Turnos

5 diciembre, 2016 § Deja un comentario

248-turno-2El sol entra por la ventana. Ocupo una silla de plástico verde cerca de dos mujeres que hablan al tiempo. Intento descifrar lo que dicen pero no lo logro, sin embargo ellas parecen entenderse, sus frases se montan unas sobre otras y eso no es inconveniente. Un hombre un poco más allá ojea una revista sin mirarla; me trae al recuerdo de un jubilado que busca matar el tiempo con una revista entre las manos y no puede. Elsa es el nombre de otra mujer, distinta de las que hablan sin escucharse, que se sienta a mi lado después de que a las dos aquellas les cayó el turno, me enteré de su nombre porque fue lo primero que escribió en el formulario la funcionaria que hace la entrevista. Después vinieron otras preguntas que por no transgredir la norma que ordena no mirar los otros en lugares públicos me obligó a escuchar sin mirar, intentando ver su cara y sus gestos en algún reflejo cercano; pero no hubo reflejo y me tuve que contentar con escuchar las respuestas e imaginar la mujer. Respondía a las preguntas con voz disimulada, era evidente la molestia de su parte por mi cercanía a pesar de que yo parecía ausente, la mejor manera de sobreaguar entre la gente mientras llega el turno. Las preguntas exigen respuestas cortas por los espacios reducidos que los formularios oficiales permiten. Después de responder a unas diez o quince preguntas con monosílabos o una que otra frase de dos o tres palabras, Elsa me dio la sensación de ser un rompecabezas que necesitaba de un manual para armarse en las mañanas. Ni su nariz, ni sus párpados, ni sus tetas, ni sus nalgas, le pertenecían, eran piezas que podía remover sin inconveniente. Le habían reemplazado varios órganos, aunque no alcancé a comprender cuáles, sus respuestas eran en voz baja, ni si los cambiaron por piezas mecánicas extrañas o por órganos venidos de otras personas. Prefiere utilizar pelucas porque, y esto lo dijo para que la entrevistadora no lo anotara, el cambio de color en la cabeza la ilusionaba. Como no la podía mirar de frente deduje que el color de su pelo esta mañana para la cita era su color natural, entre castaño claro y oscuro. Elsa toma pastillas para dormir, para despertar, para que no le de hambre y para comer, dijo que no sufría de estrés porque pasaba sus días frente a la televisión siguiendo las telenovelas y que eso la divertía. Despierto, me levanto y quedo sin nada qué hacer, dijo; claro que de esto solo me doy cuenta cuando me tomo la pastilla para despertar. Dijo que estaba allí por una arritmia pero no por una arritmia cardíaca se apresuró a agregar, es una arritmia que descubrió mi marido porque según él es necesario afinarme, como el motor de un carro. A la pregunta por su edad no respondió o lo hizo entre dientes, quizá porque se sentía incómoda con mi presencia y no deseaba que escuchara. La entrevistadora, muy profesional, le dijo mi nombre es Laura, me puede llamar Lauri como todo el mundo, quítese los zapatos y venga conmigo. A partir de ese momento hasta que se alejó escuche venir del lado de mi vecina Elsa un crujir de máquinas si aceitar, unos quejidos de roce de metales acompañados de suspiros parecidos a los que hace un motor cuando alguien intenta prenderlo y él se rehusa. Cuando por fin se levantó del asiento y se alejó hacia donde le indicó la entrevistadora, levanté mis ojos y la miré alejarse, iba, sin duda, hacia la calibración total de su interior. Ojalá duerma bien esta noche, me dije y la miré alejarse…
248-turno-1… Elsa se fue y después de ella llegó un hombre de camisa a cuadros azules y rojos. El hombre quedó delante de mí, como estoy detrás y él está adelante yo lo veo y él no me ve o por lo menos no me relaciona con ninguna acción o momento anterior. Lo sigo porque un funcionario ordenó a todos los presentes cambiar de sala. Como el hombre pasa antes que yo se me ocurre pensar que prepara el terreno, como un explorador, aunque no sé cuál terreno. Como va adelante habla con las funcionarias a quienes solo se les ve parte de la cara, todas llevan tapabocas, y explica; tampoco sé qué explica, quizá lo de él y también lo mío porque nadie me pregunta nada. El hombre es gordo, alto, lleva bigotes, gafas con montura de metal y detrás de las gafas dos ojos saltones, de esos