Casi tres encuentros con Magritte

27 agosto, 2016 § Deja un comentario


235-Magritte-2Dejé Bruselas un miércoles de mañana. En ese momento veía el mundo con ojos de pintor. Regresé veintidós años después un viernes en la noche. Ya no pintaba. Sin embargo la acción de observar con minucia las ficciones que habitan los resquicios entre personas era la misma. Con los ojos del pintor que partió esos resquicios se hubieran representado con colores, formas y texturas; con los del otro que regresó, palabras, situaciones y detalles los narran.
Salí por el aeropuerto de Zaventem en las afueras de Bruselas; regresé por la Gare de Midi, la estación de tren en el centro de la ciudad. Volví como quien regresa al lugar del crimen. Todo lugar es susceptible de ser testigo de uno. Todo regreso viene con el sabor del recuerdo parcial y la ignorancia completa de lo por venir a pesar de que siempre algo inconcluso queda: un personaje, una prueba, unas palabras. Esto pasó por mi mente mientras caminaba con mi mujer por la Chaussée de Charleroi rumbo a la Toison d’Or a unas seis o siete calles del hotel donde bajamos. Una distancia respetable si se tiene en cuenta la hora, más de las nueve de la noche y el tiempo frío acompañado de lluvia fina, sin apariencia, de comienzos de invierno. Era una distancia respetable. A esa hora y con ese tiempo, en el momento menos pensado, era una manera de regresar. Algo debe pasar me dije. Cruzamos algunas personas. Una de ellas con abrigo oscuro, negro, y sombrero melón, como el que utilizaba Magritte en fotografías y pinturas, nos alcanzó, pidió disculpas por importunar nuestro camino, se adelantó una veintena de metros, se aproximó a una ventana, apoyó la mano en el vidrio para mirar al interior, hizo un gesto como si al fin encontrara alivio a su incertidumbre, nos miró con cara de quien se quita un peso de encima y desapareció por una puerta. Cuando llegamos a la altura de la ventana no pude contener la curiosidad de mirar al interior, lo que vi fue un salón iluminado con lámparas múltiples, paredes altas de color rojizo, un espejo que subía desde el parador de la chimenea, prendida, hasta los adornos del techo que devolvió mi imagen al otro lado de la ventana a pesar de la distancia, unos doce metros. Era un restaurante y las mesas estaban ocupadas por clientes que conversaban sin preocuparse por la ventana o la calle. Era, sin duda, el salón principal de un restaurante. Los presentes llevaban vestido oscuro, camisa con corbata, abrigo negro y sombrero melón. Pensé en una comida donde todos los invitados eran Magritte. Con mi reflejo en el espejo encima de la chimenea, recordé “El mes de la vendimia” la pintura donde los Magrittes miran hacia el interior de una habitación. En ese momento yo estaba en el lugar de ellos y ellos en el lugar del pintor. Así fue el segundo encuentro con Magritte.
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El primer encuentro tuvo lugar treinta y siete años antes. En noviembre también. Sucedió en Stratton Street en el centro de Londres. En aquellos años trabajaba como asistente del asistente del asistente en la cocina de un restaurante francés cerca de Picadilly. A unos cincuenta pasos en dirección a Mayfair Place, por la acera frente al restaurante, había una galería de arte. No recuerdo el nombre, era pequeña y oscura. La puerta, el marco de la vitrina y las paredes al interior eran oscuras, quizá verde oscuro. Una tarde de jueves, el único día que hacía los dos turnos, en el descanso entre almuerzo y cena salí a caminar por el barrio. Sin rumbo fijo pasé a la acera del frente con la intención de perderme y a los cincuenta pasos que nunca conté, me encontré frente a una vitrina oscura. Allí iluminada por una luz precisa, una pintura. Era el retrato de una pareja bajo el cielo de verano, los arbustos en segundo plano son del verde intenso que se da entre julio y agosto. La pareja viste ropas frescas, es el comienzo de la tarde, quizá la hora de pasear después del almuerzo. Los dos, hombre y mujer, llevan las caras cubiertas por una delgada tela blanca. El viento, posible en temporada, pega la tela a sus caras marcando el relieve de sus facciones. La cara del hombre, detrás de la mujer, está cerca de ella. Le habla, quizá le descubre un secreto. Ella se mantiene firme y acepta el secreto o la declaración. “Los amantes” es su título. Me quedé un rato frente a la vitrina sin quitar los ojos de la pintura.

