Miedo

12 noviembre, 2016 § Deja un comentario

Hace algún tiempo escribí el texto que sigue. Por culpa del mismo tiempo y de la virtualidad se traspapeló entre carpetas, otros textos y dibujos. Los acontecimientos de los últimos meses en el mundo: Brexit, No, Trump, me llevaron a buscarlo. El miedo como acicate para estimular las decisiones de muchos es el arma del populismo. Vale ahora repetir la frase ya dicha tantas veces: “…lo que me da miedo es tu miedo…” Aquí va el texto…
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Usted sabe, a mi edad, y a todas las edades el miedo es un compañero escondido pero llega un momento en que es necesario dejarlo, qué digo, no dejarlo, llevarlo con uno, acompañarlo para todas partes y mostrarlo. ¿Mí primer miedo? Cuando era niño, dos o tres años, un muchacho más grande, tendría cuatro años, apenas mayor que yo, me dijo que si moría en ese momento iría derecho al infierno porque yo era un pecador y como aun no estaba bautizado Dios no me había perdonado nada, ni siquiera el primer pecado. Ese día sentí un miedo que no me dejó dormir, solo cerrar los ojos y me veía rodeado de ángeles buenos y malos que se peleaban por mí como en la estampa del moribundo: la familia que lo llora a un lado del lecho, mientras diablos y querubines se baten por apoderarse de su alma en el otro extremo de la imagen detrás de los dolientes.
Nací en una familia numerosa de esas donde el miedo es una necesidad; de esas donde los hijos deben venir al mundo grandes y ojalá con trabajo. Nací en una familia así. Ese miedo era el mismo que nos obligaba a la limpieza extrema para parecer buenos, madrugadores, trabajadores, sin peligro; es la limpieza que combate lo malo, lo que puede poner en peligro la concordia. Recuerdo el trajín de limpiar, lavar, almidonar y hasta voltear el paño de los vestidos cuando comenzaban a desgastarse. ¡Ah! y madrugar, “al que madruga Dios le ayuda”. Si uno no se levanta temprano, nadie, ni siquiera Dios está ahí para ayudar. El miedo nos hace creer que necesitamos de alguien para compartir el susto tan tremendo de despertar, de dejar de soñar, probablemente la única salida posible, aunque a veces los sueños se conviertan en pesadillas pobladas de fantasmas tan temidos como aquellos que asedian a los despiertos. Quién aquí o al otro lado del mar, no ha sentido miedo de correr el riesgo de perder la memoria o de que su mano se vuelva peluda cuando se masturba; quien después de hacerlo no ha temido que con solo tocar una mujer en el hombro, por ejemplo, la pueda dejar preñada. Eso es el miedo a la entrepierna y lo digo así para situar un lugar que cualquier persona en el mundo, hombre o mujer, sabe dónde queda y para qué sirve.245-miedo-2
El miedo hoy no es distinto al que narraba Maupassant en 1882 en El miedo precisamente. Lo que ha cambiado es su origen. En esa época el temor era el resultado del valor de los aventureros, los únicos capaces de viajar a través de desiertos inhóspitos o presenciar encuentros con seres venidos de ultratumba. “Passepartout” por ejemplo, nunca dominó el miedo de verse elevado más allá de la altura de una silla pero, a pesar de él, navegó entre nubes aferrado a su jefe, Phileas Fogg. Hoy ya no hay que ir tan lejos para sentir miedo. Todo el mundo lo sabe a quien hay que temer es a los vivos, los muertos están enterrados con sus miedos y están bien donde están.
Lógicamente, no digo que ya no exista la aventura, mire los escaladores del Everest, o los astronautas. Ellos producen emoción, adrenalina, que en general se asimila con un cierto tipo de heroísmo, pariente cercano del miedo. Llamemos a eso el miedo comercial, el que produce héroes y además vende la aventura de los otros, como cualquier producto de consumo. Sin embargo, el miedo que me da miedo y es la razón por la cual estoy aquí, sentado en esta mesa de trabajo es distinto. Es el miedo a la oscuridad, a los carros grandes, a hablar con desconocidos, a la soledad, a dormir solo, a viajar sobre todo en avión, a los perros sueltos, a las pesadillas, a la muerte, al calor, al frío, a la sal, a los políticos mentirosos, a los paras, a los guerrilleros, al fascismo, a la mentira, al terror, a la represión, a hacer el amor sin condón, a los jóvenes, a los colegas, al ruido, al cáncer, al sida, al silencio, al agua, a las tormentas, a los rayos, al mar, a los malos, a los buenos, al pecado, a los chismes, al rock, a las barras bravas, a la policía, a la sangre, al olvido, a la confesión, a los curas, a las monjas, a las entrevistas en la radio, a la inquisición, en fin.
