Ahora

25 junio, 2016 § Deja un comentario


227-Ahora-1Lo he mencionado en Marginalias anteriores, me encuentro en punto de construcción de una novela. Sin embargo, habrá quien ponga en duda esta afirmación y asegure que no la escribo. Y tendrá razón. No la escribo con inicio y final, sobre todo con final porque cada fragmento, historia, secuencia, momento o Marginalia, como sea posible llamarla, tiene el suyo. Es, además, una novela no lineal  por una razón sencilla: nada es lineal. Todo viene con vacíos, baches, suspensiones o cambios de velocidad. Todo, por bueno o malo que sea o parezca viene con su avatar, nada lo cambia ni lo gobierna y al final es la esencia de la novela. Quiero decir, de la novela que escribo. Llevo años, no sabría decir cuántos y sin saberlo porque apenas ahora encuentro que si la noción de un instante une las Marginalias, sus narraciones pasan a ser secuencias que antes o después, una tras otra, son novela. No se trata de una novela en el sentido clásico. Muchos dirán que la novela es otra cosa. Pocos que era otra cosa. Se trata de una novela natural que se construye en la medida en que los hechos suceden, los personajes y sus vicisitudes contribuyen a las situaciones y la historia se construye hasta incluirnos como parte de ella. Hace pocos días vi una película, por entregas, que narra una multitud de historias en simultánea. Las situaciones se conectan por el orden de aparición, accidental, más no porque exista entre ellas una línea de narración. Cada momento sucede en lugares distintos, distantes, pero con un común denominador que al final es el eje de la narración: todas las historias suceden al mismo tiempo. No es necesario que los personajes tengan relación, parentesco o que sus historias estén involucradas. Los diálogos, encuentros o desencuentros, toman forma unos con otros y la simultaneidad es la coincidencia donde reside la historia. Esta película me sugirió la posibilidad y el tempo narrativo: Ahora.
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Todo al mismo tiempo. El día a día es simultáneo para todos, solo que no somos conscientes, se trata solo de narrarlo. Ahora es un momento y todo tiene su ahora, es inevitable. A pesar de que el ahora sea pasado o se quiera situar en un instante posterior está ahí y bien ahí. Ahora viajo en un bus, ahora dibujo las texturas abigarradas que el viaje propone. Ahora estoy solo, es decir, soy el único pasajero, pero también hay otros en otros lugares, en otros buses. Los dibujos abigarrados tienen la ventaja del ahora, no del no tiempo o tiempo detenido, no, cada ahora tiene su momento, tiene su intensidad y su momento. No es estático su mecánica es la misma de las manecillas de reloj, circular, repetitiva, infinita. Ahora la mujer a mi lado chatea, hace una cita o se disculpa porque va a llegar tarde, pero se arrepiente, saca el celular del bolso donde lo guardó después de disculparse y se disculpa de nuevo. Se arrepiente por lo menos tres veces, la última escribe un mensaje extenso, explica, razona y por último vuelve el aparato al bolso y se remueve inquieta. Ahora sucede todo, en todas partes. El hombre que llora en la acera, llora al mismo tiempo que el otro que ríe en el café con los amigos o la mujer que se disculpa. Ahora paso por lugares por donde acabo de pasar y veo los mismos que acabé de ver pero no hacen lo mismo o no lo sé, tengo una idea vaga de lo que hacían; sin embargo sé que volverán a hacer lo que hacían.
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Ahora algo sucede en el metro. Algo curioso. Por una vez, en general voy de pie, me siento en uno de los puestos libres en el extremo del vagón donde los pasajeros van casi enfrentados alrededor de un espacio mínimo donde viajan los que, en horas pico, no encuentran puesto. En ese espacio mínimo, en comparación con el tamaño del vagón, van diez personas bien sentadas y otras cinco o seis de pie, estrechas. Ahora, en otro metro en otra estación o en un café sucede algo parecido. Todos los puestos de mínimo espacio público van ocupados. Yo ocupo uno. Ningún pasajero va parado, no es hora pico. De los diez sentados, seis mujeres y cuatro hombres; tres y tres, van concentrados en sus celulares, chatean, juegan o escriben novelas; cuatro, tres mujeres y un hombre miran el vacío frente a ellos; la décima, una mujer con un niño de brazos, de algo más de un año y con hambre, que no cesa de llorar. La mujer es joven y lleva un escote que deja ver la mitad de sus senos; para apoyar cada llanto, el niño jala el escote de la madre para pegarse al seno. La mujer se lo impide, quizá por pena, quizá porque el bebé ya comió o porque, esto fue lo último que pensé, no era la madre. Ahora, en todos los lugares sucede algo igual o distinto, quizá en otra parte es la mujer quien llora y tiene en frente alguien como yo que piensa lo mismo. Ninguno de los nueve pasajeros, excepto yo, levanta la mirada mientras el niño grita. Ninguno se siente aludido o molesto por los gritos cada vez más frecuentes y fuertes. El único que observa la insistencia del niño por bajar la camiseta de la madre sin lograrlo y constata su frustración cada vez que ella devuelve el escote a su lugar, soy yo. De los otros asistentes, ninguno en apariencia, levanta los ojos, lo hacen con disimulo. Supongo que todos la miran de reojo mientras simulan concentración en sus pantallas inteligentes; supongo que se quejan en silencio y es posible que se hayan cruzado entre ellos, o lo hayan chateado, gestos de desespero o de lástima. El único, repito que levantó los ojos y la cabeza y la cara y dejó de teclear en el celular fui yo. Pero no lo hice porque me molestara el desespero del niño que encontraba justificado; si debiera protestar, pensé, lo haría por el rechazo de la mujer a alimentarlo. Próximo a mi destino me levanté para ir a la puerta de salida antes de que otros pasajeros lo hicieran. La estación donde bajo es una de las importantes y muchos pasajeros bajan allí. Guardé el celular, agarré mi morral por las correas y sin mirar la mujer, ni el niño, que en ese preciso momento estaba en uno de sus berrinches más atronadores me dirigí a la puerta de salida del vagón.

