Días abigarrados

25 septiembre, 2016 § Deja un comentario


239-abigarrado-1Viernes. He visto muchas cosas hoy. La mujer que durmió en el sofá frente al televisor. Pasó una noche y dos días enteros en el mismo lugar, debajo o encima de una frazada de colorines y se tomó una gaseosa de dos litros sin ofrecer a nadie. Como el televisor no se apaga en esa sala pública, de paso pero pública, la mujer debió ver todas las telenovelas, los noticieros, los programas de concurso, sin hablar con nadie, en silencio, sin pestañear y sin moverse de su puesto. Unos lloran, otros hablan más de la cuenta, una se pone las gafas oscuras en una habitación oscura, otra me mira sin verme. La mujer del sofá, bajo la frazada, toma gaseosa por una rendija que abrió en un costado…
Sábado. Una habitación en penumbra. Ocupo una silla de espaldas a la ventana que va de lado a lado de la pared opuesta a la puerta de entrada pero si alguien entra no lo o la veré y quien quiera que sea no me verá. Una cama y aparatos electrónicos en atriles de metal se interponen. El día está nublado, por momentos una llovizna fina cae pero desaparece con rapidez, las nubes bajas y grises amenazan. Es posible que llueva estamos en un mes lluvioso. Es necesario prender las luces para alejar la oscuridad creciente. La cama no esta vacía pero desde mi puesto no veo quien la ocupa. La presencia de dos mujeres atareadas alrededor como si ayudaran a quien está en ella confirma la presencia invisible. Nadie habla. Cada cierto tiempo una tercera mujer vestida de blanco golpea con delicadeza la puerta y entra arrastrando un aparato electrónico en un atril de la misma marca del que ya se encuentra allí. La tercera mujer entra, desarrolla unas funciones, no veo cuales, ella tampoco me ve y desaparece por la puerta que se cierra tras ella. De repente la habitación se llena de gente que habla duro, saluda y se sitúa alrededor de la cama. Todos hablan a la cama como si no escuchara lo que dicen. La habitación silenciosa antes, ahora se llena de voces. De repente, como llegaron, las voces se van, solo queda una figura nueva, sentada en la esquina opuesta a la mía, con la mirada clavada en sus uñas como si las hubiera encontrado sucias o apenas las descubriera y eso le preocupa…
Domingo. La figura es de madera. Solo tiene articulaciones en los brazos a la altura de los codos, el resto del cuerpo es rígido. Todo rígido, menos los ojos, pequeños, a distancia propia entre ellos y los demás rasgos de la cara. La boca y la nariz son pequeños y las orejas también, no tiene pelo pero lleva un gorro del mismo color del vestido que parece una cabellera corta y bien peinada, ni una brizna de pelo fuera de lugar. La pose y el vestido parecen las de un uniformado, quizá de rango medio que se distingue por el corte, es la única posibilidad, pues no lleva insignias ni condecoraciones que lo identifiquen. También, y esto es posible, la figura pertenezca a una congregación donde insignias y condecoraciones no tienen valor, solo la presencia cuenta. Por supuesto, no existe uniforme ni congregación uniformada donde las diferencias no se establezcan con insignias, botones o colgandejos. La pose de la figura es digna a pesar de su aparente fragilidad. Como todo el mundo en algún momento de su existencia espera, sin afán, sin estrés, casi como si esperar fuera su acción única…
239-abigarrado-2Lunes. Lo que abruma de este salón solitario, con bancas por tres como los buses, es el ruido sostenido de un motor que han tratado de apaciguar pero no ha sido posible. El ruido del motor pasa a segundo plano y luego se escucha un roce eléctrico, como música venida de algún instrumento inmanejable. Estoy solo en el salón. La única compañía es el motor eléctrico. Sobre las bancas, como de bus, hay bolsos y pertenencias de quienes pasaron por aquí…
Martes.
