Cámara dos

27 mayo, 2016 § Deja un comentario


223-Cámara-dos-2En una película para la televisión sobre el juicio al inventor de la llamada “solución final” durante la Segunda Guerra mundial, el productor y el director de cámaras del programa que transmitiría el juicio al mundo entero llegaron a tener serias desavenencias sobre el manejo de las cámaras durante las audiencias. Para el productor era importante registrar el ambiente en la sala, las declaraciones de los testigos, las expresiones de dolor de los asistentes. Para el director de cámaras era importante registrar la expresión de la cara del hombre en el banquillo de los acusados y para eso dedicó una cámara, la cámara dos, a mirarlo durante los cuatro meses que duró el proceso. El resultado fue la más completa inexpresividad en las facciones de este hombre durante todo el proceso. Si acaso cerraba los ojos, recostaba su cabeza en la mano derecha, iba siempre del mismo lado y miraba al frente sin ver, sin desviar los ojos y sin mostrar, siquiera una vez, la más pequeña emoción. Parecía una figura de cera, quieta, transparente, sin expresión. Si hubiera mostrado alguna reacción en la mirada, en la boca; un apretar, un soltar; un gesto de impotencia, por ejemplo levantar la mirada al techo o hacerla pasar por debajo de la mesa; una mueca como apretar los labios o abrirlos para respirar por allí en un gesto de desahogo; si al menos hubiera mostrado una sonrisa, mínima, solo levantar la comisura de los labios. La cámara dos dedicó los cuatro meses a esa cara que no mostró nada, ni siquiera un deseo y el resultado es espeluznante. Las pocas veces que el hombre habló lo hizo en el mismo tono monocorde, sin altos ni bajos, parejo, sin emoción. La actitud del acusado y la insistencia del director en escudriñar su cara son una muestra de persistencia. No de la necesaria para hacer lo mismo que sale distinto cada vez, como sucede naturalmente; sino, de aquella que no resulta naturalmente y obliga a que sea igual siempre. Por parte del director, la cámara no se movió un ápice durante todo el proceso, es un hecho mecánico sencillo de cumplir que requiere de persistencia y paciencia en la ejecución. Por parte del acusado su falta de expresión debió requerir de horas de entrenamiento, de ejercitar el dominio de los músculos de la cara, del cuerpo, de los movimientos y en agregado, de consolidar una caparazón, un halo invisible, que rechace y no permita la emoción; algo parecido a una armadura. Imagino al hombre en la celda sentado frente a su sombra, como no disponía de espejos, la ausencia de reflejo facilitó el entrenamiento por falta de referencia, la única era la sombra sin accidentes, sin ojos, sin boca, sin nariz, sin gestos. Entonces vino la repetición interminable y con ella el olvido de las expresiones: ni dolor, ni angustia, ni emoción. Y a falta de cualquier destello posible, la caparazón se fortaleció hasta volverse inaccesible. Nunca antes vi un personaje así.
Lo contrario: la expresión, las emociones, es lo que todos buscan. La falta de expresión es lo difícil. Siempre hay algo, un brillo, un destello que traiciona y la fachada de hierro, la indolencia total desaparece. Aunque el ejemplo es el personaje mencionado, la máscara, llamemos así la fijación en la expresión, se puede atribuir a otros personajes. Quizá los enmascarados practicantes de la lucha libre sean un ejemplo, aunque con ojos y boca visibles a través de los orificios naturales de las máscaras, que insinúan emociones, la imposibilidad de ver la cara completa anula la 223-Cámara-dos-1expresión en las partes que los orificios dejan ver. Es necesario, entonces, tener dominio del todo, solo partes no ofrecen la posibilidad de identificar las expresiones. La máscara toma importancia como calificación para la ausencia de expresión. La expresión es la que denota la máscara y en ese caso no se trata solo de ausencia, también se puede tratar de exceso. En las máscaras de carnaval, risueñas, gritonas, escandalosas lo importante es la expresión fija, quizá quien la lleva llora en su interior por mil razones diferentes, dolor, cansancio, pena. La falta de expresión no existe, lo que existe es un momento fijo, sin movimiento, en apariencia quieto. Lo que sucede, lo que mueve y emociona permanece en el interior.
