Fisgoneo narrativo

9 abril, 2016 § Deja un comentario

216-Fotografía-1En los tiempos que corren las imágenes son una fuerza narrativa. No se lee menos, se lee distinto. La mezcla que la modernidad propone entre imagen y lectura para ofrecer una explicación, definir una historia o proponer otra imagen es otro estado de la lectura. Hay casos donde las palabras se convierten en imágenes que narran no solo su contenido sino su imagen y en esa segunda lectura, luz, ángulo, legibilidad, lugar, son fundamentales. Textos e imágenes proponen, según el ángulo desde donde se miren, visiones y lecturas diversas; por supuesto, también proponen interpretaciones que serán tanto más fantasiosas, enardecidas o contrarias según quien sea el lector. Desde hace años por una facilidad que encuentro a entrar sin anunciarme en cuanta imagen cruza mi camino, practico algo que podría llamar fisgoneo narrativo. Como no soy fotógrafo, a pesar de que, como todo el mundo hoy en día, tomo fotografías que son apoyo ineludible a lo que escribo; también, claro, practico el fisgoneo narrativo con imágenes que se cruzan en mi camino, se convierten en obsesión y me sugieren historias que seguramente están lejos de la idea original de quien las hizo. Historias que mi obsesión por la ficción propone y quizá coincida con la del autor de la imagen como instancia anterior a la realidad. A medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que es más y más difícil vivir fuera de la ficción. Keserü el personaje de Liquidación, la novela de Imre Kertész, evitaba la idea de realidad y cada vez que se veía obligado a mencionarla añadía: “…La llamada realidad…” Seguramente esta Marginalia resultó del recuerdo de Imre Kertész y la frase dicha por su personaje…
En esa suerte de vitrina en que se ha convertido la virtualidad, donde se puede mirar y no tocar, una foto llamó mi atención. Es la imagen de un hombre que se va. Solo alcanzo a ver parte de su ropa, del pantalón y de una mano que seguramente regresa al bolsillo después de pagar la cuenta a pesar de que, lo van a ver, no tiene nada que pagar. Es posible que lleve la mano al bolsillo para sentirse seguro. El lugar es el interior de un café. Sobre la mesa que el hombre abandona hay una taza desechable para café, limpia, sin usar. Hay un cenicero, también limpio, el hombre no fumó, o no fuma, es difícil ahora dar con gente que fuma en lugares cerrados, los ceniceros son objetos que tienden a desaparecer. Un vaso de vidrio grueso con servilletas blancas en tirabuzón en su interior advierte que el hombre no consumió. Sin embargo, unas migas de pan sobre la mesa, abren la posibilidad de otra persona que no aparece en la imagen. La mesa y dos taburetes, tras una sombra en primer plano, están en desorden, el segundo taburete un poco fuera de lugar da cuenta del paso de otra persona, ¿hombre?, ¿mujer? Nada permite asegurar que sea una mujer aunque quizá convendría para la historia pues su presencia sugiere un amor con los nombres de los amantes grabados con punta dura en la mesa. Sin embargo, la falta de consumo da cuenta de un encuentro rápido, ¿para definir los detalles de un plan?, ¿secreto?, ¿un plan para escapar?, es posible. El rompimiento del compromiso en esas condiciones de rapidez también es posible. Los amantes se separan y toman un rumbos opuestos, ¿para no encontrase más?, ¿para que ningún conocido los vea juntos? La clave de la imagen está en la falta de consumo que determina el encuentro rápido, con pocas palabras, precisas, definitivas.
