Trinchera en la sala de espera

29 octubre, 2016 § Deja un comentario


243-guerra-1Pocos conocen esta historia, la referencia de hechos similares es escasa, por no decir ninguna. Dejo en su entendimiento la posibilidad de enriquecerla, encontrarle variables o, sencillamente, creerla…
“… Cuando llegaron lo hicieron por caminos distintos. Incluso entraron a la sala de espera por puertas distintas. Nada presagiaba lo que se vendría encima. Desde que entraron, al mismo tiempo, y vieron que el único lugar libre era un sofá de material negro, imitación cuero pensaron ambos, comenzó esa suerte de tira y afloje que no los abandonaría más. Movidos por una fuerza independiente, cada uno se dirigió a una punta del sofá. Ella a la derecha, cerca a la ventana que mira sobre un parque; él a la izquierda, del lado de la puerta del consultorio. La sala era amplia, con espacio para unas quince personas cómodamente sentadas ojeando revistas viejas de chismes del corazón o de la política. Todos esperan. Para ambos era la primera vez y no conocían el orden de la acción.
La duda de quién, llegado el momento, sería atendido primero, sobrevino simultáneamente y como un mecanismo de defensa que se activa al menor impulso buscaron el distribuidor de fichas numeradas que determina orden de llegada. Buscaron cerca de las puertas, al lado de la planta de plástico, detrás de los sillones, por ningún lado había un aparato que estableciera ese orden indispensable. Sus miradas se cruzaron y como era de esperar se rechazaron.
Cuando intentaron elegir una revista, ambos cayeron sobre la misma y por segunda vez sus miradas se cruzaron. Cada uno sostuvo su punta sin aflojar. Por casualidad, un tercero, no recién llegado, los obligó a ceder cuando hizo el intento de tomar la misma revista pero desde el lado opuesto del arrume en el centro de la sala. Fue el inicio de lo que iba a seguir. La guerra quedó declarada. Por supuesto, era una guerra silenciosa. Como ninguno de ellos se hubiera atrevido a una provocación abierta frente a un público desconocido porque no había razón para que se disputaran, iniciaron operaciones encubiertas de reconocimiento y esperaron el momento para lanzar la ofensiva que dejaría al otro sometido. Se estudiaron de reojo con la esperanza de que el otro no lo notara. Se observaron al detalle: la pose, la ropa, las piernas, los brazos, la cabeza, el peinado. Confirmaron cierta incomodidad recíproca y llegaron a creer que no se atraerían nunca. Decidieron, cada uno por su lado pero pareció que lo hicieran de común acuerdo, que si pudieran elegir una persona para partir con ella a una isla desierta, no sería, por nada del mundo, el personaje vecino.243-guerra-2Disimulados tras revistas que no leían, se prepararon para un ataque o, nunca se sabe, para una defensa. Todo el tiempo, que no notaron cuándo transcurrió, lo pasaron en las trincheras del campo de batalla que no iba más allá del sofá de cuero, imitación cuero, que los separaba. Cavaron zanjas, levantaron alambradas, construyeron nidos, prendieron hogueras para disimular detrás del humo sus intenciones y se armaron para atacar o defender con tijeras de poda, lo más adecuado que encontraron en las revistas a mano, él en un anuncio que salió en una revista del corazón, ella, en el mismo anuncio pero en una revista de actualidad política.
Coincidieron en todo, incluso en la posición de maniquí a la expectativa. Por eso no se dieron cuenta, cuando una mujer rubia, con flores en el peinado y figura de llamarse Silueta, que parecía venida de otra historia, apareció en la puerta para pedir paciencia. No escucharon a la rubia.
Si ella consideraba los zapatos de él; él ya estaba listo para averiguar si ella, al final de sus largas piernas, llevaba aparejos suficientes para resistir un campo minado y pantanoso como el que habían sembrado. Si a él se le ocurría pensar en una táctica para socavar aún más la tierra de nadie entre ellos; ella ya había encontrado la solución para recibir cualquier confrontación por ese costado.
