El pasajero de la silla 7D

15 octubre, 2016 § Deja un comentario

241-pasajero-1Subo a un avión. Mi puesto es el 7E, el de mi mujer el 7F y el del vecino el 7D. Menciono primero mi lugar porque es el de la fila del centro, el que necesita pedir excusas para salir al pasillo o mirar por la ventanilla; es un puesto incómodo que nadie quiere. Si lo jugara a la cara y sello con mi mujer o con el vecino, seguramente lo ganaría. Entonces no lo juego, lo asumo sin resistencia. Además, es una costumbre familiar, cada vez que subimos a un avión mi mujer va en el puesto de la ventanilla y yo en el centro, salvo las raras ocasiones en que nos toca en filas separadas. Esta vez también ocupé la silla del centro en la fila 7. El pasajero del puesto 7D, el del pasillo, se demoró en llegar y me dio tiempo para calcular lo que haría si, como ha sucedido algunas veces, no llega nadie. Haría lo más sencillo. Dejar el espacio libre entre mi mujer y yo, una suerte de tierra de nadie, donde podríamos expandirnos hasta más no poder durante las tres horas y veinticinco minutos que, en palabras del capitán, duraría el vuelo. Pero el pasajero de la silla 7D llegó. Llegó agitado, con gafas de sol y un maletín que por poco no cuadra en el compartimento encima de nuestras cabezas. No lo había dicho aun, lo digo ahora, eran las nueve y treinta de la noche. Lo primero que hizo al ocupar su puesto fue cambiar su cinturón de seguridad con el mío, quizá las gafas oscuras lo confundieron, se disculpó por el error con una medio mirada sobre la montura, se quitó las gafas, las guardó en una bolsa de plástico transparente que llevaba en la mano y las cambió por una máscara de seda negra y brillante para dormir; se la puso, no dijo nada, no saludó ni se despidió con un buenas noches, por ejemplo, antes de taparse los ojos. A los diez segundos tenía la boca abierta de los que duermen sentados. Se debe llamar Porfirio, me dije. No sé por qué ese nombre fue lo primero que me vino a la cabeza. Porfirio. No conozco muchos Porfirios. Un Presidente de México, de apellido Díaz; el playboy dominicano de apellido Rubirosa; el pintor, también mexicano, de apellido Salinas y otros de apellidos comunes, futbolistas con seguridad. A este Porfirio no le encuentro apellido ni tampoco una profesión que lo ponga en la pasarela de la fama, iría en clase ejecutiva, pero es grueso, es decir, con barriga y no muy alto; no lleva bigote pero es como si lo llevara, su labio superior delgado y levantado, plegado hacia arriba sobre la extensión de la boca proyecta una sombra bajo la nariz que parece un bigote. Se durmió en el mismo instante en que se puso la máscara. Lo agradecí porque no estaba dispuesto a entablar conversación sobre el mal tiempo o el buen fútbol y él tampoco, lo demostró desde su llegada. Sin embargo, a pesar de que no esperaba una velada de amigos me sorprendió la rapidez de su sueño. Duerme mucho y pronto o duerme poco y cuando la ocasión se presenta cae rápido. Entonces sucedió algo inesperado, se presentó el primer impasse: mi mujer quiso ir al baño, con dos miradas y tres empujones disimulados en mi brazo anunció la necesidad urgente. Pasar por el espacio estrecho entre sillas y entre espaldares y rodillas es proeza de malabarista. Porfirio levantó la punta de la máscara y me miró con la mitad del ojo derecho cuando le anuncié la urgencia de mi mujer. Levantó la máscara hasta la mitad de la frente, estiró las piernas y como si viniera de salir de un sueño al que todavía le falta se levantó tambaleante y se plantó en el pasillo del avión sostenido en el espaldar de las sillas delante de la nuestra. Mi mujer salió, no sin dificultad, Porfirio me miró por debajo de la máscara, claro que también miro y quizá renegó sin aspavientos el paso de mi mujer y se dejó caer en su puesto con la máscara sobre los ojos, la boca abierta y sueño a flor de piel. 241-pasajero-2Al regreso de mi mujer el procedimiento se repitió. Porfirio hizo lo mismo pero en sentido inverso y volvió a quedar en su silla como al principio: lejos, abandonado por el mundo, perdido en su nebulosa. El segundo round, ¿podríamos llamarlo round como si se tratara de un combate entre Porfirio y el sueño, vino minutos después del regreso de mi mujer. Llegó la comida. Las azafatas, siempre tan