Ahora

25 junio, 2016 § Deja un comentario

227-Ahora-1Lo he mencionado en Marginalias anteriores, me encuentro en punto de construcción de una novela. Sin embargo, habrá quien ponga en duda esta afirmación y asegure que no la escribo. Y tendrá razón. No la escribo con inicio y final, sobre todo con final porque cada fragmento, historia, secuencia, momento o Marginalia, como sea posible llamarla, tiene el suyo. Es, además, una novela no lineal  por una razón sencilla: nada es lineal. Todo viene con vacíos, baches, suspensiones o cambios de velocidad. Todo, por bueno o malo que sea o parezca viene con su avatar, nada lo cambia ni lo gobierna y al final es la esencia de la novela. Quiero decir, de la novela que escribo. Llevo años, no sabría decir cuántos y sin saberlo porque apenas ahora encuentro que si la noción de un instante une las Marginalias, sus narraciones pasan a ser secuencias que antes o después, una tras otra, son novela. No se trata de una novela en el sentido clásico. Muchos dirán que la novela es otra cosa. Pocos que era otra cosa. Se trata de una novela natural que se construye en la medida en que los hechos suceden, los personajes y sus vicisitudes contribuyen a las situaciones y la historia se construye hasta incluirnos como parte de ella. Hace pocos días vi una película, por entregas, que narra una multitud de historias en simultánea. Las situaciones se conectan por el orden de aparición, accidental, más no porque exista entre ellas una línea de narración. Cada momento sucede en lugares distintos, distantes, pero con un común denominador que al final es el eje de la narración: todas las historias suceden al mismo tiempo. No es necesario que los personajes tengan relación, parentesco o que sus historias estén involucradas. Los diálogos, encuentros o desencuentros, toman forma unos con otros y la simultaneidad es la coincidencia donde reside la historia. Esta película me sugirió la posibilidad y el tempo narrativo: Ahora.
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Todo al mismo tiempo. El día a día es simultáneo para todos, solo que no somos conscientes, se trata solo de narrarlo. Ahora es un momento y todo tiene su ahora, es inevitable. A pesar de que el ahora sea pasado o se quiera situar en un instante posterior está ahí y bien ahí. Ahora viajo en un bus, ahora dibujo las texturas abigarradas que el viaje propone. Ahora estoy solo, es decir, soy el único pasajero, pero también hay otros en otros lugares, en otros buses. Los dibujos abigarrados tienen la ventaja del ahora, no del no tiempo o tiempo detenido, no, cada ahora tiene su momento, tiene su intensidad y su momento. No es estático su mecánica es la misma de las manecillas de reloj, circular, repetitiva, infinita. Ahora la mujer a mi lado chatea, hace una cita o se disculpa porque va a llegar tarde, pero se arrepiente, saca el celular del bolso donde lo guardó después de disculparse y se disculpa de nuevo. Se arrepiente por lo menos tres veces, la última escribe un mensaje extenso, explica, razona y por último vuelve el aparato al bolso y se remueve inquieta. Ahora sucede todo, en todas partes. El hombre que llora en la acera, llora al mismo tiempo que el otro que ríe en el café con los amigos o la mujer que se disculpa. Ahora paso por lugares por donde acabo de pasar y veo los mismos que acabé de ver pero no hacen lo mismo o no lo sé, tengo una idea vaga de lo que hacían; sin embargo sé que volverán a hacer lo que hacían.
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Ahora algo sucede en el metro. Algo curioso. Por una vez, en general voy de pie, me siento en uno de los puestos libres en el extremo del vagón donde los pasajeros van casi enfrentados alrededor de un espacio mínimo donde viajan los que, en horas pico, no encuentran puesto. En ese espacio mínimo, en comparación con el tamaño del vagón, van diez personas bien sentadas y otras cinco o seis de pie, estrechas. Ahora, en otro metro en otra estación o en un café sucede algo parecido. Todos los puestos de mínimo espacio público van ocupados. Yo ocupo uno. Ningún pasajero va parado, no es hora pico. De los diez sentados, seis mujeres y cuatro hombres; tres y tres, van concentrados en sus celulares, chatean, juegan o escriben novelas; cuatro, tres mujeres y un hombre miran el vacío frente a ellos; la décima, una mujer con un niño de brazos, de algo más de un año y con hambre, que no cesa de llorar. La mujer es joven y lleva un escote que deja ver la mitad de sus senos; para apoyar cada llanto, el niño jala el escote de la madre para pegarse al seno. La mujer se lo impide, quizá por pena, quizá porque el bebé ya comió o porque, esto fue lo último que pensé, no era la madre. Ahora, en todos los lugares sucede algo igual o distinto, quizá en otra parte es la mujer quien llora y tiene en frente alguien como yo que piensa lo mismo. Ninguno de los nueve pasajeros, excepto yo, levanta la mirada mientras el niño grita. Ninguno se siente aludido o molesto por los gritos cada vez más frecuentes y fuertes. El único que observa la insistencia del niño por bajar la camiseta de la madre sin lograrlo y constata su frustración cada vez que ella devuelve el escote a su lugar, soy yo. De los otros asistentes, ninguno en apariencia, levanta los ojos, lo hacen con disimulo. Supongo que todos la miran de reojo mientras simulan concentración en sus pantallas inteligentes; supongo que se quejan en silencio y es posible que se hayan cruzado entre ellos, o lo hayan chateado, gestos de desespero o de lástima. El único, repito que levantó los ojos y la cabeza y la cara y dejó de teclear en el celular fui yo. Pero no lo hice porque me molestara el desespero del niño que encontraba justificado; si debiera protestar, pensé, lo haría por el rechazo de la mujer a alimentarlo. Próximo a mi destino me levanté para ir a la puerta de salida antes de que otros pasajeros lo hicieran. La estación donde bajo es una de las importantes y muchos pasajeros bajan allí. Guardé el celular, agarré mi morral por las correas y sin mirar la mujer, ni el niño, que en ese preciso momento estaba en uno de sus berrinches más atronadores me dirigí a la puerta de salida del vagón.

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Sin mirar a nadie me alejé de aquel espacio con los ojos puestos en la puerta de salida cuando faltaba todavía algún tiempo para llegar a la estación. Sentí sobre mí las miradas de reproche de los otros pasajeros por abandonar antes de tiempo. La mujer atareada se subía el escote. Imaginé que pensaron en una protesta de mi parte por el llanto del niño o por la dureza de la madre que no hacía nada por calmarlo o alimentarlo. El reproche me acompañó hasta la puerta de salida, unos siete metros. Incluso cuando esperé allí, el tren se demoró más de lo calculado en abrir las puertas, sentí los dieciséis ojos sobre mí, acribillándome, chuzándome, marcándome. No supe qué hacer. No podía regresar al puesto, tampoco podía pedir disculpas a la mujer por mi súbita partida y poco apoyo a su situación. No podía hacer nada. Lo único, bajar. Cuando el tren se detuvo y un silbido abrió las puertas miré a mis detractores esperando encontrar infinito odio en sus ojos. No vi nada. Ninguno de los ocho se percató de mi partida, no les importó, incluso el niño había callado, quizá la madre por fin lo dejó llegar al seno pero desde la plataforma no alcancé a verlo. Ahora un hombre solitario mira por la ventana con la mirada turbia, afuera llueve…
Argumento. Afuera llueve… Así continúa la novela…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016


Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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