Retrato de un espejo

26 noviembre, 2016 § Deja un comentario


247-espejo-1Soy un espejo y aunque no lo crean es aplastante. No lo digo porque yo sea un espejo en el sentido figurado que las personas acostumbran cuando uno se parece a otro, actúa como otro, tiene las mismas reacciones, las copia, etcétera, etcétera; o se parece tanto en el físico que cualquier posición se asume como una copia, un calco tan idéntico que definir quién es el original y quién la copia no es fácil. Soy un espejo, repito, pero un espejo de verdad, de vidrio, de esos que están pegados en las paredes de las casas, de los baños, de los ascensores, de los locales públicos; en los pasillos, en los tocadores de las señoras o redondo con marco brillante de los especiales para maquillar porque vienen con aumento; soy un espejo de esos que las mujeres llevan en sus bolsos de mano. Incluso, si avanzara un poco, en esta era tecnológica podría decir que tengo la misma función que el espejo que todos llevan en el bolsillo hoy en día: esa aplicación en la cámara del celular que, invertida, sirve para selfiar, pero hombres y mujeres utilizan como espejo en momentos de afugia. Soy un espejo con todas las características de tal, plano y de vidrio, y eso es delirante. Es cierto. No conozco espejos reposados, tranquilos, que permitan el solaz. Un espejo está siempre al acecho; mira lo que no se ve y deja ver lo que nadie muestra. El hecho, en apariencia sencillo, de reproducir lo que tiene al frente sin misericordia alguna es suficiente para evitarlos, sin embargo nadie los evita, los espejos atraen, son imanes que atrapan, pocos pasan frente a uno de nosotros sin mirarse. Un espejo ve lo que nadie quiere ver y tiene los ojos de todo el mundo; ojos que en posición de reflejo no perdonan. Sin contar con que hay espejos que llevan en su interior una segunda instancia disimulada: enmascaran la posibilidad de otra presencia más allá, al otro lado, de la superficie lisa, que vigila, escucha, ve sin que lo vean, se esconde o espía. Pero mi esencia, que se puede asimilar con el espionaje, es reflejar lo que hay en frente y no tengo respiro. En permanencia, a toda hora, estoy en acción aunque nada se mueva, todo se mantenga quieto y muestre poca o ninguna actividad. El único momento de reposo es cuando alguno de los que frecuentan el lugar donde me encuentre apaga la luz y quedo a oscuras; claro que a veces se cuelan reflejos que no puedo evitar y el reposo se va al diablo. Los espejos somos como los personajes con quienes los escritores de ficción conviven, por esta razón todos somos parientes cercanos poco importa el tamaño, la forma o el lugar donde nos encontremos, todos somos primos. 247-espejo-3Como aquel personaje que si en una historia es el bueno, es posible que en la siguiente sea el malo o si muere en esta en otra aparecerá tan vivo como su mejor amigo o su peor enemigo, así somos los espejos, somos uno y todos a la vez. Me han dejado caer y he volado en mil pedazos, sin embargo, a pesar de que las malas lenguas hablan de siete años de mala suerte para quien me rompa o me deje caer, mi desaparición es momentánea, siempre reaparezco convertido en otro, de esto, claro está, no se da cuenta nadie, o quizá sí, los cercanos que nos conocen y comparten parabienes o dolores porque no hay nada más doloroso que verse partido en mil pedazos como un rompecabezas imposible de armar. He sido espejo de baño, de ascensor, de bolsillo, de aumento, de adorno o incluso de paso y en los peores momentos, cuando por alguna razón he caído un