Este año vi

30 diciembre, 2016 § Deja un comentario


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¡Este año Sí! fue el mensaje que usualmente circuló por Las Marginalias en estas fechas de saludos y albricias, con mayúsculas y entre signos de admiración como una premonición que no expresa un deseo pero está al comienzo de una historia que deja a la imaginación de cada uno lo que se le viene encima. Esta mañana, sin querer, en lugar de escribir el acostumbrado ¡Este año Sí! escribí: Este año vi, sin signos de admiración y en minúsculas. Caí en la cuenta de que he pasado buena parte de la vida intentando ver mejor o por lo menos distinto y entonces me pareció que las premoniciones insinuadas en ¡Este año Sí! solo tienen consecuencia si uno “ve”. Todos sabemos que cada uno ve lo que quiere, lo que su imaginación figura, lo que su información reconoce. Cada uno ve lo que puede o lo que su oficio, inclinación, profesión o como quiera que se llame, permite. El afiche de una exposición en el Bayerns Staatliche Museen de Munich bajo el título: Kunst öffnet die augen, diseñado por Mendel & Oberer en 1984, con diez ojos tomados de otras tantas obras de arte, se reveló entonces como acción de “ver”. Los ojos en la primera columna son ojos izquierdos y en la segunda, derechos. El izquierdo de la primera fila viene de una pintura mural pompeyana y el derecho de una escultura del siglo XX; en la siguiente el ojo izquierdo pertenece a una escultura en mármol de la Grecia Antigua y el derecho a una pintura cubista; en la tercera, el izquierdo es un dibujo al carboncillo y el derecho una pintura al óleo; en la cuarta el izquierdo data de los primeros años del siglo XX y el derecho fue tomado de una fotografía de moda; en la quinta el izquierdo viene del Pop Art y el derecho del Renacimiento.
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La conjunción entre ojos, momentos y artistas es testimonio del significado de ver a través del tiempo y del arte; el ojo esculpido en mármol se une al ojo cubista de Picasso; el del autorretrato de Albrecht Dürer quizá ve lo mismo que el del dibujo al carboncillo del siglo XX a su izquierda; el de Marilyn de Andy Warhol y el otro, de algún personaje del Jardín de las delicias de Hyeronimus Bosch son una sola mirada. Vi el afiche por primera vez, quizá él también me vió, en el consultorio de Álvaro Jaramillo, oftalmólogo; un lugar donde ver mejor y seguramente distinto es la premisa. Investigué de dónde venían los ojos, quién los pintó, di con la traducción del título de la exposición: El arte abre los ojos y encontré una clave a la frase tantas veces citada de Henri Matisse: “… pasé mi vida aprendiendo a ver…” Luego la “ese” se convirtió en “uve” en el título de esta Marginalia, quedó como la escribí y la decisión de ver qué fue lo que vi en este año que pasó se convirtió en ejercicio premonitorio para el que viene. Este año me vi en el espejo más de tres veces trescientos sesenta y seis, que por bisiesto tuvo en días el año que termina y siempre vi otro. Me vi medio dormido, a medias, con el pelo revuelto, con la boca abierta; me vi en el blanco del ojo y también en las nuevas arrugas que solo se dejan ver a ciertas horas; con esto quiero decir que me vi a horas bien distintas de día o de noche, al amanecer, también a media noche y sin luz, como una silueta oscura y sin forma me vi en la obligación de adivinarme.
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Sucede a todo el mundo. En el día a día y en la calle vi un hombre barriendo la acera de su casa. En un bus vi seis personas, sin contar el conductor, entre ellas cinco mujeres. En las bancas para dos viaja una mujer que lee las oraciones del día y viste de negro. Otra mujer que se encuentra a su lado busca algo en su bolso, lo encuentra, es un espejo, se mira en él y se maquilla. Vi un mensajero perdido que busca en su celular la dirección de una oficina.  Vi un jardinero que riega las plantas y salpica a quien pase cerca. Vi un paseador de perros, camina a mi lado y grita en una lengua extraña cada vez que uno de sus pupilos se separa del grupo. Vi una mujer que revisa documentos de banco mientras toma café, su cara es de preocupación. Vi pasar un trotador. Vi una mujer con tetas enormes que pasa a mi lado, parece fatigada. Vi otra que hace muecas porque intentando poner limón a una empanada ya mordida por la mitad, no atina y las gotas reviven una herida en su mano. Vi un vendedor de aguacates, una mujer se acerca los acaricia y sigue su camino sin decir palabra. Vi pinturas en la vitrina de una galería de arte, entre las obras exhibidas el retrato, al acrílico, de un hombre azul, de perfil, sin pelo y con la boca a medio abrir, se alcanzan a notar las encías rojas y los dientes blancos, menos mal que está detrás del vidrio, podría morder. Vi un hombre a quien conocí hace años, no lo reconocí, él tampoco me reconoció. Vi una mujer que desde su automóvil blanco regaña a un hombre en automóvil gris porque le quitó el puesto en el parqueadero. Vi una chica que se quemó los labios con un pocillo de café caliente, dejó caer el pocillo y también se quemó los pies. Vi un hombre haciendo crucigramas con los audífonos puestos.