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Sin mirar a nadie me alejé de aquel espacio con los ojos puestos en la puerta de salida cuando faltaba todavía algún tiempo para llegar a la estación. Sentí sobre mí las miradas de reproche de los otros pasajeros por abandonar antes de tiempo. La mujer atareada se subía el escote. Imaginé que pensaron en una protesta de mi parte por el llanto del niño o por la dureza de la madre que no hacía nada por calmarlo o alimentarlo. El reproche me acompañó hasta la puerta de salida, unos siete metros. Incluso cuando esperé allí, el tren se demoró más de lo calculado en abrir las puertas, sentí los dieciséis ojos sobre mí, acribillándome, chuzándome, marcándome. No supe qué hacer. No podía regresar al puesto, tampoco podía pedir disculpas a la mujer por mi súbita partida y poco apoyo a su situación. No podía hacer nada. Lo único, bajar. Cuando el tren se detuvo y un silbido abrió las puertas miré a mis detractores esperando encontrar infinito odio en sus ojos. No vi nada. Ninguno de los ocho se percató de mi partida, no les importó, incluso el niño había callado, quizá la madre por fin lo dejó llegar al seno pero desde la plataforma no alcancé a verlo. Ahora un hombre solitario mira por la ventana con la mirada turbia, afuera llueve…
Argumento. Afuera llueve… Así continúa la novela…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016