poco en el olvido, solo un poco, he sido vidrio de vitrina o de ventana, algunas veces de ventanal pero con la capacidad de devolver el reflejo, desmejorado, pero reflejo al fin y al cabo. También fui uno de los que dio forma al laberinto en una de las últimas secuencias de “La Dama de Shanghai” cuando el marinero, Orson Welles y la bella, Rita Hayworth se descubrieron; y también tuve mi papel protagónico al final de “Citizen Kane” cuando el ciudadano Kane reproduce su figura hasta el infinito en un espejo como yo, quizá un poco más alto, pero como yo. Ya lo dije, somos los mismos, somos de la familia. Me tocó en suerte ser espejo y lo asumo como esencia, no es una profesión ni un talento particular, soy espejo, mi función como la de mis congéneres es el reflejo y es lo que hacemos, punto. Quien intente hacernos ver distintos se equivoca. Somos solo reflejo y aunque parezca poco o sencillo es una función apabullante. Imaginar que todo aquel que se para frente a ti espera ver algo o alguien distinto a quien tu, por esencia repito, estás en capacidad de devolver, es inevitable. No pocas veces aparece el defecto, la arruga, la mueca para restar importancia o evitar errores. Cuando frente a ti sucede todo tipo de intimidad solitaria, en pareja o en grupo; cuando todo lo que cada uno quiere esconder del resto o mostrarlo distinto y ensaya en frente tuyo: se sube las tetas, se tapa los claros en la cabeza por falta de pelo, se estira la piel de la cara, el estómago o los muslos, y después se escudriña en ti para ver el resultado y no puedes hacer nada distinto a devolver, tal cual, es cuando te dices que tu esencia es delirante. Y lo peor, ya lo dije, los únicos momentos de reposo son en la oscuridad cuando alguien apaga la luz.247-espejo-2
He llegado a compararme con el diván del especialista. En consulta el paciente se recuesta, habla y el especialista escucha y conduce; lo mismo sucede frente mí con la diferencia de que el paciente puede estar sentado o parado y no habla, acciona; hace todo lo que no haría frente a otros y lo hace hasta lograr la tranquilidad de lo que quiere dejar ver. En una ocasión una artista, no recuerdo su nombre, se maquilló frente a mí, pero no lo hizo sobre su cara como es lo corriente; lo hizo sobre el vidrio mientras su cara estaba inmóvil. Aplicó color en el reflejo de las mejillas, lápices de varios tonos en el de los ojos, colorete en los labios y cuando consideró terminado el maquillaje se retiró y sobre mi superficie quedaron las marcas que serían el maquillaje de otras personas que ocuparan su lugar después de ella; era una suerte de transferencia de la intimidad. Lo mismo son los autorretratos hechos a partir del reflejo, son quizá los más íntimamente ligados al interior del personaje porque más allá de la generalidad del contexto quien se mira en un espejo se siente atraído por el detalle, busca el detalle en el ojo, en la sonrisa o en el pliegue que salido de lugar se vuelve ingobernable. Es apabullante nuestra esencia. ¿Quién parado frente a mí no se ha sentido observado por algo o alguien más allá, detrás de mi superficie brillante?, ¿quién no ha tenido la intención de despegarme del muro para ver que hay detrás?, quizá un laberinto sin fin que tiene como entrada única la esencia de mi reflejo, recordemos mi papel en “Al otro lado del espejo” de Lewis Carroll. Y ahora que llego al final debo advertir que el reflejo que devuelvo de cada uno, de cada cosa, de cada lugar o de cada objeto, está al revés con relación a lo que otros ven. Aplastante ¿no?
