Pietro Longhi y yo

23 julio, 2016 § Deja un comentario

230-Rinoceronte-1No diré mi nombre no tiene importancia. Me atrevo ahora, después de doscientos sesenta y cuatro años, seis meses y quince días a narrar lo sucedido aquel día. No puedo asegurar la hora pero fue un martes de Carnaval el día en que el maestro Pietro Longhi y yo nos encontramos frente a Clara, la rinoceronte, como la llamaba el señor Van der Meer, su protector. Trece años tenía en ese momento, era una rinoceronte joven. Recuerdo que el maestro Pietro caminó sin rumbo por los canales, como siempre lo seguí en silencio. En la plazoleta del Teatro San Cassiano, en la entrada del Teatro había un grupo de gente que esperaba, me pareció extraño aunque no debió ser así porque estábamos en Carnaval, era martes y todos iban vestidos para la ocasión; los únicos que no éramos el maestro Pietro y yo. Había arlequines, colombinas, incluso una pulcinella. El maestro los observó de lejos, los estudió, no sé si en ese momento tenía ya en mente los cuadros que pintaría con muchos de ellos en los años siguientes, quizá sí, pensaba ya en lo que vendría. Yo no tenía la menor idea de lo que pasaba por su mente y esperé a su lado. El maestro Pietro se acercó al grupo y preguntó algo que no alcancé a escuchar. No me preocupó, él era silencioso, un poco secreto y yo lo sabía. Bordeamos el muro exterior del Teatro hasta una puerta auxiliar en la parte de atrás del edificio que llevaba a las bodegas donde almacenaban la utilería y los accesorios de las óperas. Había allí también gente vestida para el carnaval, el grupo era menos numeroso y un penetrante olor a heno húmedo, orín y excremento venía del interior. El maestro sin preguntar qué esperaban allí cruzó la puerta y yo lo seguí. Era poca la luz al interior a pesar de que el día entraba por un tragaluz en la parte alta del muro. El olor a excremento y humedad era más intenso, sin embargo algunas personas ocupaban las graderías alrededor del círculo donde Clara, la rinoceronte, comía heno y defecaba tranquila, concentrada en masticar. Mi sorpresa fue grande, no esperaba encontrar semejante mole tan cerca de mí, sentí temor a pesar de que su figura masiva solo reflejaba mansedumbre. El maestro sí sabía qué íbamos a hacer allí. Más tarde me enteré que el señor Grimani dei Servi le había encomendado una pintura de Clara. No sé por qué el señor dei Servi deseaba tener ese cuadro, ni dónde lo iba a colgar, pero esa fue la razón por la cual al salir del estudio una o dos horas antes el maestro Pietro, con dos palabras secas: “ven conmigo” dijo, me incluyó en la aventura. Las gentes, vestidas para el Carnaval en la gradería parecían esperar, tal vez por temor y poca curiosidad ignoraban la presencia de Clara. El maestro Pietro me ordenó pedir al joven que parecía el encargado que me prestara el cuerno que tenía entre manos y me cediera su lugar al lado del grupo; yo debía levantar el cuerno tan alto que él lo pudiera ver desde el otro lado de la pista. El joven estuvo reacio a soltarlo lo sostenía como un trofeo, me dijo que era el cuerno de Clara, lo había perdido al chocar de frente contra el muro de su albergue en Roma unas semanas antes; él era el encargado de mostrarlo al público. Por fin accedió y ocupé el lugar que el maestro Pietro me ordenó. Los otros no se percataron de mi presencia, no me miraron, creo incluso que tampoco notaron que el maestro, desde las graderías frente a nosotros tomaba nota, trazaba apuntes. Fueron solo minutos. Sin que se dieran cuenta el maestro me hizo seña y salimos de allí rumbo al estudio.230-Rinoceronte-3

Soy el asistente del maestro Pietro desde hace diez años o más, desde siempre podría decir. El maestro es un observador agudo y rápido, ningún detalle escapa a su mirada. En ocasiones me pide que ocupe un lugar y me pare o me siente de una u otra manera entre los personajes que tiene planeado pintar. Cuando otras personas nos acompañan, aunque no siempre, ocupo el lugar que él me indica entre ellos; en otras ocasiones estamos solos él y yo y yo ocupo todos los lugares, incluso el de las señoras de alcurnia; me ha pintado como caballero, como dama, como alquimista, como cura. A parte de preparar sus tablas y las paletas de color para cada sesión, he sido todos sus personajes, su memoria es tan fiel que en muchas ocasiones hace retratos de gentes con quienes ha estado en contacto una sola vez y los involucra en sus pinturas, claro está, conmigo como modelo. Participé en “La lección de danza”, en “El geógrafo”; en “El chocolate matinal” fui la dama recostada; en “El alquimista” fui el alquimista; y en “Los enmascarados” fui todos los personajes. Fui su asistente, casi su sombra, lo seguí a todas partes e hice lo que me pidió, sin preguntar; me gustaba verlo pintar y siempre me pareció un hombre con extremo talento a pesar de que hay quienes lo califican menos. El día de su muerte, aquel 8 de mayo, estaba a su lado, casi podría decir que estaba en su lugar como años antes cuando fui el modelo para su autorretrato. Claro está, se pintó él, pero el modelo fui yo.230-Rinoceronte-2

Después de ese día ha pasado mucha corriente bajo los puentes. De todas sus obras “El rinoceronte” fue la que más llamó mi atención. Todo en esa pintura parecía en otro momento, en otro lugar, menos Clara y yo con el cuerno en alto. Y fue por esta razón que después de más de doscientos sesenta años volví a encontrarme con el maestro Pietro. Sucedió así. Me apasioné por los rinocerontes, algunos, quizá tres o cuatro habían venido a Europa antes que Clara y siempre fueron objeto de admiración por su figura enorme, su mansedumbre, su cuerno mitológico; y entonces me dediqué a seguir sus pasos. Artistas de la talla de Albrecht Dürer, por ejemplo, pintó el primer rinoceronte que trajeron de la India sin verlo, solo por las descripciones que le hicieron quienes sí lo vieron, por eso en su grabado, Ganda el rinoceronte, parece un monumento prehistórico. Años después, pero antes de la pintura del maestro Piero, Jean-Baptiste Oudry, pintor francés, hizo un retrato de Clara en Paris donde el señor Van der Meer, su protector, la había llevado para exhibiciones. Clara, incluso sirvió de modelo, en segundo plano como referencia de la proporción humana, para el libro de anatomía que grabara Jan Wandelaar en el siglo XVI. Un rinoceronte, parecido al de Dürer, fue el emblema de Alejandro de Medici, llamado “El Moro” también mecenas de Leonardo. Ambroise Paré y Émile-Antoine Bayard grabaron, en distintos momentos durante el siglo XVIII, combates entre rinocerontes de la India y entre rinocerontes y elefantes. Seguí los rinocerontes a través del tiempo por todos los caminos hasta que me encontré con el “Rinoceronte vestido con puntillas” la escultura de Salvador Dalí en el puerto de Marbella. Me crucé también con el “Rinoceronte nero” la serigrafía de Andy Warhol. Y con muchos otros en esculturas, pinturas, grabados, ilustraciones, en obras de teatro como “El rinoceronte” de Eugène Ionesco donde los habitantes de un pueblo, todos menos uno, amanecen un día con un cuerno de rinoceronte en su frente;  o el “remake” de la pintura del maestro Pietro que hizo Federico Fellini en “Y la nave va” con ¿Clara? en la bodega de la nave que lleva los dolientes y las cenizas de la cantante de ópera Edmea Tetua a su última morada. Unos mejores que otros pero siempre magníficos con su figura tranquila, sosegada, noble y su cuerno mitológico.230-Rinoceronte-4

La tecnología facilitó la búsqueda y también el reencuentro con el maestro Pietro. Una noche hace pocas semanas mientras vagaba entre los pasadizos y monumentos de las “Cárceles imaginarias” de Giovanni Battista Piranesi me crucé con el maestro Pietro. Fue una sorpresa. Como era de esperarlo él me reconoció primero, no había perdido, a pesar del tiempo, ni un ápice de su memoria ni de su mirada precisa. Me miró a cierta distancia. Imagino que calculó mi estado y mi ocupación en ese momento y como siempre, hombre de pocas palabras, me saludo con un gesto de su mano y con dos palabras secas: “ven conmigo”, me incluyó en su aventura. Íbamos a ver a Clara el rinoceronte recién llegado a Venecia como espectáculo central del Carnaval…
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Argumento. …Y la historia se repite y se repite y se repite…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara 2016


Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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