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Vi una mujer de espaldas a un hombre que hace muecas. Vi un hombre leyendo el periódico mientras camina. Vi dos mujeres discutiendo por una mesa que ninguna ocupó. Vi un hombre con un bulto de rollos de papel higiénico al hombro, pasó tan rápido que no alcancé a contarlos. Vi un vendedor de lapiceros ofrecer su mercancía a un hombre que lee con afán porque a cada página leída pasa las siguientes para ver cuánto le falta para terminar. Vi una vaca convertida en salero y un marrano en pimientero. Vi un hombre mayor mirando fijo al frente, no me vio. Vi un mimo con cara blanca, me hace señas y no le presto atención porque tengo poco tiempo. Vi un hombre apresurado, lleva una camiseta negra con un letrero blanco del tamaño de su pecho que dice “No”. Vi un puesto de venta ambulante, ofrecen pantaloncillos a quinientos pesos, tres por mil. En la fila vi una mujer con una mariposa tatuada en el hombro. Desde la taquilla anuncian que después de ella no atenderán a nadie más. La mujer de la mariposa me mira con lástima. Llega otra mujer joven. La mujer con la mariposa tatuada la deja pasar adelante de ella. Vi una escalera de treinta y nueve escalones, recuerdo la película de Hitchcock. En otra fila, en el metro, vi un hombre que pide treinta y nueve tiquetes pero no logra que las cuentas le salgan y al fin no los compra porque no le alcanza la plata. Vi una monja con una maleta, parece contenta, lo primero que se me ocurre pensar es que se escapó del convento. Vi una mujer subiendo el cierre de su pantalón demasiado apretado, hace muecas para adelgazar mientras lo sube. Vi trece imágenes milagrosas alrededor del puesto de un chofer de bus. Vi otro puesto de chofer donde las imágenes eran solo tres. Vi un hombre en una farmacia discutiendo con el farmaceuta, el hombre empujaba unos tarros hacia el otro y éste se los devuelve con fuerza, no escuché sus voces solo vi sus caras entre la rabia y la angustia.

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Vi una mujer quejarse por todo, el hombre a su lado terminó por quejarse también. Vi un hombre hablando dormido con un teléfono pegado al oído. Vi un día difícil. Vi una fotografía de un premio de fotografía. Vi un hombre hablando solo. Vi una mujer contenta porque le hicieron lo que ella no se imaginaba. Vi otra vez al hombre que habla solo, ahora ríe solo. Vi un chofer de taxi apurar una mujer inválida para que pase rápido la calle. Vi tres mujeres en un bus pegadas de sus celulares chateando. Vi una mujer joven, bonita, vestida a la moda, parada en una esquina hurgando su nariz con un palillo. Vi una pareja discutiendo en un automóvil. Vi a Alonso el de la lotería, el número ganador es el 2376, dijo; ganó el 0311. Vi un hombre igual a otro en una calle al medio día, la única diferencia era el tatuaje en el cráneo sin pelo. Vi un partido de fútbol donde el que ganó debió perder. Vi una mujer que se debería dedicar a una ocupación distinta a la que hace, no me atrevo a sugerirle ninguna. Vi un día difícil por segunda vez. Vi una nube oscurecer parte del cielo, era una de esas nubes a las que no hay que prestarles atención porque no son de lluvia. Vi otra vez al hombre que habla solo, esta vez enfrascado en una discusión con él mismo, me estrujó al pasar a mi lado. Vi dos mujeres que hablan como si se conocieran de tiempo atrás, ambas me saludan cuando paso a su lado, como no las he visto nunca no las saludo. Vi una mujer maquillándose en el bus. Vi otra, en el mismo bus, con un tatuaje en el cuello, unas iniciales “LF” entrelazadas, como un monograma de esos que marcan las toallas, sábanas, manteles y servilletas de los recién casados. Vi un hombre de camisa azul y cabeza afeitada que pasó a mi lado llorando. Vi pasar un hombre en sentido contrario, lleva una caja pequeña marcada “Silla para bar”, no imagino la silla.

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Vi una chica que ofrece recortes de papel con poemas impresos. La primera frase que leo es: “Se ha desaparecido un barco en la salmuera”, le pregunto si tiene correo electrónico y ella pregunta a su vez si tengo un lapicero, lo busco en el morral y se lo entrego, ella anota su correo al pie de uno de los poemas después de su firma, dice que la primera parte de su correo es como se firma: Cataganya. Le digo que leeré sus poemas y ella me entrega diez recortes impresos, se los cambio por un billete y los guardo. Vi el hombre que habla solo a veces y ríe solo también a veces, lo vi con otro pero callaban. Vi un policía pidiendo documentos a dos hombres que llevaban casco, lo que no vi fue la moto. Vi un hombre mayor en ropa deportiva, tenis, pantaloneta, camiseta sin mangas y gorra, acercarse a una vendedora de tinto y pedirle un aguardiente doble. Vi la mujer cuando respondió que ya no tenía pero que si preguntaba al hombre en la esquina le diría dónde encontrar. Vi un motociclista con un peluche más grande que él en el lugar del pasajero. Vi un señor en saco y corbata pagar dos veces por el mismo café. Vi un serenatero cantar una canción incomprensible. Vi un vigilante riendo a carcajadas, solo. Vi un hombre leyendo un periódico donde solo hay noticias de muertos. Vi un hombre con una corona de plumas y vestido camuflado sentado al borde de la acera, pensando. Vi un carro con maletas en el techo. Vi una mujer haciéndose la seda entre los dientes mientras maneja un automóvil que quizá no es de ella. Vi una mujer corriendo entre el gentío. Vi un río que seguramente volveré a ver. Vi o espero ver un tigrillo atrás de una gallina. Vi que ahora no sé si todo lo que vi lo vi de verdad y es todo lo que vi o es más. Sin embargo estoy seguro y es mi deseo para todos que ¡El año entrante Sí!…
Argumento. Un hombre camina solo porque no es capaz de caminar y conversar a la vez. Nunca sigue la misma ruta. Mientras ve y camina en silencio comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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La música de la selva (Leticia 3)