graciosas, tan risueñas, tan puntuales, lo sacaron de donde estaba para preguntarle si quería comer. Su primera reacción fue calcada al momento en que levantó la punta derecha de su máscara para mirarme con medio ojo; la diferencia ahora fue que levantó la punta izquierda para mirar a la azafata, dudar, intentar escuchar mejor, salir del sueño y decir a la joven risueña de pie a su lado que no quiere comer o que quiere solo un jugo de manzana. La azafata, joven, flaca y alta, demasiado alta para su función, se plegó en dos para escuchar el pedido de Porfirio primero y luego para servirlo. Mientras tanto él, a pesar de que parecía despierto, por lo menos tenía la máscara a la altura de la frente y los ojos descubiertos, medio cerrados pero descubiertos, parecía hundido, cómo decirlo: absorbido por la silla. Mi mujer y yo pedimos sendos platos del menú al aire, incluso pedí un whisky, algo que no hago con frecuencia. El tiempo se hacía eterno, no era posible olvidar  o por lo menos ignorar que íbamos a estar codo a codo por lo menos tres horas y media. Después de la comida Porfirio quedó hundido en su silla a pesar de que solo tomó jugo y poco a poco se deslizó a una posición horizontal, sus hombros se cayeron, su boca se abrió hacia abajo y sus brazos se deslizaron a los lados. Quizá es posible decir que duerme plácidamente a pesar de uno que otro sobresalto y movimientos inesperados de sus brazos y piernas seguramente originados en el sueño. Entonces apareció el tercer impasse. Soy yo quien se quiere levantar, caminar un poco por el pasillo, mirar si hay otros Porfirios en el avión e ir al baño. Para lograrlo sin pasar por las piruetas de los malabaristas debería despertar a Porfirio. Sucedió, entonces, algo particular: él duerme lo que duerme cuando y como el momento se lo permite y no encontré una razón de peso para despertarlo. Caminar por el pasillo, ir al baño o identificar los otros Porfirios del vuelo es quizá un capricho sin interés; además, el temor a una reacción de dormido, sin control, como si una pesadilla le cayera encima me obligó a dudar. Antes de cualquier deseo, se plantó frente a mí o a mi lado, el sueño de Porfirio. Qué interés podía ser tan urgente como para despertar un hombre que duerme a pierna suelta en un lugar incómodo y se desliza hasta parecer acostado en una cama de verdad. Porfirio debía ser un hombre sin afugias con la facilidad o el talento para dormir sin afanes donde fuera, hasta en un filo. Solo cerrar los ojos le es suficiente y todo, absolutamente todo: afugias, dudas, incluso el hambre, cede su lugar al sueño. A estas alturas del encuentro; mejor quizá, obligación que de a pocos se convierte en coincidencia, decidí unirme a Porfirio. Como dicen en mi tierra: “si no puedes con tu enemigo únete a él”. Decidí dormir yo también, sin máscara, claro está.241-pasajero-3Dormí hasta el momento en que la azafata, otra, menos alta tan bonita como la anterior pero menos joven, trajo los papeles de inmigración. Porfirio los recibió primero y al contrario de los despertares anteriores levantó con franqueza la máscara, enderezó el cuerpo, pareció renacer de sus cenizas, buscó un lapicero en la bolsa de plástico y con una diligencia extraña para alguien que estaba, no, que está dormido, los llenó a la velocidad del rayo; no tenía la intención de perder instantes de sueño preciosos por mínimos u obligatorios que fueran. Con seguridad iba, en los sueños uno va como en un viaje, en un trance irrepetible. Llenó los formularios, los puso en la bolsa de plástico, bajó la máscara sobre sus ojos y se redujo de nuevo en la silla como si el sueño lo consumiera. En cuanto a mí, el temor ya mencionado e infundado estoy seguro, me impedía incomodar a Porfirio y sacarlo de su sueño para pasear por el pasillo o ir al baño; su dormir me impedía obligarlo a levantarse y esperar mi regreso. Entonces yo también, hasta el final del vuelo, dormí sin soñar o con el sueño de su sueño en mi dormir. Es lo que recuerdo ahora…
Argumento. La historia comienza con un hombre que dice: les voy a contar un sueño…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2016

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Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com

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