Los personajes en la calle, en los lugares públicos, pasan, tal vez, la mayor parte de las veces por ausencias así sin darse cuenta; aun acompañados la ausencia, la fijación, llega y nadie lo nota. Mientras escudriño caras alrededor, la mujer a mi lado, una mujer mayor, que a primera vista pasa por uno de esos estados de ausencia, no deja de comerse las uñas. En ella solo se mueven las manos y los dientes; el resto de su cuerpo está fijo donde sus ojos, su boca, su expresión y su cabeza están, es decir, en otra parte. La mujer come uña. Está angustiada, quizá no quiere llegar al lugar donde va, quizá quiere lo contrario. Me digo, entonces que su ausencia aquí, significa su presencia en otra parte, allá donde no quiere estar, donde necesita o donde la obligan a estar, la reclaman y eso la atemoriza hasta el punto de comerse las uñas. Me convierto en la cámara dos, no quito los ojos de la cara de la mujer. Durante largos minutos nada en ella se mueve, solo las manos y las puntas de los dedos que van y vienen de lado y lado entre sus dientes como si tocara dulzaina. La mujer viste ropa deportiva de pies a cabeza de color rojo con listones blancos que van desde los hombros por los costados de su cuerpo hasta los pies. Está sentada. Yo también pero me alejo un poco para observarla mejor, sin que lo note, claro está. Hay más gente alrededor, cada uno en sus propias ausencias, y ninguno presta atención a la mujer, soy el único y como tengo dificultad para ausentarme así, mi oficio lo impide, hago lo posible por parecerme a los otros y me concentro en ella. Recuerdo al director de cámaras y su persistencia en no mover la cámara dos de la cara del acusado. Asumo el reto. No por los cuatro meses que duró el juicio en Tel Aviv; lo asumo por el tiempo que sea necesario. De repente el celular de la mujer suena. Es posible que el timbre pertenezca al celular de otra persona, pero ninguno, ni siquiera la mujer se mueve. Era el celular de ella pero lo dejó sonar. Después vino el silencio. Voces, pitos, una que otra conversación, pero nada que saque a la mujer de su ausencia. Llego a preocuparme por sus uñas, en algún momento no va a tener más de donde morder; sin embargo eso parece no importarle, ella sigue con su movimiento de tocador de dulzaina. El celular suena por segunda vez y después de una corta interrupción suena una tercera vez. En lugar de ser un llamado parece una señal. Al final del tercer timbre, la mujer se levanta y camina sin desviarse, es decir, la gente debe quitarse de su ruta, entre la multitud. La sigo dos calles. Es cerca del medio día y el sol quema, esto parecía no 223-Cámara-dos-3importarle a ella; yo, en cambio, voy escondiéndome bajo las pocas sombras que puedo encontrar bajo las carpas de los almacenes o los aleros de los ventorrillos atravesados en la mitad de la acera. Pero soy la cámara dos y no puedo perderla de vista. Aunque no estuviera concentrado en su cara, por lo menos voy tras su figura, ya veríamos lo que sucede cuando logre alcanzarla, situarme a su lado y mirarla directamente, ya veré si su expresión cambió o sigue ausente y sin uñas. En la tercera calle, a la altura del semáforo la alcancé. Mientras las luz pasa a verde para los peatones y el número que acompaña la figura luminosa del muñeco rojo que camina disminuye: treinta, veintinueve, veintiocho; me paro al lado de la mujer. Ella nota mi presencia, me mira con cara de alivio, sonríe y pregunta: ¿señor sabe cuantas calles faltan para llegar a…? No escucho más. En el tráfago del gentío perdí a la mujer vestida de rojo, o la cambiaron, alguien hizo el trueque y no me di cuenta dónde. Fallé en mi labor de cámara dos. En cambio el director de cámaras del programa logró, a pesar de la oposición del productor, el retrato impresionante de un personaje que se quedó con todo adentro…
Argumento. La fuente del retrato es invisible, dijo el maestro, pocas veces visible. Hay que persistir. Así comienza la historia…