24 diciembre, 2016 § Deja un comentario


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… Al día siguiente navegamos Río abajo. Los mismos viajeros, la misma lancha azul, la misma corriente de apariencia tranquila; pero no éramos los mismos. Dice Heráclito que el hombre que bajó al río ayer no es el mismo que baja hoy y el río tampoco. No éramos los mismos. Habíamos recorrido los senderos de Puerto Nariño; nos habíamos encandilado con su belleza; habíamos desayunado sopa de tucunaré con patacón, fariña y ají para unos, huevos revueltos para otros y café para todos; quizá respondiendo a un impulso venido de quién sabe dónde Yuba dijo mientras desayunaba: “como un tigrillo atrás de una gallina”, lo escuché, esperé otra frase para dar sentido a la anterior pero no dijo más y no me atreví a preguntarle a qué se refería; después asistimos a una ceremonia en el espacio donde se construirá la maloca de la cual Yuba es el centro espiritual y poco antes del medio día abordamos la lancha para el regreso. No éramos los mismos. El regreso sería rápido, navegaríamos en favor de la corriente. Con la luz metálica de la tarde a ras de las aguas, el Río parecía una mesa sobre la cual nos deslizamos hasta Leticia pero no hasta el puerto que dejamos el día anterior, nos deslizamos hasta un atajo en la isla que el Río puso frente al malecón del puerto hasta que lleguen las lluvias. Los viajeros que bajaron al Río por el canal ayer, llegan hoy por un puente que los dejó a la altura del malecón. Allí mismo, cerca de las cinco de la tarde me despedí de Yuba, él iría a su casa y nosotros a preparar la expedición del día siguiente por los senderos de la selva hasta la maloca de Cayetano. Nos volveremos a ver, le dije.
En ese momento una mujer vestida como una turista: pantalón corto, botas para caminar, blusa vinotinto al vuelo, lo mismo que su pelo rubio, caminaba a toda prisa hacia nosotros; pasaba entre la gente con facilidad quizá porque detrás de ella venía un leticiano que no lograba sostenerle el paso y debía correr. La pareja, turista y leticiano, cruzaron el malecón del puerto en segundos; algunos hombres, tal vez amigos del leticiano intentaron llamar su atención pero él no tenía tiempo para responder, la más mínima distracción y perdía el paso de la mujer. Pasaron como flechas a nuestro 251-leticia-3-2lado y bajaron por la pendiente pantanosa hasta el canal, la mujer siempre adelante, el leticiano detrás saltando de tronco en tronco. Era posible que algo o alguien los persiguiera o, que algo o alguien los esperara. Subieron a una lancha, ella adelante, él al motor, y partieron a la velocidad que la multitud de embarcaciones les permitió. Los miré alejarse hasta perderlos de vista detrás de otra embarcación. Con el sol en el ocaso un tinte metálico teñía lo que sucediera, el calor era intenso y la historia que vi venir de lejos y seguí hasta la lancha donde partieron la mujer y el leticiano, terminó allí, en punta.
La jornada del día siguiente comenzaría en el kilómetro dieciséis de los veinte construidos en la ruta planeada para unir Leticia con Tarapacá a ciento sesenta y cuatro kilómetros de distancia. Salimos a las cinco y treinta de la mañana. Los gansos contentos de vernos a tan buena hora nos despidieron con la algarabía de otras veces; el cielo gris y una llovizna fina que parecía venir de antes, de mucho antes, nos acompañaría en el moto-taxi hasta la esquina del Hospital donde nos encontramos con Elvis, guía, ojos y oídos, en el Amazonas. No eran las seis de la mañana cuando en dos moto-taxis, Elvis, Carlos Guillermo y Rafael, en uno; Luz Elena, mi mujer, y este cronista en el otro, tomamos la vía que nos llevaría hasta el dieciséis, el kilómetro de la carretera donde comenzaría la travesía hasta la maloca de Cayetano. Hora y media de camino por la selva. El trayecto en moto-taxi hasta el dieciséis se matizó entre motor y radio con interferencias, pensé que si viviera en Leticia aprendería escuchar la radio mal sintonizada o mejor, la mantendría prendida y no la escucharía; me estaba dejando llevar por la segunda opción cuando llegamos al dieciséis todavía bajo la lluvia fina que en apariencia no moja pero va uno a ver y sí, moja. Pasamos de los ruidos de la modernidad, motores e interferencias, a las músicas de la selva nativa: roces, ritmos inesperados, corrientes, vientos cortos, hojas que caen,251-leticia-3-3 árboles que susurran y seguramente fauna y flora que nos observa pasar y silba para anunciar nuestra presencia. Forrados en caucho y plástico, botas e impermeables, emprendimos el camino. Elvis, el guía conocedor de la selva, Luz Elena, Carlos Guillermo, este cronista y Rafael cerrando el cortejo. Para hacer la distancia en hora y media debíamos caminar rápido, nuestros compañeros conocedores del camino no tenían dificultad para pasar sobre troncos húmedos y resbalosos puestos allí por otros pasantes o por el tiempo para salvar pantanos o corrientes de agua. Luz Elena, poco entrenada para este ejercicio lo asumió con la energía y seguridad de los conocedores; debo decir que intenté lo mismo y creo que lo logramos, mantuvimos el ritmo, pasamos los obstáculos; bajo los árboles la lluvia parece lejana aunque la humedad se siente; caminar entre árboles sin agarrarse a ellos, sin tomarlos como soporte fue una prueba que pasamos sin dificultad. La inmensa variedad de verdes, desde el claro casi invisible, hasta el denso, opaco, que pasa por el café quemado y llega al negro es un calidoscopio en permanente formación. Si en el Río es posible mirar las riberas en la distancia, escuchar la corriente y el sonido de las aguas, hacer abstracción del motor y alcanzar cierta quietud; en la selva no hay un instante de reposo, hay que calcular el paso, incluso el que aun no se ha dado y el siguiente; hay que buscar los pasajes menos pantanosos, evitar los troncos y las raíces saltonas; las formas inesperadas y los sonidos venidos de distintos lugares imponen su ritmo y atizan el esfuerzo. Elvis ve pájaros y flores donde mis ojos solo ven tonalidades de verde. Lo mejor es dejarse llevar hasta pasar un puente de altura mediana con pasamanos a la derecha y troncos lisos por la humedad.
Llegamos a la maloca de Cayetano. ¿En la hora y media prevista? no lo sé. La maloca es imponente en medio de un claro de la selva y rodeada de chozas, alcancé a contar cuatro; los perros ladraron y una gallina curiosa nos observó por una rendija mientas estuvimos en el balcón de la choza que ocupan Cayetano y Mariela su mujer. Ella es ticuna, él huitoto. Cayetano es el abuelo de la maloca, es decir, es el centro de toda actividad ritual o festiva que se lleve a cabo en ella. Nos recibieron en el espacio abierto frente a su choza. Mariela estaba ocupada con el fogón encendido cuando llegamos, Cayetano nos recibió. 251-leticia-3-4Tomamos café mientras nuestros amigos hablaban con él. Con la maloca en frente lo menos que podíamos hacer era entrar en ella. Desde el momento en que se cruza el umbral es evidente la fuerza de un lugar sagrado: la altura, el espacio interior, las columnas que se pierden por allá arriba tras el techo de paja tejida. A un nivel más bajo, un piso intermedio alberga los presentes durante los rituales o las fiestas. Dibujos de animales o figuras geométricas adornan las columnas. En el centro de ese espacio abruma la dimensión del universo. Cayetano el abuelo, habla despacio y en voz baja, sonríe con facilidad y se ve fuerte. Habla de la última celebración donde asistieron cerca de mil personas, agrega que la próxima será en febrero. Decimos que volveremos para esa celebración, reímos y regresamos a la choza donde Mariela nos espera con un sancocho de gallina; como de costumbre pregunto si tienen ají, Mariela pide a un joven que está cerca que traiga algunos, pequeños, redondos y verdes. Me dicen que desmenuce el mío con los dedos en el plato. Es el ají más ají de todo el viaje, picante sin interferir con el sabor del sancocho que termina por imponerse sobre el calor del pique, hasta la cucharada siguiente. Toda una experiencia. Me dijeron que tuviera cuidado con mis manos impregnadas de ají si las ganas de orinar me alcanzaban, no presté atención…
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Epílogo.
Eran las ocho y media de la mañana cuando dejamos la maloca de Cayetano y Mariela. Ese mismo día a las cuatro de la tarde estábamos en Bogotá y más tarde, ya de noche, en Medellín. Estábamos de regreso a lo urbano, a la modernidad, a la movilidad frustrada, a las filas que no se respetan, a las multitudes en todas partes, calles, centros comerciales, transporte público. De regreso a nuestro Jardín de las delicias con su infierno recurrente. Extrañaremos los silencios, los espacios, las músicas del Río y de la selva. La nuestra fue solo una mirada de reojo pero un estímulo para la imaginación. Volveremos, es lo único que puedo decir por ahora…
Argumento. Volveré dijo el hombre y nadie le creyó… Con la duda comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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Por fin el Río