235-Magritte-4De repente un hombre mayor salió de la Galería y dijo que si me gustaba podía entrar a ver los otros cuadros expuestos. Eso fue lo que entendí en mi inglés de dos por tres. La sala era pequeña y oscura. Las doce o quince pinturas expuestas iluminadas como en la vitrina parecían ventanas abiertas a otras horas, a otros días. Todas llamaron mi atención, me proponían cosas que nunca había imaginado. Allí estaba la manzana atrapada en “La cámara de escucha”, un espacio más pequeño que ella donde la encierran; y la habitación con cielo propio donde los objetos reposan, “Los valores personales”, quizá conversan. Dos pinturas me atrajeron más que las otras “El imperio de la luz” un juego de horas, entre día y noche, en el mismo lugar; y “El hombre del periódico”, la repetición cuatro veces de un grabado de 1899, con el personaje leyendo el periódico como en el original en el primer cuadro, pero sin él en los otros tres. En algún momento de la visita, siempre estuve solo en la sala, el hombre mayor se acercó y por lo que pude entender dijo que debía salir unos momentos, que no demoraba y si me gustaba podía quedarme allí mientras él estuviera fuera. Acepté sin saber exactamente qué aceptaba. El hombre se demoró más de lo que dijo pero no me di cuenta, cada cuadro era una aventura. Cuando salí a la calle la noche había caído y estaba retrasado para volver al trabajo en el restaurante. Pensé entonces que si era posible ver como Magritte veía, valía la pena intentarlo. En lugar de cruzar la calle y entrar por la puerta del servicio decidí seguir por la misma acera hasta la estación de Green Park y en el primer tren que pasó regresé a casa.
Después de ese día me crucé cientos de veces con Magritte. Con frecuencia pasé por Schaerbeek el barrio de Bruselas donde vivió. Cientos de veces creí estar frente a su casa y entonces lo imaginé pintando, con el caballete
al lado de la ventana. En el mueble que solo tenía que cerrar y correr hasta el sillón donde le tomaron algunas fotografías para devolver el orden al apartamento, guardaba pinceles y tubos de pintura ordenados por gamas o tamaños. Al final del día le bastaba tapar el lienzo, cerrar el mueble y el salón volvía a ser el hogar que compartía con su mujer. Cientos de veces lo imagine así.
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El casi tercer encuentro, que no es el tercero, pero que toma ese lugar ahora, sucedió hace pocos días. En el apartamento biblioteca de un pariente cercano y su compañera, donde fui invitado a comer con mi mujer, un libro me hizo señas desde la estantería frente a mi puesto en la mesa. Cuando logré evadir la conversación respondí los llamados. Fui directo al libro de donde venían, era “La bella cautiva” la novela que Alain Robbe-Grillet escribió a partir de setenta y siete pinturas de Magritte. Lo ojeé, leí las primeras líneas de varias páginas pero no recuerdo ninguna, o sí, recuerdo una: “…Las pinturas hablan, la escritura ve…” La novela juega a estar y no estar, a ser y no ser, a pasar de pintura a texto y regresar. Magritte es un surrealista total y Robbe-Grillet un escritor de la nueva novela francesa, hablamos de 1975, año en que se publicó el libro y Magritte ya había muerto, sin duda, dicen, hubiera estado encantado con él. Aquella noche quise pedir prestado el libro o llevármelo sin decirlo a nadie pero no lo hice. Me dije que lo encontraría. Lo busqué en los recovecos posibles de la virtualidad y no di con él. Así, el tercer encuentro no ha terminado aun, apenas comienza. Mientras no encuentre el libro o mientras el pariente y su compañera no me vuelvan a invitar y entre bocados o frases sueltas, vuelva a sus páginas y parajes de las pinturas me hablen o párrafos de texto me miren, el tercer encuentro no será aun. Como la pipa que no es una…
Argumento. Esto no es una historia… 235-Magritte-6
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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El Jardín de la delicias