Debió aparecer entre ellos algún signo de energía sin control porque nadie, y después llegaron otros pacientes, ocupó el espacio del sofá entre ellos, la tierra de nadie. Tampoco nadie les prestaba atención. Los otros parecían inmersos en la lectura de revistas y el silencio, total por largos períodos, era sólo interrumpido por motores que se alejaban, sirenas que presagiaban urgencia, alarmas de celulares o, algunas pocas veces, timbres que anunciaban visitas. De resto nada. Las caras escondidas, los contendientes a la espera, la batalla silenciosa en curso.
Así era la situación a las once y treinta y cinco cuando un murmullo comenzó a tomar forma. No se trató de una protesta por el descontento creciente entre quienes sufrían en tiempo real las escaramuzas, era, simplemente, una conversación represada entre dos mujeres que llegaron juntas. La monotonía sin fin del comadreo acabó por llamar la atención de los contendientes, sin embargo, lo que verdaderamente causó el desequilibrio que los llevaría hasta las últimas consecuencias fue la presencia que apareció en la sala de espera cuando la conversación entre las mujeres estaba ya bien avanzada. No es importante saber si era presencia de hombre o de mujer. Lo que es cierto es que sin miramiento alguno, sin pedir permiso ni mostrar duda, se acomodó en la mitad del sofá de cuero negro, imitación cuero, tierra de nadie entre los contendientes.243-guerra-3La falta de nombres que identifiquen las partes en conflicto puede llevar a equívocos. Es necesario insistir, entonces, que, ignorantes de como se llamaba el otro, los contendientes hicieron especial énfasis en diferenciar sus ropas como uniformes de ejércitos opuestos y por eso no reconocieron en la presencia que surgió entre ellos, las formas de una mujer o de un hombre pero quizá sí, las de un animal o las de un elemento. Para no especular, ambos vieron que una mezcla de suavidad y calor entre el algodón y el fuego, tomó forma.
Esta presencia desequilibró la calma aparente. Todo aquel que toma parte en una batalla a campo o mar abierto sabe que la calma que precede el momento es solo aparente. “Calma chicha” la llaman. La “calma chicha” se rompió y se podría decir que a la misma señal, o sea, la aparición de la forma que poco a poco tomó definición propia, los presentes en la sala, abandonaron su ausencia detrás de las revistas y dejaron correr sus ojos hasta los personajes que, al sentirse observados, tomaron posiciones. Vistieron cascos protectores, con penachos rojos o amarillos de aves de alto vuelo y, con las tijeras de poda iniciaron el movimiento final. La emprendieron por los costados, intercambiaron cortes y pulimentos, todo aquello que se inició con la agresividad del combate a muerte continuó con la misma agresividad, quizá sintieron que el fuego los abrazaba sin quemarlos como una señal de avance. Podaron, dieron forma, agregaron donde había que agregar y eliminaron sobrantes, sin embargo no dominaron el fuego del combate, tampoco intentaron apagarlo, lo avivaron.
El silencio en la sala de espera era profundo, sólo los motores lejanos, las sirenas y los timbres interrumpían el silencio concentrado de los presentes. La rubia que parecía venida de otra historia salió de nuevo a hacer su anuncio pero no lo hizo, a todas luces los contendientes del sofá negro, imitación cuero, tierra de nadie, en pleno fragor de su encuentro atizado por las llamas del rechazo, se habían adelantado. El combate que estaba comisionada para anunciar a los presentes ya había iniciado. Después de eso tenía poco para decir…”
Uno de los presentes aquel día me refirió lo sucedido con la condición de que no mencionara nombres o lugares, sólo hechos. Si no lo hace así, agregó, diré que todo es invención suya, además, ¿quién va a creer que batallas como aquella tengan sitio entre gentes como nosotros?
Argumento. Tendremos sol dijo el hombre al mirar el cielo desde la ventana de la habitación. Lloverá respondió la mujer desde el otro lado de la habitación. Paraguas o sombrilla se preguntan y comienza la historia…


Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara /2011/2016

ficcion-la-editorial-1Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com

Anuncios

Un pedazo de historia

22 octubre, 2016 § Deja un comentario


242-historia-1La introducción al Informe, con mayúscula, en el que había trabajado las últimas semanas como si se tratara de una novela, era extensa. Sin embargo Jefe, como lo llamaban sus compañeros, sólo releyó las primeras líneas, el resto lo conocía de memoria. Su futuro en la Institución dependía, se lo había insinuado el superior inmediato en el momento de comisionarle el caso, de los resultados que obtuviera y de la prontitud con que el informe, con minúscula, llegara a manos de los interesados. Tienes que ser, le dijo, certero en tus apreciaciones, no dejarte mezclar en divagaciones inútiles y hacer una presentación de los hechos que no deje lugar a la duda. Depende de ti, concluyó el superior inmediato.
Jefe dio muchas vueltas a las insinuaciones. Durante la investigación, analizó diferentes maneras de presentar los hechos para facilitar la interpretación del caso. Cuando tuvo claro el resultado final se encerró varios días en el mismo lugar donde había escuchado las respuestas de los involucrados y barajó las opciones que tenía para hacer que el caso y aun más, su desenlace, fueran creíbles. Apegado a la técnica, consideró los sistemas tradicionales, el planteamiento en orden cronológico de principio a fin, en el estilo impersonal de los memoriales. Pensó también que si incluía algunos perfiles que mostraran el comportamiento de los personajes lograría estimular el interés de los lectores oficiales. Se entusiasmó con la idea y la trabajó mientras los interrogatorios enriquecían el material de base. Siempre soñó con escribir una novela y sin proponérselo la ocasión había caído entre sus manos, por supuesto, no sería una novela en el sentido tradicional, con forma de libro y cientos de ejemplares impresos, sería lo que siempre son los informes oficiales, un mamotreto intimidador, un ladrillo en apariencia, pero con un contenido que más parecería la narración de una historia con final que la compilación de sucesos ordenados para la interpretación del lector oficial.242-historia-2
Se la iba a jugar, el superior inmediato le había insinuado sin especificar cómo, que lo hiciera, la posibilidad a la innovación estaba abierta. ¿O, será que entendió mal y el superior inmediato solo le sugirió que hiciera un trabajo para cuidar el puesto y no para destacarse? Cuando la duda lo asaltó se encontraba en interrogatorio, lo suspendió de plano y citó al hombre con figura de músculos saltones para la mañana siguiente. Dio por terminadas las entrevistas del día y se encerró en el despacho, antiguo camerino del ilusionista desaparecido sujeto de la investigación, adaptado para su labor. ¿Será que entendí mal? se preguntó. ¿Será que repetir acciones e informes es más efectivo para conservar el puesto, que hacer demostraciones de ingenio? Esa noche durmió mal. Soñó que conversaba con el superior del superior inmediato en un estado de camaradería desconocido. Cuando despertó recordó con detalle lo soñado, el color rojo oscuro de la camisa sin corbata del superior del superior inmediato y algunas de sus propias palabras: …gracias, estoy muy contento, ¿un vino? si, ahora que somos colegas, lo mejor será brindar, ¿mi informe?, ¿original?, ¿de gran ayuda?; sin embargo, constató que no tenía registradas las respuestas del superior del superior inmediato. Solo sus preguntas. En varias ocasiones se había cruzado con el superior del superior inmediato en el ascensor. Un levantamiento de ceja de su parte era lo único que los unía. Jefe sabía quién era él. El superior del superior inmediato no tenía por qué saber quien era Jefe, nunca se hablaron antes del sueño, solo por la repetición de los cruces en el ascensor Jefe creyó que eran conocidos. Encontrarlo en el sueño fue la premonición de su respaldo.242-historia-3
