Trinchera en la sala de espera

29 octubre, 2016 § Deja un comentario

243-guerra-1Pocos conocen esta historia, la referencia de hechos similares es escasa, por no decir ninguna. Dejo en su entendimiento la posibilidad de enriquecerla, encontrarle variables o, sencillamente, creerla…
“… Cuando llegaron lo hicieron por caminos distintos. Incluso entraron a la sala de espera por puertas distintas. Nada presagiaba lo que se vendría encima. Desde que entraron, al mismo tiempo, y vieron que el único lugar libre era un sofá de material negro, imitación cuero pensaron ambos, comenzó esa suerte de tira y afloje que no los abandonaría más. Movidos por una fuerza independiente, cada uno se dirigió a una punta del sofá. Ella a la derecha, cerca a la ventana que mira sobre un parque; él a la izquierda, del lado de la puerta del consultorio. La sala era amplia, con espacio para unas quince personas cómodamente sentadas ojeando revistas viejas de chismes del corazón o de la política. Todos esperan. Para ambos era la primera vez y no conocían el orden de la acción.
La duda de quién, llegado el momento, sería atendido primero, sobrevino simultáneamente y como un mecanismo de defensa que se activa al menor impulso buscaron el distribuidor de fichas numeradas que determina orden de llegada. Buscaron cerca de las puertas, al lado de la planta de plástico, detrás de los sillones, por ningún lado había un aparato que estableciera ese orden indispensable. Sus miradas se cruzaron y como era de esperar se rechazaron.
Cuando intentaron elegir una revista, ambos cayeron sobre la misma y por segunda vez sus miradas se cruzaron. Cada uno sostuvo su punta sin aflojar. Por casualidad, un tercero, no recién llegado, los obligó a ceder cuando hizo el intento de tomar la misma revista pero desde el lado opuesto del arrume en el centro de la sala. Fue el inicio de lo que iba a seguir. La guerra quedó declarada. Por supuesto, era una guerra silenciosa. Como ninguno de ellos se hubiera atrevido a una provocación abierta frente a un público desconocido porque no había razón para que se disputaran, iniciaron operaciones encubiertas de reconocimiento y esperaron el momento para lanzar la ofensiva que dejaría al otro sometido. Se estudiaron de reojo con la esperanza de que el otro no lo notara. Se observaron al detalle: la pose, la ropa, las piernas, los brazos, la cabeza, el peinado. Confirmaron cierta incomodidad recíproca y llegaron a creer que no se atraerían nunca. Decidieron, cada uno por su lado pero pareció que lo hicieran de común acuerdo, que si pudieran elegir una persona para partir con ella a una isla desierta, no sería, por nada del mundo, el personaje vecino.243-guerra-2Disimulados tras revistas que no leían, se prepararon para un ataque o, nunca se sabe, para una defensa. Todo el tiempo, que no notaron cuándo transcurrió, lo pasaron en las trincheras del campo de batalla que no iba más allá del sofá de cuero, imitación cuero, que los separaba. Cavaron zanjas, levantaron alambradas, construyeron nidos, prendieron hogueras para disimular detrás del humo sus intenciones y se armaron para atacar o defender con tijeras de poda, lo más adecuado que encontraron en las revistas a mano, él en un anuncio que salió en una revista del corazón, ella, en el mismo anuncio pero en una revista de actualidad política.
Coincidieron en todo, incluso en la posición de maniquí a la expectativa. Por eso no se dieron cuenta, cuando una mujer rubia, con flores en el peinado y figura de llamarse Silueta, que parecía venida de otra historia, apareció en la puerta para pedir paciencia. No escucharon a la rubia.
Si ella consideraba los zapatos de él; él ya estaba listo para averiguar si ella, al final de sus largas piernas, llevaba aparejos suficientes para resistir un campo minado y pantanoso como el que habían sembrado. Si a él se le ocurría pensar en una táctica para socavar aún más la tierra de nadie entre ellos; ella ya había encontrado la solución para recibir cualquier confrontación por ese costado.