20 agosto, 2016 § 1 comentario


234-Bosch-1Un pintor conocido en España como “El Bosco”, a quien prefiero llamar por el nombre que eligió por voluntad propia: Jheronimus Bosch, tomado de su ciudad natal Hertogenbosch en los Países Bajos, van Aken era su apellido paterno, pues los nombres no se traducen y menos aun por consonancias fonéticas, tenía inclinación a pintar trípticos, es decir, obras divididas en tres partes. Con esta estructura pintó retablos que Felipe II llevó a Madrid y hoy se encuentran en el Museo del Prado: El Jardín de las delicias, El carro de heno y el Tríptico de adoración de los Magos, aparte de otras numerosas pinturas que pertenecen a la colección del Museo. También pintó el Tríptico de las tentaciones de San Antonio Abad, que se encuentra en Lisboa.
Sucede con las pinturas como con los hechos de la vida, por lo menos en lo que a mí concierne. En la medida en que pasa el tiempo las interpretaciones evolucionan, en ocasiones se mantienen pero en general el tiempo obra de manera distinta, quizá más precisa, quizá más rica, quizá más llena de coincidencias. Los cuatro retablos mencionados tienen puntos en común. La presencia de multitud de personajes pintados con la depurada técnica de los primitivos flamencos. Bosch fue contemporáneo de los Bruegel: Jan, hijo de Pieter el viejo y padre de Jan el joven; fue también heredero de la técnica de Johannes Vermeer. En sus obras conviven multitud de personajes, como los que encuentro en las calles y en los buses, que no parecen quietos. Los que ayer vi en una posición, hoy los veo en otra y los que aparecen en primer plano en El carro de heno son seguramente los mismos que desnudos se disimulan detrás de una forma alegórica en El Jardín de las delicias. La afirmación de fray José Sigüenza “…la diferencia que a mi parecer hay de las pinturas de este hombre a las de los otros, es que los demás procuraron pintar al hombre cual parece por defuera; este solo se atrevió a pintarle cual es dentro…” señala la abundante imaginación satírica del pintor. También Michel Onfray agrega al mundo de Jheronimus Bosch cuando dice que su pintura invita a pensar lo impensable.

234-Bosch-3Estar frente a cualquiera de las pinturas de Jheronimus Bosch es una aventura fascinante. Sin embargo El jardín de las delicias tiene un agregado que los otros no, los cientos, no sé de nadie que los haya contado, de personajes que aparecen en los tres tiempos de la obra, Paraíso, Jardín e Infierno, inmensa también por sus dimensiones, están desnudos. Mirar los personajes tal y como vinieron al mundo es despojarlos de los oropeles del poder y la sociedad es como dice Sigüenza “…pintarles por dentro…” ¿Será eso lo que intento ver y no he podido de los personajes que encuentro a diario?
No he visto nunca El jardín de las delicias en el Prado. Lo llevo conmigo desde hace años en un libro y con frecuencia lo repaso. Me gusta ver los personajes en grupos, que parecen conversar, donde siempre hay alguno distraído, alguno que mira al espectador y parece invitarlo a atreverse, como si se tratara de entrar a una fiesta. Todos desnudos. He visto cambiar de posición al hombre que recibe con cariño un fruto rojo del pico de un pato tan grande como él. Y también la mujer que monta un caballo con cabeza de ave de rapiña. El placer de la caricia corre por los rincones de este jardín donde el sol seguramente no se oculta nunca. Incluso los animales que en otros contextos parecerían agresivos aquí son partícipes del jolgorio. Hay algo de contemporáneo en las formas brillantes como el metal, arquitecturas de donde vienen todos, o quizá, donde van a descansar cuando cierro el libro.
Sin embargo, aparte de “pensar lo impensable” Jheronimus Bosch tiene la virtud premonitoria de ver el mundo de quinientos años después: multitudinario, abrumador, con estados al límite y en apariencia festivo. Un conflicto, latente, en el filo del equilibrio, sostiene la pintura. Así la oscuridad del sufrimiento domina en el tercer panel del tríptico, el infierno. Ya no es el deseo y la caricia lo que predomina, es el dolor, la suciedad y el azar indefinible. Es el tercer estado, que Jheronimus Bosch previó en el infierno de El Jardín de las delicias, el estado donde posiblemente nos encontremos. Porque el Paraíso no existe y si existió ya es tiempo pasado. Lo único que queda de él es el drago, el árbol de la vida, a la izquierda de Adán recostado.

