“Selfie” con famoso

18 junio, 2016 § Deja un comentario

226-Selfie-1Tarde caí en la cuenta de que el hombre de espaldas a la sala de espera era un famoso disimulado. Sabe por experiencia que de un momento a otro la avalancha de pasajeros llenará la sala, por la hora o por los itinerarios de los aviones, por eso se disimula, arrastra dos maletas, una negra y otra rosada con flores, seguramente de su mujer. Así lo vi sin reconocerlo. Era un viajero común y corriente que tira de las maletas porque es caballero, porque su mujer está en el baño o porque se escabulló en alguno de los almacenes del sector exento de impuestos. El famoso completa el disimulo tecleando en el celular, cara y ojos clavados en la pantalla como un avestruz. Así, de buenas a primeras, no es reconocible por nadie, ni siquiera por mí. Claro está que no me encuentro en la franja de público que reconoce famosos en todas partes. Solo una vez reconocí uno, un escritor, también en la sala de espera de un aeropuerto, pero no fue porque lo hubiera visto antes en la televisión, en un conversatorio a los que me cuesta trabajo asistir o en alguna fotografía de esas que los facebuqueros que no cesan de subir a la red imágenes de quienes quisieran ser y no son como si no tuvieran otra cosa para hacer, como escribir por ejemplo, en lugar de glorificar supuestas lecturas de aquellos a quienes adulan. En fin, el famoso estaba allí y yo no me di cuenta hasta cuando noté movimientos extraños alrededor. Me encontraba a unos metros, cinco o seis, en la fila de asientos de plástico azules que curiosamente, también daba la espalda a la sala de espera y a todas las filas de asientos que hay en esos lugares. Yo sí, el famoso no lo sé, esperaba que mi mujer saliera de uno de los almacenes que ofrecen artículos exentos de impuestos, cuando noté que dos personajes quizá jóvenes pero no niños, bajitos, llegaban un poco más arriba de la cintura del famoso, se acercaron, dieron una o dos vueltas alrededor, perdieron la vergüenza y lo observaron de cerca, se alejaron, se murmuraron y uno de ellos, el más atrevido, o quizá el más presionado por el calor pues llevaba una chaqueta de invierno en tierra caliente, se acercó y le habló. No escuché lo que dijo pero supongo que preguntó: ¿usted es… y dijo el nombre de un famoso. Cierto? El famoso simuló la sorpresa, no quitó los ojos de la pantalla de su celular, seguramente lo pensó y quizá también lo tecleó en el celular: “…me descubrieron, se acabó la tranquilidad, hablamos más tarde…”. Con desgano y dificultad para despegarse de la pantalla se agachó hacia el intruso, lo miró con ojos y sonrisa de estar en otra parte y dio la impresión de no entender la pregunta. Entonces el intruso repitió: ¿usted es… repitió el nombre. Cierto? El famoso miró al admirador, que aun no había perdido el estatus de intruso, con ojos de sorpresa mientras piensa para sí: ¿qué te pasa, loco, por qué preguntas, no me reconoces?, y con dos movimientos de cabeza afirma que él es quien el intruso, ahora admirador, piensa.
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Y todo cambia. A partir de es momento la situación es otra. La tranquilidad de la sala casi desierta desaparece, el calor aumenta como por encanto y la gente comienza a salir de todos los rincones para tomarse fotos con el famoso. Perdí, como se puede suponer, mi puesto en primera fila para ver los devaneos de los admiradores y admiradoras frente al famoso. Mi mujer que no había caído en la cuenta de la presencia, por poco no pasa la barrera de admiradores que ya en ese momento hacían fila frente él, pero no con libretas, cuadernos, hojas sueltas o ropa interior en general femenina para que la firme con dedicatoria, no; todos en la fila llevaban celulares para hacer con el pobre famoso la “selfie” histórica del día, el comprobante irrefutable del encuentro. No es una exageración asegurar que el famoso es, mínimo, una cabeza, sino dos, más alto que sus admiradores y para no ofenderlos y hasta humillarlos se agacha en cada fotografía para que su cabeza quede a la altura