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“Selfie” con famoso

18 junio, 2016 § Deja un comentario


226-Selfie-1Tarde caí en la cuenta de que el hombre de espaldas a la sala de espera era un famoso disimulado. Sabe por experiencia que de un momento a otro la avalancha de pasajeros llenará la sala, por la hora o por los itinerarios de los aviones, por eso se disimula, arrastra dos maletas, una negra y otra rosada con flores, seguramente de su mujer. Así lo vi sin reconocerlo. Era un viajero común y corriente que tira de las maletas porque es caballero, porque su mujer está en el baño o porque se escabulló en alguno de los almacenes del sector exento de impuestos. El famoso completa el disimulo tecleando en el celular, cara y ojos clavados en la pantalla como un avestruz. Así, de buenas a primeras, no es reconocible por nadie, ni siquiera por mí. Claro está que no me encuentro en la franja de público que reconoce famosos en todas partes. Solo una vez reconocí uno, un escritor, también en la sala de espera de un aeropuerto, pero no fue porque lo hubiera visto antes en la televisión, en un conversatorio a los que me cuesta trabajo asistir o en alguna fotografía de esas que los facebuqueros que no cesan de subir a la red imágenes de quienes quisieran ser y no son como si no tuvieran otra cosa para hacer, como escribir por ejemplo, en lugar de glorificar supuestas lecturas de aquellos a quienes adulan. En fin, el famoso estaba allí y yo no me di cuenta hasta cuando noté movimientos extraños alrededor. Me encontraba a unos metros, cinco o seis, en la fila de asientos de plástico azules que curiosamente, también daba la espalda a la sala de espera y a todas las filas de asientos que hay en esos lugares. Yo sí, el famoso no lo sé, esperaba que mi mujer saliera de uno de los almacenes que ofrecen artículos exentos de impuestos, cuando noté que dos personajes quizá jóvenes pero no niños, bajitos, llegaban un poco más arriba de la cintura del famoso, se acercaron, dieron una o dos vueltas alrededor, perdieron la vergüenza y lo observaron de cerca, se alejaron, se murmuraron y uno de ellos, el más atrevido, o quizá el más presionado por el calor pues llevaba una chaqueta de invierno en tierra caliente, se acercó y le habló. No escuché lo que dijo pero supongo que preguntó: ¿usted es… y dijo el nombre de un famoso. Cierto? El famoso simuló la sorpresa, no quitó los ojos de la pantalla de su celular, seguramente lo pensó y quizá también lo tecleó en el celular: “…me descubrieron, se acabó la tranquilidad, hablamos más tarde…”. Con desgano y dificultad para despegarse de la pantalla se agachó hacia el intruso, lo miró con ojos y sonrisa de estar en otra parte y dio la impresión de no entender la pregunta. Entonces el intruso repitió: ¿usted es… repitió el nombre. Cierto? El famoso miró al admirador, que aun no había perdido el estatus de intruso, con ojos de sorpresa mientras piensa para sí: ¿qué te pasa, loco, por qué preguntas, no me reconoces?, y con dos movimientos de cabeza afirma que él es quien el intruso, ahora admirador, piensa.
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Y todo cambia. A partir de es momento la situación es otra. La tranquilidad de la sala casi desierta desaparece, el calor aumenta como por encanto y la gente comienza a salir de todos los rincones para tomarse fotos con el famoso. Perdí, como se puede suponer, mi puesto en primera fila para ver los devaneos de los admiradores y admiradoras frente al famoso. Mi mujer que no había caído en la cuenta de la presencia, por poco no pasa la barrera de admiradores que ya en ese momento hacían fila frente él, pero no con libretas, cuadernos, hojas sueltas o ropa interior en general femenina para que la firme con dedicatoria, no; todos en la fila llevaban celulares para hacer con el pobre famoso la “selfie” histórica del día, el comprobante irrefutable del encuentro. No es una exageración