Argumento. Soy un espejo, dice el espejo… ¿Sí? ¡y qué!, responde la bella. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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Vivimos en el absurdo

19 noviembre, 2016 § Deja un comentario


246-absurdo-2El 15 de junio de 2006 murió Raymond Devos “Acteur comique” según él mismo. Devos era de Mouscron en la provincia de Hainaut, Bélgica. Era un malabarista de las palabras y un maestro en la narración del absurdo. Decía, por ejemplo, que el absurdo necesitaba de una pizca de realidad para que el espectador pudiera entrar en él. Era un hombre de unos ciento veinte kilos que cuando representaba los primeros pasos del hombre en la luna parecía deslizarse sobre la escena; hubo, incluso, quienes lo vieron volar. Cuando mimaba en público la copa de vino que le sirvió un policía de tráfico la acción era tan real que la gente veía la copa. En una de sus últimas entrevistas le preguntaron si la actualidad era importante en su obra y respondió que la actualidad solo duraba un día, máximo tres si era muy buena y que él tenía narraciones de más de treinta años. Pero lo más significativo era su manera, parecía fácil, de jugar con las palabras, de mezclarlas, de unirlas, separarlas o pronunciarlas de forma que tuvieran el sentido, la fuerza y la sonoridad que nadie les había escuchado antes. Devos mismo era la puerta de entrada al absurdo, él representaba esa pizca de realidad cuando en cuatro palabras “Vivimos en el absurdo” ponía al auditorio sobre aviso, como en el caso de las corbatas. Imagínenlo, grande, camisa blanca, corbatín de seda con arabescos, tirantes rojos y pantalón azul cielo oscuro, cara masiva, patillas casi hasta el mentón, ojos vivos y nariz grande, el pelo lo peina hacia atrás como Elvis. Este hombre entra en escena y dice: Vivimos en el absurdo, ayer fui con mi mujer a comprar una corbata. Ella insiste en que me hace falta una corbata. En el almacén encontramos dos hileras de corbatas, a mí me gustan las de la izquierda, pero si lo digo a mi mujer; ella, con seguridad, prefiere las de la derecha, entonces ¿qué hago? le digo que una de la hilera derecha me parece hermosa y ella responde ¡Pero no, esas son muy feas! y escoge una de la hilera izquierda. Una de las que me gusta y la compra. Absurdo ¿no? En el restaurante de “Las tres flacas” presencié la escena siguiente que posiblemente no parezca absurda. Nunca me demoré tanto en dar cuenta de un almuerzo. Lo hice adrede. Tenía por lo menos una hora y media o más antes de la cita y el calor era intenso. El restaurante es una casa de unos cien años con patio cuadrado de canto rodado y fuente en el centro. Alrededor hay un pasillo bajo techo y allí unas mesas. Como en las casas viejas, las habitaciones246-absurdo-3 miran al patio, por supuesto, ahora están habilitadas para los comensales. Ocupo mesa en una de las habitaciones. Hay otras dos mesas, como la mía, con cuatro sillas cada una pero estoy solo. El menú del día es sopa de verduras, carne molida, arroz y tajadas de plátano maduro como plato fuerte acompañado de repollo picado, gelatina de fresa para el postre y café opcional. Una de las flacas, la primera, me anunció el menú entre dientes y lo acepté sin pensar en otra posibilidad. Mientras ella me hablaba un hombre ocupó una mesa a mis espaldas, cuando la primera de las flacas se acercó para decirle el menú no la dejó terminar y sobre las palabras de ella dijo, tráigame lo mismo. Lo miré de reojo apenas salió la primera flaca y no le vi la cara porque la escondió entre sus manos en un gesto de desespero o de inmensa fatiga. Tal vez el calor, pensé. Mientras traen el almuerzo miro hacia el patio. Una pareja ocupa la mesa al otro lado de la fuente, no los vi al llegar, seguro estaban allí porque ya recibieron su servicio. Los observo. En ese momento la segunda flaca trae mi pedido, como sé que tengo tiempo pruebo la sopa despacio, muy despacio. Está más fría que caliente. Mi mirada se cruza con la de la mujer de la mesa más allá de la fuente. Por la forma como acomodan sus brazos en la mesa deduzco que son compañeros de trabajo, sin embargo se me ocurre que la relación puede ir más lejos. Aunque fría, la sopa tiene buen sabor. Los ojos de la mujer se detienen en