234-Bosch-2Entre tantos personajes hay uno, El hombre árbol, que primero fue dibujo a pluma y se encuentra en Viena; y luego con algunos cambios y al óleo sobre madera es uno de los personajes centrales del infierno. Dicen que tiene los rasgos de Jheronimus Bosch. Es su retrato. Un plato cubre la cabeza y un festín amenizado por una gaita, hace equilibrio y gira en el plato. Al interior del cuerpo, visible porque está cortado al destajo un grupo se divierte alrededor de una mesa mientras una figura, que puede ser la mujer del servicio, vierte vino de un tonel en la jarra que llevará a la mesa. Un hombre se inclina sobre el borde del hombre árbol y llama a otros que suben por una escalera. La altura del cuerpo es la altura de sus brazos como troncos de árbol que se sostienen plantados en dos lanchas ancladas en aguas quietas. En el dibujo, los cambios no son sustanciales y El Hombre árbol sigue siendo el mismo. Ahora, después de años de llevar el libro a todas partes, puedo asegurar que me he cruzado con él en mis recorridos callejeros en busca de personajes para poblar las páginas en blanco que inquietan mis días y solo ahora vengo a notarlo, se convierten de a pocos en El Jardín de las delicias inevitable en que vivimos y Jheronimus Bosch previó hace más de quinientos años…
Argumento. Una multitud… Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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Retrato del artista retratado

