La ventana de la rue Berckmans

6 agosto, 2016 § 1 comentario

232-Hammershøi-1Hace unos diez años conocí a Vilhelm Hammershøi en una calle de la Ciudad de la Pintura que, por estar en el mundo paralelo, también es todas las ciudades. Nos encontramos en una de esas calles de otro tiempo con casas de puertas pesadas, ventanas de dieciséis vidrios pintadas de blanco y muros oscurecidos por el tiempo en el barrio de Ixelles en Bruselas. Sin embargo sus pinturas retrataban los interiores de casas en Londres o Copenhagen. Habitaciones vacías. Una ventana, una hora indefinible en la mañana, rayos de sol en el piso y sin muebles o con pocos muebles; en una de las ventanas, siempre la misma pero a horas distintas, el sol determina el momento; puertas abiertas de habitaciones que se comunican o habitaciones cerradas con muebles; una mesa con mantel blanco recién planchado, un mueble de linos con tres cajones, una presencia de una mujer de espaldas al espectador, de espaldas a Hammershøi y un espejo o quizá una pintura, no alcanzo a ver si es uno u otro en la pared encima del mueble.
Fue el primer encuentro. Los interiores de las casas que pintó Hammershøi me devolvieron los días vividos en lugares como esas pinturas años antes, veinte o más. La misma luz, los mismos muebles, los mismos colores de tierra fría en invierno y en verano. La luz limpia. El regreso, imposible en la llamada realidad, pareció posible en las pinturas. La idea de devolver el tiempo en las pinturas tomó forma en el recuerdo. Las habitaciones amplias de techos altos, con una lámpara en el centro; los pisos de madera curtida por los pasos y el tiempo, uno que otro mueble, a veces una silla de verdad Thonet, a veces imitación; las paredes blancas con pocas pinturas a pesar de que éramos pintores; las puertas abiertas, también blancas, de madera gruesa en galería; la apariencia de solidez, de peso venido de un tiempo pasado en dirección a otro por venir, todo tan sólido como el silencio se abrió a la experiencia. Entré en las pinturas.

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Me encontré en las habitaciones que su imaginación creó, Hammershøi permaneció del lado de las pinturas donde siempre estuvo pues no me crucé con retratos suyos. Pasé de espectador a sujeto. Por diversión me hice coincidir con el visitante inesperado que lee de pie en una de las esquinas de su estudio. Fue curioso porque en algún momento tuve una silla como la que aparece allí frente al pupitre de tapa, pero no era blanca, la mía era roja, y cedió bajo un peso exagerado alguna tarde de lluvia. Entonces comprendí que el tiempo estaba abierto, podía ir hacia atrás o adelante tanto como quisiera. Decidí que estaba en el número cuarenta y nueve de la rue Berckmans donde compartí el tercer piso, un taller de artista, con Serge mi amigo belga. Pasé de una habitación a otra, subí y baje escaleras. A pesar de que la pintura tenía diferencias marcadas con la que el recuerdo sugirió, atribuí los cambios a la imaginación del artista. Hammershøi había sido riguroso en cuanto a buena parte de los detalles en sus pintura pues hacían parte de su cotidianidad, sin embargo también es posible que en algún momento hubiera liberado su imaginación y ciertos detalles como un objeto, una puerta cerrada, unas escaleras que estuvieran o no en alguna pintura, pertenecieran a otra situación, a otro momento. Concedí eso porque también tengo tendencia a dejarme llevar y en ocasiones objetos o personajes aparecen en lugares que no les pertenecen y seguramente existen pero en otra parte.
La posibilidad de retornar a la pintura y recorrer lugares que en un momento inolvidable hicieron parte de mi día a día, fue una posibilidad extraordinaria. Nunca antes me había sucedido. He tenido encuentros más o menos intensos con pintores, incluso he tomado el lugar de personajes en cuadros o en situaciones que me hubiera gustado vivir, pero nunca hasta ahora había tenido la posibilidad de entrar de viva voz, en lugares donde conversé, soñé, viví, antes, mucho antes de conocer el artista, pero después, mucho después, de que él los pintara anclados en el tiempo, con la idea quizá, todo se puede esperar, de dejar las puertas abiertas a la posibilidad de volver algún día.

