Recuerdos, coincidencias y confusiones

16 abril, 2016 § 1 comentario

217-Zapato-1Sucedió algo esta semana que dio lugar a coincidencias, confusiones y recuerdos alrededor de los zapatos. Una de mis hijas salió para su trabajo apurada por el tiempo y no se dio cuenta de que llevaba los zapatos de modelos distintos, negros y parecidos, pero distintos. Los zapatos son importantes y en general todo el mundo les presta atención por el diseño, el color, la comodidad o la función. Son distintos los zapatos para hacer ejercicio, ir al trabajo, a una fiesta o para caminar entre las vitrinas de los centros comerciales. Nada hay peor que unos zapatos incómodos, estrechos o con ruido…
El recuerdo viene del ruido que producen unos zapatos mal hechos, mal cortados o de cuero duro. Pensé que con algunas posturas el ruido desaparecería o me acostumbraría al punto de no escucharlo pero no, el ruido no desapareció, ni disminuyó. Hasta que una mañana compré otros zapatos. El vendedor se sorprendió cuando le dije que me iba con los nuevos puestos y que empacara los otros, los del ruido, le dije y a pesar de que no entendió los puso en una bolsa de plástico. En el primer taco de basura dejé los zapatos con el ruido incluido y seguí por la misma acera, dos cuadras, hasta la estación del Metro. Sentado en la entrada de la estación me crucé con un habitante de la calle a quien le hubieran ido de película los zapatos. Sin pensarlo dos veces regresé al taco de basura pero toda la basura rebosante estaba, menos la bolsa con los zapatos. Menos mal, pensé, que no había dicho nada al habitante de la calle. Cuando llegué por segunda vez a la estación él ya no estaba por allí…
La coincidencia viene con “El zapato rojo” uno de los textos del libro “Historias reales” de Sophie Calle, donde narra que el último robo que hizo en los grandes almacenes con su amiguita Amélie, cuando eran unas niñas de once años, fue un par de zapatos rojos. Amélie se quedó con el derecho y Sophie con el otro…
La confusión de mi hija me recordó al profesor del colegio en un pueblo de la sabana cerca de Bogotá, donde estudié bachillerato. Recordé aquel profesor porque durante buena parte del año, una vez a la semana, sus zapatos eran del mismo color pero distintos. La primera vez, la cosa comenzó a mediados del año, nos miramos entre los estudiantes sin creer lo que veíamos y nos burlamos de él, decíamos que no había dormido en toda la noche, que se había despertado mal, estaba aun bajo los efectos del sueño o de la mujer que no lo dejaba dormir y se vistió con los ojos cerrados. Al día siguiente sus zapatos correspondían y olvidamos el error del día anterior, pero cuando la semana siguiente el mismo día de la semana anterior, si no estoy mal era un martes, el profesor apareció con los zapatos distintos, esta vez negros pero distintos, los cuchicheos en clase le obligaron a interrumpir varias veces para llamarnos la atención, sin embargo, no se dio cuenta del por qué de nuestra algarabía y, si se dio cuenta, nos ignoró. Al otro día todo volvió a la normalidad y de nuevo olvidamos el incidente hasta el martes siguiente cuando llegó otra vez con los zapatos cambiados. De nuevo cuchicheos que desbocaron en protestas y amenazas de castigo de su parte y en la curiosidad nuestra de por qué los días martes el profesor no tenía o no quería tener la posibilidad de distinguir los zapatos. Se abrió ante nosotros, entonces, un mundo de posibles intimidades de la vida de este profesor a quien, para 217-Zapato-3decir la verdad, temíamos por su rigidez. Tuvimos que vernos enfrentados en tres ocasiones seguidas a la mezcla inesperada de zapatos del profesor para que a la cuarta vez ya no fuera causa de sorpresa pero sí de la curiosidad suficiente para organizar un seguimiento como lo llaman ahora, en nuestro caso era espionaje puro. El profesor, ajeno a todos estos devaneos entre nosotros, alumnos de quinto, no sospechó cuando una avanzada de los nuestros le pidió que si podían ir a su casa para que les explicara un ejercicio. En principio se negó pero después de insistir aceptó pero a una hora precisa: ni más temprano, ni más tarde de las seis y treinta en punto porque antes o después era imposible. Jugamos a la suerte la posibilidad de pertenecer al grupo de tres que visitarían la casa del profesor. El día elegido fue un martes, el