pasar frente a Zaragoza y también frente a los caserones como malocas de Mesopotamia, un refugio de artesanías y de El Vergel, otro caserío, Elvis me pregunta si distingo un techo blanco de zinc en la distancia. No lo distingo pero le digo que sí. Cuando lleguemos allá, dice, estaremos en Mocagua, allá nos espera el almuerzo. Son las tres y catorce. Yuba continúa en la misma posición, su cuerpo está con nosotros, su mente no. A las las tres y treinta y dos navegamos frente a unos búfalos que se zambullen en la orilla buscando un refresco, nadan bajo el agua y luego, unos metros más abajo, sacan la cabeza buscando un respiro. Mas arriba, unos niños también se bañan en la orilla, se zambullen, juegan y ríen como los búfalos.

 

250-leticia-2-6Por alguna fascinación inesperada, el recorrido parece corto, las conversaciones se cruzan: historias del Río, anécdotas de otros viajes, delfines rosados que desaparecen antes de verlos, águilas que solo los ojos de Elvis ven en la distancia. Y del techo blanco donde está el almuerzo prometido, nada. Antes llegar a él, llegó la lluvia a nosotros. Las nubes grises que vimos de lejos fueron más rápidas de lo previsto; llegaron como una cortina gris que se cerró sobre la lancha, el día se oscureció y nos encontramos en medio de un aguacero torrencial. Entonces salieron a relucir las botas de caucho y los impermeables. Elvis pasó al frente y asumió un lugar al lado del vigía; lo que parecía una posible emergencia sucedió como si jugáramos con agua. En medio del aguacero llegamos a Mocagua, caminamos entre el lodo de la ribera, pasamos sobre troncos resbaladizos que hacen las veces de puentes, subimos veinticinco escalones de madera, nos adentramos por un sendero bordeado de árboles, con la lluvia encima; pasamos otro puente después de una cancha de fútbol que más 250-leticia-2-7parecía una piscina; volteamos a la izquierda y cincuenta metros más allá, después de un recodo llegamos a la casa de Leo un indígena kokama, descendiente de los amagua primeros pobladores del Río. Allí, nos esperaba el almuerzo: jugo de guayaba camu.camu, sopa de bagre con fariña de yuca que se esponja y la sopa queda parecida a una sopa de arroz sin arroz; pintadillo, pescado envuelto en hoja; arroz con salsa negra, plátano y también pollo para acompañar el pescado. El ají no resultó picante. Leo es alto y grueso, característica de su étnia; lleva una camiseta verde con un escudo estampado en el frente, habla despacio y tiene buen pulso para tomar fotografías, nada, parece, cambia su carácter. Sirvió el almuerzo en una choza con techo de karanà y madera espintana frente a su casa azul, sobre pilotes, con pinturas de jaguares y pájaros negros en el frente a lado y lado de la puerta, Elvis dice que son paujiles. A las cinco y diez de la tarde dejamos la casa de Leo, debemos apresurarnos, pronto oscurecerá. A las cinco y cuarenta y cuatro oscurece. En la lancha pregunto a Yuba que va a mi lado si está cansado, sonríe con la mirada fija y responde con otra pregunta ¿y por qué voy a estar cansado? A las seis y treinta la noche es oscura, no hemos llegado todavía. En medio de la oscuridad y el silencio del Río no hay sensación, quizá el vacío, pienso en Yuba que puede ver y presentir esos parajes. Entramos a Puerto Nariño con la ayuda de una linterna y la pericia de Elvis y Jair el navegante. El Río está en silencio. A las seis y cincuenta es noche cerrada en Puerto Nariño un pueblo peatonal con senderos que lo recorren en todas las direcciones. Solo dos tractores, los únicos motorizados, recogen las basuras, las llevan al botadero donde las separan y las reutilizan. Puerto Nariño vive con mentalidad ambientalista. En nuestra habitación del hotel, la número quince, el baño tampoco tiene espejo; el piso es de madera roja, las paredes de madera blanca y las puertas de madera verde. Puerto Nariño tiene seis mil habitantes, la mayoría ticunas; allí provoca vivir, provoca ver pasar las horas y recorrer aquellos senderos perfectamente trazados que invitan… Sigue “La música de la selva” en La Marginalia de la próxima semana…
Argumento. El Río es el argumento. Con él comienzan y terminan todas las historias…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

ficcion-la-editorial-1Los libros publicados por Ficción.La.Editorial
se encuentran en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com       

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