Leticia… ¿y el Río?

10 diciembre, 2016 § Deja un comentario

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Leticia está por allá, lejos. Lejos en la distancia, lejos en la imaginación, lejos en todo. A pesar de los avances tecnológicos que tienen por virtud encoger distancias y reducir tiempo, Leticia está lejos. No es necesario mencionar datos estadísticos, número de habitantes o año de fundación, incluso temperatura, no es necesario; Leticia está donde siempre estuvo, en la ribera colombiana del río Amazonas; es el lugar donde, algunas veces en sueños y otras en parajes inducidos por la imaginación, quisimos siempre ir. Las narraciones de Carlos Guillermo Gutiérrez, médico y leticiano por adopción, quien llegó allí en mil novecientos ochenta por primera vez y desde entonces no ha dejado de volver, fueron estímulo permanente. Sus historias son el testimonio de que algo distinto, intangible, que hace parte del ambiente, del clima, de la gente, de los ticuna, de los huitotos, de los andoque y de sus ritos; que circula por las calles y por el Río; que circula por los senderos en apariencia sin sentido que recorren la selva; sus árboles, sus pájaros, su fauna, su flora, está presente. Con la expectativa de aterrizar en un lugar que estimularía nuestra imaginación llegamos a Leticia minutos antes del medio día de un jueves, dos horas después de salir de Bogota. El verano estaba en las últimas y el Amazonas había sacado de sus entrañas como de un sombrero de mago, un islote que colocó entre el puerto y la ribera más cercana, algo inesperado para nosotros. El Río era invisible.

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Del aeropuerto fuimos a casa de Nilo Tamani donde, a cambio de Río, nos recibió la algarabía de un trío de gansos guardianes. La casa sobre pilotes testigo de su  presencia en época de lluvias cuando, para llegar a la puerta, es necesario hacerlo en lancha. Allí, Nilo Tamani construyó a pulso un caserón de tres pisos en madera, cuatro si contamos los pilotes. En el más alto viven Nilo y su familia, mujer, hijos y nietos; en el de abajo, cinco o seis habitaciones en galería dispuestas para uso de los viajeros. A esa hora del día y al final del verano Leticia no vive bajo el calor apabullante acompañando de hordas de mosquitos. El Río tampoco está cerca.
Dudé que estuviéramos donde creíamos estar, imposible imaginar a Leticia sin Río, algo impensable para esta expedición conformada por Carlos Guillermo Gutiérrez quien con sus relatos, experiencia y conocimiento del lugar estimuló el viaje; Luz Elena Castrillón, mi mujer; y este cronista que no es uno y más bien asume el papel de espía; quizá por eso me preocupó, aunque también fue estímulo para la imaginación, el hombre grueso, alto, con camisa color naranja que tomaba fotos a quienes bajaban por la escalerilla del avión disimulado en una puerta del aeropuerto. No hay mejor ingrediente para un espía o para un relato de espías, en un lugar tórrido como Leticia, que el desconocido que observa y nadie ve, solo el espía, claro está.

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El moto-taxi, una moto con carrocería y puestos para tres personas sin contar el chofer, apareció de la nada frente a la casa de Nilo. Hubiera sido una lancha si tuviéramos Río. Fue nuestro primer contacto con los mototaxistas que hablan poco porque el ruido del motor y del radio, mal sintonizado, impide cualquier conversación y también, porque deben estar concentrados en esquivar el tráfico y los huecos de las vías con una destreza que muchos quisieran. El moto-taxi es la solución perfecta para no retar el calor, el sol y las distancias. Sin embargo el calor es soportable, las distancias cortas y el sol se disimula en las sombras de los árboles; algo parecido sucede con el tiempo, está y no está, se detiene o se impulsa, el reloj de mi mujer se adelantó una hora. Mientras atribuyo estos detalles, porque son detalles, al origen de la ficción, vamos en moto-taxi rumbo a la oficina en el centro de Leticia, como llaman el restaurante “Tierra Amazónica”. La hora no nos preocupa, en ese momento nos mueve la gastronomía amazónica rica en pescados: pirarucu, piraña, camitana, dorado, tucunaré, carawasu. No decidimos por pirarucu a la pupeca o patarasca, con patacón, para mi mujer; dorado en posta a la plancha para Carlos Guillermo; y pirarucu en salsa tucupi (picante), entre paréntesis, y patacones para mí. Todo esto acompañado por abundantes caipiriñas, mezcla de cachaza, conocida también como “pinga”, zumo de limón y azúcar.
A esa hora, ¿cuál?, el local decorado con objetos, artesanías, pinturas, símbolos, fotografías y esculturas amazónicas, estaba desierto, solo tres mesas ocupadas. Una en la terraza, a la sombra del cobertizo con tres mujeres, dos de ellas llegaron en el mismo avión que nosotros, no nos vieron o lo disimularon bien; un hombre con apariencia de turista, no lo vi llegar, apareció en la mesa vecina a la nuestra, nos observó con detenimiento y pidió el mismo plato que mi mujer, caipiriña incluida. Cuando dejamos el restaurante, después de dar cuenta de platos exquisitos y con el sabor de la caipiriña regado por el cuerpo, el vecino estaba en su puesto mirando sin ver hacia cualquier parte menos hacia nuestra mesa y las tres mujeres habían partido sin dejar rastro.