los míos, un movimiento de sus pestañas parece indicarme que mire hacia abajo, lo hago en el preciso momento en que ella pega un fuerte puntapié al hombre, calculo la fuerza del golpe por el gesto de su boca. He terminado la sopa, los otros platos ya están en la mesa  y al mismo ritmo comienzo el plato fuerte, sé que tengo tiempo. Escucho un ruido de cubiertos, el hombre en la mesa detrás de mí ha terminado su almuerzo y hace ruido a propósito para que una de las flacas venga. No viene ninguna. El arroz, la carne molida y la tajada de plátano están frías también. Hace calor. El hombre a mis espaldas sigue golpeando los cubiertos. No aparece ninguna flaca. Entre un bocado y otro vuelvo a cruzar mis ojos con los de la mujer. Ella sonríe y hace la misma seña, bajo los ojos a tiempo para ver otro puntapié, busco entonces al hombre con la mirada y veo que disimula el dolor. La mujer no me mira y habla a su compañero con aire de autoridad. Como ninguna de las 246-absurdo-1flacas aparece, mi vecino de mesa abandona el lugar. Tengo tiempo y como despacio, casi arroz por arroz, lo hago adrede, ya lo dije. De toda evidencia quien manda es ella. Me pregunto qué habrá hecho o dejado de hacer el hombre cuando la tercera flaca se acercó a mí y preguntó si el almuerzo estaba bien, dije que sí y le pedí un café. La pareja había terminado su almuerzo. Yo apenas iba a comenzar el postre. En el momento de pagar la mujer volvió a cruzar su mirada con la mía. Se levantaron al mismo tiempo, los vi alejarse. En ciento momento, antes de desaparecer bajo el calor de la calle la mujer bajó su mano y pellizcó las nalgas del hombre. El primer café lo trajo la tercera flaca. Pensé que era el último que les quedaba porque era apenas un sorbo, el fondo de una taza. La segunda flaca quiso saber si quería café, le dije que ya me habían traído uno, ¿No quiere repetir? preguntó. Acepté. El segundo café lo trajo la primera flaca, la taza estaba llena hasta la mitad. Lo tomé despacio, como parecía que iba a ser todo ese día. Debe ser el calor, pensé. Un nuevo cliente vino a ocupar el mismo puesto del anterior. La segunda flaca repitió el rito de anunciar el menú y el hombre respondió lo mismo. Al salir la segunda flaca me preguntó si quería más café, dije que no; es gratis, respondió ella; insistí que no, que gracias, recogí mis cosas y fui hacia la salida, la misma que utilizaron el hombre y la mujer. Unos pasos antes de llegar a la puerta me crucé con una pareja que entraba, el hombre parecía ser el dueño de la situación pero lo puse en duda, debe ser el clima, me dije al encontrarme bajo el sol. Miré el reloj, apenas me quedaba tiempo para llegar a la cita…
Argumento. ¿Dónde vives? pregunta el hombre, también puede ser una mujer. No sé responde el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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Miedo

12 noviembre, 2016 § Deja un comentario


Hace algún tiempo escribí el texto que sigue. Por culpa del mismo tiempo y de la virtualidad se traspapeló entre carpetas, otros textos y dibujos. Los acontecimientos de los últimos meses en el mundo: Brexit, No, Trump, me llevaron a buscarlo. El miedo como acicate para estimular las decisiones de muchos es el arma del populismo. Vale ahora repetir la frase ya dicha tantas veces: “…lo que me da miedo es tu miedo…” Aquí va el texto…
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Usted sabe, a mi edad, y a todas las edades el miedo es un compañero escondido pero llega un momento en que es necesario dejarlo, qué digo, no dejarlo, llevarlo con uno, acompañarlo para todas partes y mostrarlo. ¿Mí primer miedo? Cuando era niño, dos o tres años, un muchacho más grande, tendría cuatro años, apenas mayor que yo, me dijo que si moría en ese momento iría derecho al infierno porque yo era un pecador y como aun no estaba bautizado Dios no me había perdonado nada, ni siquiera el primer pecado. Ese día sentí un miedo que no me dejó dormir, solo cerrar los ojos y me veía rodeado de ángeles buenos y malos que se peleaban por mí como en la estampa del moribundo: la familia que lo llora a un lado del lecho, mientras diablos y querubines se baten por apoderarse de su alma en el otro extremo de la imagen detrás de los dolientes.