13 agosto, 2016 § Deja un comentario


233-Jaramillo-2El día siguiente de la inauguración de su exposición de retratos en el Museo Maja de Jericó, a las ocho de la mañana, me encontré con Gustavo Jaramillo. En la sala del primer piso están colgados los setenta y dos retratos que, dice, ha hecho en su vida de artista desde mil novecientos setenta y cinco, el año en que terminó los estudios de Sociología en la Universidad Pontificia Bolivariana. Son setenta y cuatro retratos en total, en la exposición faltan dos pero no le pregunté por qué, los que tenemos alrededor son testimonio suficiente de la relación íntima, amorosa, dulce, enamorada, en ocasiones intensa, incluso dolorosa, entre artista y sujeto. Son retratos hechos a lápiz, con suavidad para no herir el papel, en capas sucesivas que les dan vida. Nos encontramos en el centro de la sala y ocupamos tres sillas, sobre la tercera están los cigarrillos, el cenicero y el sombrero de ala corta que Jaramillo se pone para salir a la calle. “En cada retrato voy yo, mi esfuerzo, mis ojos, mi desgaste, mi desvelo, porque me he despertado a233-Jaramillo-1 las tres de la mañana obsesionado, como sucedió con el retrato de Kafka, ¡…no he hecho a Kafka, no es posible…! de una me levanto y arranco a hacerlo,” dice mientras prende un cigarrillo, quizá el segundo o tercero. Este hombre que durante un año dibujó con minucia los retratos de estos personajes, ha dedicado más de esos doce meses a prepararse para esos encuentros; desde antes de mil novecientos setenta y cinco, el año en que comenzó su vida de artista, comenzó a prepararse; no se conoce a estos personajes como él los conoce de la noche a la mañana. Porque cada retrato es una muestra de conocimiento. Jaramillo fuma y habla, cuando se siente en buena compañía es buen conversador. Su afirmación me anima, lo escucho más de lo que hablo. Su intimidad con cada personaje, incluso con los dos o tres que están allí aunque no le atraen especialmente, es el resultado de años de seguirlos, de leerlos, de observarlos, de escucharlos y233-Jaramillo-3 convivir con ellos. Hacer un retrato es intimar con el retratado, es una relación incondicional, casi secreta. Hay gestos y miradas en cada uno que delatan esos instantes. El primer trazo comienza en los ojos porque los ojos son el ancla del retrato, se quedan quietos cuando la expresión pasa de la alegría al dolor o la ausencia. En la medida en que Jaramillo narra aquello que lo une a cada personaje construye su propio retrato. Habla de Rosa Luxemburgo como si hubiera estado con ella en el calabozo de su muerte; o del último encuentro entre Charlie Parker y Billie Holiday porque él hubiera querido ser Charlie en ese momento sublime; hubiera querido ser el enamorado de Camille Claudel; el dolor y la angustia de García Lorca o de Hannah Arendt también son suyos, como la alegría burlona de Alexander Calder. Hubiera querido estar al lado de Simone de Beauvoir en el Café de Flore durante los años del existencialismo. Su cariño por ellos lo lleva a tener coincidencias reales con personajes como Albert Camus: ambos poseen una de las mascarillas de mujer más bellas que233-Jaramillo-4 existen L’inconnue de la Seine, Camus tenía la suya en el escritorio, Jaramillo la tiene en el piso al lado de la silla donde escucha la Obertura 1812 al máximo volumen de los dieciséis parlantes que lo rodean. Todo tiembla, dice con una sonrisa. Es su manera de compartir con los clásicos. Son coincidencias, frutos del azar, pero el azar no existe, es el resultado de la correspondencia entre pensar y hacer. Jaramillo habla de los personajes, estamos allí para eso, aunque por momentos uno que otro salto a la historia lo desvían del tema, dice con preocupación; sin embargo no es así y él lo sabe, los personajes retratados son parte de la historia y para comprenderla y comprender el mundo es necesario estudiarlos, conocerlos, saber de donde vienen y lo que es mejor para donde van, a pesar de que entre los setenta y dos en la sala solo dos viven. Los otros habitan el imaginario de Jaramillo desde siempre. Todos los días los busca, está en contacto con ellos, los 233-Jaramillo-6lee despacio; solo una página por día, luego cierra el libro aunque al final de la página encuentre una coma, un punto o parte de una frase. Cuando encuentra párrafos que lo ponen a pensar o lo conmueven los copia en un papel, los mete al bolsillo y durante el día los saca y los relee. Le ha sucedido con Walter Benjamin y aun así, asegura que Benjamin le ha pegado unos revolcones fantásticos. Entonces caigo en la cuenta de un detalle, todo está hecho de detalles, Jaramillo habla de los personajes como si viviera con ellos, como si los tuviera en su casa, como si esperaran su regreso. Cuando llegue saldrán a la puerta a recibirlo. Si me lo preguntaran yo diría que es posible conversar con cada uno de los setenta y dos como si fueran Gustavo Jaramillo y escuchar las historias que los llevaron a estar allí, en la sala del primer piso del Museo Maja de Jericó hasta finales de septiembre. Si me lo preguntaran yo diría que los setenta y dos retratos son el retrato de Jaramillo, de su vida de artista, de su conocimiento, de su talento.
Texto publicado en la edición 679 de Vivir en El Poblado

Argumento. Le pregunto por los personajes y se emociona, me habla de su relación con ellos… Así comienza su retrato…
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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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La ventana de la rue Berckmans

