Nada

21 mayo, 2016 § Deja un comentario

Seguramente en alguna de las Marginalias anteriores he escrito que por su tamaño y condición los dibujos abigarrados resultan en cafeterías, salas de espera, paradas de bus. En cualquier lugar, mientras dibujo, suceden cosas que parecen nada pero son todo. Si no sucediera nada, el universo, la gente, el tiempo se detendría, dejaría de existir y el todo que nos rodea quedaría instalado en una nada que, para no ir más lejos, es la que representan los dibujos abigarrados en sus trazos, texturas, formas, incluso botones. En ellos no hay nada, pero siempre es posible discernir algo, un movimiento, alguien que se desplaza, una hoja que cae, un hombre que se pierde, una novedad que acontece y aunque el indicio realista no aparece y lo que se ve es nada, algo sucede, está. Es como dibujar los sonidos que vienen del piano y no su forma masiva. Ayer escuché a Borges en una entrevista de 1976, dijo: “…la tarea de las artes es transformar lo que sucede en símbolos…” Los dibujos abigarrados están trazados como símbolos de nada o de todo o de lo que cada uno quiera ver. Pero no solo están los dibujos, está también lo que sucede alrededor mientras aparecen trazo tras trazo en las hojas de la libreta. En ocasiones alrededor no sucede nada pero nada es todo: siempre hay alguien que hace algo en alguna parte donde no lo ves. Ahora alguien debe estar recibiendo una carta, o una clase; otro, quizá, está negándose a hacer, a decir, algo; habrá quienes estén maquinando una mentira, una broma o planeando una fiesta; alguno debe estar prendiendo su carro para ir a una cita y al mismo tiempo, en otro lugar, un motociclista sube a su máquina para ir al trabajo, se cruzarán en el semáforo y por supuesto ignorarán las coincidencias que los llevaron a estar allí esperando que la luz cambie a verde. De esto que sucede alrededor y también sucede en las hojas de las libretas, su adentro y su afuera, están compuestos los dibujos abigarrados. Es decir, de nada.

••• 

222-Nada-1Nada 1. Una mañana desde la ventanilla del bus de transporte público una situación llamó mi atención. En la misma acera de la parada del bus, detrás de los parales de aluminio de la estructura donde los pasajeros esperan, la reja metálica, pintada de negro, de un almacén está cerrada. Desde la ventanilla tenía vista de la parada desierta y de la reja negra. El bus se detuvo a pesar de que no había pasajeros y esperó. Un hombre vestido con camisa azul a cuadros claros y oscuros, pantalón casi blanco y cartera terciada al hombro, vino a pararse frente a la reja. Nada anormal. Lo curioso es que el hombre se paró casi contra la reja de espaldas al bus, a la parada y a la calle. Se paró allí y esperó. Me pareció que esperaba porque su actitud era ninguna y sus ojos no debían ver más que la reja a pocos centímetros de distancia entre sus ojos y el metal pintado de negro. Quizá espera que abran, me dije, hay alguien adentro que sabe de su presencia allí y pronto levantará la reja. Sin embargo nada de eso sucedía y el bus extrañamente tampoco dejaba la parada. De repente el hombre abrió los brazos, los subió, los bajó, los movió hacia los lados y cada vez palpaba la reja con sus manos como si eso fuera suficiente para hacerla subir. Quise notar si había desespero en su actitud pero no, solo había, me pareció, la confianza ciega de que palpando era suficiente para borrar la frontera negra que lo separaba del otro lado de la reja. Recordé entonces a Kaspar Hauser, el joven alemán que en el siglo diecinueve vivió aislado casi hasta su muerte a los veintidós años. Kaspar vivió encerrado en una habitación para él más grande que el mundo pues si miraba alrededor solo veía su habitación y si afuera miraba alrededor veía cosas distintas, lo dijo poco antes de su muerte una vez liberado. Kaspar Hauser vino a mi memoria mientras miraba al hombre palpar con sus manos y brazos extendidos la reja metálica. Se quedó encerrado afuera, me dije, y quiere salir porque como Kaspar Hauser el mundo donde estamos encerrados lo ahoga. Noté, entonces, desespero en sus gestos. El bus seguía inmóvil y tomar una fotografía del hombre en su accionar cada vez más desesperado contra la reja, fue lo único que se me ocurrió. Saqué el celular, lo prendí, busqué la cámara, adapté el tamaño de la fotografía, me gusta que las fotos sean de buena resolución y cuando me volteé para registrar al hombre, cada vez más atareado en el intento por levantar la reja con solo el sentir de sus manos, el bus arrancó. Para certificar el hecho un dibujo abigarrado comenzó a hacer carrera en mis libretas. Claro, me dije, es posible que mañana no haya logrado aun subir la reja, le tomaré la fotografía, entonces. Sin embargo los avatares del día a día me han impedido pasar por allí otra vez…

