Edward Hopper

30 julio, 2016 § Deja un comentario

231-Hopper-1En los últimos días, semanas, podría decir, me he cruzado en varias ocasiones con Edward Hopper el pintor nacido en un pueblo costanero cerca de New York en julio de 1882. Quizá la fecha, aniversario de su nacimiento, lo puso en mi camino. No puedo decir que somos amigos, habrá quien me mire de lado y asegure que estoy loco, que exagero para hacerme el interesante, mínimo que soy un mentiroso irredimible o que invento cualquier cosa para hacerme pasar por yo no sé qué. Sin embargo, insisto, me he cruzado con él en cientos de ocasiones, algunas recientes, y a pesar de que no puedo decir que somos amigos si puedo asegurar que lo conozco. Edward, me atreveré a llamarlo así, murió en mayo de 1967 en New York. Lo conocí en mil novecientos setenta y tres. Sucedió en la Tate Gallery de Londres donde tenían en exhibición algunos de sus cuadros. Una mañana del verano de ese año, recién llegado a Londres buena parte de mis días los caminé por recovecos desconocidos de la ciudad, fui de los primeros en llegar a la Tate y me encontré solo frente a sus pinturas. Me encontré como algunos de sus personajes en habitaciones de hotel sin nada particular, como la mía de alquiler por esos días en Shepherds Bush, y con la mirada fija en algo que no veo pero que está ahí. Esperé como aquellos personajes, quieto, atento a la llegada de un suceso cercano que ni ellos, ni yo, conocemos. Me encontré con situaciones donde, a pesar de que algunos de sus personajes fueran mujeres, me vi en ellas y también en la incertidumbre del momento, en las pinturas, y seguramente en mí, recién llegado a la ciudad desconocida, al continente desconocido. Lejos de todo. Ese día me hice amigo de Edward Hopper, para ser más exacto me hice amigo de sus pinturas que es algo así como hacerse amigo suyo, porque los amigos se encuentran y conversan se cuentan historias o callan, en ocasiones se acompañan y esperan; sin lugar a dudas es lo que sucede con Edward Hopper o con sus pinturas, aclaro, para no levantar dudas.
Como sucede con los amigos, también hay temporadas de ausencia, a veces nos vemos, a veces no, pero cuando nos vemos es como si fuera la primera vez y las historias fluyen. En una ocasión hace algunos años escribí un encuentro con Edward que hizo parte de una exposición de textos en las paredes de la sala como si fueran pinturas. El texto tenía un título: Quizá Edward Hopper no pensó en esto, pero el paisaje le salió así. El “quizá” del título lo agregué ahora, tanto tiempo después de haberlo escrito:¿Me quieres?, pregunta con nostalgia desde su silla mientras observa la forma de las montañas recortada en el crepúsculo. Sí, respondió ella lánguida mientras observa la forma de las montañas recortada en el crepúsculo. Miran en la misma dirección, ni sus ojos, ni sus manos, ni sus cuerpos hacen el menor movimiento, la sensación del mismo pensamiento los mantiene fijos en sus sillones. La tarde cae lentamente, la poca luz de afuera dibuja un triángulo dividido en dos por una sombra en la pared con desniveles. Es la señal para abandonar el espacio que luego sería ocupado por la oscuridad. De pronto, un brillo inesperado llega de otro lugar y, la acción, si es que hay una, se detiene allí de una vez y para siempre. Bajo un resplandor se percibe la mano, después el brazo y por último el cuerpo de una tercera persona que desde la sombra detuvo el tiempo.
Un cierto halo sombrío se apodera de la situación. La mujer desaparece de la escena, su sillón queda vacío. Del hombre, sólo adivino la silueta con la mirada fija hacia el mismo punto ahora perdido en la oscuridad. La tercera persona también desapareció. Entonces escucho el ruido de una puerta que se cierra suavemente…”

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Cees Nooteboom, en un texto sobre Hopper, habla de “nosotros” mientras evoca la mujer vestida de color salmón, sentada en una cama lisa en Morning sun una de las pinturas; “…nos encontramos en una ciudad…” escribe, y luego se pregunta, “…¿nosotros?, ¿nos encontramos, nosotros? pero ¿quienes somos nosotros? nosotros no figuramos en el cuadro…” Es lo que sucede con sus pinturas y por eso nosotros, él y nosotros, los espectadores o los amigos, como queramos llamarlos, participamos de la historia a pesar de que nuestro lugar es el del invisible lo mismo que el suyo, a mi lado, a este lado del cuadro. El personaje frente a nosotros, el único o la única visible, será parte de la luz, la hora y la quietud y llegado el momento será invisible como él y yo.
Las pinturas de Edward Hopper son un ir y venir de historias, de presencias y ausencias y sobre todo de quietud y momentos por llegar. Son, en cierta forma, una aventura. Y es tal vez por esto que Gustav Deutsch realizó una película titulada Shirley construida a partir de una secuencia de pinturas de Hopper que narra la historia de una mujer en momentos de crisis que enfrenta la soledad, el trabajo y la cotidianidad difícil de la depresión económica durante los años anteriores a la Segunda Guerra. Quizá no se debería hablar de película sino de pintura en movimiento por el realismo, los colores, la concepción y la representación de los personajes. Y seguramente es por esto también que Adriana Romano escribió un libro titulado Servidumbre de paso con diez cuentos inspirados en los desencuentros y esperanzas que le produjo la observación atenta de otros tantos cuadros de Edward Hopper. Y también Carmen Martín Gaite, escritora española, narró hace ya algunos años un cuento que presentó en el programa El cuadro del mes en el Museo Thyssen-Bornemisza a partir de una pintura de Edward Hopper a quien conoció, como me sucedió a mí, en New York y según ella “…le ayudo a compartir la soledad que vivió en la ciudad…”