17 diciembre, 2016 § Deja un comentario


250-leticia-2-3Al Río hay que llegar temprano. A las seis de la mañana tomamos una ducha fría, perfecta en este clima cercano a los treinta grados. No hay espejo en el baño y tampoco en la habitación, una experiencia inesperada difícil de desechar por la vieja costumbre de querer saber quién es aquel que se busca en el reflejo. Nos alistamos, los segundos y los minutos se toman su tiempo. Salimos rumbo al puerto poco antes de las ocho de la mañana después de desayunar pescado frito, patacones y café en el comedor familiar de la casa de Nilo Tamani, nuestro anfitrión. Subiremos contra corriente hasta Puerto Nariño y debemos ir preparados, entonces nuestros faltantes, los de mi mujer y míos, se hicieron notar: botas de caucho e impermeables. Las botas, porque seguramente íbamos a encontrar zonas con pantano al bajar de la lancha; impermeables, porque la lluvia, aunque estemos en verano, acecha. El moto-taxi con su acompañamiento de motor y radio nos recoge frente a la casa y el concierto, no sabría decir si alegre, triste o preocupado por nuestra partida del trío de gansos, se escuchó hasta la ribera opuesta del Río más allá del islote frente a la casa.

250-leticia-2-1El puerto de Leticia es una suerte de terraza, malecón con barandas, que se codea con el Río y con la multitud de lanchas lentas, barcos rápidos, botes y demás embarcaciones en épocas de creciente; ahora, por el verano y porque el Río decidió llevar su corriente al otro lado del islote, lo que vemos desde la baranda del puerto es una hondonada con un berenjenal de lanchas lentas, botes rápidos y otras naves pequeñas encalladas en el lodo del canal que, cuesta creer, es el Amazonas de nuestros sueños. En el mercado alrededor del puerto, bullicioso y entreverado, se encuentra de todo lo imaginable; allí conseguimos botas, gafas de sol y víveres para la expedición. Los impermeables y otras botas blancas con dibujos negros para mi mujer vinieron del arsenal de pertrechos que nuestros compañeros de viaje, Carlos Guillermo y Rafael, médicos y leticianos por adopción, conservan para socorrer a viajeros primerizos como nosotros. En la cafetería de la esquina del movimiento, en cada puerto hay una, esperamos la llegada de Elvis Cueva nuestro guía. Un despecho a todo volumen se cuela por las rendijas de las sillas, las mesas y la gente en la cafetería. Elvis llega acompañado de Yuba, el abuelo andoque que también es de la partida. Mientras se organizan detalles: la lancha, la gasolina, los víveres, etcétera, Yuba ocupa una silla al otro lado de la mesa. Me mira, no me ve, pero la expresión de su cara indica que sí me ve. No le hablo, lo observo, nos observamos, él no se mueve, espera y escucha, sabe dónde se encuentra; yo también espero pero no puedo dejar de moverme, la gente que pasa, la música, los moto-taxis, el puerto, todo llama mi atención. Después de un rato Yuba ya no me mira, cierra los ojos y parece dormir, sin embargo está pendiente de lo que se mueve y de lo que no.

250-leticia-2-4La lancha es azul tiene unos doce metros de eslora. En la proa va el vigía, un muchacho joven de quien desconozco, aun ahora, el nombre; tampoco escuché su voz y solo, después de un par de horas de navegación río arriba, me di cuenta de que sostenía un diálogo de señales con los brazos: izquierda, derecha, lejos, cerca, con Jair, el navegante, que viaja en la popa de la lancha al lado del motor fuera de borda. Entre ellos y bajo un cobertizo dos bancas bordean la lancha; allí van los viajeros, uno y uno enfrentados para balancear el equilibrio y el peso de la embarcación: Rafael y Jerónimo adelante, Carlos Guillermo y Yuba en el medio, Luz Elena y este cronista atrás; Elvis ocupa un lugar en el centro de la tabla que une los costados cerca de la popa, es el puesto del guía con visión hacia adelante y hacia las riberas del Río.