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Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

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Nada

21 mayo, 2016 § Deja un comentario


Seguramente en alguna de las Marginalias anteriores he escrito que por su tamaño y condición los dibujos abigarrados resultan en cafeterías, salas de espera, paradas de bus. En cualquier lugar, mientras dibujo, suceden cosas que parecen nada pero son todo. Si no sucediera nada, el universo, la gente, el tiempo se detendría, dejaría de existir y el todo que nos rodea quedaría instalado en una nada que, para no ir más lejos, es la que representan los dibujos abigarrados en sus trazos, texturas, formas, incluso botones. En ellos no hay nada, pero siempre es posible discernir algo, un movimiento, alguien que se desplaza, una hoja que cae, un hombre que se pierde, una novedad que acontece y aunque el indicio realista no aparece y lo que se ve es nada, algo sucede, está. Es como dibujar los sonidos que vienen del piano y no su forma masiva. Ayer escuché a Borges en una entrevista de 1976, dijo: “…la tarea de las artes es transformar lo que sucede en símbolos…” Los dibujos abigarrados están trazados como símbolos de nada o de todo o de lo que cada uno quiera ver. Pero no solo están los dibujos, está también lo que sucede alrededor mientras aparecen trazo tras trazo en las hojas de la libreta. En ocasiones alrededor no sucede nada pero nada es todo: siempre hay alguien que hace algo en alguna parte donde no lo ves. Ahora alguien debe estar recibiendo una carta, o una clase; otro, quizá, está negándose a hacer, a decir, algo; habrá quienes estén maquinando una mentira, una broma o planeando una fiesta; alguno debe estar prendiendo su carro para ir a una cita y al mismo tiempo, en otro lugar, un motociclista sube a su máquina para ir al trabajo, se cruzarán en el semáforo y por supuesto ignorarán las coincidencias que los llevaron a estar allí esperando que la luz cambie a verde. De esto que sucede alrededor y también sucede en las hojas de las libretas, su adentro y su afuera, están compuestos los dibujos abigarrados. Es decir, de nada.

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222-Nada-1Nada 1. Una mañana desde la ventanilla del bus de transporte público una situación llamó mi atención. En la misma acera de la parada del bus, detrás de los parales de aluminio de la estructura donde los pasajeros esperan, la reja metálica, pintada de negro, de un almacén está cerrada. Desde la ventanilla tenía vista de la parada desierta y de la reja negra. El bus se detuvo a pesar de que no había pasajeros y esperó. Un hombre vestido con camisa azul a cuadros claros y oscuros, pantalón casi blanco y cartera terciada al hombro, vino a pararse frente a la reja. Nada anormal. Lo curioso es que el hombre se paró casi contra la reja de espaldas al bus, a la parada y a la calle. Se paró allí y esperó. Me pareció que esperaba porque su actitud era ninguna y sus ojos no debían ver más que la reja a pocos centímetros de distancia entre sus ojos y el metal pintado de negro. Quizá espera que abran, me dije, hay alguien adentro que sabe de su presencia allí y pronto levantará la reja. Sin embargo nada de eso sucedía y el bus extrañamente tampoco dejaba la parada. De repente el hombre abrió los brazos, los subió, los bajó, los movió hacia los lados y cada vez palpaba la reja con sus manos como si eso fuera suficiente para hacerla subir. Quise notar si había desespero en su actitud pero no, solo había, me pareció, la confianza ciega de que palpando era suficiente para borrar la frontera negra que lo separaba del otro lado de la reja. Recordé entonces a Kaspar Hauser, el joven alemán que en el siglo diecinueve vivió aislado casi hasta su muerte a los veintidós años. Kaspar vivió encerrado en una habitación para él más grande que el mundo pues si miraba alrededor solo veía su habitación y si afuera miraba alrededor veía cosas distintas, lo dijo poco antes de su muerte una vez liberado. Kaspar Hauser vino a mi memoria mientras miraba al hombre palpar con sus manos y brazos extendidos la reja metálica. Se quedó encerrado afuera, me dije, y quiere salir porque como Kaspar Hauser el mundo donde estamos encerrados lo ahoga. Noté, entonces, desespero en sus gestos. El bus seguía inmóvil y tomar una fotografía del hombre en su accionar cada vez más desesperado contra la reja, fue lo único que se me ocurrió. Saqué el celular, lo prendí, busqué la cámara, adapté el tamaño de la fotografía, me gusta que las fotos sean de buena resolución y cuando me volteé para registrar al hombre, cada vez más atareado en el intento por levantar la reja con solo el sentir de sus manos, el bus arrancó. Para certificar el hecho un dibujo abigarrado comenzó a hacer carrera en mis libretas. Claro, me dije, es posible que mañana no haya logrado aun subir la reja, le tomaré la fotografía, entonces. Sin embargo los avatares del día a día me han impedido pasar por allí otra vez…