Sin esperar la luz del día se sentó a la mesa de trabajo y se concentró en la tarea de organizar el material para escribir el informe. El Informe, con mayúsculas, que siempre esperó entregar a quienes lo seguían en línea ascendente en la cadena de trabajo. La decisión que tomaran les pertenecía. Desde el estricto punto de vista profesional le tranquilizaba su trabajo impecable. Sus dotes de escritor quedarían a flor para que los superiores en rango reconocieran el talento que cuajó entre ellos y le adjudicaran el debido reconocimiento. Sin embargo el proceso fue más dispendioso de lo imaginado. Intercaló jornadas de indagatoria, con largas sesiones de escritura. La luz en el ojo de buey del camerino convertido en despacho, desde el primer día, permanecía prendida hasta horas en las que la mayoría dormía y volvía a brillar antes de que ninguno hubiese despertado. Repasó uno a uno los interrogatorios y extrajo apartes que le ayudaron a construir la trama general, pero no se permitió la facilidad de entregar a los lectores oficiales lo que podía considerar como el resultado de la investigación. En el arrebato de la escritura olvidó las preocupaciones técnicas específicas a su profesión, es decir, rendición clara y escueta de los hechos y se concentró en el suspenso de la narración. Tuvo la sensación de encontrar facetas de los interrogados que de otra manera permanecerían en la oscuridad. Vio con claridad las relaciones que se tejen entre personas que comparten el día a día durante años y casi desde el momento en que tomó la decisión de cambiar el tono del informe tuvo la corazonada de lo que en realidad sucedió. Un amanecer la inquietud del desenlace comenzó a hacer mella, lo atrajo con tal energía esa posibilidad que las insinuaciones de su superior inmediato sobre rapidez y acierto pasaron a segundo plano, pues, se repitió en varias ocasiones que si lo sucedido se explica en un informe como los de siempre, su reputación, con mamotreto y todo, ira a parar a las estanterías del olvido.
Los hechos tenían un origen incierto y por eso mismo estaba seguro de que podía comenzar el informe, la novela según su deseo, a partir de la definición concreta del suceso culminante y a partir de allí, en marcha atrás, descubrir móviles e involucrados que no podía anunciar desde el principio porque las circunstancias de trama y suspenso lo impedían.242-historia-4
Trabajó más de lo previsto. Pasó días y noches pegado a la máquina de escribir con pantalla, como llamaba el portátil de dotación, para no olvidar la Olivetti que le sirvió durante años de ejercicio de la profesión para teclear los informes, esos sí con minúscula, pues sus devaneos con la escritura no lo habían alcanzado aun. Cuando terminó, grabó lo escrito en la memoria, imprimió no sabía cuántas páginas, no quiso numerarlas, y dejó el paquete sobre la mesa parte del mobiliario del camerino-despacho desde antes de su llegada. Observó el paquete durante tres días sin tocarlo. En realidad era como si estuviera corrigiendo lo escrito folio tras folio. No lo mostró a nadie, ni siquiera al hombre que puso el denuncio de desaparición del ilusionista, nombrado en los todos los testimonios como el enano director. Durante esos tres días tampoco se dejó ver de nadie. Entró en el proceso típico de descompresión que le había vaticinado el médico de su unidad cada vez que pasaba por grandes tensiones. Por eso no se preocupó, esperó, hizo el recuento y cuando consideró que tenía todo bajo control reapareció a plena luz del día orgulloso del cartapacio que llevaba en el maletín de cuero, regalo de su primera mujer. Aquí llevo nuestra gloria, pensó cuando se sintió observado a su paso. El enano director lo abordó en el momento de subir al automóvil oficial. Golpeando el maletín con la palma de la mano, Jefe le dijo: misión cumplida, ahora solo queda esperar que la justicia lea…
Argumento. El público observa al hombre. Lo aplaude. Luego lo ignora. Cuando se da cuenta de que nadie lo observa el hombre se inventa un escenario… y entonces comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comficcion-la-editorial-1