6 agosto, 2016 § 1 comentario


232-Hammershøi-1Hace unos diez años conocí a Vilhelm Hammershøi en una calle de la Ciudad de la Pintura que, por estar en el mundo paralelo, también es todas las ciudades. Nos encontramos en una de esas calles de otro tiempo con casas de puertas pesadas, ventanas de dieciséis vidrios pintadas de blanco y muros oscurecidos por el tiempo en el barrio de Ixelles en Bruselas. Sin embargo sus pinturas retrataban los interiores de casas en Londres o Copenhagen. Habitaciones vacías. Una ventana, una hora indefinible en la mañana, rayos de sol en el piso y sin muebles o con pocos muebles; en una de las ventanas, siempre la misma pero a horas distintas, el sol determina el momento; puertas abiertas de habitaciones que se comunican o habitaciones cerradas con muebles; una mesa con mantel blanco recién planchado, un mueble de linos con tres cajones, una presencia de una mujer de espaldas al espectador, de espaldas a Hammershøi y un espejo o quizá una pintura, no alcanzo a ver si es uno u otro en la pared encima del mueble.
Fue el primer encuentro. Los interiores de las casas que pintó Hammershøi me devolvieron los días vividos en lugares como esas pinturas años antes, veinte o más. La misma luz, los mismos muebles, los mismos colores de tierra fría en invierno y en verano. La luz limpia. El regreso, imposible en la llamada realidad, pareció posible en las pinturas. La idea de devolver el tiempo en las pinturas tomó forma en el recuerdo. Las habitaciones amplias de techos altos, con una lámpara en el centro; los pisos de madera curtida por los pasos y el tiempo, uno que otro mueble, a veces una silla de verdad Thonet, a veces imitación; las paredes blancas con pocas pinturas a pesar de que éramos pintores; las puertas abiertas, también blancas, de madera gruesa en galería; la apariencia de solidez, de peso venido de un tiempo pasado en dirección a otro por venir, todo tan sólido como el silencio se abrió a la experiencia. Entré en las pinturas.

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Me encontré en las habitaciones que su imaginación creó, Hammershøi permaneció del lado de las pinturas donde siempre estuvo pues no me crucé con retratos suyos. Pasé de espectador a sujeto. Por diversión me hice coincidir con el visitante inesperado que lee de pie en una de las esquinas de su estudio. Fue curioso porque en algún momento tuve una silla como la que aparece allí frente al pupitre de tapa, pero no era blanca, la mía era roja, y cedió bajo un peso exagerado alguna tarde de lluvia. Entonces comprendí que el tiempo estaba abierto, podía ir hacia atrás o adelante tanto como quisiera. Decidí que estaba en el número cuarenta y nueve de la rue Berckmans donde compartí el tercer piso, un taller de artista, con Serge mi amigo belga. Pasé de una habitación a otra, subí y baje escaleras. A pesar de que la pintura tenía diferencias marcadas con la que el recuerdo sugirió, atribuí los cambios a la imaginación del artista. Hammershøi había sido riguroso en cuanto a buena parte de los detalles en sus pintura pues hacían parte de su cotidianidad, sin embargo también es posible que en algún momento hubiera liberado su imaginación y ciertos detalles como un objeto, una puerta cerrada, unas escaleras que estuvieran o no en alguna pintura, pertenecieran a otra situación, a otro momento. Concedí eso porque también tengo tendencia a dejarme llevar y en ocasiones objetos o personajes aparecen en lugares que no les pertenecen y seguramente existen pero en otra parte.
La posibilidad de retornar a la pintura y recorrer lugares que en un momento inolvidable hicieron parte de mi día a día, fue una posibilidad extraordinaria. Nunca antes me había sucedido. He tenido encuentros más o menos intensos con pintores, incluso he tomado el lugar de personajes en cuadros o en situaciones que me hubiera gustado vivir, pero nunca hasta ahora había tenido la posibilidad de entrar de viva voz, en lugares donde conversé, soñé, viví, antes, mucho antes de conocer el artista, pero después, mucho después, de que él los pintara anclados en el tiempo, con la idea quizá, todo se puede esperar, de dejar las puertas abiertas a la posibilidad de volver algún día.