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222-Nada-2Nada 2. Un día confirmé que la distancia entre lo que sucede alrededor y los dibujos abigarrados era considerable. La pregunta me acosó con frecuencia hasta cuando fue claro que los sucesos no son abigarrados. ¿Qué hace que los sucesos sean homogéneos, incluso sencillos, aunque parezcan lo contrario? Si no fuera porque vivo a la caza del menor desvarío allí, donde en términos corrientes, se encuentra el “alrededor” de las personas, buena parte de los sucesos que abigarro con trazos y texturas hubieran pasado desapercibidos y seguramente los dibujos tendrían otro sentido, otro abigarramiento o, posiblemente, ninguno. No pasa nada o muy poco y lo que sucede o está a punto de suceder y no sucede, pero es como si lo hiciera, es aquello que los dibujos abigarrados llevan entre trazos…

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222-Nada-3Nada 3. La mujer parece normal, aparte de unos audífonos rojos pegados a sus orejas, tan grandes que parecen una corona con antenas y contrastan con su pelo negro y su ropa negra hasta los pies. Nada en ella parece fuera de lo normal. La mujer llegó unos segundos después que yo o quizá llegó al tiempo pero no la vi. Todo en ella parecía tan normal que no la vi hasta que comenzó a golpear el piso con el pie izquierdo, primero con suavidad como si no quisiera llamar la atención. Noté esos movimientos extraños, parecidos al taconeo de los bailarines de flamenco, porque el golpe del tacón en el piso tenía un ritmo que nada alrededor, ni la otra gente, ni los carros, ni nada, tenía. Me fijé, entonces, en ella. Primero vi los audífonos y después el resto. Parecía una mujer relativamente joven y podía estar ensayando un paso para la clase de baile, además los audífonos le permitían escuchar algo que ninguno de los cercanos podía escuchar, justamente la música de algún flamenco. De repente la mujer comenzó a taconear con más fuerza, fue entonces cuando confirmé que solo lo hacía con el pie izquierdo. Los golpes de su pie izquierdo se salieron completamente de ritmo, si es que alguna vez tuvo uno y se convirtieron en taconazos, en martilleo incesante. Quizá ella notó que su movimiento no tenía la efectividad que buscaba y lo único que hacía era llamar la atención de los otros. Se recostó contra el muro cercano, dobló la pierna y con la mano derecha quiso constatar que el tacón estaba en su lugar y también pudo constatar que todos los intentos por pegarlo a golpes contra el piso habían sido inútiles y se quedó con él en la mano. Su cara mostró desconsuelo. Miró el tacón, miró para todos lados y mientras lo hacía apoyó el pie en el piso pero como aun no tenía clara la falta del tacón por poco se cae. No supo qué hacer, miró de nuevo el tacón, dobló la pierna y con un gesto mínimo intentó pegarlo en su lugar. Pero el tacón no pegó y la mujer quedó con él en la mano. Lo miró sin saber qué hacer, levantó los ojos un poco desencajados y miró alrededor pero como en esos lugares nadie mira a nadie y todo el mundo está solo, la mujer no encontró en ninguno de los presentes el más mínimo apoyo a su desgracia. La soledad y la impotencia se reflejaron en sus ojos. Los audífonos desproporcionados para su cabeza parecieron más grandes y pesados. No lo he dicho aun, eran las siete y media de la noche, casi las ocho, estaba oscuro y el poco alumbrado público nos dejaba ver como sombras alargadas. Todos los que estábamos cerca o alrededor de la mujer, no éramos muchos, llevábamos encima las fatigas del día y la mujer con el tacón en la mano, sin saber qué hacer con él pasaba por la misma situación. Entonces dos acciones inesperadas sucedieron: en un gesto del desespero y después de considerar el pedazo de su zapato con dolor, lo lanzó a donde cayera, lejos o cerca, donde cayera en alguno de los espacios oscuros que el alumbrado público no alcanzaba a iluminar. En el mismo momento en que lanzó lejos el tacón, se arrepintió y corrió tras él. La incomodidad de los audífonos desproporcionados y el bolso, seguramente pesado, le impidieron una mayor agilidad y no alcanzó a ver dónde cayó el pedazo de zapato que se convirtió en su tormento. Ninguno de los presentes la miró, ninguno se percató de su drama, la mujer desapareció en la oscuridad, agachada, incómoda, buscando el tacón. En ese momento llegó mi bus…
Argumento. Dos hombres, también pueden ser dos mujeres o una pareja, se sientan lado a lado y no dicen ni hacen nada. No se sabe qué miran quizá para adentro o para otro lado. Así, en nada, comienza la historia…

