Se busca personaje de Antonio Seguí

17 septiembre, 2016 § 1 comentario

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No puedo decir que lo conocí. Lo vi siempre de lejos o como si él o yo estuviéramos de paso por los pasillos de La Abadía de La Cambre, la escuela de artes visuales de la comunidad francesa de Bélgica. Yo era estudiante en el taller de Pintura Monumental de Jo Delahaut, y él, fue lo que siempre creí, del taller de grabado de Gustave Marchoul, otro espacio enorme donde se llegaba por corredores y escaleras de entre pisos en aquella edificación rodeada de jardines, construida como convento a finales del siglo xviii pero convertida en escuela de arte al final de la Gran Guerra. En aquellos espacios monacales, no era raro ver otros estudiantes o personajes extraños rondando solo unos instantes para luego perderlos de vista durante temporadas quizá porque estaban enfrascados en obras minuciosas o perdidos en los recovecos del convento.
Por esta razón pasaron varios de años antes de que habláramos por primera y única vez. Fue en una sala de exposición donde había una obra del pintor argentino Antonio Segui. A pesar del tiempo los recuerdos de aquella noche son precisos. Nos descubrimos entre la gente que asistía a la inauguración. De habernos cruzado en los pasillos y salones de La Cambre nos conocíamos de vista. Lo vi frente a una pintura de Seguí. Yo estaba unos metros detrás, lo recuerdo bien, la galería era pequeña. Me saludó con un guiño del único ojo visible en su perfil. Su silueta plana como si hubiera perdido el volumen suspendió el movimiento después del guiño. Llevaba saco oscuro, grueso por el invierno, y pantalón igual; también llevaba sombrero con cinta roja, pero del mismo color del saco; los zapatos eran combinados; lo más curioso era su piel lisa entre rosada y gris, sus labios rojos como la cinta del sombrero y el trazo negro que definía la silueta. Fue la primera visión extraña de las tantas de esa noche. La figura de Bernard se recortó sobre el fondo de la pintura como si hiciera parte de ella. Atribuí el efecto a los dos vinos que había tomado. Está bueno el vino,238-segui-2 me dije. Bernard, el conocido de lejos en los pasillos y salones de la escuela, se desplazó tres pasos con movimientos de autómata, brazos y piernas rígidos, y se detuvo para considerar el efecto causado en el público, en mí, aclaro, ninguno de los presentes se había dado cuenta de lo que acontecía. Bernard detuvo sus movimientos de autómata cuando su figura se movió fuera del marco de la obra y en su lugar quedó la silueta vacía del personaje que representó frente a mí. Froté mis ojos para constatar que no era sueño, peor aún, imaginé el grito de alarma de los asistentes a la sala de exposiciones y al dueño de la galería al notar el espacio vacío en la pintura de Seguí. Pero no hubo nada de eso, ni gritos ni estrujones, todo parecía normal. Bernard se movió entre la gente, idéntico al hombre de perfil plano como los personajes de la pintura. Sin embargo parecía de papel. Todos sabemos de la fragilidad del papel, puede rasgarse con solo pasar cerca. Me preocupé por la integridad, si así la pudiera llamar, de la figura de Bernard dibujado sobre papel por Antonio Seguí. No fue fácil. En aquella sala exponían obras de artistas reconocidos por su tendencia figurativa, realista y en algunos casos hiperrealista, el público era numeroso pasar de una obra a la otra o de un grupo a otro no era fácil y el roce constante. La sala era pequeña. Los meseros hacían circular bandejas sobre las cabezas de la gente como banderolas al azar. En una ocasión vi, pero sólo fue una sensación, una copa de vino caer encima de la figura en papel de Bernard, los colores se confundieron en el reguero sin forma y su cuerpo quedó ondulado al paso de la humedad teñida de vinotinto. Sólo fue una sensación. Cuando llegué a su lado apresurado para socorrerlo, me habló por primera vez: es de los pintores que más me gusta, dijo. ¿Quién? pregunté revisando que la textura y los detalles en el papel estuvieran a salvo. Seguí, respondió, cada vez que veo una obra suya puedo entrar en ella y tomar el lugar de sus personajes. Claro que es menos arriesgado hacerlo con los óleos o los acrílicos sobre tela o las esculturas, son más resistentes, dijo con una sonrisa que no inmutó la expresión plana del perfil trazado por Seguí en el papel. Miré mi reloj, eran las ocho y treinta y cinco, la inauguración terminaba en una hora. Quise preguntar a Bernard cómo había logrado entrar de esa manera en los cuadros; estaba a punto de responder cuando una mujer se deslizó entre nosotros y lo interrumpió, pero no solo lo interrumpió, arrugó con la tela gruesa de su abrigo algunos los trazos que daban forma al cuerpo, al saco oscuro, al sombrero de cinta roja. Creo que lo miré con la sorpresa en mis ojos. Se mostró tranquilo, podría decir que se sacudió como hace quien recibe una andanada de polvo encima y sigue su camino. El movimiento recompone y todo vuelve al orden, dijo. ¿Qué me preguntaste? murmuró después de unos instantes como si nada hubiese pasado, pero había olvidado mi pregunta, el accidente y su cuerpo a medio arrugar me tenían desconcentrado.

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Dije que esa noche fue la primera vez que hablamos. Fue la primera y la última. Decir que hablamos es una exageración. Nos cruzamos dos o tres frases o preguntas que casi siempre quedaron truncadas por el ruido en la sala, la aglomeración, los estrujones. Lo que sí puedo decir es que me convertí en su protector. Sin hablarle, siguiendo sus pasos de grupo en grupo, de cuadro en cuadro, pasé la noche velando por el personaje que Antonio Seguí pintó, cuidando su cuerpo frágil construido con trazos precisos, a veces gruesos para definir límites, a veces suaves, como disueltos, para dar valor a las texturas. Tengo el sentimiento de que a pesar de mis esfuerzos su figura se estropeó por los roces y los movimientos de la gente alrededor. Mientras más accidentes le descubría, más me concentraba en cuidarlo, fue  por eso que no me di cuenta de que los invitados se iban. Al final quedamos él, los meseros que recogían copas y organizaban la sala, un hombre y una mujer en la oficina de la galería y yo. Cuando consideró que todo había terminado, Bernard se alejó de mí y volvió a su cuadro sin darme tiempo para impedirlo, preguntarle o despedirme. Fui el último en abandonar la sala rumbo a la noche fría del invierno belga…
Un Argumento. Se busca personaje de Antonio Seguí llamado Bernard… Con este aviso comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2007 / 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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