232-Hammershøi-3Me encontré con Madame Flesyn, de espaldas, mientras mira por la ventana y también con Madame Rosseller mientras lleva algo de un lado para otro en la habitación principal. Las dos damas habitantes del cuarenta y nueve rue Berckmans eran mayores, en la época de mi estancia. La mujer que Hammershøi representó en sus pinturas, por lo que he podido saber se trata de su esposa, aparece más joven que las damas a quienes me refiero, pero también es posible que ellas regresaran antes que yo para mirar el orden, para preocuparse por los ruidos o para quedar tranquilas cuando la escuchaban cerrar la puerta de la calle. La libertad concedida de habitar las pinturas después de cambiar el puesto de espectador por el de sujeto, permite la posibilidad de detener, avanzar o retroceder el tiempo y sentir el frío de algunas noches de invierno, el olor de la trementina o el de los tabacos comprados en la tabacalera de la esquina con los primeros francos que entraron en nuestras arcas o escuchar los pasos de Madame Sovet, nuestra mecenas, subiendo por las escaleras del taller; no tardará, si prestamos atención, en aparecer por alguna de las puertas abiertas; o, es posible, que ya haya tomado el lugar de alguna de las mujeres que Hammershøi pintó a la espera o mientras lee. Podría asegurar ahora, después de reconocer las estancias, que quien ocupa el lugar de visitante inesperado leyendo de pie en el estudio, cambiamos según el espectador, en este momento es Serge, mi amigo, con quien compartí aquel taller y las afugias de pintores en ciernes. Más tarde seré yo de nuevo.
Como siempre un detalle es más notable que los otros. Una habitación desconocida obliga, es mi caso, a mirar por la ventana. La curiosidad de ver lo que hay del otro lado es más fuerte. En las estancias de Hammershøi hay ventanas por todas partes y cuando no son parte integral está su reflejo. En el cuarenta y nueve de la rue Berckmans había ventanas por todas partes pero una de ellas, inaccesible, estaba muy alta, nunca me permitió satisfacer la curiosidad, era un ventanal de lado a lado. Siempre tuve la curiosidad de saberlo, había quizá un patio, o los techos de las casas vecinas o, las ventanas de habitaciones donde se descubrían secretos. A los lejos y sobre las chimeneas era posible ver la cúpula del Palacio de Justicia pero no más., nunca vi más.232-Hammershøi-2
La curiosidad no satisfecha y las estancias quietas, silenciosas, habitadas por personajes solitarios que seguramente hablan poco, fueron los detalles primeros, si así los puedo llamar, que me atrajeron a las pinturas de Hammershøi. La relación se hizo más fuerte cuando me fue permitido traspasar el tiempo y habitar sus pinturas. Espectador convertido en sujeto con la posibilidad de mirar por las ventanas y ver satisfecha la curiosidad, sobre todo porque una serie de retratos de una ventana, siempre la misma, a horas distintas, al lado de una puerta cerrada, tengo una idea de a dónde conduce; a veces con la mujer de siempre cerca de una mesa; a veces la ventana sola, sin nadie, solo ella; otras, en la noche a la luz de dos candelabros, con la presencia del visitante inesperado, ¿Serge, Yo? La certeza de que el tiempo hizo lo necesario para cambiar el ventanal inaccesible, por esta ventana que espera el paso del tiempo y mi regreso fue conmigo de habitación en habitación. Recorrí las estancias de Hammershøi, pasé por estancias donde la mujer ocupada en otras cosas no me escuchó pasar; en un habitación creí escuchar una voz conocida. Por fin llegué al salón, amplio como el taller de la rue Berckmans y la ventana estaba allí. Puedo decir que me esperaba, me llamaba para que fuera a ver qué había del otro lado. La mujer de siempre sentada a una mesa de espaldas a la ventana concentrada en sus cosas no me vio. Crucé el salón amplio como aquel otro, llegué a la ventana, la luz de una tarde de otoño entraba suave. Al frente había la fachada de una casa calcada, podría decir, de la casa donde estaba. Las ventanas, numerosas, coincidían en todo, altura, tamaño, unas con otras. Frente a mi ventana había otra exactamente igual donde me vi intentando descubrir lo que había del otro lado…Print

Argumento. Cuando tenga tiempo vuelvo, anunció el hombre mientras se alejaba. Por ahora no tengo, dijo y se fue corriendo como si algo le faltara. Sin tiempo comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

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