que no dejan escapar nada, en apariencia, aunque en más de una ocasión, porque debemos entrar y salir de habitaciones nos hemos cruzado y es evidente que no me ve. En uno de estos cruces tropecé con él y no se dio por enterado. Hay gente así. Gente en filas que no son filas en el sentido estricto y en las que siempre se debe conservar el turno. El ficho de hoy es verde. Miro atrás, estudio con disimulo los que podrían venir después y todos parecen enfrascados en tareas distintas a seguir a otro que va adelante porque llegó más temprano, llamó antes o alguna funcionaria acuciosa lo inscribió de primero en el orden de llegadas. Cuando el hombre gordo, más alto que yo, con camisa a cuadros rojos y azules, gafas y detrás dos ojos saltones desapareció quizá le cayó el turno y no me di cuenta, fue reemplazado por una mujer joven, pequeña, de pelo negro, largo hasta más abajo de los hombros y ropa también roja y azul, chaqueta roja, pantalón azul, dos tallas menos de su tamaño. La mujer pasó adelante, dudé si estaba en el lugar donde debería estar, haciendo el turno que debía hacer, tuve la intención de mostrarle mi ficho verde para que viera el mío pero ella no se dio por enterada. Noté, entonces, otra mujer y un hombre detrás; aunque detrás no quiere decir físicamente detrás, sino, después de mí según el número de los fichos. Los dos, el hombre y la mujer no están juntos, no vinieron en pareja; cada uno llegó por su lado ocupó un lugar en cualquiera de las sillas dispuestas en el salón y se escondieron detrás de revistas y periódicos. No se miraron. Por supuesto yo tampoco los miré, por esto no puedo describirlos, solo certificar que hacían parte de ese turno interminable a que estamos sometidos…
248-turno-3… Cierro los ojos. Cuando los abro veo que los dos, hombre y mujer, miran hacia donde me encuentro, exactamente encima de donde me encuentro; miran un televisor prendido sin volumen que yo no había visto. Entonces un hombre pequeño, con camisa brillante y pelo teñido de color caoba apareció al lado, quizá su turno es antes de la mujer joven de ropas azules y rojas demasiado pequeñas para su tamaño o son amigos y ella se lo cedió o ella toma fichos y después los vende, vaya usted a saber. La pareja, hombre y mujer que no están juntos y se ignoran, ocupan sus puestos después de mi. Yo conservo mi turno y espero que el de ellos sea después del mío porque hay algunos que no respetan ni siquiera los turnos. Hay gente así. Más de una hora, qué digo, varias horas, ocupé ese puesto, porque ya no había más, al lado del hombre pequeño con camisa brillante y pelo teñido que hablaba por celular. La mujer joven desapareció, entonces sí es de las que toman turnos que después venden o cambian. Todo el mundo habla por celular en cualquier parte y no presté atención al hombre, me preocupó la ausencia de la mujer joven, pero después de la segunda llamada noté la lista de números escrita en un papel que desdobla cada vez que llama; no vi lo que hacía pero después de otra llamada me di cuenta de que raya con lápiz rojo uno a uno de los números marcados en el papel; eran teléfonos de una lista interminable. Empecé entonces a prestar atención a lo que decía. La primera impresión fue de regaño. Regañó o amenazó y no dejó hablar a quien estaba del otro lado. La llamada duró segundos. Cortó sin despedirse, tachó con fuerza en el papel y llamó al número siguiente. El tono de la voz fue el mismo pero el regaño distinto; el único que habló fue él. Se sucedieron así tres o cuatro llamadas, sin embargo el contenido de los regaños, que no eran regaños sino órdenes, los dictaba con palabras cerradas, concretas, duras, su voz era una suerte de vaivén en el que ordenaba ataques y defensas según quien respondiera su llamada. Entre frases el hombre miraba para otro lado, quizá por temor a ser escuchado, por lo que me perdí fragmentos seguramente importantes, irrecuperables. Mi turno no llegó, el día estaba a punto de terminar y ya había olvidado por qué estaba allí. Mañana será otro día, me dije…
Argumento. Cuide su turno, dijo el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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se encuentran en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com

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