Nací en una familia numerosa de esas donde el miedo es una necesidad; de esas donde los hijos deben venir al mundo grandes y ojalá con trabajo. Nací en una familia así. Ese miedo era el mismo que nos obligaba a la limpieza extrema para parecer buenos, madrugadores, trabajadores, sin peligro; es la limpieza que combate lo malo, lo que puede poner en peligro la concordia. Recuerdo el trajín de limpiar, lavar, almidonar y hasta voltear el paño de los vestidos cuando comenzaban a desgastarse. ¡Ah! y madrugar, “al que madruga Dios le ayuda”. Si uno no se levanta temprano, nadie, ni siquiera Dios está ahí para ayudar. El miedo nos hace creer que necesitamos de alguien para compartir el susto tan tremendo de despertar, de dejar de soñar, probablemente la única salida posible, aunque a veces los sueños se conviertan en pesadillas pobladas de fantasmas tan temidos como aquellos que asedian a los despiertos. Quién aquí o al otro lado del mar, no ha sentido miedo de correr el riesgo de perder la memoria o de que su mano se vuelva peluda cuando se masturba; quien después de hacerlo no ha temido que con solo tocar una mujer en el hombro, por ejemplo, la pueda dejar preñada. Eso es el miedo a la entrepierna y lo digo así para situar un lugar que cualquier persona en el mundo, hombre o mujer, sabe dónde queda y para qué sirve.245-miedo-2
El miedo hoy no es distinto al que narraba Maupassant en 1882 en El miedo precisamente. Lo que ha cambiado es su origen. En esa época el temor era el resultado del valor de los aventureros, los únicos capaces de viajar a través de desiertos inhóspitos o presenciar encuentros con seres venidos de ultratumba. “Passepartout” por ejemplo, nunca dominó el miedo de verse elevado más allá de la altura de una silla pero, a pesar de él, navegó entre nubes aferrado a su jefe, Phileas Fogg. Hoy ya no hay que ir tan lejos para sentir miedo. Todo el mundo lo sabe a quien hay que temer es a los vivos, los muertos están enterrados con sus miedos y están bien donde están.
Lógicamente, no digo que ya no exista la aventura, mire los escaladores del Everest, o los astronautas. Ellos producen emoción, adrenalina, que en general se asimila con un cierto tipo de heroísmo, pariente cercano del miedo. Llamemos a eso el miedo comercial, el que produce héroes y además vende la aventura de los otros, como cualquier producto de consumo. Sin embargo, el miedo que me da miedo y es la razón por la cual estoy aquí, sentado en esta mesa de trabajo es distinto. Es el miedo a la oscuridad, a los carros grandes, a hablar con desconocidos, a la soledad, a dormir solo, a viajar sobre todo en avión, a los perros sueltos, a las pesadillas, a la muerte, al calor, al frío, a la sal, a los políticos mentirosos, a los paras, a los guerrilleros, al fascismo, a la mentira, al terror, a la represión, a hacer el amor sin condón, a los jóvenes, a los colegas, al ruido, al cáncer, al sida, al silencio, al agua, a las tormentas, a los rayos, al mar, a los malos, a los buenos, al pecado, a los chismes, al rock, a las barras bravas, a la policía, a la sangre, al olvido, a la confesión, a los curas, a las monjas, a las entrevistas en la radio, a la inquisición, en fin.
Roland Topor, un amigo a quien conozco por sus dibujos pero amigo al fin y al cabo, contó en uno de sus textos que en una época salía todas las mañanas para recoger las pesadillas de la gente en sus casas. Iba de puerta en puerta como un vendedor. Siempre le abrían, pero cuando nadie asomaba o se sentía observado por el ojo del vigía, deslizaba su tarjeta de visita, “Roland Topor. Comprador de pesadillas”, por debajo de la puerta y esperaba que surtiera efecto. Las personas al ver que se podían deshacer de sus pesadillas lo dejaban entrar, le ofrecían café o alguna bebida fresca si había sol y se deshacían de ellas. Topor escuchaba, tomaba nota, a veces hacía esbozos de figuras y luego las ordenaba en su maletín. Al atardecer, después de la jornada cada día por un sector distinto de la ciudad, regresaba a su casa, descansaba en un sillón mientras esperaba que el el agua para el té hirviera y luego, mientras lo consumía a pequeños sorbos analizaba las pesadillas del día ordenadas sobre la mesa de trabajo.