Escribo lo que veo, por eso digo y escribo que soy escritor. También dibujo pero no cono escribo, no dibujo lo que veo aunque lo he hecho en otras ocasiones, dibujo lo que mis ojos ven pero mi mano imagina y dibuja a su antojo. Tengo la intensión de escribir una novela que narre lo que veo y lo que dibujo, ignoro cómo hacerlo, quizá escritos y dibujos se sobrepongan y pasen a ser uno solo; o, es quizá posible, escritura y dibujos sigan cada uno su camino sin sentir la necesidad de sobreponerse, no digo mezclarse porque no lo hacen, solo se sobreponen, nada más. Se me ocurre que debo explicar algo, los dibujos no llegarán aquí como trazos y tonos, llegarán con lo que son en su interior, descripciones de lo que sucede mientras se construyen, el origen de las historias. Sin embargo las historias tienen orígenes diversos y en ocasiones o momentos precisos se mezclarán o solo estarán juntas, unas al lado de otras sin tocarse, incluso sin relacionarse…
Miércoles. Un lugar de paso. Desde mi puesto en un sillón de cuero claro veo pasar la gente. Algunos me miran, otros no me ven o van tan absorbidos por sus pensamientos que escasamente ven por donde caminan. Otros saludan al vacío, donde caiga su saludo está bien no importa porque no conocen a nadie y entonces no saludan a nadie en particular, simplemente lo hacen y la mayoría de las veces solo murmuran el saludo. Frente a mi sillón, debajo de un televisor apagado hay un dispensador de agua, algunos de los que pasan se detienen allí para llenar sus botellas de plástico. Es la única manera de darle uso o, a menos que alguien llegue con el vaso plástico ya listo, el dispensador solo cumple una función decorativa, al mismo título que el televisor apagado. ¿Un readymade, al más puro estilo de Duchamp?…
Jueves. El sol entra por la ventana. Me siento al lado de dos mujeres que hablan al tiempo. Intento descifrar lo que dicen pero no lo logro, sin embargo ellas sí parecen entenderse y sus frases se montan unas sobre otras y eso no parece ser inconveniente…
239-abigarrado-3Viernes. Espero. La gente pasa, los miro, me miran, hacemos como si no nos viéramos, sin embargo nos vemos y hacemos como si nos ignoráramos pero no nos ignoramos. Es un juego al que todo el mundo juega y como saben a qué atenerse, se preparan, se visten bien, asumen aire de mucha importancia y de poco interés. Un punto en común es que la mayoría pretende pasar desapercibido, hablan en voz baja o no hablan y pasan en silencio, otros que no son mayoría hablan duro, quieren que los noten, hablan sobre todo de proezas no hechas y de gustos refinados, ni lo uno ni lo otro. En el gentío que pasa en los dos sentidos hay encuentros, cuando se dan son efusivos, casi gritados, unos y otros se hacen notar, hablan duro, se abrazan y se preguntan cosas que los otros no responden es solo por la apariencia. Como estoy aquí y me ven aunque todos hagan como si no me vieran, asumo la misma actitud: miro de soslayo, levanto la cabeza y camino despacio, no puedo parecer afanado, el tiempo es mío. Saco pecho…
Sábado. Hace calor y cuando hace calor así, pegajoso, húmedo, llueve. Los que se encontraban allí y tenían la esperanza de verme llegar mojado me miraron sorprendidos. ¿No está lloviendo? Debe ser la pregunta que se hacen cuando me ven, un poco apretado por el calor, es cierto, pero seco. Nadie preguntó, nadie dijo, nadie expresó una duda, todos callaron. La mujer que se abanica con la mano, cambió de lugar sin dejar de mirarme, incluso se golpeó la nariz porque en uno de sus abaniqueos calculó mal por la curiosidad de ver si yo iba a ocupar el puesto que ella abandonó, quizá el más caliente y menos ventilado. La mujer sudaba a mares. Pude comprobar, cuando ocupé el asiento vacío que el calor era igual en todas partes. ¿Será así el infierno?…
Argumento. El domingo será otro día… sigue la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2016