Debió aparecer entre ellos algún signo de energía sin control porque nadie, y después llegaron otros pacientes, ocupó el espacio del sofá entre ellos, la tierra de nadie. Tampoco nadie les prestaba atención. Los otros parecían inmersos en la lectura de revistas y el silencio, total por largos períodos, era sólo interrumpido por motores que se alejaban, sirenas que presagiaban urgencia, alarmas de celulares o, algunas pocas veces, timbres que anunciaban visitas. De resto nada. Las caras escondidas, los contendientes a la espera, la batalla silenciosa en curso.
Así era la situación a las once y treinta y cinco cuando un murmullo comenzó a tomar forma. No se trató de una protesta por el descontento creciente entre quienes sufrían en tiempo real las escaramuzas, era, simplemente, una conversación represada entre dos mujeres que llegaron juntas. La monotonía sin fin del comadreo acabó por llamar la atención de los contendientes, sin embargo, lo que verdaderamente causó el desequilibrio que los llevaría hasta las últimas consecuencias fue la presencia que apareció en la sala de espera cuando la conversación entre las mujeres estaba ya bien avanzada. No es importante saber si era presencia de hombre o de mujer. Lo que es cierto es que sin miramiento alguno, sin pedir permiso ni mostrar duda, se acomodó en la mitad del sofá de cuero negro, imitación cuero, tierra de nadie entre los contendientes.243-guerra-3La falta de nombres que identifiquen las partes en conflicto puede llevar a equívocos. Es necesario insistir, entonces, que, ignorantes de como se llamaba el otro, los contendientes hicieron especial énfasis en diferenciar sus ropas como uniformes de ejércitos opuestos y por eso no reconocieron en la presencia que surgió entre ellos, las formas de una mujer o de un hombre pero quizá sí, las de un animal o las de un elemento. Para no especular, ambos vieron que una mezcla de suavidad y calor entre el algodón y el fuego, tomó forma.
Esta presencia desequilibró la calma aparente. Todo aquel que toma parte en una batalla a campo o mar abierto sabe que la calma que precede el momento es solo aparente. “Calma chicha” la llaman. La “calma chicha” se rompió y se podría decir que a la misma señal, o sea, la aparición de la forma que poco a poco tomó definición propia, los presentes en la sala, abandonaron su ausencia detrás de las revistas y dejaron correr sus ojos hasta los personajes que, al sentirse observados, tomaron posiciones. Vistieron cascos protectores, con penachos rojos o amarillos de aves de alto vuelo y, con las tijeras de poda iniciaron el movimiento final. La emprendieron por los costados, intercambiaron cortes y pulimentos, todo aquello que se inició con la agresividad del combate a muerte continuó con la misma agresividad, quizá sintieron que el fuego los abrazaba sin quemarlos como una señal de avance. Podaron, dieron forma, agregaron donde había que agregar y eliminaron sobrantes, sin embargo no dominaron el fuego del combate, tampoco intentaron apagarlo, lo avivaron.
El silencio en la sala de espera era profundo, sólo los motores lejanos, las sirenas y los timbres interrumpían el silencio concentrado de los presentes. La rubia que parecía venida de otra historia salió de nuevo a hacer su anuncio pero no lo hizo, a todas luces los contendientes del sofá negro, imitación cuero, tierra de nadie, en pleno fragor de su encuentro atizado por las llamas del rechazo, se habían adelantado. El combate que estaba comisionada para anunciar a los presentes ya había iniciado. Después de eso tenía poco para decir…”
Uno de los presentes aquel día me refirió lo sucedido con la condición de que no mencionara nombres o lugares, sólo hechos. Si no lo hace así, agregó, diré que todo es invención suya, además, ¿quién va a creer que batallas como aquella tengan sitio entre gentes como nosotros?
Argumento. Tendremos sol dijo el hombre al mirar el cielo desde la ventana de la habitación. Lloverá respondió la mujer desde el otro lado de la habitación. Paraguas o sombrilla se preguntan y comienza la historia…


Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara /2011/2016

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Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com

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