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La idea se me ocurrió el mismo día, en el mismo instante en que leí la narración de Topor. Me convertí en recogedor de pesadillas. Podemos convivir con las pesadillas, me dije, las contamos, las reconstruimos pero no somos capaces de reproducir el miedo que nos causan, es superior, no tiene forma ni medida y por lo tanto sucumbimos. Decidí hacer que los pacientes, así los llamé, me contaran sus miedos pero como no tengo la habilidad de Topor para dibujar, los grabé y los guardé, ellos fueron la base de trabajo para llegar donde he llegado. Eran tiempos distintos. Hoy difícilmente abrimos la puerta. La necesidad de ampliar mi espacio de influencia me llevó a observar los pacientes en la calle, en los restaurantes, en los grandes almacenes o incluso en sus propias casas. Recuerdo una ocasión, al discutir con un paciente sobre la remesa de sus miedos, le comenté que nadie tenía la hora correcta y que el desfase permanente entre relojes análogos o digitales y computadoras era corriente. Esta situación, le dije, lleva a encontrar entre las lecturas de la hora momentos muertos o incluso, segundos desaparecidos. El hombre no podía dar crédito a mis palabras y sin decir nada dejó su paquete de temores sobre la mesa y se fue. Al revisar el paquete de miedos que dejó abandonado, descubrí que su temor a la gobernabilidad del tiempo y por consiguiente a una vejez prematura lo llevó a invertir el mecanismo de los relojes que encontraba a su paso hasta que una mañana fue descubierto, encarcelado sin ningún miramiento por atentado contra la paz pública, considerado como un peligro para sociedad y por lo tanto, esto lo agrego yo, fuente de miedo para sus congéneres.
Fernando Savater dice que los medios son el foro de esta era. Tiene razón. Solo que desde cuando el consumo tomó valor de ideología, el miedo se convirtió en su religión y los medios en púlpitos tecnológicos ocupados por sacerdotes clasificadores del miedo de los otros y hasta cierto punto sus dueños. Hay dos tipos de gentes, hombres o mujeres. Los de a pie que necesitan apoyo y conciben su propia penitencia, gentes sin norte que deben buscarse para no caer en pérdidas de tiempo inútiles, tenemos poco tiempo hoy en día. Pero también están los otros: los padres de la patria o los famosos. Estos llevan el temor predispuesto hacia los otros, no hacia ellos como sucede con los necesitados. Su temor resulta de una culpa que adjudican al otro porque están en la búsqueda constante de un culpable. Cuando un personaje comienza a atribuir sus temores a otro, la banalidad esa otra forma de expresar el miedo, terror, de no llegar a ser, por lo menos, una imagen descolorida de los paradigmas que ganan y gastan millones cuando la mayoría no tiene donde caer muerta o no lograr las proezas de aquellos sementales capaces de hacer el amor siete noches con sus días sin parar, entra en juego. Algo de morboso se mueve en todo esto, lo admito, cuando se reconoce el miedo que se encuentra en el placer pequeño de un pellizco que produce la zozobra del otro. No es mi miedo, pero como hay quien dice que se debe temer lo temido, es el miedo de los otros lo que más temo…245-miedo-4
Argumento. ¡Qué miedo! Así comienza la historia…
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Retratos

5 noviembre, 2016 § Deja un comentario