quinto o sexto, después de aquel en que el profesor se apareció en clase con los zapatos trocados. Se eligió precisamente ese día porque, con el cuerpo del delito presente, alguno del grupo podría, si se daba la oportunidad, preguntar o prevenir al profesor del trueque. A las seis y media en punto, el profesor abrió la puerta de su apartamento y los hizo seguir a la sala. Una sala común y corriente, con láminas enmarcadas en los muros, un arreglo con flores de plástico en la mesa de centro que impedía la vista de quien estaba al otro lado, un sofá para tres y tres sillones alrededor de la mesa; una ventana al otro lado del salón frente de la puerta de entrada, que probablemente miraba a un jardín. El apartamento estaba casi a oscuras, el día estaba cayendo y los tres enviados se concentraron en los zapatos del profesor, distintos como solía suceder los martes a pesar de que no eran los mismos que había llevado en el colegio ese día, estos eran cafés y los que utilizó durante el día eran negros. No había nadie más en el apartamento y según los enviados por allí no había mujer alguna. El profesor obró con naturalidad, desde el primer momento anunció que tenían diez minutos, ocupo el sillón desde donde dominaba la posición de los estudiantes y cruzó las piernas dejando en evidencia el cambio de zapatos y la mezcla de modelos distintos. El encuentro fue un fiasco porque los enviados no tenían nada específico para preguntar al profesor y todas las preguntas se fueron en tartamudeos y repeticiones. El profesor lo notó y al segundo o tercer tartamudeo cortó en seco y preguntó cuál era la verdadera razón de la visita. Pillados fuera de base, los enviados no supieron responder, sin embargo ninguno dijo que la razón eran los zapatos que él balanceaba con toda tranquilidad frente a ellos. Así terminó la pesquisa. Intentamos después en otras ocasiones, espiándolo de lejos, preguntando a los vecinos si habían notado algún comportamiento sospechoso durante los últimos meses, sobre todo los martes pero ninguno dio razón de hechos extraños. El profesor, según todo el mundo 217-Zapato-2era una persona normal sin nada para esconder o reprochar, por lo menos en apariencia. La curiosidad y los intentos de seguimiento detectivesco que nos ilusionaban, éramos Sherloks en potencia, duraron unas semanas. Los martes durante esos meses fueron días de expectativa, hasta que, como suele suceder con todo, el interés desapareció, los deportes tomaron el lugar de los zapatos del profesor y los martes volvieron a ser días comunes y corrientes. Hasta que un martes, unas semanas antes de que terminara el año escolar, el profesor llegó a clase, la segunda hora de la mañana, como de costumbre cinco minutos después de la hora cuando ya todos estábamos en nuestros puestos. Como siempre y sin preámbulos comenzó a hablar. Pasaron cinco minutos, quizá diez, cuando los estudiantes de la primera fila comenzaron a cuchichear, a hacer señas hacia los pies del profesor, a llamar la atención de los otros hasta que el ambiente del salón fue el mismo del día en que descubrimos que sus zapatos eran del mismo color pero distintos; este martes los zapatos del profesor, después de semanas de ser distintos, eran iguales, eran del mismo par, cafés, de ataduras con tres ojales y pliegues de cuero en el empeine. Y entonces, todo volvió al comienzo: las preguntas, la curiosidad y el espionaje con la esperanza de descubrir algo. Ninguno de nosotros propuso crear otra comisión para ir a su casa a investigar. Al termino del año el profesor terminó su curso como esperábamos, el examen final fue relativamente difícil pero las calificaciones generosas y ninguno tuvo que repetir la materia. Al año siguiente el profesor no volvió al colegio…
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, vuelve a casa sin zapatos… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
Saúl Álvarez Lara / 2016


Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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§ Una respuesta a Recuerdos, coincidencias y confusiones

  • jaime gómez dice:

    De entrada, cuando vi los dibujos, pensé en el dios Mercurio por las alitas en los zapatos y quedé subyugado. Los nuevos dibujos me encantan, aunque todos los anteriores también.
    Jaime

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