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• Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior • Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
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Los “atrapasueños” y el Aleph

14 mayo, 2016 § Deja un comentario


221-Atrapa-2Todo, al menos en mi caso, es parte de un devenir casi siempre desconocido. Parece extraño. Las cosas suceden y pocas veces puedo hacer algo para dominarlas; con el tiempo aprendí a dejarlas que  sucedan como les parezca y ya está. Es lo que intento narrar ahora y representar, si es posible, en alguno de los dibujos abigarrados. Mi mujer tiene una habilidad manual fuera de lo común. Hace algún tiempo se propuso hacer “atrapasueños”, son objetos circulares con base en un aro de madera que sirve de marco donde con hilos de colores y tramas diversas se teje una suerte de malla por donde todo pasa, menos los sueños. Los “atrapasueños” se utilizan como elementos de decoración colgados cerca de las paredes o ventanas y como su nombre lo indica los sueños cercanos quedan atrapados en sus redes. Mi mujer, ya lo dije es dueña de un talento manual extraordinario y en pocos días hizo una buena cantidad de estos aparatos. Su objetivo, lo comprendí el amanecer que dio lugar a este relato, es cubrir una ventana con “atrapasueños” como si fuera una cortina que deja pasar la luz, permite ver de adentro hacia afuera y, desde afuera, el juego de texturas, colores y aros, convierte la ventana en una suerte de calidoscopio inquieto. La verdad, hasta el amanecer aquel, no vi lo que acabo de describir. La forma redonda de los “atrapasueños” llegó a inquietarme y en cierto momento del proceso me pregunté qué pasaría si fueran cuadrados o triangulares. No han dejado de ser circulares. Debo decir que mi relación con los “atrapasueños” era algo distante. Los veía multiplicarse en la ventana y en otros lugares de la casa, los veía también partir como regalos para conocidos o cercanos. En realidad, si la realidad existe, como decía Keserü el personaje de Imre Kertész, creo que les temía un poco y trataba de evitarlos, la posibilidad de ver los sueños que me habitan en permanencia atrapados en las redes tejidas tan preciosamente por mi mujer, me preocupaba sobre manera. ¿Qué pasaría? me pregunté con frecuencia. ¿Podré recobrar algún sueño enredado entre hilos de colores? Si eso fuera posible no había razón alguna de preocupación, podría, incluso, propiciar cuáles guardaría y recuperarlos según la necesidad. Las 221-Atrapa-3posibilidades de los “atrapasueños” se volvían infinitas, los de mi casa no solo atraparían mis sueños, también atraparían los de mi mujer, los de mis hijas, los de nuestros visitantes, los de aquellos que pasaran cerca a la ventana, conocidos o desconocidos, en fin, los “atrapasueños” se convertirían en una cantera inagotable de sueños, de situaciones, de lugares, de horas. Para dar alguna forma al contenido de un “atrapasueños” no creo que esté por demás