El pasajero de la silla 7D

15 octubre, 2016 § Deja un comentario


241-pasajero-1Subo a un avión. Mi puesto es el 7E, el de mi mujer el 7F y el del vecino el 7D. Menciono primero mi lugar porque es el de la fila del centro, el que necesita pedir excusas para salir al pasillo o mirar por la ventanilla; es un puesto incómodo que nadie quiere. Si lo jugara a la cara y sello con mi mujer o con el vecino, seguramente lo ganaría. Entonces no lo juego, lo asumo sin resistencia. Además, es una costumbre familiar, cada vez que subimos a un avión mi mujer va en el puesto de la ventanilla y yo en el centro, salvo las raras ocasiones en que nos toca en filas separadas. Esta vez también ocupé la silla del centro en la fila 7. El pasajero del puesto 7D, el del pasillo, se demoró en llegar y me dio tiempo para calcular lo que haría si, como ha sucedido algunas veces, no llega nadie. Haría lo más sencillo. Dejar el espacio libre entre mi mujer y yo, una suerte de tierra de nadie, donde podríamos expandirnos hasta más no poder durante las tres horas y veinticinco minutos que, en palabras del capitán, duraría el vuelo. Pero el pasajero de la silla 7D llegó. Llegó agitado, con gafas de sol y un maletín que por poco no cuadra en el compartimento encima de nuestras cabezas. No lo había dicho aun, lo digo ahora, eran las nueve y treinta de la noche. Lo primero que hizo al ocupar su puesto fue cambiar su cinturón de seguridad con el mío, quizá las gafas oscuras lo confundieron, se disculpó por el error con una medio mirada sobre la montura, se quitó las gafas, las guardó en una bolsa de plástico transparente que llevaba en la mano y las cambió por una máscara de seda negra y brillante para dormir; se la puso, no dijo nada, no saludó ni se despidió con un buenas noches, por ejemplo, antes de taparse los ojos. A los diez segundos tenía la boca abierta de los que duermen sentados. Se debe llamar Porfirio, me dije. No sé por qué ese nombre fue lo primero que me vino a la cabeza. Porfirio. No conozco muchos Porfirios. Un Presidente de México, de apellido Díaz; el playboy dominicano de apellido Rubirosa; el pintor, también mexicano, de apellido Salinas y otros de apellidos comunes, futbolistas con seguridad. A este Porfirio no le encuentro apellido ni tampoco una profesión que lo ponga en la pasarela de la fama, iría en clase ejecutiva, pero es grueso, es decir, con barriga y no muy alto; no lleva bigote pero es como si lo llevara, su labio superior delgado y levantado, plegado hacia arriba sobre la extensión de la boca proyecta una sombra bajo la nariz que parece un bigote. Se durmió en el mismo instante en que se puso la máscara. Lo agradecí porque no estaba dispuesto a entablar conversación sobre el mal tiempo o el buen fútbol y él tampoco, lo demostró desde su llegada. Sin embargo, a pesar de que no esperaba una velada de amigos me sorprendió la rapidez de su sueño. Duerme mucho y pronto o duerme poco y cuando la ocasión se presenta cae rápido. Entonces sucedió algo inesperado, se presentó el primer impasse: mi mujer quiso ir al baño, con dos miradas y tres empujones disimulados en mi brazo anunció la necesidad urgente. Pasar por el espacio estrecho entre sillas y entre espaldares y rodillas es proeza de malabarista. Porfirio levantó la punta de la máscara y me miró con la mitad del ojo derecho cuando le anuncié la urgencia de mi mujer. Levantó la máscara hasta la mitad de la frente, estiró las piernas y como si viniera de salir de un sueño al que todavía le falta se levantó tambaleante y se plantó en el pasillo del avión sostenido en el espaldar de las sillas delante de la nuestra. Mi mujer salió, no sin dificultad, Porfirio me miró por debajo de la máscara, claro que también miro y quizá renegó sin aspavientos el paso de mi mujer y se dejó caer en su puesto con la máscara sobre los ojos, la boca abierta y sueño a flor de piel. 241-pasajero-2Al regreso de mi mujer el procedimiento se repitió. Porfirio hizo lo mismo pero en sentido inverso y volvió a quedar en su silla como al principio: lejos, abandonado por el mundo, perdido en su nebulosa. El segundo round, ¿podríamos llamarlo round como si se tratara de un combate entre Porfirio y el sueño, vino minutos