“Yo son los otros”

12 junio, 2016 § Deja un comentario

225-Yo-3El título de esta Marginalia es una variable de la célebre frase de Arthur Rimbaud “J’est un autre”. La traducción literal de la frase Rimbaud es: “Yo es otro”, donde “yo” deja de ser “yo” para convertirse en un tercero o sea  él más allá ¿fuera? de él. Es lo que deduzco de la frase o por lo menos lo que intento atribuir a la variable que propongo. Un buen amigo, lector de las Marginalias, me ha sugerido en varias ocasiones que busque en mí, en mi interior, en mis desencantos o amplitudes, el sujeto de mis textos. Me ha obligado, debo decirlo, a buscar y rebuscar si durante el transcurso de mi vida han tenido lugar circunstancias o lances o proezas que elaboradas o no y quizá a pesar de mí, me conviertan en narrador con convicción propia sin caer en el morbo de echar mano de las intimidades que abundan en una niñez desesperada, en un vicio latente, una desviación interior, un accidente escondido o sencillamente, en torno al sexo, la muerte o el amor que, convertidos en argumentos, terminan siendo historias que gustan por la intimidad puesta al descubierto. Creo haberlo hecho. He narrado episodios de mi vida en algunos textos de manera tal que dejan de ser autobiografía para convertirse en ficción. Es difícil no inmiscuirse en las historias cuando se escriben. Las experiencias, los recuerdos, las lecturas, las influencias, vengan de donde vengan: arte, literatura, el día a día, etcétera, están presentes en lo que se escribe. Es inevitable. Sin embargo, la sugerencia de mi amigo me ha inquietado hasta el punto de hacerme dudar, quizá no de mi afición a la escritura, sino de la necesidad inevitable de escribir todos los días, y como cantera interminable, de escribir sobre todo lo que veo, me cruzo en el camino o encuentro por azar en cualquier parte. Sin embargo uno es lo que hace y lo que ve y eso es precisamente sobre lo que escribo, con esa claridad debo mencionar que algo de esto tiene arraigo en César Aira, de quien leí que escribía una página todos los días en los cafés de Flores, su barrio de Buenos Aires, no sé si a mano o en computadora; de David Hockney, el pintor inglés, quien dijo en una entrevista que podía dibujar todo lo que quisiera; y de Enrique Vila-Matas a quien escuché hablar de la posibilidad de mezclar ficción y no ficción, lo que sucede y lo que está por suceder.225-Yo-2
Por todo esto la frase de Rimbaud se atravesó en mi camino y sugirió una claridad que hasta ese momento no tenía. “Yo son los otros”, mi variable, proporciona a lo que escribo, que para todo aquel que lo hace es un proceso de investigación y observación, la certeza de que “los otros”, todos aquellos personajes que persigo, personajes de una novela en ciernes, y sobre quienes escribo notas cortas o largas según el momento o la relación, son mi “yo”, narrado en ellos, en sus momentos conmigo aunque no se den cuenta e ignoren por siempre la situación a que los sometí. Como no decir, por ejemplo, que algo hay de mí en la mujer vestida de rojo, pequeña y redonda, de edad intermedia y pelo corto teñido de amarillo, a quien no vi la cara, pero entró al restaurante donde solo había parejas, estaba con mi mujer, o grupos pequeños y por coincidencia una sola mesa para dos en el rincón más alejado estaba disponible. No la vi llegar porque me encontraba de espaldas a la entrada, imagino que desde el marco de la puerta estudió el terreno y con decisión, lo puedo decir porque me estrujó cuando pasó a mi lado, fue hasta la mesa libre en el rincón más alejado del salón y ocupó uno de los dos taburetes, el que daba la espalda al salón. Frente a ella estaba el otro taburete y la pared con una imagen enmarcada a la altura de los ojos de una persona de pie. No distinguí la imagen enmarcada es ese momento, atrajo mi atención la figura vestida de rojo, incluso las sandalias y las uñas de los pies, luego confirmé que las de las manos también. La mujer ocupó el puesto y permaneció rígida, tan derecha que parecía sostenida por una varilla de hierro que no le permitía mirar a ningún lado. Su cuerpo, su cara, sus piernas, toda ella quedó fija con la mirada al frente; las manos y los brazos, regordetes, extendidos sobre la mesa y nada más, ni un solo movimiento más. Era evidente la espera. Eso fue lo que llamó mi atención. Los ruidos en las salas de restaurante son intensos en tono y variedad, sin embargo no parecían alterarla.225-Yo-1
No había en ella ni el más mínimo asomo de intranquilidad. Cuando la mujer del servicio se acercó con el menú, la mujer de rojo lo hizo a un lado con gestos cortos y la obligó a  escuchar su pedido con el cuerpo inclinado hacia adelante porque le habló en voz baja. La mujer del servicio tomó nota y partió. La mujer de rojo volvió a la posición inicial, rígida frente a la imagen enmarcada en la pared oscura. Entonces reparé en la imagen. No era muy grande. Era la fotografía de una ventana cuadrada, con marco azul, al atardecer, una sombra inclinada dividía la foto en dos pero no alcanzaba a disimular del todo algunos reflejos en los vidrios y quizá al interior de la habitación, quizá amplia a la que pertenecía. Desde mi puesto era difícil ver si había alguien en la penumbra de la foto, quizá la mujer de rojo sí lograba ver quien estaba allí. Lo que sucedió después fue lo que llamó mi atención porque la mujer de rojo no volvió a quitar su mirada de la ventana. Ni siquiera cuando le trajeron el pedido abandonó la fotografía; en ese momento era no solo más rígida sino más precisa, más corta en sus movimientos como si los midiera. Pensé que hacía intentos evidentes por no perturbar, con sonidos o movimientos extravagantes, a quien se encontraba en la fotografía y ella sola era capaz de ver.  Para quien hubiera observado sin interés su llegada, su soledad, su decisión de dar la espalda a la sala, detalles mínimos seguramente, vería una mujer vestida de rojo frente a una pared; como si estuviera castigada y nada más. Para mí, que la seguí desde el primer momento, la mujer de rojo es toda una historia, un drama provocado por la soledad y la presencia en la ventana que no veo pero ella sí y la obliga a medirse, a ser precisa, corta en sus movimientos, a parecer sola aunque en su interior no sea así, la presencia en la ventana la domina. Los minutos pasaron. Nada en ella estuvo fuera de lugar, ni un ruido, ni un gesto de más. Como me dominó el interés por su devenir, ella terminó y pidió la cuenta antes de que yo hubiera comenzado mi plato. La misma mujer del servicio que la recibió, le llevó la factura en una carpeta negra, los movimientos de las dos se repitieron como a la llegada. La mujer de rojo pagó y como cuando llegó, se levantó, giró hacia la sala, no miró para ningún lado y salió. Cuando paso a mi lado noté que tenía los ojos rojos como si hubiera llorado, una sonrisa apenas visible en los labios y dos claves de sol tatuadas en los hombros. Cómo no asegurar que hay algo de la mujer de rojo en mí, cómo no establecer un vínculo entre ella y la persona disimulada en la penumbra de la ventana en la fotografía. Cómo no pensar que nada de lo sucedido es fortuito, ni la mesa disponible, ni la fotografía, ni la mujer del servicio, ni siquiera nosotros, mi mujer y yo…
Argumento. Yo no soy yo… Yo son los otros, afirmó y se fue por donde llegó. Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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