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En cuanto a mí, de todas las veces que me he visto involucrado con las pinturas de Edward Hopper una en particular me incluyó entre sus personajes. Sucedió una noche en la esquina de la Segunda Avenida con la Cincuenta y tres. Iba en busca de un lugar descrito por Paul Auster en Brooklyn Follies. Había caído la noche y estaba perdido, no conozco bien la ciudad. De repente un brillo en la esquina siguiente me atrajo, era una especie de cafetería casi desierta si no fuera por la pareja vestida como en los años cuarenta, pensé que estaban disfrazados o eran actores de alguna película; y el hombre del servicio, un pelirrojo vestido de blanco hasta la gorra. El lugar parecía a la espera, quizá de alguien en especial, quizá era a mí a quien esperaban. Entré y ocupé un puesto en el mostrador a cierta distancia de la pareja que conversaba en voz baja mientras el hombre de blanco servía su pedido. Observé con discreción a la mujer, era también pelirroja y vestía de rojo, me recordó a Rita Hayworth, podría asegurar que era ella pero no me atreví a preguntarlo; si se trataba de ella, era posible que su acompañante fuera Orson Welles o Fred Astaire o cualquier otro famoso. La verdad, me dio temor inmiscuirme en su conversación, parecía íntima. El hombre de blanco me trajo el café americano que pedí y aproveché para preguntarle por el lugar descrito en la novela de Paul Auster, se trataba de una tienda de coleccionista. El hombre de blanco me aseguró que estaba en el local del lado pero a esa hora, miró su reloj y se quejó, mi reloj está parado, renegó, no sé qué horas son, aquí el tiempo no pasa; pero reaccionó y dijo, no se preocupe, amigo, abrirán mañana temprano. Vuelva mañana, dijo mientras se agachaba para acomodar algo en las repisas inferiores del mostrador. Orson, Fred o quien fuera y Rita no se dieron por aludidos con mi presencia, continuaron con sus secretos sin mirarme. Terminé mi café dejé las monedas sobre el mostrador y salí. Desde la esquina opuesta observé durante un rato la escena de la cafetería, me dio pena no haber sido capaz de hablarle a Rita Hayworth, cuándo iba a tener otra oportunidad como esa para pedirle un autógrafo, ¡nunca!. Sin embargo me alejé con la seguridad de que al día siguiente cuando volviera en busca de la tienda de coleccionista ella estaría aun allí. Su conversación parecía tan densa que pasarían horas, días, antes de que partiera.

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Regresé al día siguiente a una hora en que la tienda debía estar abierta. Curiosamente la tienda de coleccionista estaba allí, pero la cafetería de la esquina no, en su lugar había una fachada vinotinto, oscura, con ventanas y puertas verdes. La tienda estaba cerrada pero su vitrina, amplia e iluminada por reflectores dirigidos a una pintura en el centro, era visible desde todas partes. La pintura titulada Nighthawks representaba la cafetería y los personajes que estaban allí la noche anterior. Rita y Orson o Fred o quien quiera que fuera, estaban allí sin terminar aun su conversación; el hombre de blanco hasta la gorra era el mismo pelirrojo que me sirvió el café y el cliente de espaldas que pone cuidado a la conversación de la pareja sin escuchar nada lleva una chaqueta igual a la mía; quien vea ese personaje dirá que soy yo, quizá tendría dificultad para reconocerme porque el sombrero me tapa un poco la cara pero diría que se me parece. Me quedé horas mirando la pintura, entrando en ella, esperando que abrieran la tienda. Anocheció, amaneció y anocheció de nuevo No sucedió nada. La tienda no abrió, los personajes no hicieron otro movimiento más; el reloj del hombre de blanco no echó a andar de nuevo y el tiempo se quedó así, quieto. Ni siquiera yo me moví de allí. Ocupé el lugar que me correspondía y esperé, con  un vaso y mi café americano al frente, que la pareja terminara su conversación y entonces poder acercarme a Rita para pedirle su autógrafo. Espero aun…

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Argumento. Con las pinturas pasa todo, dijo el hombre… Así empieza la historia…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016


Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint 

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