después del regreso de mi mujer. Llegó la comida. Las azafatas, siempre tan graciosas, tan risueñas, tan puntuales, lo sacaron de donde estaba para preguntarle si quería comer. Su primera reacción fue calcada al momento en que levantó la punta derecha de su máscara para mirarme con medio ojo; la diferencia ahora fue que levantó la punta izquierda para mirar a la azafata, dudar, intentar escuchar mejor, salir del sueño y decir a la joven risueña de pie a su lado que no quiere comer o que quiere solo un jugo de manzana. La azafata, joven, flaca y alta, demasiado alta para su función, se plegó en dos para escuchar el pedido de Porfirio primero y luego para servirlo. Mientras tanto él, a pesar de que parecía despierto, por lo menos tenía la máscara a la altura de la frente y los ojos descubiertos, medio cerrados pero descubiertos, parecía hundido, cómo decirlo: absorbido por la silla. Mi mujer y yo pedimos sendos platos del menú al aire, incluso pedí un whisky, algo que no hago con frecuencia. El tiempo se hacía eterno, no era posible olvidar  o por lo menos ignorar que íbamos a estar codo a codo por lo menos tres horas y media. Después de la comida Porfirio quedó hundido en su silla a pesar de que solo tomó jugo y poco a poco se deslizó a una posición horizontal, sus hombros se cayeron, su boca se abrió hacia abajo y sus brazos se deslizaron a los lados. Quizá es posible decir que duerme plácidamente a pesar de uno que otro sobresalto y movimientos inesperados de sus brazos y piernas seguramente originados en el sueño. Entonces apareció el tercer impasse. Soy yo quien se quiere levantar, caminar un poco por el pasillo, mirar si hay otros Porfirios en el avión e ir al baño. Para lograrlo sin pasar por las piruetas de los malabaristas debería despertar a Porfirio. Sucedió, entonces, algo particular: él duerme lo que duerme cuando y como el momento se lo permite y no encontré una razón de peso para despertarlo. Caminar por el pasillo, ir al baño o identificar los otros Porfirios del vuelo es quizá un capricho sin interés; además, el temor a una reacción de dormido, sin control, como si una pesadilla le cayera encima me obligó a dudar. Antes de cualquier deseo, se plantó frente a mí o a mi lado, el sueño de Porfirio. Qué interés podía ser tan urgente como para despertar un hombre que duerme a pierna suelta en un lugar incómodo y se desliza hasta parecer acostado en una cama de verdad. Porfirio debía ser un hombre sin afugias con la facilidad o el talento para dormir sin afanes donde fuera, hasta en un filo. Solo cerrar los ojos le es suficiente y todo, absolutamente todo: afugias, dudas, incluso el hambre, cede su lugar al sueño. A estas alturas del encuentro; mejor quizá, obligación que de a pocos se convierte en coincidencia, decidí unirme a Porfirio. Como dicen en mi tierra: “si no puedes con tu enemigo únete a él”. Decidí dormir yo también, sin máscara, claro está.241-pasajero-3Dormí hasta el momento en que la azafata, otra, menos alta tan bonita como la anterior pero menos joven, trajo los papeles de inmigración. Porfirio los recibió primero y al contrario de los despertares anteriores levantó con franqueza la máscara, enderezó el cuerpo, pareció renacer de sus cenizas, buscó un lapicero en la bolsa de plástico y con una diligencia extraña para alguien que estaba, no, que está dormido, los llenó a la velocidad del rayo; no tenía la intención de perder instantes de sueño preciosos por mínimos u obligatorios que fueran. Con seguridad iba, en los sueños uno va como en un viaje, en un trance irrepetible. Llenó los formularios, los puso en la bolsa de plástico, bajó la máscara sobre sus ojos y se redujo de nuevo en la silla como si el sueño lo consumiera. En cuanto a mí, el temor ya mencionado e infundado estoy seguro, me impedía incomodar a Porfirio y sacarlo de su sueño para pasear por el pasillo o ir al baño; su dormir me impedía obligarlo a levantarse y esperar mi regreso. Entonces yo también, hasta el final del vuelo, dormí sin soñar o con el sueño de su sueño en mi dormir. Es lo que recuerdo ahora…
Argumento. La historia comienza con un hombre que dice: les voy a contar un sueño…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara / 2016