compararlo con el Aleph de Borges. Por supuesto, con un sistema de funcionamiento distinto pero con esencia parecida: todo en el mismo lugar. He mencionado hasta ahora las posibilidades de uno solo de los “atrapasueños” ¿será posible imaginar lo que llegaría a suceder al interior de cada uno de los doce o quince que hay en la ventana de la habitación que ocupamos mi mujer y yo?: el gran Aleph. Como lo que me sucede, sucede a pesar de mí, lo narrado hasta ahora había pasado desapercibido hasta un amanecer eterno de esos en que los minutos tardan horas y las horas días y todo lo que uno imagina va de mal a peor y nada está bien y la caída es vertiginosa. Uno de esos amaneceres vi por primera vez, a pesar de que su reflejo contra el techo inclinado de la habitación estaba allí desde hacía ya bastantes días, la sombra proyectada por la luz del alumbrado público de los doce o quince “atrapasueños” que mi mujer llevaba semanas colgando en la ventana como una cortina. Llamó mi atención un movimiento pequeño en el techo. Una brisa tenue unió y separó las sombras como personas, las formas redondas ayudaron, proyectadas por los “atrapasueños”. Imaginé que alguien había entrado en la habitación, pensé en alguna de nuestras hijas y llamé en voz baja para no despertar a mi mujer que dormía sin interrupciones. La falta de respuesta me obligó a mirar con mayor detenimiento qué o quién se movía por allí, fue entonces cuando caí en la cuenta de que las sombras inquietas, como en el teatro chino, venían de los “atrapasueños”. Por primera vez vi en ellos algo distinto a los materiales con que están hechos, una injusticia de mi parte porque quien sepa de esas técnicas verá que su ejecución es perfecta. Por primera vez, repito, vi en ellos algo más que el objeto en la ventana, vi el “atrapasueños”. 221-Atrapa-4Los personajes que al inicio se comportaron como sombras chinas pasaron a ser texturas y ellas, como imanes, me ligaron sus movimientos mínimos, absorbieron mi sueño y no dormí más. Mientras trataba de distinguir entre las sombras estiradas, redondas, sin forma, algo que pudiera identificar, el dibujo abigarrado que resultaría del encuentro, porque se trataba de un encuentro, apareció. La idea de tomarles una fotografía se atravesó, y lo hice, pero como si intentaran guardar un secreto no salió nada en la foto. Fue entonces cuando pensé lo narrado hasta ahora: los sueños sin salida, atrapados, todos en el mismo lugar, en el mismo instante, como en el Aleph de Borges. Debo decir que no he encontrado aun la posibilidad de recuperar mis sueños entre los hilos de colores, algunos dibujos abigarrados han resultado de las noches de insomnio frente a los “atrapasueños” en el techo de la habitación y no he vuelto a dormir. Cada noche confirmo que los dibujos abigarrados son la manera como los “atrapasueños” retornan lo que atrapan…
Argumento. Un hombre intenta, cada noche, repetir el sueño de la noche anterior y no lo logra. Insiste. Una mañana comienza la historia…