asegurar que el famoso es, mínimo, una cabeza, sino dos, más alto que sus admiradores y para no ofenderlos y hasta humillarlos se agacha en cada fotografía para que su cabeza quede a la altura del otro. Cuando el admirador está acompañado y es el otro quien hace la imagen es más difícil pues el esfuerzo del famoso para parecer de la misma estatura es mayor, se debe plegar por la cintura, casi en dos; sin contar con que los dos quieren foto con él y el ejercicio es doble. Es bien sabido que las “selfies” se toman desde arriba, quien hace la foto levanta el brazo tan alto como le es posible y ¡click!, dispara. No sé quién inventó la técnica pero desde que la moda vino al mundo no he visto una sola “selfie” tomada desde otro ángulo. Incluso venden extensiones para que la altura y distancia desde donde se hace la “selfie” sea mayor. Los admiradores solitarios que hicieron la fila para la fotografía y consiguieron su “selfie” inolvidable también levantaron el brazo, algunos con la prótesis tecnológica, otros hicieron la “selfie” sencilla, al natural; de todas maneras el famoso se vio obligado a plegarse siempre.
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Mi mujer y yo logramos reunirnos después de que ella pasó entre los admiradores y nos alejamos hacia otro lugar de la sala donde no sabían de la presencia del famoso o, quienes estaban allí, llevaban en sus celulares el recuerdo. En secreto, no se lo dije a mi mujer, yo también quería mi “selfie” con el famoso sin embargo no me atrevía a hacer la fila y esperar; quizá verme en la obligación de comprar el turno a algún vivaracho de esos que abundan. Supuse que él y nosotros íbamos en el mismo vuelo y entonces cuando subiéramos al avión, en la escalerilla por ejemplo, aprovecharía para pararme a su lado en el segundo o tercer escalón para que no se tuviera que agachar, me lleva por lo menos cabeza y media, levantaría mi brazo y ¡click! tendría la “selfie” inolvidable. Desde nuestra mesa, tuvimos la suerte de encontrar una libre, las sillas azules de la sala estaban ocupadas por pasajeros en tránsito o a la espera de su vuelo, observé el movimiento de admiradores, de fotos, escuché gritos de alegría o de tristeza por lo buena o mala que hubiera quedado la “selfie”. Después de un buen rato, todos o buena parte de los admiradores tenía en sus celulares el tesoro encontrado por azar. Durante todo ese tiempo, no exagero, el pobre famoso si así lo puedo llamar, no tuvo un instante de reposo. Desde el momento en que fue descubierto por los primeros intrusos, recuerden allá frente a las sillas azules de espaldas a la sala, hasta el momento en que desapareció y yo tuve la sensación de que por seguridad, comodidad o lástima, los empleados de la aerolínea lo habían llevado al avión antes que nosotros, simples mortales, había transcurrido tiempo suficiente para que la espera programada terminara. Lo vi todo desde nuestra mesa. Mi mujer no porque estaba de espaldas y no le dije nada, quería darle la sorpresa cuando subiéramos al avión. No me extrañó que entre el momento en que él desapareció y el llamado por los altoparlantes algo parecido a un silencio, nada de movimientos alrededor de nadie ni grititos ni suspiros, invadió la sala. No dudé un solo instante que él estaría frente a la escalerilla o quizá en su puesto cuando subiéramos, los pasajeros de clase ejecutiva suben antes que el resto y los famosos siempre van en clase ejecutiva. Por suerte, una de esas suertes inesperadas, fuimos los primeros en la fila de simples mortales pero cuando entramos al avión el cupo de la clase ejecutiva estaba completo y el famoso no estaba por allí, como ningún otro pasajero había subido antes que nosotros el resto del avión estaba desierto. Ocupamos nuestros puestos 17A y B. Esperé que el famoso subiera de último cuando las puertas cierran antes de despegar. Pero no subió. No hubo “selfie” con famoso para descrestar en Facebook…

