Vivimos en el absurdo

19 noviembre, 2016 § Deja un comentario

246-absurdo-2El 15 de junio de 2006 murió Raymond Devos “Acteur comique” según él mismo. Devos era de Mouscron en la provincia de Hainaut, Bélgica. Era un malabarista de las palabras y un maestro en la narración del absurdo. Decía, por ejemplo, que el absurdo necesitaba de una pizca de realidad para que el espectador pudiera entrar en él. Era un hombre de unos ciento veinte kilos que cuando representaba los primeros pasos del hombre en la luna parecía deslizarse sobre la escena; hubo, incluso, quienes lo vieron volar. Cuando mimaba en público la copa de vino que le sirvió un policía de tráfico la acción era tan real que la gente veía la copa. En una de sus últimas entrevistas le preguntaron si la actualidad era importante en su obra y respondió que la actualidad solo duraba un día, máximo tres si era muy buena y que él tenía narraciones de más de treinta años. Pero lo más significativo era su manera, parecía fácil, de jugar con las palabras, de mezclarlas, de unirlas, separarlas o pronunciarlas de forma que tuvieran el sentido, la fuerza y la sonoridad que nadie les había escuchado antes. Devos mismo era la puerta de entrada al absurdo, él representaba esa pizca de realidad cuando en cuatro palabras “Vivimos en el absurdo” ponía al auditorio sobre aviso, como en el caso de las corbatas. Imagínenlo, grande, camisa blanca, corbatín de seda con arabescos, tirantes rojos y pantalón azul cielo oscuro, cara masiva, patillas casi hasta el mentón, ojos vivos y nariz grande, el pelo lo peina hacia atrás como Elvis. Este hombre entra en escena y dice: Vivimos en el absurdo, ayer fui con mi mujer a comprar una corbata. Ella insiste en que me hace falta una corbata. En el almacén encontramos dos hileras de corbatas, a mí me gustan las de la izquierda, pero si lo digo a mi mujer; ella, con seguridad, prefiere las de la derecha, entonces ¿qué hago? le digo que una de la hilera derecha me parece hermosa y ella responde ¡Pero no, esas son muy feas! y escoge una de la hilera izquierda. Una de las que me gusta y la compra. Absurdo ¿no? En el restaurante de “Las tres flacas” presencié la escena siguiente que posiblemente no parezca absurda. Nunca me demoré tanto en dar cuenta de un almuerzo. Lo hice adrede. Tenía por lo menos una hora y media o más antes de la cita y el calor era intenso. El restaurante es una casa de unos cien años con patio cuadrado de canto rodado y fuente en el centro. Alrededor hay un pasillo bajo techo y allí unas mesas. Como en las casas viejas, las habitaciones246-absurdo-3 miran al patio, por supuesto, ahora están habilitadas para los comensales. Ocupo mesa en una de las habitaciones. Hay otras dos mesas, como la mía, con cuatro sillas cada una pero estoy solo. El menú del día es sopa de verduras, carne molida, arroz y tajadas de plátano maduro como plato fuerte acompañado de repollo picado, gelatina de fresa para el postre y café opcional. Una de las flacas, la primera, me anunció el menú entre dientes y lo acepté sin pensar en otra posibilidad. Mientras ella me hablaba un hombre ocupó una mesa a mis espaldas, cuando la primera de las flacas se acercó para decirle el menú no la dejó terminar y sobre las palabras de ella dijo, tráigame lo mismo. Lo miré de reojo apenas salió la primera flaca y no le vi la cara porque la escondió entre sus manos en un gesto de desespero o de inmensa fatiga. Tal vez el calor, pensé. Mientras traen el almuerzo miro hacia el patio. Una pareja ocupa la mesa al otro lado de la fuente, no los vi al llegar, seguro estaban allí porque ya recibieron su servicio. Los observo. En ese momento la segunda flaca trae mi pedido, como sé que tengo tiempo pruebo la sopa despacio, muy despacio. Está más fría que caliente. Mi mirada se cruza con la de la mujer de la mesa más allá de la fuente. Por la forma como acomodan sus brazos en la mesa deduzco que son compañeros de trabajo, sin embargo se me ocurre que la relación puede ir más lejos. Aunque fría, la sopa tiene buen sabor. Los ojos de la mujer se detienen en los míos, un movimiento de sus pestañas parece indicarme que mire hacia abajo, lo hago en el preciso momento en que ella pega un fuerte puntapié al hombre, calculo la fuerza del golpe por el gesto de su boca. He terminado la sopa, los otros platos ya están en la mesa  y al mismo ritmo comienzo el plato fuerte, sé que tengo tiempo. Escucho un ruido de cubiertos, el hombre en la mesa detrás de mí ha terminado su almuerzo y hace ruido a propósito para que una de las flacas venga. No viene ninguna. El arroz, la carne molida y la tajada de plátano están frías también. Hace calor. El hombre a mis espaldas sigue golpeando los cubiertos. No aparece ninguna flaca. Entre un bocado y otro vuelvo a cruzar mis ojos con los de la mujer. Ella sonríe y hace la misma seña, bajo los ojos a tiempo para ver otro puntapié, busco entonces al hombre con la mirada y veo que disimula el dolor. La mujer no me mira y habla a su compañero con aire de autoridad. Como ninguna de las 246-absurdo-1flacas aparece, mi vecino de mesa abandona el lugar. Tengo tiempo y como despacio, casi arroz por arroz, lo hago adrede, ya lo dije. De toda evidencia quien manda es ella. Me pregunto qué habrá hecho o dejado de hacer el hombre cuando la tercera flaca se acercó a mí y preguntó si el almuerzo estaba bien, dije que sí y le pedí un café. La pareja había terminado su almuerzo. Yo apenas iba a comenzar el postre. En el momento de pagar la mujer volvió a cruzar su mirada con la mía. Se levantaron al mismo tiempo, los vi alejarse. En ciento momento, antes de desaparecer bajo el calor de la calle la mujer bajó su mano y pellizcó las nalgas del hombre. El primer café lo trajo la tercera flaca. Pensé que era el último que les quedaba porque era apenas un sorbo, el fondo de una taza. La segunda flaca quiso saber si quería café, le dije que ya me habían traído uno, ¿No quiere repetir? preguntó. Acepté. El segundo café lo trajo la primera flaca, la taza estaba llena hasta la mitad. Lo tomé despacio, como parecía que iba a ser todo ese día. Debe ser el calor, pensé. Un nuevo cliente vino a ocupar el mismo puesto del anterior. La segunda flaca repitió el rito de anunciar el menú y el hombre respondió lo mismo. Al salir la segunda flaca me preguntó si quería más café, dije que no; es gratis, respondió ella; insistí que no, que gracias, recogí mis cosas y fui hacia la salida, la misma que utilizaron el hombre y la mujer. Unos pasos antes de llegar a la puerta me crucé con una pareja que entraba, el hombre parecía ser el dueño de la situación pero lo puse en duda, debe ser el clima, me dije al encontrarme bajo el sol. Miré el reloj, apenas me quedaba tiempo para llegar a la cita…
Argumento. ¿Dónde vives? pregunta el hombre, también puede ser una mujer. No sé responde el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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