Cámara dos

27 mayo, 2016 § Deja un comentario

223-Cámara-dos-2En una película para la televisión sobre el juicio al inventor de la llamada “solución final” durante la Segunda Guerra mundial, el productor y el director de cámaras del programa que transmitiría el juicio al mundo entero llegaron a tener serias desavenencias sobre el manejo de las cámaras durante las audiencias. Para el productor era importante registrar el ambiente en la sala, las declaraciones de los testigos, las expresiones de dolor de los asistentes. Para el director de cámaras era importante registrar la expresión de la cara del hombre en el banquillo de los acusados y para eso dedicó una cámara, la cámara dos, a mirarlo durante los cuatro meses que duró el proceso. El resultado fue la más completa inexpresividad en las facciones de este hombre durante todo el proceso. Si acaso cerraba los ojos, recostaba su cabeza en la mano derecha, iba siempre del mismo lado y miraba al frente sin ver, sin desviar los ojos y sin mostrar, siquiera una vez, la más pequeña emoción. Parecía una figura de cera, quieta, transparente, sin expresión. Si hubiera mostrado alguna reacción en la mirada, en la boca; un apretar, un soltar; un gesto de impotencia, por ejemplo levantar la mirada al techo o hacerla pasar por debajo de la mesa; una mueca como apretar los labios o abrirlos para respirar por allí en un gesto de desahogo; si al menos hubiera mostrado una sonrisa, mínima, solo levantar la comisura de los labios. La cámara dos dedicó los cuatro meses a esa cara que no mostró nada, ni siquiera un deseo y el resultado es espeluznante. Las pocas veces que el hombre habló lo hizo en el mismo tono monocorde, sin altos ni bajos, parejo, sin emoción. La actitud del acusado y la insistencia del director en escudriñar su cara son una muestra de persistencia. No de la necesaria para hacer lo mismo que sale distinto cada vez, como sucede naturalmente; sino, de aquella que no resulta naturalmente y obliga a que sea igual siempre. Por parte del director, la cámara no se movió un ápice durante todo el proceso, es un hecho mecánico sencillo de cumplir que requiere de persistencia y paciencia en la ejecución. Por parte del acusado su falta de expresión debió requerir de horas de entrenamiento, de ejercitar el dominio de los músculos de la cara, del cuerpo, de los movimientos y en agregado, de consolidar una caparazón, un halo invisible, que rechace y no permita la emoción; algo parecido a una armadura. Imagino al hombre en la celda sentado frente a su sombra, como no disponía de espejos, la ausencia de reflejo facilitó el entrenamiento por falta de referencia, la única era la sombra sin accidentes, sin ojos, sin boca, sin nariz, sin gestos. Entonces vino la repetición interminable y con ella el olvido de las expresiones: ni dolor, ni angustia, ni emoción. Y a falta de cualquier destello posible, la caparazón se fortaleció hasta volverse inaccesible. Nunca antes vi un personaje así.
Lo contrario: la expresión, las emociones, es lo que todos buscan. La falta de expresión es lo difícil. Siempre hay algo, un brillo, un destello que traiciona y la fachada de hierro, la indolencia total desaparece. Aunque el ejemplo es el personaje mencionado, la máscara, llamemos así la fijación en la expresión, se puede atribuir a otros personajes. Quizá los enmascarados practicantes de la lucha libre sean un ejemplo, aunque con ojos y boca visibles a través de los orificios naturales de las máscaras, que insinúan emociones, la imposibilidad de ver la cara completa anula la 223-Cámara-dos-1expresión en las partes que los orificios dejan ver. Es necesario, entonces, tener dominio del todo, solo partes no ofrecen la posibilidad de identificar las expresiones. La máscara toma importancia como calificación para la ausencia de expresión. La expresión es la que denota la máscara y en ese caso no se trata solo de ausencia, también se puede tratar de exceso. En las máscaras de carnaval, risueñas, gritonas, escandalosas lo importante es la expresión fija, quizá quien la lleva llora en su interior por mil razones diferentes, dolor, cansancio, pena. La falta de expresión no existe, lo que existe es un momento fijo, sin movimiento, en apariencia quieto. Lo que sucede, lo que mueve y emociona permanece en el interior.