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Argumento. La primera “selfie” no gustó, quedamos muy gordos. La segunda tampoco, muy viejos. Con la tercera comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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“Yo son los otros”

12 junio, 2016 § Deja un comentario


225-Yo-3El título de esta Marginalia es una variable de la célebre frase de Arthur Rimbaud “J’est un autre”. La traducción literal de la frase Rimbaud es: “Yo es otro”, donde “yo” deja de ser “yo” para convertirse en un tercero o sea  él más allá ¿fuera? de él. Es lo que deduzco de la frase o por lo menos lo que intento atribuir a la variable que propongo. Un buen amigo, lector de las Marginalias, me ha sugerido en varias ocasiones que busque en mí, en mi interior, en mis desencantos o amplitudes, el sujeto de mis textos. Me ha obligado, debo decirlo, a buscar y rebuscar si durante el transcurso de mi vida han tenido lugar circunstancias o lances o proezas que elaboradas o no y quizá a pesar de mí, me conviertan en narrador con convicción propia sin caer en el morbo de echar mano de las intimidades que abundan en una niñez desesperada, en un vicio latente, una desviación interior, un accidente escondido o sencillamente, en torno al sexo, la muerte o el amor que, convertidos en argumentos, terminan siendo historias que gustan por la intimidad puesta al descubierto. Creo haberlo hecho. He narrado episodios de mi vida en algunos textos de manera tal que dejan de ser autobiografía para convertirse en ficción. Es difícil no inmiscuirse en las historias cuando se escriben. Las experiencias, los recuerdos, las lecturas, las influencias, vengan de donde vengan: arte, literatura, el día a día, etcétera, están presentes en lo que se escribe. Es inevitable. Sin embargo, la sugerencia de mi amigo me ha inquietado hasta el punto de hacerme dudar, quizá no de mi afición a la escritura, sino de la necesidad inevitable de escribir todos los días, y como cantera interminable, de escribir sobre todo lo que veo, me cruzo en el camino o encuentro por azar en cualquier parte. Sin embargo uno es lo que hace y lo que ve y eso es precisamente sobre lo que escribo, con esa claridad debo mencionar que algo de esto tiene arraigo en César Aira, de quien leí que escribía una página todos los días en los cafés de Flores, su barrio de Buenos Aires, no sé si a mano o en computadora; de David Hockney, el pintor inglés, quien dijo en una entrevista que podía dibujar todo lo que quisiera; y de Enrique Vila-Matas a quien escuché hablar de la posibilidad de mezclar ficción y no ficción, lo que sucede y lo que está por suceder.225-Yo-2
Por todo esto la frase de Rimbaud se atravesó en mi camino y sugirió una claridad que hasta ese momento no tenía. “Yo son los otros”, mi variable, proporciona a lo que escribo, que para todo aquel que lo hace es un proceso de investigación y observación, la certeza de que “los otros”, todos aquellos personajes que persigo, personajes de una novela en ciernes, y sobre quienes escribo notas cortas o largas según el momento o la relación, son mi “yo”, narrado en ellos, en sus momentos conmigo aunque no se den cuenta e ignoren por siempre la situación a que los sometí. Como no decir, por ejemplo, que algo hay de mí en la mujer vestida de rojo, pequeña y redonda, de edad intermedia y pelo corto teñido de amarillo, a quien no vi la cara, pero entró al restaurante donde solo había parejas, estaba con mi mujer, o grupos pequeños y por coincidencia una sola mesa para dos en el rincón más alejado estaba disponible. No la vi llegar porque me encontraba de espaldas a la entrada, imagino que desde el marco de la puerta estudió el terreno y con decisión, lo puedo decir porque me estrujó cuando pasó a mi lado, fue hasta la mesa libre en el rincón más alejado del salón y ocupó uno de los dos