•••

222-Nada-2Nada 2. Un día confirmé que la distancia entre lo que sucede alrededor y los dibujos abigarrados era considerable. La pregunta me acosó con frecuencia hasta cuando fue claro que los sucesos no son abigarrados. ¿Qué hace que los sucesos sean homogéneos, incluso sencillos, aunque parezcan lo contrario? Si no fuera porque vivo a la caza del menor desvarío allí, donde en términos corrientes, se encuentra el “alrededor” de las personas, buena parte de los sucesos que abigarro con trazos y texturas hubieran pasado desapercibidos y seguramente los dibujos tendrían otro sentido, otro abigarramiento o, posiblemente, ninguno. No pasa nada o muy poco y lo que sucede o está a punto de suceder y no sucede, pero es como si lo hiciera, es aquello que los dibujos abigarrados llevan entre trazos…

•••

222-Nada-3Nada 3. La mujer parece normal, aparte de unos audífonos rojos pegados a sus orejas, tan grandes que parecen una corona con antenas y contrastan con su pelo negro y su ropa negra hasta los pies. Nada en ella parece fuera de lo normal. La mujer llegó unos segundos después que yo o quizá llegó al tiempo pero no la vi. Todo en ella parecía tan normal que no la vi hasta que comenzó a golpear el piso con el pie izquierdo, primero con suavidad como si no quisiera llamar la atención. Noté esos movimientos extraños, parecidos al taconeo de los bailarines de flamenco, porque el golpe del tacón en el piso tenía un ritmo que nada alrededor, ni la otra gente, ni los carros, ni nada, tenía. Me fijé, entonces, en ella. Primero vi los audífonos y después el resto. Parecía una mujer relativamente joven y podía estar ensayando un paso para la clase de baile, además los audífonos le permitían escuchar algo que ninguno de los cercanos podía escuchar, justamente la música de algún flamenco. De repente la mujer comenzó a taconear con más fuerza, fue entonces cuando confirmé que solo lo hacía con el pie izquierdo. Los golpes de su pie izquierdo se salieron completamente de ritmo, si es que alguna vez tuvo uno y se convirtieron en taconazos, en martilleo incesante. Quizá ella notó que su movimiento no tenía la efectividad que buscaba y lo único que hacía era llamar la atención de los otros. Se recostó contra el muro cercano, dobló la pierna y con la mano derecha quiso constatar que el tacón estaba en su lugar y también pudo constatar que todos los intentos por pegarlo a golpes contra el piso habían sido inútiles y se quedó con él en la mano. Su cara mostró desconsuelo. Miró el tacón, miró para todos lados y mientras lo hacía apoyó el pie en el piso pero como aun no tenía clara la falta del tacón por poco se cae. No supo qué hacer, miró de nuevo el tacón, dobló la pierna y con un gesto mínimo intentó pegarlo en su lugar. Pero el tacón no pegó y la mujer quedó con él en la mano. Lo miró sin saber qué hacer, levantó los ojos un poco desencajados y miró alrededor pero como en esos lugares nadie mira a nadie y todo el mundo está solo, la mujer no encontró en ninguno de los presentes el más mínimo apoyo a su desgracia. La soledad y la impotencia se reflejaron en sus ojos. Los audífonos desproporcionados para su cabeza parecieron más grandes y pesados. No lo he dicho aun, eran las siete y media de la noche, casi las ocho, estaba oscuro y el poco alumbrado público nos dejaba ver como sombras alargadas. Todos los que estábamos cerca o alrededor de la mujer, no éramos muchos, llevábamos encima las fatigas del día y la mujer con el tacón en la mano, sin saber qué hacer con él pasaba por la misma situación. Entonces dos acciones inesperadas sucedieron: en un gesto del desespero y después de considerar el pedazo de su zapato con dolor, lo lanzó a donde cayera, lejos o cerca, donde cayera en alguno de los espacios oscuros que el alumbrado público no alcanzaba a iluminar. En el mismo momento en que lanzó lejos el tacón, se arrepintió y corrió tras él. La incomodidad de los audífonos desproporcionados y el bolso, seguramente pesado, le impidieron una mayor agilidad y no alcanzó a ver dónde cayó el pedazo de zapato que se convirtió en su tormento. Ninguno de los presentes la miró, ninguno se percató de su drama, la mujer desapareció en la oscuridad, agachada, incómoda, buscando el tacón. En ese momento llegó mi bus…
Argumento. Dos hombres, también pueden ser dos mujeres o una pareja, se sientan lado a lado y no dicen ni hacen nada. No se sabe qué miran quizá para adentro o para otro lado. Así, en nada, comienza la historia…

Print
• Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior • Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

Anuncios

Etiquetado:, , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Nada en .

Meta

A %d blogueros les gusta esto: