Personajes para una novela

4 junio, 2016 § Deja un comentario

Es posible que se mezclen y no se relacionen entre ellos; es posible que tengan conflictos sin resolver o se encuentren en el mismo lugar y no se vean o se ignoren. Es posible que sus historias se crucen y no suceda nada o suceda todo. La ficción es así, como la llamada realidad, no se sabe dónde comienza y siempre termina en punta…

224-Personaje-3 El jubilado va en el puesto delante del mío. La joven, un poco gorda, va en la banca al otro lado del pasillo, a la altura del jubilado. La joven, un poco gorda, habla por celular y va de uniforme. El jubilado lleva el uniforme de los jubilados: ropa formal de la que se usa para trabajar en una corporación; por ejemplo, pantalón azul oscuro o negro y camisa azul cielo sin corbata. El jubilado mira a lado y lado con la tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo. Si se lo preguntaran, respondería que se levantó, desayunó y quedó sin nada que hacer. Mientras la joven gorda habla por celular y hace planes para salir después de clase; es evidente que habla con una compañera. Planean “algo” con “alguien”. Es lo que supongo por el disimulo con que habla. El jubilado también tiene celular pero no lo lleva en el bolsillo de atrás porque siempre le han dicho que es peligroso, prefiere llevarlo en uno de los bolsillos de adelante y espera llamada de su mujer que, no es porque desconfíe sino porque quiere prevenir que no le pase nada malo, lo llama cada hora para saber dónde y con quién está. La joven, un poco gorda, no tiene problemas y si los tiene no se ha dado cuenta o tiene quien le ayude a solucionarlos. En la universidad todo va bien, dice ella, pero no está satisfecha porque no sabe lo que “no estar satisfecha” significa y por eso organiza una salida con la amiga o el amigo; el tono de su voz no delata con quien habla. El jubilado, en cambio, sabe de qué esta hecha la vida y por eso mira a lado y lado con ojos de perro que late echado. El jubilado sí tiene problemas y sabe dónde están; para esquivarlos o para afrontarlos va hacia un lugar concreto, que puede ser la sala de espera de una EPS, una fila de banco o el café de siempre donde se encuentra con los amigos224-Personaje-2

El hombre dijo que había trabajado siete años en la construcción. No supe más porque nadie más habló, ni el otro hombre sentado delante del primero, ni la mujer mal sentada, incómoda, a una distancia igual de los dos hombres. La mujer llamó la atención del hombre que habló diciéndole que cerrara la ventana que tenía cerca porque llovía. El hombre no le prestó atención, fui yo quien cerró la ventana, porque después de decir lo que dijo quedó embelesado mirando llover. Es cierto que ver llover atrae y el hombre que habló es un buen ejemplo. Como está sentado no sabría decir si es alto o bajo, diría que es bajo, tal vez por el tamaño de su cabeza, pequeña, cuadrada en la parte de atrás y con pelo cortado al rapé. Sus orejas son grandes pero no aseguran que oiga bien, no escuchó a la mujer cuando le pidió que cerrara la ventana. Como mira la lluvia con detenimiento, en ocasiones veo su perfil y sus orejas. Quizá puedo decir que tiene la nariz puntiaguda y los ojos hundidos por el esfuerzo físico que implica el trabajo de la construcción. Seguramente acaba de salir, es la hora, las cinco y veinticinco de la tarde; lo digo, no solo por la hora, sino por la camisa roja desteñida en los bordes pero de calle que lleva puesta. Debe estar cansado, en el fondo, no es la lluvia lo que lo tiene abismado, es el resultado de la jornada. De repente, como si algún movimiento mío lo hubiera puesto sobre aviso se volteó y me miró fijamente. Sus ojos eran pequeños y separados, duros; la nariz, confirmé, era puntiaguda, bajaba hasta casi tocar la línea con curva hacía abajo que tenía por boca. La expresión, dura, tenía poco que ver con la lluvia o el exceso de trabajo. Estaba furioso. Era lampiño. Los pocos pelos encima de la raya de la boca y en el mentón endurecían su cara. Quizá me hubiera retado, agredido, no sé, hubiera iniciado algún gesto violento hacia mí si una mujer, pequeña, ella sí porque la vi de pie, vestida con un talego azul, grande para su talla, no se interpone entre nosotros, ocupa el asiento mojado por la lluvia, no le importó mojarse las nalgas y allí, sentada, siguió llorando a mares. El hombre que habló no supo que hacer, yo tampoco, su agresividad bajó, en apariencia, y mi preocupación también. Los cuatro, los dos hombres, la otra mujer y yo, nos concentramos, como si no estuviéramos allí, en la recién llegada mientras llora como una abandonada224-Personaje-1