250-leticia-2-5Zarpamos con una hora de retraso, nueve y treinta, casi diez de la mañana, debido a las demoras iniciales y también a que el canal de salida es estrecho y con abundancia de tráfico. Por fin, después de pasar el trancón del canal nos encontramos con el Río, ancho y ajeno como diría don Ciro Alegría, con la ribera opuesta lejos, lejísimos, en el Perú; y entre ella y nosotros la corriente de apariencia tranquila pero con procesión debajo. Tomamos rumbo Río arriba. Al comienzo todo es mirar, callar o preguntar; sobre todo mirar, tratar de ver todo; incluso Yuba, quieto y con la cabeza alta mira a su manera el Río que conoce desde siempre. Ni siquiera las arritmias del motor porque algo se enreda en la hélice o porque el oleaje venido de embarcaciones más rápidas lo ahogan, nos sacan del embeleso; Jair gira el motor sobre su eje, le da un respiro, lo devuelve al agua y él retoma su fuerza, que no es mucha; nuestra lancha remonta la corriente con todo el tiempo del mundo por delante.

250-leticia-2-2Queremos verlo todo, escucharlo todo. Por momentos es la quietud, el motor y los sonidos del agua que va en sentido contrario, lo único que escuchamos; los árboles en la ribera, el cielo infinito, el sol, los silencios mientras cada uno mira el río buscando lo inesperado. Cómo no imaginar a Klaus Kinski en el papel de Lope de Aguirre bajando por estas corrientes en busca de Eldorado después de sabotear la expedición de Pedro de Ursúa; cómo no recordar aquel otro río, el Atrato, navegado años antes en expedición parecida; cómo no soñar ahora con recorrer este Río entre Leticia y Manaos. A la una y cuatro minutos el Río parece tranquilo. Yuba viaja en su interior, en silencio, la cara levantada frente a la corriente. Antes de pasar frente a la Isla de los Micos, reserva natural ahora pero negocio de infausta recordación en épocas recientes, pasamos el caserío de Nazareth; el diálogo entre Jair y el vigía es permanente, deben tener cuidado con los troncos que bajan y los bancos de arena invisibles a mis ojos pero identificables a los de ellos. En la distancia se ven nubes de lluvia. La temperatura es estable, entre veintiséis y treinta grados. Elvis, ve cosas que no veo, por ejemplo un Caracara, también llamado Gavilán pollero, que nos mira subir posado en el borde de una rama. Después de pasar frente a Zaragoza y también frente a los caserones como malocas de Mesopotamia, un refugio de artesanías y de El Vergel, otro caserío, Elvis me pregunta si distingo un techo blanco de zinc en la distancia. No lo distingo pero le digo que sí. Cuando lleguemos allá, dice, estaremos en Mocagua, allá nos espera el almuerzo. Son las tres y catorce. Yuba continúa en la misma posición, su cuerpo está con nosotros, su mente no. A las las tres y treinta y dos navegamos frente a unos búfalos que se zambullen en la orilla buscando un refresco, nadan bajo el agua y luego, unos metros más abajo, sacan la cabeza buscando un respiro. Mas arriba, unos niños también se bañan en la orilla, se zambullen, juegan y ríen como los búfalos.

 

250-leticia-2-6Por alguna fascinación inesperada, el recorrido parece corto, las conversaciones se cruzan: historias del Río, anécdotas de otros viajes, delfines rosados que desaparecen antes de verlos, águilas que solo los ojos de Elvis ven en la distancia. Y del techo blanco donde está el almuerzo prometido, nada. Antes llegar a él, llegó la lluvia a nosotros. Las nubes grises que vimos de lejos fueron más rápidas de lo previsto; llegaron como una cortina gris que se cerró sobre la lancha, el día se oscureció y nos encontramos en medio de un aguacero torrencial. Entonces salieron a relucir las botas de caucho y los impermeables. Elvis pasó al frente y asumió un lugar al lado del vigía; lo que parecía una posible emergencia sucedió como si jugáramos con agua. En medio del aguacero llegamos a Mocagua, caminamos entre el lodo de la ribera, pasamos sobre troncos resbaladizos que hacen las veces de puentes, subimos veinticinco escalones de madera, nos adentramos por un sendero bordeado de árboles, con la lluvia encima; pasamos otro puente después de una cancha de fútbol que más 250-leticia-2-7parecía una piscina; volteamos a la izquierda y cincuenta metros más allá, después de un recodo llegamos a la casa de Leo un indígena kokama, descendiente de los amagua primeros pobladores del Río. Allí, nos esperaba el almuerzo: jugo de guayaba camu.camu, sopa de bagre con fariña de yuca que se esponja y la sopa queda parecida a una sopa de arroz sin arroz; pintadillo, pescado envuelto en hoja; arroz con salsa negra, plátano y también pollo para acompañar el pescado. El ají no resultó picante. Leo es alto y grueso, característica de su étnia; lleva una camiseta verde con un escudo estampado en el frente, habla despacio y tiene buen pulso para tomar fotografías, nada, parece, cambia su carácter. Sirvió el almuerzo en una choza con techo de karanà y madera espintana frente a su casa azul, sobre pilotes, con pinturas de jaguares y pájaros negros en el frente a lado y lado de la puerta, Elvis dice que son paujiles. A las cinco y diez de la tarde dejamos la casa de Leo, debemos apresurarnos, pronto oscurecerá. A las cinco y cuarenta y cuatro oscurece. En la lancha pregunto a Yuba que va a mi lado si está cansado, sonríe con la mirada fija y responde con otra pregunta ¿y por qué voy a estar cansado? A las seis y treinta la noche es oscura, no hemos llegado todavía. En medio de la oscuridad y el silencio del Río no hay sensación, quizá el vacío, pienso en Yuba que puede ver y presentir esos parajes. Entramos a Puerto Nariño con la ayuda de una linterna y la pericia de Elvis y Jair el navegante. El Río está en silencio. A las seis y cincuenta es noche cerrada en Puerto Nariño un pueblo peatonal con senderos que lo recorren en todas las direcciones. Solo dos tractores, los únicos motorizados, recogen las basuras, las llevan al botadero donde las separan y las reutilizan. Puerto Nariño vive con mentalidad ambientalista. En nuestra habitación del hotel, la número quince, el baño tampoco tiene espejo; el piso es de madera roja, las paredes de madera blanca y las puertas de madera verde. Puerto Nariño tiene seis mil habitantes, la mayoría ticunas; allí provoca vivir, provoca ver pasar las horas y recorrer aquellos senderos perfectamente trazados que invitan… Sigue “La música de la selva” en La Marginalia de la próxima semana…
Argumento. El Río es el argumento. Con él comienzan y terminan todas las historias…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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Leticia… ¿y el Río?

