El reloj despertador

7 mayo, 2016 § Deja un comentario

220-Sombrero-1Desde hace tiempo tengo la intención de hacer el recorrido que, todos los días al amanecer, hace “Sombrero” el vendedor de frutas y aguacates cerca de mi casa. Lo llamo “Sombrero” porque todos los días lleva uno distinto y porque no sé su nombre. Con frecuencia paso por su punto de venta y acaricio los aguacates con aire de conocedor, sin embargo dejo que sea él quien elija, es el experto, los que están a punto para el almuerzo. Cuando tuve la idea de ir con él, al amanecer, hasta el mercado donde compra su mercancía le dije que mi intención era escribir el recorrido, el encuentro con los proveedores y el regreso a las cinco o cinco y media de la mañana. Era una mañana de viernes, fui hasta su puesto de venta, le hablé de mi idea y no respondió, siguió haciendo lo que estaba haciendo sin mirarme y sin decir nada. Insistí. Dos veces le expliqué cuál era mi intención y entonces dijo que listo, que no había problema y agregó sin mirarme, concentrado en organizar las mandarinas, que salía todos los días entre las dos y media y las tres de la mañana. No estoy seguro pero creo que en ese momento mencionó que a esa hora sonaba su despertador. Le respondí que la hora estaba bien para mí y que el martes siguiente estaría en su puesto a las dos y media de la mañana. Me miró con ojos irritados por la falta de sueño, sonrió y repitió: listo.
Ese martes llovió desde el filo de la media noche hasta las primeras luces y no llegué a la cita. A las nueve o diez de esa mañana volví al puesto de venta de “Sombrero” lamenté que la lluvia se hubiera interpuesto y le expliqué que por razones prácticas no podía acompañarlo otros días de la semana y que tendríamos que esperar hasta el lunes o martes siguiente. Sin escucharme dijo que esa mañana había salido bajo la lluvia a las tres y media. Entonces le aseguré que el lunes siguiente estaría puntual a la hora que él dijera, lloviera o no. Me miró con sorna. Su incredulidad venía de la posibilidad, ya comprobada, que yo no llegaría a la cita por la hora o porque me costaba madrugar. Sin embargo, me pareció ver en él un asomo de duda, distinto a mi dificultad para cumplir la cita, pensé que tal vez no quería comprometerse a ir conmigo allá, donde quizá tenía algún secreto que después yo saldría escribir y de pronto a publicar. Previendo mis dudas y las suyas, le aseguré que estaría allí el día y la hora convenidas y que mi interés era solo narrar el recorrido desde su punto de venta, en la esquina de un barrio, a la plaza de mercado y el regreso dos o tres horas después. No se lo dije así, con esas palabras, pero se lo di a entender. El halo de incredulidad parecido a la ausencia, lo rodeó y, sin mirarme, ordenó las peras y los mangos. Entonces, para respaldar lo que pensaba y no decía, mencionó que un día, sin saberlo, había salido para la plaza de mercado a la una de la mañana porque, hizo un énfasis que me pareció curioso: ¡no tenía reloj despertador! y salía para la plaza a la hora en que despertaba. Desde una vez, agregó como si alguien más estuviera allí con nosotros pero 220-Sombrero-2hablaba solo, se despertó a la una y media creyó que tenía aun tiempo para dormir un poco más y cerró los ojos. Durmió hasta las cuatro y veinte, llegó tarde al mercado y no encontró la mercancía que buscaba. Desde ese día salgo a la hora que despierto, dijo. Hablaba para él, quizá para el otro que no está ahí o para mí y me prevenía de las dificultades o sencillamente expresaba con disimulo disculpas que no manifestaba directamente. Insistí en que el lunes siguiente a las tres de la mañana estaría allí para acompañarlo. “Sombrero” repitió que salía a la hora que despertaba, a la una, a las dos o a las tres e insistió en que tenía que ser así porque ¡no tenía reloj despertador! hizo un nuevo énfasis, y para corroborar lo dicho volvió a narrar la vez aquella en que salió a la una y media y tuvo que esperar que abrieran la plaza de mercado debajo de una alero porque estaba lloviendo. De esa manera,“Sombrero” me decía, sin mirarme y sin hablar conmigo, mientras arreglaba los mangos, las mandarinas o los aguacates, que no tenía hora para salir, que no me podía esperar e hilando fino fue lo que alimentó mi duda porque no lo dijo: que prefería no ir conmigo. No lo dijo abiertamente o no quise entenderlo, es más, insistí en que el lunes siguiente a las tres de la mañana estaría allí para acompañarlo. Imagino ahora que mientras me alejaba de su puesto de venta con dos aguacates, que le había comprado para el almuerzo, en una bolsa negra de plástico, “Sombrero” me miraba sin saber cómo hacer para que no le pidiera más que me deje acompañarlo a su recorrido de compras al amanecer.