El lobby del hotel quedó en silencio dos horas y veinte minutos, o treinta, después de que se desató la gritería. Durante ese tiempo, unas cuarenta personas, hablaron, lloraron, murmuraron o gritaron porque no escuchaban lo que el vecino de turno decía. Comenzó de a pocos, como todo y fue en aumento a medida que llegaron otros. Más o menos a las ocho menos diez de la mañana, poco más de una hora después de que el griterío llegara al tope y las conversaciones fueran imposibles de separar unas de otras porque entre todas formaban un bloque macizo, me encontré por azar en medio de esa tormenta. Porque era una tormenta, en seco es importante aclarar, los gritos parecían rayos, los murmullos relámpagos y las lágrimas algo parecido al temor que producen las tormentas naturales. Me encontré en medio de la que se desató cuando el gentío invadió el lobby y el comedor donde me correspondió una mesa para tres en un costado, contra una columna. Mi puesto daba la espalda al salón, los otros dos puestos los ocuparon mi mujer y una amiga. Llegué cuando ellas ya estaban allí. A pesar de que había escuchado el ruido infernal desde los primeros gritos no había visto quien o quienes estaban al origen. La habitación donde mi mujer y yo pasamos la noche está al final del pasillo lejos del comedor, el patio central y el lobby. Mientras me acercaba alcancé a notar que todo estaba ocupado por hombres y mujeres que hablaban de pie o de espaldas al patio y niños que gritaban o lloraban, era difícil separar el grito de la lágrima. A mitad de camino me crucé con el hombre del servicio, me miró con lástima, quizá pensó: éste no sabe dónde se va a meter. Lo pensó y no lo dijo, sin embargo en la introducción a la pregunta que me hizo delató su pensamiento: “…dígame qué va a desayunar, así lo ordeno ya en la cocina y no tiene que esperar, tenemos muchos clientes…”, en seguida enumeró los tres tipos de desayuno: con todo, sin una cosa o con la otra. Elegí la primera opción: con todo. Soy de la idea que hay que desayunar con todo. El comedor no tiene puertas, se entra por dos arcos que miran al patio. Desde el lugar donde me crucé con el hombre del servicio tenía vista del comedor con mi mujer y su amiga en la mesa para tres con un puesto vacío, el mío; y tenía, también, vista completa del gentío en el patio y el lobby. En ese momento no caí en la cuenta de que un puesto vacío en medio de aquel desorden de conversaciones, gritos y sorderas podía ser objeto de atracción para alguien que no ha encontrado sitio en la tormenta. Vi todo de un tirón. El ruido me obligó a pasar rápido entre los que estaban en mi camino y ocupé el puesto reservado, como ya dije, de espaldas al comedor y a todos sus ocupantes. Entonces noté la importancia del puesto libre. Cuando lo ocupé algunos murmullos de desencanto se dejaron sentir a mis espaldas. Murmullos que desaparecieron entre gritos y choques de platos y cubiertos, un nuevo acorde que no había escuchado antes pero se hizo evidente desde mi puesto en el corazón, casi, de la tormenta. Como todo el mundo, mi mujer, su amiga y yo, intentamos entablar conversación pero escucharlas era imposible y nos vimos obligados a contribuir a la tormenta. Gritamos. Del lado de mi mujer y su amiga alcancé a comprender algunos pasajes de la conversación; del otro lado, nada; los ruidos subían y bajaban, las voces se cruzaban, incluso llegaron a mezclarse con los amagos de conversación de nuestra mesa. No era posible estar allí. La tormenta no amainaba y abandonamos el terreno. Dejamos la mesa que inmediatamente fue ocupada por dos hombres y una mujer. Mi mujer y su amiga, salieron en busca de aires más propicios. Yo me resguarde en un lugar aislado hasta que la tormenta amainó. Cuando estuve seguro de que el silencio había vuelto, regresé al lugar de los hechos. Ocupé una silla mecedora frente al patio. A intervalos irregulares un niño grita, un carro acelera en la puerta, un murmullo de voces se escucha a lo lejos. Nada parecido a la tormenta vivida. Nos deshacemos más fácil del silencio que del ruido, escribí para comenzar esta nota
Argumento. Los personajes, héroes o villanos, con ruidos, furias o en silencio, pasan y se parecen. Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016


Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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