taburetes, el que daba la espalda al salón. Frente a ella estaba el otro taburete y la pared con una imagen enmarcada a la altura de los ojos de una persona de pie. No distinguí la imagen enmarcada es ese momento, atrajo mi atención la figura vestida de rojo, incluso las sandalias y las uñas de los pies, luego confirmé que las de las manos también. La mujer ocupó el puesto y permaneció rígida, tan derecha que parecía sostenida por una varilla de hierro que no le permitía mirar a ningún lado. Su cuerpo, su cara, sus piernas, toda ella quedó fija con la mirada al frente; las manos y los brazos, regordetes, extendidos sobre la mesa y nada más, ni un solo movimiento más. Era evidente la espera. Eso fue lo que llamó mi atención. Los ruidos en las salas de restaurante son intensos en tono y variedad, sin embargo no parecían alterarla.225-Yo-1
No había en ella ni el más mínimo asomo de intranquilidad. Cuando la mujer del servicio se acercó con el menú, la mujer de rojo lo hizo a un lado con gestos cortos y la obligó a  escuchar su pedido con el cuerpo inclinado hacia adelante porque le habló en voz baja. La mujer del servicio tomó nota y partió. La mujer de rojo volvió a la posición inicial, rígida frente a la imagen enmarcada en la pared oscura. Entonces reparé en la imagen. No era muy grande. Era la fotografía de una ventana cuadrada, con marco azul, al atardecer, una sombra inclinada dividía la foto en dos pero no alcanzaba a disimular del todo algunos reflejos en los vidrios y quizá al interior de la habitación, quizá amplia a la que pertenecía. Desde mi puesto era difícil ver si había alguien en la penumbra de la foto, quizá la mujer de rojo sí lograba ver quien estaba allí. Lo que sucedió después fue lo que llamó mi atención porque la mujer de rojo no volvió a quitar su mirada de la ventana. Ni siquiera cuando le trajeron el pedido abandonó la fotografía; en ese momento era no solo más rígida sino más precisa, más corta en sus movimientos como si los midiera. Pensé que hacía intentos evidentes por no perturbar, con sonidos o movimientos extravagantes, a quien se encontraba en la fotografía y ella sola era capaz de ver.  Para quien hubiera observado sin interés su llegada, su soledad, su decisión de dar la espalda a la sala, detalles mínimos seguramente, vería una mujer vestida de rojo frente a una pared; como si estuviera castigada y nada más. Para mí, que la seguí desde el primer momento, la mujer de rojo es toda una historia, un drama provocado por la soledad y la presencia en la ventana que no veo pero ella sí y la obliga a medirse, a ser precisa, corta en sus movimientos, a parecer sola aunque en su interior no sea así, la presencia en la ventana la domina. Los minutos pasaron. Nada en ella estuvo fuera de lugar, ni un ruido, ni un gesto de más. Como me dominó el interés por su devenir, ella terminó y pidió la cuenta antes de que yo hubiera comenzado mi plato. La misma mujer del servicio que la recibió, le llevó la factura en una carpeta negra, los movimientos de las dos se repitieron como a la llegada. La mujer de rojo pagó y como cuando llegó, se levantó, giró hacia la sala, no miró para ningún lado y salió. Cuando paso a mi lado noté que tenía los ojos rojos como si hubiera llorado, una sonrisa apenas visible en los labios y dos claves de sol tatuadas en los hombros. Cómo no asegurar que hay algo de la mujer de rojo en mí, cómo no establecer un vínculo entre ella y la persona disimulada en la penumbra de la ventana en la fotografía. Cómo no pensar que nada de lo sucedido es fortuito, ni la mesa disponible, ni la fotografía, ni la mujer del servicio, ni siquiera nosotros, mi mujer y yo…
Argumento. Yo no soy yo… Yo son los otros, afirmó y se fue por donde llegó. Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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Personajes para una novela