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Se busca personaje de Antonio Seguí

17 septiembre, 2016 § 1 comentario


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No puedo decir que lo conocí. Lo vi siempre de lejos o como si él o yo estuviéramos de paso por los pasillos de La Abadía de La Cambre, la escuela de artes visuales de la comunidad francesa de Bélgica. Yo era estudiante en el taller de Pintura Monumental de Jo Delahaut, y él, fue lo que siempre creí, del taller de grabado de Gustave Marchoul, otro espacio enorme donde se llegaba por corredores y escaleras de entre pisos en aquella edificación rodeada de jardines, construida como convento a finales del siglo xviii pero convertida en escuela de arte al final de la Gran Guerra. En aquellos espacios monacales, no era raro ver otros estudiantes o personajes extraños rondando solo unos instantes para luego perderlos de vista durante temporadas quizá porque estaban enfrascados en obras minuciosas o perdidos en los recovecos del convento.
Por esta razón pasaron varios de años antes de que habláramos por primera y única vez. Fue en una sala de exposición donde había una obra del pintor argentino Antonio Segui. A pesar del tiempo los recuerdos de aquella noche son precisos. Nos descubrimos entre la gente que asistía a la inauguración. De habernos cruzado en los pasillos y salones de La Cambre nos conocíamos de vista. Lo vi frente a una pintura de Seguí. Yo estaba unos metros detrás, lo recuerdo bien, la galería era pequeña. Me saludó con un guiño del único ojo visible en su perfil. Su silueta plana como si hubiera perdido el volumen suspendió el movimiento después del guiño. Llevaba saco oscuro, grueso por el invierno, y pantalón igual; también llevaba sombrero con cinta roja, pero del mismo color del saco; los zapatos eran combinados; lo más curioso era su piel lisa entre rosada y gris, sus labios rojos como la cinta del sombrero y el trazo negro que definía la silueta. Fue la primera visión extraña de las tantas de esa noche. La figura de Bernard se recortó sobre el fondo de la pintura como si hiciera parte de ella. Atribuí el efecto a los dos vinos que había tomado. Está bueno el vino,238-segui-2 me dije. Bernard, el conocido de lejos en los pasillos y salones de la escuela, se desplazó tres pasos con movimientos de autómata, brazos y piernas rígidos, y se detuvo para considerar el efecto causado en el público, en mí, aclaro, ninguno de los presentes se había dado cuenta de lo que acontecía. Bernard detuvo sus movimientos de autómata cuando su figura se movió fuera del marco de la obra y en su lugar quedó la silueta vacía del personaje que representó frente a mí. Froté mis ojos para constatar que no era sueño, peor aún, imaginé el grito de alarma de los asistentes a la sala de exposiciones y al dueño de la galería al notar el espacio vacío en la pintura de Seguí. Pero no hubo nada de eso, ni gritos ni estrujones, todo parecía normal. Bernard se movió entre la gente, idéntico al hombre de perfil plano como los personajes de la pintura. Sin embargo parecía de papel. Todos sabemos de la fragilidad del papel, puede rasgarse con solo pasar cerca. Me preocupé por la integridad, si así la pudiera llamar, de la figura de Bernard dibujado sobre papel por Antonio Seguí. No fue fácil. En aquella sala exponían obras de artistas reconocidos por su tendencia figurativa, realista y en algunos casos hiperrealista, el público era numeroso pasar de una obra a la otra o de un grupo a otro no era fácil y el roce constante. La sala era pequeña. Los meseros hacían circular bandejas sobre las cabezas de la gente como banderolas al azar. En una ocasión vi, pero sólo fue una sensación, una copa de vino caer encima de la figura en papel de Bernard, los colores se confundieron en el reguero sin forma y su cuerpo quedó ondulado al paso de la humedad teñida de vinotinto. Sólo fue una sensación. Cuando llegué a su lado apresurado para socorrerlo, me habló por primera vez: es de los pintores que más me gusta, dijo. ¿Quién? pregunté revisando que la textura y los detalles en el papel estuvieran a salvo. Seguí, respondió, cada vez que veo una obra suya puedo entrar en ella y tomar el lugar de sus personajes. Claro que es menos arriesgado hacerlo con los óleos o los acrílicos sobre tela o las esculturas, son más resistentes, dijo con una sonrisa que no inmutó la expresión plana del perfil trazado por Seguí en el papel. Miré mi reloj, eran las ocho y treinta y cinco, la inauguración terminaba en una hora. Quise preguntar a Bernard cómo había logrado entrar de esa manera en los cuadros; estaba a punto de responder cuando una mujer se deslizó entre nosotros y lo interrumpió, pero no solo lo interrumpió, arrugó con la tela gruesa de su abrigo algunos los trazos que daban forma al cuerpo, al saco oscuro, al sombrero de cinta roja. Creo que lo miré con la sorpresa en mis ojos. Se mostró tranquilo, podría decir que se sacudió como hace quien recibe una andanada de polvo encima y sigue su camino. El movimiento recompone y todo vuelve al orden, dijo. ¿Qué me preguntaste? murmuró después de unos instantes como si nada hubiese pasado, pero había olvidado mi pregunta, el accidente y su cuerpo a medio arrugar me tenían desconcentrado.

