Casi tres encuentros con Magritte

27 agosto, 2016 § Deja un comentario

235-Magritte-2Dejé Bruselas un miércoles de mañana. En ese momento veía el mundo con ojos de pintor. Regresé veintidós años después un viernes en la noche. Ya no pintaba. Sin embargo la acción de observar con minucia las ficciones que habitan los resquicios entre personas era la misma. Con los ojos del pintor que partió esos resquicios se hubieran representado con colores, formas y texturas; con los del otro que regresó, palabras, situaciones y detalles los narran.
Salí por el aeropuerto de Zaventem en las afueras de Bruselas; regresé por la Gare de Midi, la estación de tren en el centro de la ciudad. Volví como quien regresa al lugar del crimen. Todo lugar es susceptible de ser testigo de uno. Todo regreso viene con el sabor del recuerdo parcial y la ignorancia completa de lo por venir a pesar de que siempre algo inconcluso queda: un personaje, una prueba, unas palabras. Esto pasó por mi mente mientras caminaba con mi mujer por la Chaussée de Charleroi rumbo a la Toison d’Or a unas seis o siete calles del hotel donde bajamos. Una distancia respetable si se tiene en cuenta la hora, más de las nueve de la noche y el tiempo frío acompañado de lluvia fina, sin apariencia, de comienzos de invierno. Era una distancia respetable. A esa hora y con ese tiempo, en el momento menos pensado, era una manera de regresar. Algo debe pasar me dije. Cruzamos algunas personas. Una de ellas con abrigo oscuro, negro, y sombrero melón, como el que utilizaba Magritte en fotografías y pinturas, nos alcanzó, pidió disculpas por importunar nuestro camino, se adelantó una veintena de metros, se aproximó a una ventana, apoyó la mano en el vidrio para mirar al interior, hizo un gesto como si al fin encontrara alivio a su incertidumbre, nos miró con cara de quien se quita un peso de encima y desapareció por una puerta. Cuando llegamos a la altura de la ventana no pude contener la curiosidad de mirar al interior, lo que vi fue un salón iluminado con lámparas múltiples, paredes altas de color rojizo, un espejo que subía desde el parador de la chimenea, prendida, hasta los adornos del techo que devolvió mi imagen al otro lado de la ventana a pesar de la distancia, unos doce metros. Era un restaurante y las mesas estaban ocupadas por clientes que conversaban sin preocuparse por la ventana o la calle. Era, sin duda, el salón principal de un restaurante. Los presentes llevaban vestido oscuro, camisa con corbata, abrigo negro y sombrero melón. Pensé en una comida donde todos los invitados eran Magritte. Con mi reflejo en el espejo encima de la chimenea, recordé “El mes de la vendimia” la pintura donde los Magrittes miran hacia el interior de una habitación. En ese momento yo estaba en el lugar de ellos y ellos en el lugar del pintor. Así fue el segundo encuentro con Magritte.
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El primer encuentro tuvo lugar treinta y siete años antes. En noviembre también. Sucedió en Stratton Street en el centro de Londres. En aquellos años trabajaba como asistente del asistente del asistente en la cocina de un restaurante francés cerca de Picadilly. A unos cincuenta pasos en dirección a Mayfair Place, por la acera frente al restaurante, había una galería de arte. No recuerdo el nombre, era pequeña y oscura. La puerta, el marco de la vitrina y las paredes al interior eran oscuras, quizá verde oscuro. Una tarde de jueves, el único día que hacía los dos turnos, en el descanso entre almuerzo y cena salí a caminar por el barrio. Sin rumbo fijo pasé a la acera del frente con la intención de perderme y a los cincuenta pasos que nunca conté, me encontré frente a una vitrina oscura. Allí iluminada por una luz precisa, una pintura. Era el retrato de una pareja bajo el cielo de verano, los arbustos en segundo plano son del verde intenso que se da entre julio y agosto. La pareja viste ropas frescas, es el comienzo de la tarde, quizá la hora de pasear después del almuerzo. Los dos, hombre y mujer, llevan las caras cubiertas por una delgada tela blanca. El viento, posible en temporada, pega la tela a sus caras marcando el relieve de sus facciones. La cara del hombre, detrás de la mujer, está cerca de ella. Le habla, quizá le descubre un secreto. Ella se mantiene firme y acepta el secreto o la declaración. “Los amantes” es su título. Me quedé un rato frente a la vitrina sin quitar los ojos de la pintura.