del otro. Cuando el admirador está acompañado y es el otro quien hace la imagen es más difícil pues el esfuerzo del famoso para parecer de la misma estatura es mayor, se debe plegar por la cintura, casi en dos; sin contar con que los dos quieren foto con él y el ejercicio es doble. Es bien sabido que las “selfies” se toman desde arriba, quien hace la foto levanta el brazo tan alto como le es posible y ¡click!, dispara. No sé quién inventó la técnica pero desde que la moda vino al mundo no he visto una sola “selfie” tomada desde otro ángulo. Incluso venden extensiones para que la altura y distancia desde donde se hace la “selfie” sea mayor. Los admiradores solitarios que hicieron la fila para la fotografía y consiguieron su “selfie” inolvidable también levantaron el brazo, algunos con la prótesis tecnológica, otros hicieron la “selfie” sencilla, al natural; de todas maneras el famoso se vio obligado a plegarse siempre.
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Mi mujer y yo logramos reunirnos después de que ella pasó entre los admiradores y nos alejamos hacia otro lugar de la sala donde no sabían de la presencia del famoso o, quienes estaban allí, llevaban en sus celulares el recuerdo. En secreto, no se lo dije a mi mujer, yo también quería mi “selfie” con el famoso sin embargo no me atrevía a hacer la fila y esperar; quizá verme en la obligación de comprar el turno a algún vivaracho de esos que abundan. Supuse que él y nosotros íbamos en el mismo vuelo y entonces cuando subiéramos al avión, en la escalerilla por ejemplo, aprovecharía para pararme a su lado en el segundo o tercer escalón para que no se tuviera que agachar, me lleva por lo menos cabeza y media, levantaría mi brazo y ¡click! tendría la “selfie” inolvidable. Desde nuestra mesa, tuvimos la suerte de encontrar una libre, las sillas azules de la sala estaban ocupadas por pasajeros en tránsito o a la espera de su vuelo, observé el movimiento de admiradores, de fotos, escuché gritos de alegría o de tristeza por lo buena o mala que hubiera quedado la “selfie”. Después de un buen rato, todos o buena parte de los admiradores tenía en sus celulares el tesoro encontrado por azar. Durante todo ese tiempo, no exagero, el pobre famoso si así lo puedo llamar, no tuvo un instante de reposo. Desde el momento en que fue descubierto por los primeros intrusos, recuerden allá frente a las sillas azules de espaldas a la sala, hasta el momento en que desapareció y yo tuve la sensación de que por seguridad, comodidad o lástima, los empleados de la aerolínea lo habían llevado al avión antes que nosotros, simples mortales, había transcurrido tiempo suficiente para que la espera programada terminara. Lo vi todo desde nuestra mesa. Mi mujer no porque estaba de espaldas y no le dije nada, quería darle la sorpresa cuando subiéramos al avión. No me extrañó que entre el momento en que él desapareció y el llamado por los altoparlantes algo parecido a un silencio, nada de movimientos alrededor de nadie ni grititos ni suspiros, invadió la sala. No dudé un solo instante que él estaría frente a la escalerilla o quizá en su puesto cuando subiéramos, los pasajeros de clase ejecutiva suben antes que el resto y los famosos siempre van en clase ejecutiva. Por suerte, una de esas suertes inesperadas, fuimos los primeros en la fila de simples mortales pero cuando entramos al avión el cupo de la clase ejecutiva estaba completo y el famoso no estaba por allí, como ningún otro pasajero había subido antes que nosotros el resto del avión estaba desierto. Ocupamos nuestros puestos 17A y B. Esperé que el famoso subiera de último cuando las puertas cierran antes de despegar. Pero no subió. No hubo “selfie” con famoso para descrestar en Facebook…

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Argumento. La primera “selfie” no gustó, quedamos muy gordos. La segunda tampoco, muy viejos. Con la tercera comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016


Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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