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Dije que esa noche fue la primera vez que hablamos. Fue la primera y la última. Decir que hablamos es una exageración. Nos cruzamos dos o tres frases o preguntas que casi siempre quedaron truncadas por el ruido en la sala, la aglomeración, los estrujones. Lo que sí puedo decir es que me convertí en su protector. Sin hablarle, siguiendo sus pasos de grupo en grupo, de cuadro en cuadro, pasé la noche velando por el personaje que Antonio Seguí pintó, cuidando su cuerpo frágil construido con trazos precisos, a veces gruesos para definir límites, a veces suaves, como disueltos, para dar valor a las texturas. Tengo el sentimiento de que a pesar de mis esfuerzos su figura se estropeó por los roces y los movimientos de la gente alrededor. Mientras más accidentes le descubría, más me concentraba en cuidarlo, fue  por eso que no me di cuenta de que los invitados se iban. Al final quedamos él, los meseros que recogían copas y organizaban la sala, un hombre y una mujer en la oficina de la galería y yo. Cuando consideró que todo había terminado, Bernard se alejó de mí y volvió a su cuadro sin darme tiempo para impedirlo, preguntarle o despedirme. Fui el último en abandonar la sala rumbo a la noche fría del invierno belga…
Un Argumento. Se busca personaje de Antonio Seguí llamado Bernard… Con este aviso comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2007 / 2016

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Un Arcimboldo del siglo XXI

10 septiembre, 2016 § Deja un comentario


237-arcimboldo-1En 1527 se cumplen ocho años de la muerte de Leonardo. Juanelo Turriano tiene veintiséis y Giuseppe Arcimboldo acaba de nacer en Milán. Las coincidencias entre los tres personajes pasan por la invención, el diseño, la ingeniería y también la pintura. Leonardo fue no sólo Maestro de Cocinas de Ludovico “El Moro” sino todas las otras gracias que se conocen de él.  Carlos I nombró a Juanelo Turriano relojero de su corte y Felipe II lo hizo matemático mayor en la suya, además, fue inventor del “Artificio de Juanelo” una máquina hidráulica para subir agua del Tajo a Toledo y también fue el creador de “El hombre de palo”, un autómata con todos los movimientos. Rodolfo II Emperador de Bohemia y Austria, y aficionado a las invenciones, tuvo a Giuseppe Arcimboldo en su corte como inventor, ingeniero, constructor de autómatas, máquinas hidráulicas e inventor de un órgano que hacía mezclas sublimes de luces y sonidos (un Jean Michel Jarre del Renacimiento).237-arcimboldo-4Por culpa de su matrimonio con una prestigiosa dama alemana Arcimboldo también fue pintor de la corte de Bohemia. Allí pintó los “Caprichos alegóricos” que representan retratos de nobles de la corte construidos con objetos de la naturaleza. Rodolfo II, por ejemplo, aparece representado en el papel de Vertumno, el dios de las estaciones, con frutas y verduras. Sus alegorías son famosas: “La primavera” es un perfil de hombre construido con azahares, margaritas, rosas, lirios, amapolas, azucenas, fresas salvajes e incluso lechugas. “El verano” es un hombre sonriente que tiene un pepino por nariz y una manzana por mentón, además de alcachofas, melocotones, cerezas, ajos, peras y grosellas. “El otoño” es otro perfil sin sonrisa que tiene por torso los tablones descompuestos de un barril, aparte de  higos, calabazas, uvas de vendimia y hojas de parra amarillentas que amenazan caer. En “El invierno” se mezclan ramas secas y retorcidas, hojas del piso y tela burda que protege del frío.
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No fueron pocos los “caprichos alegóricos ” pintados por Arcimboldo. Además de las estaciones también está el agua, el aire, el viento, la flora, la fauna e incluso una figura de hombre casi de frente, que observa al espectador, con mostachos formados por nabos puntiagudos, peras en el lugar de la nariz, cabello de uvas y bufanda de arracacha entrelazada, titulado: “Whimsical portrait” (Retrato caprichoso). Arcimboldo murió en 1593 y sus obras se perdieron entre las mamparas de la historia porque hubo quienes las consideraron menores, caricaturescas, o incluso populares. Los surrealistas las redescubrieron en el siglo XX y fueron inspiración para los retratos de Mae West de Salvador Dalí.
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En el Renacimiento, las referencias y relación con los objetos y el entorno de las personas, están representadas en los elementos que Arcimboldo utilizó para sus “caprichos alegóricos”. Si alguien intentara hoy construir “caprichos” al estilo de Arcimboldo, es de suponer que sus retratos estarían colmados de “mouses”, enchufes, semáforos, pantallas, autos, motos, brillos, ruidos y hasta siliconas de diversas formas. Tal vez los cabellos estén formados por cables de aparatos electrónicos con peinado de Medusa. Un celular sin cámara hará las veces de nariz y otro con cámara será el ojo que no ve mientras esté desactivado. Un reguero de cartuchos de bala mostrará una sonrisa sin aliño y es posible que cañones de armas salgan por los costados a manera de orejas que no oyen por causa del estruendo. Es posible, también, que algún letrero anunciando que uno es más corrupto que el otro, tome lugar en el globo simulador de voz, como en las tiras cómicas. Y en la frente, habrá un vacío metalizado y brillante como la cubierta de cualquier aparato electrónico.
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Argumento. Un hombre o una mujer, recibe una cámara de fotografía; él o ella toma una fotografía cada minuto. Al final del día tiene mil cuatrocientas cuarenta imágenes que trazan la jornada. Como no es su costumbre dejar lo comenzado a medias lo acosa una duda: ¿cómo no detener el registro fotográfico durante el sueño? Con la duda comienza la historia…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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Los ojos que pinta Brad Holland