Los personajes en la calle, en los lugares públicos, pasan, tal vez, la mayor parte de las veces por ausencias así sin darse cuenta; aun acompañados la ausencia, la fijación, llega y nadie lo nota. Mientras escudriño caras alrededor, la mujer a mi lado, una mujer mayor, que a primera vista pasa por uno de esos estados de ausencia, no deja de comerse las uñas. En ella solo se mueven las manos y los dientes; el resto de su cuerpo está fijo donde sus ojos, su boca, su expresión y su cabeza están, es decir, en otra parte. La mujer come uña. Está angustiada, quizá no quiere llegar al lugar donde va, quizá quiere lo contrario. Me digo, entonces que su ausencia aquí, significa su presencia en otra parte, allá donde no quiere estar, donde necesita o donde la obligan a estar, la reclaman y eso la atemoriza hasta el punto de comerse las uñas. Me convierto en la cámara dos, no quito los ojos de la cara de la mujer. Durante largos minutos nada en ella se mueve, solo las manos y las puntas de los dedos que van y vienen de lado y lado entre sus dientes como si tocara dulzaina. La mujer viste ropa deportiva de pies a cabeza de color rojo con listones blancos que van desde los hombros por los costados de su cuerpo hasta los pies. Está sentada. Yo también pero me alejo un poco para observarla mejor, sin que lo note, claro está. Hay más gente alrededor, cada uno en sus propias ausencias, y ninguno presta atención a la mujer, soy el único y como tengo dificultad para ausentarme así, mi oficio lo impide, hago lo posible por parecerme a los otros y me concentro en ella. Recuerdo al director de cámaras y su persistencia en no mover la cámara dos de la cara del acusado. Asumo el reto. No por los cuatro meses que duró el juicio en Tel Aviv; lo asumo por el tiempo que sea necesario. De repente el celular de la mujer suena. Es posible que el timbre pertenezca al celular de otra persona, pero ninguno, ni siquiera la mujer se mueve. Era el celular de ella pero lo dejó sonar. Después vino el silencio. Voces, pitos, una que otra conversación, pero nada que saque a la mujer de su ausencia. Llego a preocuparme por sus uñas, en algún momento no va a tener más de donde morder; sin embargo eso parece no importarle, ella sigue con su movimiento de tocador de dulzaina. El celular suena por segunda vez y después de una corta interrupción suena una tercera vez. En lugar de ser un llamado parece una señal. Al final del tercer timbre, la mujer se levanta y camina sin desviarse, es decir, la gente debe quitarse de su ruta, entre la multitud. La sigo dos calles. Es cerca del medio día y el sol quema, esto parecía no 223-Cámara-dos-3importarle a ella; yo, en cambio, voy escondiéndome bajo las pocas sombras que puedo encontrar bajo las carpas de los almacenes o los aleros de los ventorrillos atravesados en la mitad de la acera. Pero soy la cámara dos y no puedo perderla de vista. Aunque no estuviera concentrado en su cara, por lo menos voy tras su figura, ya veríamos lo que sucede cuando logre alcanzarla, situarme a su lado y mirarla directamente, ya veré si su expresión cambió o sigue ausente y sin uñas. En la tercera calle, a la altura del semáforo la alcancé. Mientras las luz pasa a verde para los peatones y el número que acompaña la figura luminosa del muñeco rojo que camina disminuye: treinta, veintinueve, veintiocho; me paro al lado de la mujer. Ella nota mi presencia, me mira con cara de alivio, sonríe y pregunta: ¿señor sabe cuantas calles faltan para llegar a…? No escucho más. En el tráfago del gentío perdí a la mujer vestida de rojo, o la cambiaron, alguien hizo el trueque y no me di cuenta dónde. Fallé en mi labor de cámara dos. En cambio el director de cámaras del programa logró, a pesar de la oposición del productor, el retrato impresionante de un personaje que se quedó con todo adentro…
Argumento. La fuente del retrato es invisible, dijo el maestro, pocas veces visible. Hay que persistir. Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Álvarez Lara 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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