ficcion-la-editorial-1Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com

Lo primero no es una imagen

1 octubre, 2016 § 3 comentarios


240-playa-1Este texto fue publicado hace un par de meses bajo el título “Lo primero es una imagen” en otro lugar de la virtualidad. Releerlo me llevó a pensar que lo primero no es una imagen. Lo primero es la historia o el hombre sentado en el tronco o el mar horizontal o la playa repetitiva. Lo primero es el momento. Y cada momento es, a su vez, otros momentos…

•••

Por fortuna cultivada de tiempo atrás primero supuse que suponía la imagen y luego, no siempre, pero sí con frecuencia, la imagen se convierte en momento que a su vez pasa a ser situación, personaje o historia. Sucede en ese orden. Aquel amanecer ¿atardecer? en la playa, sospeché la presencia cuando ya estaba prácticamente a su lado pero, a decir verdad, lo que vi fue una versión de la soledad, quieta y delgada, concentrada en el horizonte. Parecía una composición puesta allí por alguien con interés estético: las líneas horizontales, francas en la distancia, difusas cerca, suponían un contraste inesperado. Debería ser al contrario, me dije. Tomé una fotografía del momento. La soledad y la aparente tranquilidad eran una manifestación de la quietud fracturada solo por el vaivén lento y repetitivo, hasta el silencio, de las olas. Está en la imagen y ella en el momento. El silencio en movimiento aparece primero en los momentos y luego en las imágenes. Caminamos, mi mujer y yo, hasta donde fue posible y regresamos sobre nuestros pasos. Más tarde, cuando el momento en mi celular se convirtió en personaje, caí en la cuenta de que a nuestro regreso la presencia no estaba donde la dejamos, donde debía estar. Es posible que la playa desierta, monótona, no presentara cambios importantes y hubiésemos pasado a su lado sin verla. No teníamos referencia de un lugar preciso y verla, sobre todo si no la estábamos buscando, no era sencillo.
240-playa-2El día y las horas volvieron a la normalidad y al devenir del clima que apabulla y no permite desmanes, el tiempo corre con ritmo propio y el esfuerzo mayor está en soportar su lentitud; por esto no puedo asegurar si el encuentro fue al amanecer o en pleno atardecer, como tampoco puedo asegurar las horas que pasaron antes de que la imagen pasara de representación de a momento, y después a la figura de un personaje con historia.
240-playa-3Sucedió tarde, en la noche, en un pasillo solitario con vista al mismo mar pero a otra playa. Sin proponérmelo pasé un momento tras otro rozando la pantalla del celular con la punta de los dedos hasta llegar al instante del encuentro en la playa; entonces ya no vi la presencia como resultado de una composición estética; la soledad quieta y delgada concentrada en el horizonte había pasado a ser un figura con cabello hasta los hombros, cubierto por alguna suerte de velo y la falda al viento. A pesar de que el momento no lo sugería la pose de la figura era difícil de sostener y tal vez por eso parecía a punto de un segundo movimiento. Es el momento anterior, me dije. ¿Anterior a qué? Anterior a una situación dentro de los límites que impone la acción cuando en un momento de rebeldía o descuido todo se detiene, se convierte en imagen, propone la duda o la intención y se entrega al imaginario que estimula la ficción de quien observa. La figura solitaria, quieta y delgada en la playa sugería el grito de ayuda, más que el de placer.
240-playa-4Era tarde y además arriesgado por nuestro desconocimiento del lugar, podíamos extraviarnos, salir a esa hora en busca de la playa donde sucedió el encuentro. Esperamos a la mañana siguiente para ir, como si hubiéramos hecho una cita, a vernos con la figura que quizá, a la espera de algún suceso, pasó la noche en la playa. No sé qué o quién esperábamos hallar. Las ficciones tienen por común denominador la muerte o el amor en cualquiera de sus formas. La posibilidad de descubrir en aquella playa solitaria el acontecer interminable de un amor abrasador o las huellas sangrientas de un crimen horrendo, nos estimuló. Recorrimos, mi mujer y yo, los senderos arenosos que nos separaban del sitio donde tuvo lugar el encuentro y, como el día anterior, la monotonía de las líneas horizontales nos dominó. Nos perdimos. Para nuestros ojos impregnados de montañas las líneas horizontales eran iguales. Vagamos buena parte del día entre playas y pescadores sin preguntar porque no teníamos claro qué íbamos a preguntar. Al final de la tarde mi mujer tuvo la idea de preguntar a un hombre que miraba el ir y venir de las olas con ojos ausentes desde en un tronco seco. El hombre nos miró y señaló con el brazo en alto un punto preciso entre la sombra donde estábamos y las olas. Por allá, dijo, por allá llega pero no es una imagen, es un momento, un instante, la espero desde hace tiempo. Un momento es un suspiro y no lo puedo dejar partir…
240-playa-5Argumento. Lo primero no es una imagen, dijo el hombre y cerró los ojos. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com

ficcion-la-editorial-1

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para octubre, 2016 en .