3 septiembre, 2016 § Deja un comentario


236-Brad-Holland-3La primera vez que vi a Brad Holland lo vi con con solo un ojo. Llegó a mí correo una tarde, casi noche, en el número doscientos treinta y cinco de la revista Graphis. La cubierta de ese número representaba el busto de un hombre. La fuente luminosa permitía ver los rasgos de su cara separados del fondo oscuro que pasaba suave de la sombra a la piel iluminada, la oreja derecha sobresalía a la luz del claro-oscuro donde se perdía el resto de la cabeza. En una pequeña nota el editor mencionaba la “tonalidad apocalíptica” en los trabajos de Brad Holland, pintor nacido en Ohio en 1943, autor del retrato. Sin embargo, no me fue posible encontrar, en este retrato, connotación terrorífica alguna, por el contrario, el personaje se desenvolvía en total tranquilidad. Y a pesar de la tranquilidad que respiraba la imagen quedé frente a ella interrumpido, quieto, sin saber qué hacer. Imposible despegar los ojos de esa figura que vivía  en la portada de la Revista bajo el título de “Ciclopeia”. El saco oscuro, la corbata roja, la boca a punto de saludar, la luz precisa, tenían vida propia. Pero lo único que parecía en movimiento y a partir del primer momento constaté su persecución, era el ojo solitario detrás del aro único de las gafas redondas que me seguía. Para comprobarlo desplacé la revista frente a mí y él ojo me miró. A la derecha primero, a la izquierda después y sus movimientos coincidieron con los míos. Incluso unos centímetros más abajo del tablón de mi escritorio su pupila brillante estuvo a punto de saltar de la órbita. Sumido en el desconcierto pensé que una solución para volverlo a la normalidad, nuestra normalidad de ojos repetidos, era pintar otro ojo al lado del único que me miraba sin pestañear. Pero abandoné la idea, me pareció producto del desconcierto inicial.
236-Brad-Holland-1Dejé la Revista en un lugar del estudio donde podíamos vernos cuando quisiéramos, él a mí y yo a él. En aquellos tiempos habitaba un apartamento convertido en taller de artista en el centro y trabajaba hasta tarde. Cuando apagué la luz, lo puedo asegurar, sentí la mirada del ojo único siguiendo mis movimientos. Desde aquellos años mis sueños son repetitivos, la misma imagen o la misma situación se repiten durante la noche, en ocasiones llegan a un punto donde avanzan pero vuelven invariablemente a recomenzar hasta el momento en que fatigado de repetir abro los ojos. En aquella época pensé que no tenía facilidades para el sueño y dejé de preocuparme por la repetición y me preocupé por otras cosas; con el tiempo aprendí que era normal y que los sueños se redondeaban ellos solos en otro momento, posiblemente sin que me diera cuenta. Aquella noche el ojo único de la pintura de Brad Holland me siguió en mis sueños toda la noche. Pero no sucedía nada, solo me miraba, yo lo miraba, una suerte de fuente luminosa se apagaba y al prender de nuevo, la situación volvía al punto de partida. A la mañana siguiente me levanté con la firme intención retomar la idea de dibujar un ojo que hiciera compañía al solitario, no, por supuesto, para volverlo a la normalidad como insinué antes, sino para que le sirviera de reflejo, para que los dos se miraran y yo pudiera liberarme de la presión de ser observado en permanencia. Lo dibujé pero debo decir que el brillo de mis ojos distaba leguas, años luz, del brillo del ojo único de la pintura de Brad Holland. Fue entonces cuando decidí seguirlo, buscar sus pinturas donde estuvieran e intentar descubrir el secreto que encerraban los ojos de los personajes en sus pinturas.