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El reloj despertador

7 mayo, 2016 § Deja un comentario


220-Sombrero-1Desde hace tiempo tengo la intención de hacer el recorrido que, todos los días al amanecer, hace “Sombrero” el vendedor de frutas y aguacates cerca de mi casa. Lo llamo “Sombrero” porque todos los días lleva uno distinto y porque no sé su nombre. Con frecuencia paso por su punto de venta y acaricio los aguacates con aire de conocedor, sin embargo dejo que sea él quien elija, es el experto, los que están a punto para el almuerzo. Cuando tuve la idea de ir con él, al amanecer, hasta el mercado donde compra su mercancía le dije que mi intención era escribir el recorrido, el encuentro con los proveedores y el regreso a las cinco o cinco y media de la mañana. Era una mañana de viernes, fui hasta su puesto de venta, le hablé de mi idea y no respondió, siguió haciendo lo que estaba haciendo sin mirarme y sin decir nada. Insistí. Dos veces le expliqué cuál era mi intención y entonces dijo que listo, que no había problema y agregó sin mirarme, concentrado en organizar las mandarinas, que salía todos los días entre las dos y media y las tres de la mañana. No estoy seguro pero creo que en ese momento mencionó que a esa hora sonaba su despertador. Le respondí que la hora estaba bien para mí y que el martes siguiente estaría en su puesto a las dos y media de la mañana. Me miró con ojos irritados por la falta de sueño, sonrió y repitió: listo.
Ese martes llovió desde el filo de la media noche hasta las primeras luces y no llegué a la cita. A las nueve o diez de esa mañana volví al puesto de venta de “Sombrero” lamenté que la lluvia se hubiera interpuesto y le expliqué que por razones prácticas no podía acompañarlo otros días de la semana y que tendríamos que esperar hasta el lunes o martes siguiente. Sin escucharme dijo que esa mañana había salido bajo la lluvia a las tres y media. Entonces le aseguré que el lunes siguiente estaría puntual a la hora que él dijera, lloviera o no. Me miró con sorna. Su incredulidad venía de la posibilidad, ya comprobada, que yo no llegaría a la cita por la hora o porque me costaba madrugar. Sin embargo, me pareció ver en él un asomo de duda, distinto a mi dificultad para cumplir la cita, pensé que tal vez no quería comprometerse a ir conmigo allá, donde quizá tenía algún secreto que después yo saldría escribir y de pronto a publicar. Previendo mis dudas y las suyas, le aseguré que estaría allí el día y la hora convenidas y que mi interés era solo narrar el recorrido desde su punto de venta, en la esquina de un barrio, a la plaza de mercado y el regreso dos o tres horas después. No se lo dije así, con esas palabras, pero se lo di a entender. El halo de incredulidad parecido a la ausencia, lo rodeó y, sin mirarme, ordenó las peras y los mangos. Entonces, para respaldar lo que pensaba y no decía, mencionó que un día, sin saberlo, había salido para la plaza de mercado a la una de la mañana porque, hizo un énfasis que me pareció curioso: ¡no tenía reloj despertador! y salía para la plaza a la hora en que despertaba. Desde una vez, agregó como si alguien más estuviera allí con nosotros pero 220-Sombrero-2hablaba solo, se despertó a la una y media creyó que tenía aun tiempo para dormir un poco más y cerró los ojos. Durmió hasta las cuatro y veinte, llegó tarde al mercado y no encontró la mercancía que buscaba. Desde ese día salgo a la hora que despierto, dijo. Hablaba para él, quizá para el otro que no está ahí o para mí y me prevenía de las dificultades o sencillamente expresaba con disimulo disculpas que no manifestaba directamente. Insistí en que el lunes siguiente a las tres de la mañana estaría allí para acompañarlo. “Sombrero” repitió que salía a la hora que despertaba, a la una, a las dos o a las tres e insistió en que tenía que ser así porque ¡no tenía reloj despertador! hizo un nuevo énfasis, y para corroborar lo dicho volvió a narrar la vez aquella en que salió a la una y media y tuvo que esperar que abrieran la plaza de mercado debajo de una alero porque estaba lloviendo. De esa manera,“Sombrero” me decía, sin mirarme y sin hablar conmigo, mientras arreglaba los mangos, las mandarinas o los aguacates, que no tenía hora para salir, que no me podía esperar e hilando fino fue lo que alimentó mi duda porque no lo dijo: que prefería no ir conmigo. No lo dijo abiertamente o no quise entenderlo, es más, insistí en que el lunes siguiente a las tres de la mañana estaría allí para acompañarlo. Imagino ahora que mientras me alejaba de su puesto de venta con dos aguacates, que le había comprado para el almuerzo, en una bolsa negra de plástico, “Sombrero” me miraba sin saber cómo hacer para que no le pidiera más que me deje acompañarlo a su recorrido de compras al amanecer.