Una hoja en blanco. Letras negras. Palabras, frases y líneas sin ayuda previa. La cara se construye a partir de la línea que describe la nariz. Los ojos, uno más arriba que el otro, delimitan la altura de la cabeza y miran a quien está en frente, al otro lado del papel, al otro lado del vidrio, de la mano, de las letras, incluso de los ojos de quien escribe. La boca o lo que está en su lugar, es un grupo frases con punto definido, claro; no es una boca perfecta, son palabras bruscas a veces, que apoyan lo que se dice de los ojos. La línea que indica el lugar de la nariz es la misma que baja hasta el cuello y allí se encuentra con otras que suben hasta los hombros y construyen el cuerpo. Nada está en su lugar, las pausas entre letras, comas, puntos y los accidentes del papel contribuyen al tono del retrato. No es el retrato público de  una persona, es lo que lleva dentro, es su inventario, su contenido. Es su yo. Los bordes del papel no son irregulares. La gota de tinta que manchó la hoja no es un accidente dice el artista…
244-retratos-1Retrato de desconocida. Alguien que quería conocerla me pidió hacer su retrato y entonces la busqué. Creí encontrarla en todas partes, hice cientos de estudios desde todos los ángulos, en todas las poses, naturalmente sin que falseara su expresión. No logré encontrar el otro lado de su presencia y busqué ayuda. Un amigo, que ya se había encontrado en la misma situación, me aseguró una noche mientras tomábamos unos vinos que era fácil distinguirla, mira casi siempre para otro lado y en las contadas ocasiones en que aparenta hacer frente a la situación como no tiene cara que la sostenga, busca apoyo en el dorso de su mano con un cierto dejo de yo no fui. Es su pose preferida, no le busques otra, porque si se la encuentras ya no es ella. Me puse en la tarea de encontrarla y después de repetir sin descanso dibujo tras dibujo. Lo más cercano que logré fue una hoja en blanco.
Retrato inocente. La inocencia se reconoce entre otros síntomas por un dolor como de mordisco en el dedo índice de la mano derecha o izquierda, si el sujeto es zurdo. A partir de ese momento el caso es irreversible y el paciente cae en una depresión que aumenta con el paso del tiempo. Se vuelve alérgico a todo, incluido el medio ambiente. No se debe exponer a la luz eléctrica, ni solar, bajo ninguna circunstancia y debe cambiar sus hábitos alimenticios por completo. Dejará las grasas, las harinas, las verduras y sobretodo los líquidos. Olvidaba lo principal, los colores y la trementina o la mirada de otro ojo a través de una lente fotográfica en especial tienen efectos secundarios devastadores, si por alguna razón el infeliz necesita una imagen suya para cualquier efecto, bien sea legal o de placer, no se verá o será totalmente distinta del original, el mal lo revela todo y en general quienes pasando por esa prueba: la inocencia recuperada y se someten a la reproducción de su imagen, terminan con trastornos graves de la mente ya que al desaparecer o verse  distintos, en el lienzo o en el papel, piensan que son otros y cambian de actitud, de costumbres y hasta de personalidad.244-retratos-2Retrato mojado por la lluvia. La lluvia cae, se acomoda, se desliza por las ranuras, cubre todas las formas, hasta las más extrañas; comienza por humedecer y cuando uno menos piensa, moja. Mientras más innocua, más incisiva. La lluvia reta el deseo de observarla de lejos, al abrigo y obliga a sucumbir bajo su continuo devenir de gotas: a corrientes, a nubes, a cielos, hasta dejarnos abandonados al placer de compartirla, de jugar con agua. Tuve con ella un encuentro inesperado cerca al mar. Ese día se vistió de todos los colores asumiendo como siempre, el entorno en sus reflejos. Mientras la conversación avanzaba ella caía, unas veces color nube, otras verde mar y otras oscuro asfalto. Me dijo que había hecho su parte en espacios donde la humedad reflejaba la dimensión de la gente y los objetos frente a ella. Mientras escucho su voz la veo bajar por el vidrio, ¿de qué lado?, no lo sé, pero estoy empapado. Del otro lado, allá donde creo que ella cae, me hace señas, me invita para que entre o salga, cuando lo hago, encuentro mi reflejo en el pavimento al lado de un poste.