El mundo paralelo facilitó la búsqueda, allí está todo, solo que para encontrarlo, valga decirlo, hay que mirar bien. En los recovecos de sus callejuelas encontré pinturas de Holland, algunas solitarias quizá a la espera del proyecto para el que fueron creadas, otras en grupo como en una manifestación o concentradas en escudriñar a quien las mira. Vi entonces que hasta en los personajes que no tienen ojos, miran desde la oscuridad o los tienen cerrados, la fuerza de sus miradas es ineludible. Pero no basta con la mirada también está lo que viene con ella, en ocasiones el grito, como el que se escucha del personaje de pelo rojo partido en dos que mira al frente con ojos desorbitados; o el “cara de jabalí” que observa con la tranquilidad de su fuerza; o el payaso que a pesar de tener los ojos cerrados no los quita de quien ríe con él. Los ojos de los personajes de Brad Holland son todo, incluso cuando no se ven como en el retrato del militar que tapa su mirada punzante con el ala de su kepis.236-Brad-Holland-2
En la búsqueda me crucé con la frase de Jorge Luis Borges: “No es ojo porque te ve sino porque lo estás viendo”. Caí entonces en la cuenta de que en las miradas, sustos o derroches que representan los ojos en las pinturas de Brad Holland su imaginario me obliga a seguirle los pasos. Quizá lo que hay en lugar de ojos en el personajes de la pintura roja son solo botones que a fuerza de mirarlos me ven y yo a ellos como lo que no son. O las líneas en lugar de ojos del hombre que ríe con la boca y la nariz y las orejas sembradas con cigarrillos apagados y prendidos, son solo líneas que marcan un límite y de allí para adentro o para arriba no hay más. Quizá la piel oscura de los ojos y las cejas en contraste con el color de la cara del guerrero, es solo un efecto para determinar su instinto. O los dos puntos negros paralelos en algunos, o los huecos oscuros en otros son solo eso y a fuerza de seguir el imaginario de Brad Holland se han convertido en ojos que me ven y me impiden cualquier movimiento.
Varias noches, muchas noches, los ojos que no lo son pero los estoy viendo atravesaron mis sueños en secuencias repetitivas hasta el amanecer, muy pocas veces las secuencias avanzaron hasta darle significado a su presencia. Lo evidente es que aun intento agregar la mirada a los ojos de las figuras que propone mi imaginación. En algunos autorretratos creo haberlo logrado, pero el paso a seguir es poner frente a una pintura como “Ciclopeia”, por ejemplo, uno de los autorretratos que con ayuda de la tecnología he trabajado para mirar desde allá. Es posible que se miren y sus miradas se sigan. En ese momento creo que habré encontrado el secreto de las miradas que pinta Brad Holland. Aunque, para decir la verdad, no quisiera descubrir ningún secreto es mejor dejar los encuentros con sus pinturas así, con la sorpresa incluida…236-Brad-Holland-4
Argumento. Dos puntos, tres líneas y un manchón… Si no te ven es porque estás ciego, dijo el pintor. Así comienza la historia…
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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interiorEdgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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