4 junio, 2016 § Deja un comentario


Es posible que se mezclen y no se relacionen entre ellos; es posible que tengan conflictos sin resolver o se encuentren en el mismo lugar y no se vean o se ignoren. Es posible que sus historias se crucen y no suceda nada o suceda todo. La ficción es así, como la llamada realidad, no se sabe dónde comienza y siempre termina en punta…

224-Personaje-3 El jubilado va en el puesto delante del mío. La joven, un poco gorda, va en la banca al otro lado del pasillo, a la altura del jubilado. La joven, un poco gorda, habla por celular y va de uniforme. El jubilado lleva el uniforme de los jubilados: ropa formal de la que se usa para trabajar en una corporación; por ejemplo, pantalón azul oscuro o negro y camisa azul cielo sin corbata. El jubilado mira a lado y lado con la tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo. Si se lo preguntaran, respondería que se levantó, desayunó y quedó sin nada que hacer. Mientras la joven gorda habla por celular y hace planes para salir después de clase; es evidente que habla con una compañera. Planean “algo” con “alguien”. Es lo que supongo por el disimulo con que habla. El jubilado también tiene celular pero no lo lleva en el bolsillo de atrás porque siempre le han dicho que es peligroso, prefiere llevarlo en uno de los bolsillos de adelante y espera llamada de su mujer que, no es porque desconfíe sino porque quiere prevenir que no le pase nada malo, lo llama cada hora para saber dónde y con quién está. La joven, un poco gorda, no tiene problemas y si los tiene no se ha dado cuenta o tiene quien le ayude a solucionarlos. En la universidad todo va bien, dice ella, pero no está satisfecha porque no sabe lo que “no estar satisfecha” significa y por eso organiza una salida con la amiga o el amigo; el tono de su voz no delata con quien habla. El jubilado, en cambio, sabe de qué esta hecha la vida y por eso mira a lado y lado con ojos de perro que late echado. El jubilado sí tiene problemas y sabe dónde están; para esquivarlos o para afrontarlos va hacia un lugar concreto, que puede ser la sala de espera de una EPS, una fila de banco o el café de siempre donde se encuentra con los amigos224-Personaje-2

El hombre dijo que había trabajado siete años en la construcción. No supe más porque nadie más habló, ni el otro hombre sentado delante del primero, ni la mujer mal sentada, incómoda, a una distancia igual de los dos hombres. La mujer llamó la atención del hombre que habló diciéndole que cerrara la ventana que tenía cerca porque llovía. El hombre no le prestó atención, fui yo quien cerró la ventana, porque después de decir lo que dijo quedó embelesado mirando llover. Es cierto que ver llover atrae y el hombre que habló es un buen ejemplo. Como está sentado no sabría decir si es alto o bajo, diría que es bajo, tal vez por el tamaño de su cabeza, pequeña, cuadrada en la parte de atrás y con pelo cortado al rapé. Sus orejas son grandes pero no aseguran que oiga bien, no escuchó a la mujer cuando le pidió que cerrara la ventana. Como mira la lluvia con detenimiento, en ocasiones veo su perfil y sus orejas. Quizá puedo decir que tiene la nariz puntiaguda y los ojos hundidos por el esfuerzo físico que implica el trabajo de la construcción. Seguramente acaba de salir, es la hora, las cinco y veinticinco de la tarde; lo digo, no solo por la hora, sino por la camisa roja desteñida en los bordes pero de calle que lleva puesta. Debe estar cansado, en el fondo, no es la lluvia lo que lo tiene abismado, es el resultado de la jornada. De repente, como si algún movimiento mío lo hubiera puesto sobre aviso se volteó y me miró fijamente. Sus ojos eran pequeños y separados, duros; la nariz, confirmé, era puntiaguda, bajaba hasta casi tocar la línea con curva hacía abajo que tenía por boca. La expresión, dura, tenía poco que ver con la lluvia o el exceso de trabajo. Estaba furioso. Era lampiño. Los pocos pelos encima de la raya de la boca y en el mentón endurecían su cara. Quizá me hubiera retado, agredido, no sé, hubiera iniciado algún gesto violento hacia mí si una mujer, pequeña, ella sí porque la vi de pie, vestida con un talego azul, grande para su talla, no se interpone entre nosotros, ocupa el asiento mojado por la lluvia, no le importó mojarse las nalgas y allí, sentada, siguió llorando a mares. El hombre que habló no supo que hacer, yo tampoco, su agresividad bajó, en apariencia, y mi preocupación también. Los cuatro, los dos hombres, la otra mujer y yo, nos concentramos, como si no estuviéramos allí, en la recién llegada mientras llora como una abandonada224-Personaje-1