Roland Topor, un amigo a quien conozco por sus dibujos pero amigo al fin y al cabo, contó en uno de sus textos que en una época salía todas las mañanas para recoger las pesadillas de la gente en sus casas. Iba de puerta en puerta como un vendedor. Siempre le abrían, pero cuando nadie asomaba o se sentía observado por el ojo del vigía, deslizaba su tarjeta de visita, “Roland Topor. Comprador de pesadillas”, por debajo de la puerta y esperaba que surtiera efecto. Las personas al ver que se podían deshacer de sus pesadillas lo dejaban entrar, le ofrecían café o alguna bebida fresca si había sol y se deshacían de ellas. Topor escuchaba, tomaba nota, a veces hacía esbozos de figuras y luego las ordenaba en su maletín. Al atardecer, después de la jornada cada día por un sector distinto de la ciudad, regresaba a su casa, descansaba en un sillón mientras esperaba que el el agua para el té hirviera y luego, mientras lo consumía a pequeños sorbos analizaba las pesadillas del día ordenadas sobre la mesa de trabajo.
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La idea se me ocurrió el mismo día, en el mismo instante en que leí la narración de Topor. Me convertí en recogedor de pesadillas. Podemos convivir con las pesadillas, me dije, las contamos, las reconstruimos pero no somos capaces de reproducir el miedo que nos causan, es superior, no tiene forma ni medida y por lo tanto sucumbimos. Decidí hacer que los pacientes, así los llamé, me contaran sus miedos pero como no tengo la habilidad de Topor para dibujar, los grabé y los guardé, ellos fueron la base de trabajo para llegar donde he llegado. Eran tiempos distintos. Hoy difícilmente abrimos la puerta. La necesidad de ampliar mi espacio de influencia me llevó a observar los pacientes en la calle, en los restaurantes, en los grandes almacenes o incluso en sus propias casas. Recuerdo una ocasión, al discutir con un paciente sobre la remesa de sus miedos, le comenté que nadie tenía la hora correcta y que el desfase permanente entre relojes análogos o digitales y computadoras era corriente. Esta situación, le dije, lleva a encontrar entre las lecturas de la hora momentos muertos o incluso, segundos desaparecidos. El hombre no podía dar crédito a mis palabras y sin decir nada dejó su paquete de temores sobre la mesa y se fue. Al revisar el paquete de miedos que dejó abandonado, descubrí que su temor a la gobernabilidad del tiempo y por consiguiente a una vejez prematura lo llevó a invertir el mecanismo de los relojes que encontraba a su paso hasta que una mañana fue descubierto, encarcelado sin ningún miramiento por atentado contra la paz pública, considerado como un peligro para sociedad y por lo tanto, esto lo agrego yo, fuente de miedo para sus congéneres.
Fernando Savater dice que los medios son el foro de esta era. Tiene razón. Solo que desde cuando el consumo tomó valor de ideología, el miedo se convirtió en su religión y los medios en púlpitos tecnológicos ocupados por sacerdotes clasificadores del miedo de los otros y hasta cierto punto sus dueños. Hay dos tipos de gentes, hombres o mujeres. Los de a pie que necesitan apoyo y conciben su propia penitencia, gentes sin norte que deben buscarse para no caer en pérdidas de tiempo inútiles, tenemos poco tiempo hoy en día. Pero también están los otros: los padres de la patria o los famosos. Estos llevan el temor predispuesto hacia los otros, no hacia ellos como sucede con los necesitados. Su temor resulta de una culpa que adjudican al otro porque están en la búsqueda constante de un culpable. Cuando un personaje comienza a atribuir sus temores a otro, la banalidad esa otra forma de expresar el miedo, terror, de no llegar a ser, por lo menos, una imagen descolorida de los paradigmas que ganan y gastan millones cuando la mayoría no tiene donde caer muerta o no lograr las proezas de aquellos sementales capaces de hacer el amor siete noches con sus días sin parar, entra en juego. Algo de morboso se mueve en todo esto, lo admito, cuando se reconoce el miedo que se encuentra en el placer pequeño de un pellizco que produce la zozobra del otro. No es mi miedo, pero como hay quien dice que se debe temer lo temido, es el miedo de los otros lo que más temo…245-miedo-4
Argumento. ¡Qué miedo! Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com

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