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En camino a la casa de Yuba, el abuelo andoque, que nos acompañará durante el viaje, esquivamos el sol bajo los aleros y los árboles que bordean la calle. Yuba es un abuelo, sabio, que perdió la vista hace cerca de cuarenta años cuando tomó aguardiente adulterado. Se encuentra en el patio de su casa en compañía de otros ancianos. No hablan, están allí y esperan. Cuando escucha la voz de Carlos Guillermo levanta la cabeza, su cara se alegra, sonríe y nos ve, fue mi primera sensación, sin embargo no nos ve o nos ve de manera distinta; distingue a Luz Elena, mi mujer, por el tono sabroso de su voz; distingue a Carlos Guillermo por el tacto de su presencia; no sé por qué me distingue, quizá porque lo saludo cuando estoy a su lado, aquí me llamo Juan Andoque Andoque pero mi nombre es Yuba, dice mirándome fijo y hacia arriba porque es de donde viene mi voz. Su mirada vacía parece ver, sin embargo puede más su risa que sus ojos, sonríe con facilidad; sonríe entre palabras apenas murmuradas, es su manera de ver; es quizá su manera de dominar los espacios por donde circula.
No sé cuánto tiempo pasó, era quizá a media tarde o el anochecer cuando partimos de la casa de Yuba con el compromiso de recogerlo al día siguiente para subir por el Río; me doy cuenta entonces de que todavía no lo he visto y la duda de si todavía está allí, me asalta pero prefiero callar, en Leticia todo puede ser una sorpresa. Nos encontramos en “Tierra Amazónica”, el restaurante, con los miembros faltantes de la expedición: Rafael Andrade, médico, también leticiano por adopción y su hijo Jerónimo. Era noche cuando nos llegamos al lugar donde Elvis Cueva y su esposa Dora nos Printesperaban para la presentación de Los niños de brazos de hierro, el libro que nuestros amigos médicos, leticianos por adopción, editaron y donde participé como diseñador. La presentación tuvo lugar en un salón con dos entradas y un proscenio, sin embargo los discursos tuvieron lugar en el lado opuesto al proscenio. Unas veinte o treinta personas ocuparon las sillas. Los niños de brazos de hierro es un libro de crónicas donde Elvis Cueva Márquez, escritor, ambientalista, actor de teatro, guía y conocedor del Amazonas, narra el Río que no he visto aun, induce a su preservación y permite  recuperar la comunicación verdadera desde la práctica de las enseñanzas en la maloca y en la palabra ancestral de los abuelos…, como escribe Carlos Guillermo Gutiérrez en la presentación. Todos los presentes hablaron. Todos reflexionaron acerca del Río, de su vida en él, de la necesidad de conservarlo, protegerlo y también de la necesidad de crear una literatura amazonense. Una historiadora presente dijo: “… Deberíamos escribir más sobre nosotros, en lugar de esperar que otros lo hagan en nuestro lugar…” Incluso yo dije algunas palabras y recuerdo que no logré alejarme de la ficción que en permanencia me sugiere el Amazonas y que el Río, que aun no he visto, confirmará. En este lugar donde el tiempo se detiene o circula más lento; algo debe suceder en cualquier momento y no sabemos qué. Sin ver el Río llegamos al final  del primer día… vendrán otros en las próximas Marginalias…

249-leticia-6Argumento. Todo es ficción, dijo el hombre (también puede ser mujer). El resto también, respondió el otro (también puede ser otra)… Así comienza el viaje…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

ficcion-la-editorial-1Los libros publicados por Ficción.La.Editorial
se encuentran en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com       

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