El lobby del hotel quedó en silencio dos horas y veinte minutos, o treinta, después de que se desató la gritería. Durante ese tiempo, unas cuarenta personas, hablaron, lloraron, murmuraron o gritaron porque no escuchaban lo que el vecino de turno decía. Comenzó de a pocos, como todo y fue en aumento a medida que llegaron otros. Más o menos a las ocho menos diez de la mañana, poco más de una hora después de que el griterío llegara al tope y las conversaciones fueran imposibles de separar unas de otras porque entre todas formaban un bloque macizo, me encontré por azar en medio de esa tormenta. Porque era una tormenta, en seco es importante aclarar, los gritos parecían rayos, los murmullos relámpagos y las lágrimas algo parecido al temor que producen las tormentas naturales. Me encontré en medio de la que se desató cuando el gentío invadió el lobby y el comedor donde me correspondió una mesa para tres en un costado, contra una columna. Mi puesto daba la espalda al salón, los otros dos puestos los ocuparon mi mujer y una amiga. Llegué cuando ellas ya estaban allí. A pesar de que había escuchado el ruido infernal desde los primeros gritos no había visto quien o quienes estaban al origen. La habitación donde mi mujer y yo pasamos la noche está al final del pasillo lejos del comedor, el patio central y el lobby. Mientras me acercaba alcancé a notar que todo estaba ocupado por hombres y mujeres que hablaban de pie o de espaldas al patio y niños que gritaban o lloraban, era difícil separar el grito de la lágrima. A mitad de camino me crucé con el hombre del servicio, me miró con lástima, quizá pensó: éste no sabe dónde se va a meter. Lo pensó y no lo dijo, sin embargo en la introducción a la pregunta que me hizo delató su pensamiento: “…dígame qué va a desayunar, así lo ordeno ya en la cocina y no tiene que esperar, tenemos muchos clientes…”, en seguida enumeró los tres tipos de desayuno: con todo, sin una cosa o con la otra. Elegí la primera opción: con todo. Soy de la idea que hay que desayunar con todo. El comedor no tiene puertas, se entra por dos arcos que miran al patio. Desde el lugar donde me crucé con el hombre del servicio tenía vista del comedor con mi mujer y su amiga en la mesa para tres con un puesto vacío, el mío; y tenía, también, vista completa del gentío en el patio y el lobby. En ese momento no caí en la cuenta de que un puesto vacío en medio de aquel desorden de conversaciones, gritos y sorderas podía ser objeto de atracción para alguien que no ha encontrado sitio en la tormenta. Vi todo de un tirón. El ruido me obligó a pasar rápido entre los que estaban en mi camino y ocupé el puesto reservado, como ya dije, de espaldas al comedor y a todos sus ocupantes. Entonces noté la importancia del puesto libre. Cuando lo ocupé algunos murmullos de desencanto se dejaron sentir a mis espaldas. Murmullos que desaparecieron entre gritos y choques de platos y cubiertos, un nuevo acorde que no había escuchado antes pero se hizo evidente desde mi puesto en el corazón, casi, de la tormenta. Como todo el mundo, mi mujer, su amiga y yo, intentamos entablar conversación pero escucharlas era imposible y nos vimos obligados a contribuir a la tormenta. Gritamos. Del lado de mi mujer y su amiga alcancé a comprender algunos pasajes de la conversación; del otro lado, nada; los ruidos subían y bajaban, las voces se cruzaban, incluso llegaron a mezclarse con los amagos de conversación de nuestra mesa. No era posible estar allí. La tormenta no amainaba y abandonamos el terreno. Dejamos la mesa que inmediatamente fue ocupada por dos hombres y una mujer. Mi mujer y su amiga, salieron en busca de aires más propicios. Yo me resguarde en un lugar aislado hasta que la tormenta amainó. Cuando estuve seguro de que el silencio había vuelto, regresé al lugar de los hechos. Ocupé una silla mecedora frente al patio. A intervalos irregulares un niño grita, un carro acelera en la puerta, un murmullo de voces se escucha a lo lejos. Nada parecido a la tormenta vivida. Nos deshacemos más fácil del silencio que del ruido, escribí para comenzar esta nota
Argumento. Los personajes, héroes o villanos, con ruidos, furias o en silencio, pasan y se parecen. Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016


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