La noche del domingo al lunes siguiente dormí poco, desperté a la media noche, a la una, a las dos y a las dos y media de la mañana estaba listo para salir de mi casa. No llovía y tampoco hacía frío, sin embargo, más para disimular el celular donde iba a grabar lo que sucediera durante el recorrido que por el clima, me puse una chaqueta. Jorge, el vigilante de las casas donde vivo se preocupó al verme salir a esa hora y me preguntó si estaba dejando la casa por mi voluntad o porque me habían pedido la pieza. Le anuncié desde la acera que volvería antes de las seis. Las calles estaban desiertas. Ni un carro, ni una moto, ni un ruido, nada. Solo las luces del alumbrado público se pegaban a todo y por su tono amarillento producían una sensación de sol frío. El puesto de venta de “Sombrero” está a unos doscientos metros. Por un juego entre luces y sombras me pareció verlo recostado contra el muro pero al acercarme me di cuenta de que la esquina estaba desierta. No había nada, ni la mesa donde exhibe la mercancía, ni el banco de madera donde se sienta a esperar clientes. No había nada. El callejón detrás del puesto de venta estaba oscuro. Eran las dos y treinta y cinco de la mañana. Las luces de la estación de servicio cercana estaban prendidas pero tampoco había nadie. Me recosté contra el poste y esperé, supuse, por la hora, que “Sombrero” no había salido aun. El ruido de motores lejanos y de objetos que se mueven en la noche era lo único presente, al lado, claro está, de mi sombra en el pavimento. De repente una forma negra, más negra que la oscuridad que venía del callejón detrás del puesto de venta, se movió en mi dirección, pensé que “Sombrero” había llegado pero era una sombra baja y no podía ser él. Un perro negro, despeinado, tal vez porque venía de su 220-Sombrero-3cambuche, pasó a mi lado, esperé siquiera un gruñido pero el animal no hizo ninguno y siguió unos metros más abajo hasta el centro de una luz que venía de la estación de servicio. Allí se sentó en sus patas traseras mirando hacia la estación y esperó. Del fondo de la estación, detrás de las máquinas de gasolina apareció otro perro negro, igual en la oscuridad de la noche, que se acomodó de la misma manera y lanzó tres aullidos. Luego fue el silencio. Eran las tres menos cinco y no había ningún ruido. Un automóvil pasó. Los dos perros negros se miraron en silencio sin hacer el menor movimiento. Juegan estatua, me dije. A partir de ese momento la quietud fue total. Ni en la calle, ni en la estación de servicio, ni en el callejón detrás del puesto de venta de “Sombrero”. Lo único distinto, porque además no pertenecía a esa quietud, era mi sombra proyectada contra el pavimento, ni siquiera los dos perros negros, quietos como estatuas que seguramente cumplían el ritual de cada noche, se movían. Entonces de mi sombra surgió el primer dibujo y más tarde, ese mismo día el dibujo abigarrado que acompaña este relato. Eran las tres y veinticinco de la mañana cuando el perro negro que salió de la sombra terminó el juego con el compañero que, a su vez, jugó desde la estación de servicio. No hubo un aullido ni una mirada de despedida solo se levantó y caminó calle abajo hasta perderse en la sombra. Eran las tres y media de la mañana. Faltaba un cuarto para las cuatro cuando regresé a mi casa. “Sombrero” no llegó a la cita. Esa misma mañana me dijo que había salido a la una, la hora en que abrió los ojos… y como no tiene despertador…

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Argumento. El reloj despertador no sonó… Así comienza la historia…
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