235-Magritte-4De repente un hombre mayor salió de la Galería y dijo que si me gustaba podía entrar a ver los otros cuadros expuestos. Eso fue lo que entendí en mi inglés de dos por tres. La sala era pequeña y oscura. Las doce o quince pinturas expuestas iluminadas como en la vitrina parecían ventanas abiertas a otras horas, a otros días. Todas llamaron mi atención, me proponían cosas que nunca había imaginado. Allí estaba la manzana atrapada en “La cámara de escucha”, un espacio más pequeño que ella donde la encierran; y la habitación con cielo propio donde los objetos reposan, “Los valores personales”, quizá conversan. Dos pinturas me atrajeron más que las otras “El imperio de la luz” un juego de horas, entre día y noche, en el mismo lugar; y “El hombre del periódico”, la repetición cuatro veces de un grabado de 1899, con el personaje leyendo el periódico como en el original en el primer cuadro, pero sin él en los otros tres. En algún momento de la visita, siempre estuve solo en la sala, el hombre mayor se acercó y por lo que pude entender dijo que debía salir unos momentos, que no demoraba y si me gustaba podía quedarme allí mientras él estuviera fuera. Acepté sin saber exactamente qué aceptaba. El hombre se demoró más de lo que dijo pero no me di cuenta, cada cuadro era una aventura. Cuando salí a la calle la noche había caído y estaba retrasado para volver al trabajo en el restaurante. Pensé entonces que si era posible ver como Magritte veía, valía la pena intentarlo. En lugar de cruzar la calle y entrar por la puerta del servicio decidí seguir por la misma acera hasta la estación de Green Park y en el primer tren que pasó regresé a casa.
Después de ese día me crucé cientos de veces con Magritte. Con frecuencia pasé por Schaerbeek el barrio de Bruselas donde vivió. Cientos de veces creí estar frente a su casa y entonces lo imaginé pintando, con el caballete
al lado de la ventana. En el mueble que solo tenía que cerrar y correr hasta el sillón donde le tomaron algunas fotografías para devolver el orden al apartamento, guardaba pinceles y tubos de pintura ordenados por gamas o tamaños. Al final del día le bastaba tapar el lienzo, cerrar el mueble y el salón volvía a ser el hogar que compartía con su mujer. Cientos de veces lo imagine así.
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El casi tercer encuentro, que no es el tercero, pero que toma ese lugar ahora, sucedió hace pocos días. En el apartamento biblioteca de un pariente cercano y su compañera, donde fui invitado a comer con mi mujer, un libro me hizo señas desde la estantería frente a mi puesto en la mesa. Cuando logré evadir la conversación respondí los llamados. Fui directo al libro de donde venían, era “La bella cautiva” la novela que Alain Robbe-Grillet escribió a partir de setenta y siete pinturas de Magritte. Lo ojeé, leí las primeras líneas de varias páginas pero no recuerdo ninguna, o sí, recuerdo una: “…Las pinturas hablan, la escritura ve…” La novela juega a estar y no estar, a ser y no ser, a pasar de pintura a texto y regresar. Magritte es un surrealista total y Robbe-Grillet un escritor de la nueva novela francesa, hablamos de 1975, año en que se publicó el libro y Magritte ya había muerto, sin duda, dicen, hubiera estado encantado con él. Aquella noche quise pedir prestado el libro o llevármelo sin decirlo a nadie pero no lo hice. Me dije que lo encontraría. Lo busqué en los recovecos posibles de la virtualidad y no di con él. Así, el tercer encuentro no ha terminado aun, apenas comienza. Mientras no encuentre el libro o mientras el pariente y su compañera no me vuelvan a invitar y entre bocados o frases sueltas, vuelva a sus páginas y parajes de las pinturas me hablen o párrafos de texto me miren, el tercer encuentro no será aun. Como la pipa que no es una…
Argumento. Esto no es una historia… 235-Magritte-6
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016
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Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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