10 diciembre, 2016 § Deja un comentario


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Leticia está por allá, lejos. Lejos en la distancia, lejos en la imaginación, lejos en todo. A pesar de los avances tecnológicos que tienen por virtud encoger distancias y reducir tiempo, Leticia está lejos. No es necesario mencionar datos estadísticos, número de habitantes o año de fundación, incluso temperatura, no es necesario; Leticia está donde siempre estuvo, en la ribera colombiana del río Amazonas; es el lugar donde, algunas veces en sueños y otras en parajes inducidos por la imaginación, quisimos siempre ir. Las narraciones de Carlos Guillermo Gutiérrez, médico y leticiano por adopción, quien llegó allí en mil novecientos ochenta por primera vez y desde entonces no ha dejado de volver, fueron estímulo permanente. Sus historias son el testimonio de que algo distinto, intangible, que hace parte del ambiente, del clima, de la gente, de los ticuna, de los huitotos, de los andoque y de sus ritos; que circula por las calles y por el Río; que circula por los senderos en apariencia sin sentido que recorren la selva; sus árboles, sus pájaros, su fauna, su flora, está presente. Con la expectativa de aterrizar en un lugar que estimularía nuestra imaginación llegamos a Leticia minutos antes del medio día de un jueves, dos horas después de salir de Bogota. El verano estaba en las últimas y el Amazonas había sacado de sus entrañas como de un sombrero de mago, un islote que colocó entre el puerto y la ribera más cercana, algo inesperado para nosotros. El Río era invisible.

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Del aeropuerto fuimos a casa de Nilo Tamani donde, a cambio de Río, nos recibió la algarabía de un trío de gansos guardianes. La casa sobre pilotes testigo de su  presencia en época de lluvias cuando, para llegar a la puerta, es necesario hacerlo en lancha. Allí, Nilo Tamani construyó a pulso un caserón de tres pisos en madera, cuatro si contamos los pilotes. En el más alto viven Nilo y su familia, mujer, hijos y nietos; en el de abajo, cinco o seis habitaciones en galería dispuestas para uso de los viajeros. A esa hora del día y al final del verano Leticia no vive bajo el calor apabullante acompañando de hordas de mosquitos. El Río tampoco está cerca.
Dudé que estuviéramos donde creíamos estar, imposible imaginar a Leticia sin Río, algo impensable para esta expedición conformada por Carlos Guillermo Gutiérrez quien con sus relatos, experiencia y conocimiento del lugar estimuló el viaje; Luz Elena Castrillón, mi mujer; y este cronista que no es uno y más bien asume el papel de espía; quizá por eso me preocupó, aunque también fue estímulo para la imaginación, el hombre grueso, alto, con camisa color naranja que tomaba fotos a quienes bajaban por la escalerilla del avión disimulado en una puerta del aeropuerto. No hay mejor ingrediente para un espía o para un relato de espías, en un lugar tórrido como Leticia, que el desconocido que observa y nadie ve, solo el espía, claro está.

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El moto-taxi, una moto con carrocería y puestos para tres personas sin contar el chofer, apareció de la nada frente a la casa de Nilo. Hubiera sido una lancha si tuviéramos Río. Fue nuestro primer contacto con los mototaxistas que hablan poco porque el ruido del motor y del radio, mal sintonizado, impide cualquier conversación y también, porque deben estar concentrados en esquivar el tráfico y los huecos de las vías con una destreza que muchos quisieran. El moto-taxi es la solución perfecta para no retar el calor, el sol y las distancias. Sin embargo el calor es soportable, las distancias cortas y el sol se disimula en las sombras de los árboles; algo parecido sucede con el tiempo, está y no está, se detiene o se impulsa, el reloj de mi mujer se adelantó una hora. Mientras atribuyo estos detalles, porque son detalles, al origen de la ficción, vamos en moto-taxi rumbo a la oficina en el centro de Leticia, como llaman el restaurante “Tierra Amazónica”. La hora no nos preocupa, en ese momento nos mueve la gastronomía amazónica rica en pescados: pirarucu, piraña, camitana, dorado, tucunaré, carawasu. No decidimos por pirarucu a la pupeca o patarasca, con patacón, para mi mujer; dorado en posta a la plancha para Carlos Guillermo; y pirarucu en salsa tucupi (picante), entre paréntesis, y patacones para mí. Todo esto acompañado por abundantes caipiriñas, mezcla de cachaza, conocida también como “pinga”, zumo de limón y azúcar.
A esa hora, ¿cuál?, el local decorado con objetos, artesanías, pinturas, símbolos, fotografías y esculturas amazónicas, estaba desierto, solo tres mesas ocupadas. Una en la terraza, a la sombra del cobertizo con tres mujeres, dos de ellas llegaron en el mismo avión que nosotros, no nos vieron o lo disimularon bien; un hombre con apariencia de turista, no lo vi llegar, apareció en la mesa vecina a la nuestra, nos observó con detenimiento y pidió el mismo plato que mi mujer, caipiriña incluida. Cuando dejamos el restaurante, después de dar cuenta de platos exquisitos y con el sabor de la caipiriña regado por el cuerpo, el vecino estaba en su puesto mirando sin ver hacia cualquier parte menos hacia nuestra mesa y las tres mujeres habían partido sin dejar rastro.