232-Hammershøi-3Me encontré con Madame Flesyn, de espaldas, mientras mira por la ventana y también con Madame Rosseller mientras lleva algo de un lado para otro en la habitación principal. Las dos damas habitantes del cuarenta y nueve rue Berckmans eran mayores, en la época de mi estancia. La mujer que Hammershøi representó en sus pinturas, por lo que he podido saber se trata de su esposa, aparece más joven que las damas a quienes me refiero, pero también es posible que ellas regresaran antes que yo para mirar el orden, para preocuparse por los ruidos o para quedar tranquilas cuando la escuchaban cerrar la puerta de la calle. La libertad concedida de habitar las pinturas después de cambiar el puesto de espectador por el de sujeto, permite la posibilidad de detener, avanzar o retroceder el tiempo y sentir el frío de algunas noches de invierno, el olor de la trementina o el de los tabacos comprados en la tabacalera de la esquina con los primeros francos que entraron en nuestras arcas o escuchar los pasos de Madame Sovet, nuestra mecenas, subiendo por las escaleras del taller; no tardará, si prestamos atención, en aparecer por alguna de las puertas abiertas; o, es posible, que ya haya tomado el lugar de alguna de las mujeres que Hammershøi pintó a la espera o mientras lee. Podría asegurar ahora, después de reconocer las estancias, que quien ocupa el lugar de visitante inesperado leyendo de pie en el estudio, cambiamos según el espectador, en este momento es Serge, mi amigo, con quien compartí aquel taller y las afugias de pintores en ciernes. Más tarde seré yo de nuevo.
Como siempre un detalle es más notable que los otros. Una habitación desconocida obliga, es mi caso, a mirar por la ventana. La curiosidad de ver lo que hay del otro lado es más fuerte. En las estancias de Hammershøi hay ventanas por todas partes y cuando no son parte integral está su reflejo. En el cuarenta y nueve de la rue Berckmans había ventanas por todas partes pero una de ellas, inaccesible, estaba muy alta, nunca me permitió satisfacer la curiosidad, era un ventanal de lado a lado. Siempre tuve la curiosidad de saberlo, había quizá un patio, o los techos de las casas vecinas o, las ventanas de habitaciones donde se descubrían secretos. A los lejos y sobre las chimeneas era posible ver la cúpula del Palacio de Justicia pero no más., nunca vi más.232-Hammershøi-2
La curiosidad no satisfecha y las estancias quietas, silenciosas, habitadas por personajes solitarios que seguramente hablan poco, fueron los detalles primeros, si así los puedo llamar, que me atrajeron a las pinturas de Hammershøi. La relación se hizo más fuerte cuando me fue permitido traspasar el tiempo y habitar sus pinturas. Espectador convertido en sujeto con la posibilidad de mirar por las ventanas y ver satisfecha la curiosidad, sobre todo porque una serie de retratos de una ventana, siempre la misma, a horas distintas, al lado de una puerta cerrada, tengo una idea de a dónde conduce; a veces con la mujer de siempre cerca de una mesa; a veces la ventana sola, sin nadie, solo ella; otras, en la noche a la luz de dos candelabros, con la presencia del visitante inesperado, ¿Serge, Yo? La certeza de que el tiempo hizo lo necesario para cambiar el ventanal inaccesible, por esta ventana que espera el paso del tiempo y mi regreso fue conmigo de habitación en habitación. Recorrí las estancias de Hammershøi, pasé por estancias donde la mujer ocupada en otras cosas no me escuchó pasar; en un habitación creí escuchar una voz conocida. Por fin llegué al salón, amplio como el taller de la rue Berckmans y la ventana estaba allí. Puedo decir que me esperaba, me llamaba para que fuera a ver qué había del otro lado. La mujer de siempre sentada a una mesa de espaldas a la ventana concentrada en sus cosas no me vio. Crucé el salón amplio como aquel otro, llegué a la ventana, la luz de una tarde de otoño entraba suave. Al frente había la fachada de una casa calcada, podría decir, de la casa donde estaba. Las ventanas, numerosas, coincidían en todo, altura, tamaño, unas con otras. Frente a mi ventana había otra exactamente igual donde me vi intentando descubrir lo que había del otro lado…Print

Argumento. Cuando tenga tiempo vuelvo, anunció el hombre mientras se alejaba. Por ahora no tengo, dijo y se fue corriendo como si algo le faltara. Sin tiempo comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara 2016


Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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§ Una respuesta a La ventana de la rue Berckmans

  • Estefania Aguirre Aristizabal dice:

    No sería capaz de describir cómo cada una de sus historias logran conmoverme, cómo logran hacerme sentir, de alguna forma, parte de ellas. Su delicadeza y honestidad al escribir me permiten entrar ahí, respirar el mismo aire, ser parte de la historia (lo mismo que le suele pasar a usted al contemplar una pintura) Supongo que eso es lo que pasa cuando tienes la fortuna de conocer un trabajo honesto y desinteresado.
    Gracias por dejarnos leer una parte de su alma. Toda mi admiración para usted.

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