La noche del domingo al lunes siguiente dormí poco, desperté a la media noche, a la una, a las dos y a las dos y media de la mañana estaba listo para salir de mi casa. No llovía y tampoco hacía frío, sin embargo, más para disimular el celular donde iba a grabar lo que sucediera durante el recorrido que por el clima, me puse una chaqueta. Jorge, el vigilante de las casas donde vivo se preocupó al verme salir a esa hora y me preguntó si estaba dejando la casa por mi voluntad o porque me habían pedido la pieza. Le anuncié desde la acera que volvería antes de las seis. Las calles estaban desiertas. Ni un carro, ni una moto, ni un ruido, nada. Solo las luces del alumbrado público se pegaban a todo y por su tono amarillento producían una sensación de sol frío. El puesto de venta de “Sombrero” está a unos doscientos metros. Por un juego entre luces y sombras me pareció verlo recostado contra el muro pero al acercarme me di cuenta de que la esquina estaba desierta. No había nada, ni la mesa donde exhibe la mercancía, ni el banco de madera donde se sienta a esperar clientes. No había nada. El callejón detrás del puesto de venta estaba oscuro. Eran las dos y treinta y cinco de la mañana. Las luces de la estación de servicio cercana estaban prendidas pero tampoco había nadie. Me recosté contra el poste y esperé, supuse, por la hora, que “Sombrero” no había salido aun. El ruido de motores lejanos y de objetos que se mueven en la noche era lo único presente, al lado, claro está, de mi sombra en el pavimento. De repente una forma negra, más negra que la oscuridad que venía del callejón detrás del puesto de venta, se movió en mi dirección, pensé que “Sombrero” había llegado pero era una sombra baja y no podía ser él. Un perro negro, despeinado, tal vez porque venía de su 220-Sombrero-3cambuche, pasó a mi lado, esperé siquiera un gruñido pero el animal no hizo ninguno y siguió unos metros más abajo hasta el centro de una luz que venía de la estación de servicio. Allí se sentó en sus patas traseras mirando hacia la estación y esperó. Del fondo de la estación, detrás de las máquinas de gasolina apareció otro perro negro, igual en la oscuridad de la noche, que se acomodó de la misma manera y lanzó tres aullidos. Luego fue el silencio. Eran las tres menos cinco y no había ningún ruido. Un automóvil pasó. Los dos perros negros se miraron en silencio sin hacer el menor movimiento. Juegan estatua, me dije. A partir de ese momento la quietud fue total. Ni en la calle, ni en la estación de servicio, ni en el callejón detrás del puesto de venta de “Sombrero”. Lo único distinto, porque además no pertenecía a esa quietud, era mi sombra proyectada contra el pavimento, ni siquiera los dos perros negros, quietos como estatuas que seguramente cumplían el ritual de cada noche, se movían. Entonces de mi sombra surgió el primer dibujo y más tarde, ese mismo día el dibujo abigarrado que acompaña este relato. Eran las tres y veinticinco de la mañana cuando el perro negro que salió de la sombra terminó el juego con el compañero que, a su vez, jugó desde la estación de servicio. No hubo un aullido ni una mirada de despedida solo se levantó y caminó calle abajo hasta perderse en la sombra. Eran las tres y media de la mañana. Faltaba un cuarto para las cuatro cuando regresé a mi casa. “Sombrero” no llegó a la cita. Esa misma mañana me dijo que había salido a la una, la hora en que abrió los ojos… y como no tiene despertador…

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Argumento. El reloj despertador no sonó… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2016


Libros publicados por Ficción.La.Editorial
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os encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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