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En camino a la casa de Yuba, el abuelo andoque, que nos acompañará durante el viaje, esquivamos el sol bajo los aleros y los árboles que bordean la calle. Yuba es un abuelo, sabio, que perdió la vista hace cerca de cuarenta años cuando tomó aguardiente adulterado. Se encuentra en el patio de su casa en compañía de otros ancianos. No hablan, están allí y esperan. Cuando escucha la voz de Carlos Guillermo levanta la cabeza, su cara se alegra, sonríe y nos ve, fue mi primera sensación, sin embargo no nos ve o nos ve de manera distinta; distingue a Luz Elena, mi mujer, por el tono sabroso de su voz; distingue a Carlos Guillermo por el tacto de su presencia; no sé por qué me distingue, quizá porque lo saludo cuando estoy a su lado, aquí me llamo Juan Andoque Andoque pero mi nombre es Yuba, dice mirándome fijo y hacia arriba porque es de donde viene mi voz. Su mirada vacía parece ver, sin embargo puede más su risa que sus ojos, sonríe con facilidad; sonríe entre palabras apenas murmuradas, es su manera de ver; es quizá su manera de dominar los espacios por donde circula.
No sé cuánto tiempo pasó, era quizá a media tarde o el anochecer cuando partimos de la casa de Yuba con el compromiso de recogerlo al día siguiente para subir por el Río; me doy cuenta entonces de que todavía no lo he visto y la duda de si todavía está allí, me asalta pero prefiero callar, en Leticia todo puede ser una sorpresa. Nos encontramos en “Tierra Amazónica”, el restaurante, con los miembros faltantes de la expedición: Rafael Andrade, médico, también leticiano por adopción y su hijo Jerónimo. Era noche cuando nos llegamos al lugar donde Elvis Cueva y su esposa Dora nos Printesperaban para la presentación de Los niños de brazos de hierro, el libro que nuestros amigos médicos, leticianos por adopción, editaron y donde participé como diseñador. La presentación tuvo lugar en un salón con dos entradas y un proscenio, sin embargo los discursos tuvieron lugar en el lado opuesto al proscenio. Unas veinte o treinta personas ocuparon las sillas. Los niños de brazos de hierro es un libro de crónicas donde Elvis Cueva Márquez, escritor, ambientalista, actor de teatro, guía y conocedor del Amazonas, narra el Río que no he visto aun, induce a su preservación y permite  recuperar la comunicación verdadera desde la práctica de las enseñanzas en la maloca y en la palabra ancestral de los abuelos…, como escribe Carlos Guillermo Gutiérrez en la presentación. Todos los presentes hablaron. Todos reflexionaron acerca del Río, de su vida en él, de la necesidad de conservarlo, protegerlo y también de la necesidad de crear una literatura amazonense. Una historiadora presente dijo: “… Deberíamos escribir más sobre nosotros, en lugar de esperar que otros lo hagan en nuestro lugar…” Incluso yo dije algunas palabras y recuerdo que no logré alejarme de la ficción que en permanencia me sugiere el Amazonas y que el Río, que aun no he visto, confirmará. En este lugar donde el tiempo se detiene o circula más lento; algo debe suceder en cualquier momento y no sabemos qué. Sin ver el Río llegamos al final  del primer día… vendrán otros en las próximas Marginalias…

249-leticia-6Argumento. Todo es ficción, dijo el hombre (también puede ser mujer). El resto también, respondió el otro (también puede ser otra)… Así comienza el viaje…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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Turnos

5 diciembre, 2016 § Deja un comentario


248-turno-2El sol entra por la ventana. Ocupo una silla de plástico verde cerca de dos mujeres que hablan al tiempo. Intento descifrar lo que dicen pero no lo logro, sin embargo ellas parecen entenderse, sus frases se montan unas sobre otras y eso no es inconveniente. Un hombre un poco más allá ojea una revista sin mirarla; me trae al recuerdo de un jubilado que busca matar el tiempo con una revista entre las manos y no puede. Elsa es el nombre de otra mujer, distinta de las que hablan sin escucharse, que se sienta a mi lado después de que a las dos aquellas les cayó el turno, me enteré de su nombre porque fue lo primero que escribió en el formulario la funcionaria que hace la entrevista. Después vinieron otras preguntas que por no transgredir la norma que ordena no mirar los otros en lugares públicos me obligó a escuchar sin mirar, intentando ver su cara y sus gestos en algún reflejo cercano; pero no hubo reflejo y me tuve que contentar con escuchar las respuestas e imaginar la mujer. Respondía a las preguntas con voz disimulada, era evidente la molestia de su parte por mi cercanía a pesar de que yo parecía ausente, la mejor manera de sobreaguar entre la gente mientras llega el turno. Las preguntas exigen respuestas cortas por los espacios reducidos que los formularios oficiales permiten. Después de responder a unas diez o quince preguntas con monosílabos o una que otra frase de dos o tres palabras, Elsa me dio la sensación de ser un rompecabezas que necesitaba de un manual para armarse en las mañanas. Ni su nariz, ni sus párpados, ni sus tetas, ni sus nalgas, le pertenecían, eran piezas que podía remover sin inconveniente. Le habían reemplazado varios órganos, aunque no alcancé a comprender cuáles, sus respuestas eran en voz baja, ni si los cambiaron por piezas mecánicas extrañas o por órganos venidos de otras personas. Prefiere utilizar pelucas porque, y esto lo dijo para que la entrevistadora no lo anotara, el cambio de color en la cabeza la ilusionaba. Como no la podía mirar de frente deduje que el color de su pelo esta mañana para la cita era su color natural, entre castaño claro y oscuro. Elsa toma pastillas para dormir, para despertar, para que no le de hambre y para comer, dijo que no sufría de estrés porque pasaba sus días frente a la televisión siguiendo las telenovelas y que eso la divertía. Despierto, me levanto y quedo sin nada qué hacer, dijo; claro que de esto solo me doy cuenta cuando me tomo la pastilla para despertar. Dijo que estaba allí por una arritmia pero no por una arritmia cardíaca se apresuró a agregar, es una arritmia que descubrió mi marido porque según él es necesario afinarme, como el motor de un carro. A la pregunta por su edad no respondió o lo hizo entre dientes, quizá porque se sentía incómoda con mi presencia y no deseaba que escuchara. La entrevistadora, muy profesional, le dijo mi nombre es Laura, me puede llamar Lauri como todo el mundo, quítese los zapatos y venga conmigo. A partir de ese momento hasta que se alejó escuche venir del lado de mi vecina Elsa un crujir de máquinas si aceitar, unos quejidos de roce de metales acompañados de suspiros parecidos a los que hace un motor cuando alguien intenta prenderlo y él se rehusa. Cuando por fin se levantó del asiento y se alejó hacia donde le indicó la entrevistadora, levanté mis ojos y la miré alejarse, iba, sin duda, hacia la calibración total de su interior. Ojalá duerma bien esta noche, me dije y la miré alejarse…
248-turno-1… Elsa se fue y después de ella llegó un hombre de camisa a cuadros azules y rojos. El hombre quedó delante de mí, como estoy detrás y él está adelante yo lo veo y él no me ve o por lo menos no me relaciona con ninguna acción o momento anterior. Lo sigo porque un funcionario ordenó a todos los presentes cambiar de sala. Como el hombre pasa antes que yo se me ocurre pensar que prepara el terreno, como un explorador, aunque no sé cuál terreno. Como va adelante habla con las funcionarias a quienes solo se les ve parte de la cara, todas llevan tapabocas, y explica; tampoco sé qué explica, quizá lo de él y también lo mío porque nadie me pregunta nada. El hombre es gordo, alto, lleva bigotes, gafas con montura de metal y detrás de las gafas dos ojos saltones, de esos que no dejan escapar nada, en apariencia, aunque en más de una ocasión, porque debemos entrar y salir de habitaciones nos hemos cruzado y es evidente que no me ve. En uno de estos cruces tropecé con él y no se dio por enterado. Hay gente así. Gente en filas que no son filas en el sentido estricto y en las que siempre se debe conservar el turno. El ficho de hoy es verde. Miro atrás, estudio con disimulo los que podrían venir después y todos parecen enfrascados en tareas distintas a seguir a otro que va adelante porque llegó más temprano, llamó antes o alguna funcionaria acuciosa lo inscribió de primero en el orden de llegadas. Cuando el hombre gordo, más alto que yo, con camisa a cuadros rojos y azules, gafas y detrás dos ojos saltones desapareció quizá le cayó el turno y no me di cuenta, fue reemplazado por una mujer joven, pequeña, de pelo negro, largo hasta más abajo de los hombros y ropa también roja y azul, chaqueta roja, pantalón azul, dos tallas menos de su tamaño. La mujer pasó adelante, dudé si estaba en el lugar donde debería estar, haciendo el turno que debía hacer, tuve la intención de mostrarle mi ficho verde para que viera el mío pero ella no se dio por enterada. Noté, entonces, otra mujer y un hombre detrás; aunque detrás no quiere decir físicamente detrás, sino, después de mí según el número de los fichos. Los dos, el hombre y la mujer no están juntos, no vinieron en pareja; cada uno llegó por su lado ocupó un lugar en cualquiera de las sillas dispuestas en el salón y se escondieron detrás de revistas y periódicos. No se miraron. Por supuesto yo tampoco los miré, por esto no puedo describirlos, solo certificar que hacían parte de ese turno interminable a que estamos sometidos…
248-turno-3… Cierro los ojos. Cuando los abro veo que los dos, hombre y mujer, miran hacia donde me encuentro, exactamente encima de donde me encuentro; miran un televisor prendido sin volumen que yo no había visto. Entonces un hombre pequeño, con camisa brillante y pelo teñido de color caoba apareció al lado, quizá su turno es antes de la mujer joven de ropas azules y rojas demasiado pequeñas para su tamaño o son amigos y ella se lo cedió o ella toma fichos y después los vende, vaya usted a saber. La pareja, hombre y mujer que no están juntos y se ignoran, ocupan sus puestos después de mi. Yo conservo mi turno y espero que el de ellos sea después del mío porque hay algunos que no respetan ni siquiera los turnos. Hay gente así. Más de una hora, qué digo, varias horas, ocupé ese puesto, porque ya no había más, al lado del hombre pequeño con camisa brillante y pelo teñido que hablaba por celular. La mujer joven desapareció, entonces sí es de las que toman turnos que después venden o cambian. Todo el mundo habla por celular en cualquier parte y no presté atención al hombre, me preocupó la ausencia de la mujer joven, pero después de la segunda llamada noté la lista de números escrita en un papel que desdobla cada vez que llama; no vi lo que hacía pero después de otra llamada me di cuenta de que raya con lápiz rojo uno a uno de los números marcados en el papel; eran teléfonos de una lista interminable. Empecé entonces a prestar atención a lo que decía. La primera impresión fue de regaño. Regañó o amenazó y no dejó hablar a quien estaba del otro lado. La llamada duró segundos. Cortó sin despedirse, tachó con fuerza en el papel y llamó al número siguiente. El tono de la voz fue el mismo pero el regaño distinto; el único que habló fue él. Se sucedieron así tres o cuatro llamadas, sin embargo el contenido de los regaños, que no eran regaños sino órdenes, los dictaba con palabras cerradas, concretas, duras, su voz era una suerte de vaivén en el que ordenaba ataques y defensas según quien respondiera su llamada. Entre frases el hombre miraba para otro lado, quizá por temor a ser escuchado, por lo que me perdí fragmentos seguramente importantes, irrecuperables. Mi turno no llegó, el día estaba a punto de terminar y ya había olvidado por qué estaba allí. Mañana será otro día, me dije…
Argumento. Cuide su turno, dijo el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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