Retrato en miniatura. Para ver los detalles de mi composición las personas se acercan casi hasta tocarme con la mirada. Hay quienes miran y no ven nada particular, otros ven cosas que yo no imaginé nunca que tenía. Me he visto solo una vez, el día en que me cambiaron de lugar. Recuerdo que tuve una rápida visión de mi en un espejo que por accidente pasó a mi lado. Me vi como un paisaje de horizonte lejano bajo un techo de nubes de altura descomunal para mi tamaño, también me pareció reconocer el retrato de una dama en reposo, insinuado por las nubes de mi cielo. Alguna vez escuché decir que al mirarme, con la ayuda de una lupa, alguien había escuchado el viento que cambiaba constantemente mis nubes de forma y de lugar, otro se sentó frente a mi con unos audífonos mientras escuchaba el canto de unas aves que, según él, tenían su nido en un árbol casi invisible en mi horizonte. He descubierto que tengo un talento especial para hacer que quienes me miren se sientan reflejados en mi interior; por eso, en las noches cuando ya todos se han ido y sólo queda la luz del alumbrado público en la distancia, imagino para el día siguiente aventuras fantásticas con caballos que galopan hacia el horizonte o risas de alegría al comienzo de un día de campo; también dejo escuchar el ritmo de la lluvia. Otras veces, culpa de la fatiga, me convierto en campo de batalla marcado por trincheras, gritos de dolor y explosiones, el humo de los incendios me cubre por completo y solo queda de mi una nube gris. Cuando la noche es así prefiero que al día siguiente nadie me mire.244-retratos-3Retrato con modelo. Estoy desnuda en el centro de un salón rodeado de espejos. No muevo los ojos pero adivino que mi cuerpo se repite inmóvil hasta el infinito. Me siento sola allí parada sobre el pedestal no muy alto. Aunque me sé rodeada y observada de todos lados, continuo sin moverme. Crearé la figura de la dignidad, mi talento debe llevar a quienes me observan a interpretar el contenido de la figura. Hoy el ejercicio es particular porque estoy decidida a dar tres interpretaciones. Para quienes me ven de perfil, tomé el lugar de la reina Neferati en su retrato funerario con la figura rígida, las manos volteadas y los senos pequeños, mis senos se empequeñecieron. Los que están a mis espaldas, tendrán la visión de una de las mujeres que se aleja en “La escuela de Atenas”. Aquellos que están en frente verán una de las Odaliscas con su turbante rojo de franjas blancas y la mirada baja.
Cuando cambie a la nueva figura, la del desengaño, es posible que un llanto silencioso comience a aparecer dibujado en las hojas de los presentes. Cuando decida la siguiente figura será tarde ya y la dejaremos para la sesión siguiente. Luego caminaré hasta mi casa intentando rehacer la dignidad en el reflejo de los charcos que ha dejado la lluvia.
Retrato perseverante. La modelo, una joven graciosa y menuda, se recostó desnuda en un sofá estilo Madame de Recamier, con una seda roja, como único elemento de utilería, en su mano. Ella, contorsionista de profesión, hizo su primera aproximación al tema con una pose donde un tejido de piernas, brazos y seda eran demasiado complejos para significar la figura. El profesor dijo que la actitud debía ser algo más sencillo y solicitó a los presentes hacer aportes a la composición. Alguno pidió que su brazo derecho abrazara la pierna izquierda. Otro, que si su cabeza podía inclinarse hacia atrás, hasta el punto en que, con la ayuda de un espejo su ojo derecho mirara hacia arriba y el izquierdo hacia abajo. Alguien que venía poco al taller, sugirió que si la seda roja hacía parte de la imagen la sujetáramos alrededor del cuerpo para crear pliegues y formas diferentes entre piel y tela. Estuvimos de acuerdo en que la figura era armónica pero compleja. Como la perseverancia, anotó el profesor, dibujaremos su contorno, las líneas que la forman y todo lo que hay a su alrededor, así ella se rodeará de todo aquello que le da significado y aunque su interior sea complejo, siempre parecerá sencillo.244-retratos-4Argumento. Lo primero es nada. El resto cambia al final. Así comienza el retrato…
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