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Sin embargo, un detalle monumental cambia por completo el panorama que propone la imagen, está en blanco y negro. La falta de color aleja la historia de amor, incluso fallida y acerca otro contexto, el de las pistas, los secretos, las luces y las sombras de historia de persecución, de muerte, amenaza y espionaje. De historia negra. Es entonces evidente que el segundo personaje, el que ya salió de la imagen es mujer, siempre hay una en estas situaciones, rubia estilo Marilyn Monroe o misteriosa estilo Sharon Stone, que abandona el lugar después de prevenir al hombre, su hombre. Por eso el encuentro dura poco, fueron solo dos o tres palabras, dichas por ella en susurro, nada más. Después abandonan el lugar por caminos distintos para no caer en ninguna de las trampas que los rodean. Nada en la imagen determina si se trata de personajes buenos o malos, siempre hay de los unos y de los otros, nunca son todos buenos o todos malos porque dificultaría el devenir de la narración.
Aparte del color, un detalle que lleva a una variable no considerada hasta ahora, son las migas de pan abandonadas en la mesa. ¿Son migas de pan?, de ser así cuál de los dos personajes come pan en seco sin acompañarlo por algún líquido, ¿ni siquiera un vaso con agua? O no son migas de pan. Es lo que parecen en la fotografía pero pueden perfectamente no serlo, y se trata más bien de algún tipo de polvo de color claro, casi blanco, en grumos. ¿Es acaso un trueque rápido lo que acaba de suceder y por eso el no consumo? Lo que el hombre que se aleja pone en su bolsillo es lo que acaba de recibir del otro personaje que no está en la fotografía y que, por esta nueva situación, no necesariamente es una mujer. Entonces ¿no hay historia de amor, ni novela negra en la imagen, sino un trueque?
Como las imágenes narran historias que en ocasiones tienen continuidad entre ellas aunque no vengan del mismo lugar, hora, o situación, la fotografía anterior me lleva a otra que tiene lugar en otro sitio público, con mesas y un personaje de espaldas, dos mesas delante de quien tomó la foto.  El personaje lleva un corte de pelo estilo “Mohicano”. ¿Será éste el último? me pregunto cuando veo la imagen. Lleva un tatuaje que le debe cubrir la espalda, la camiseta solo deja ver la parte de arriba, cerca del cuello donde termina el corte. Debe ser un águila. Tres hombres ocupan otra mesa, cada uno habla por su celular. Frente a quien tomó la fotografía hay un café corto, parece un expreso, y un pandequeso. Un policía mira al fotógrafo, lo escudriña, ¿será sospechoso?, ¿de qué? La mayoría de las mesas están libres y no veo de qué pueda ser sospechoso el fotógrafo que toma café, ¿por la fotografía? Busco en la imagen qué atrae las sospechas del policía y entonces veo mi doble, lejos, varias filas de mesas más allá, disimulado o desenfocado por el tamaño al que amplié la imagen. El zoom, fuente de ficciones de otra época, recordemos “Blowup” la película de Antonioni basada en un cuento de Julio Cortazar, es ahora utilidad al alcance de todos. Mi doble es completamente distinto a mí pero es mi doble. Ocupa una mesa, lejos, escribe en su celular, seguro escribe desde antes de la fotografía, lleva gafas, las suyas son de sol, y tiene en frente un café corto y cerrado como el del fotógrafo. No me pregunto qué escribe, estoy seguro de que toma nota sobre lo que ve. Tal vez escribe una novela y toma nota como un desesperado todo el día, todos los días a todas las horas, como yo. Y como yo, para por momentos, como si descansara y se hace el que no mira, pero no, es una maniobra para despistar, en realidad observa todo y a todos.
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Las dos fotos aparecieron en la vitrina, ver y no tocar, frente a la que paso horas y horas cada día. No sé quién es el fotógrafo, he llegado a ellas por culpa del azar, como en las coincidencias que llevan a la ficción, que sabe desde antes el camino a seguir y propicia el fisgoneo del que no me puedo liberar…
Argumento. Un hombre disimulado entre la gente toma nota. Escribe sin parar, toma nota de lo que ve y parece apurado. Luego sigue su camino. En la calle siguiente repite el ejercicio. En la calle siguiente comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

Saúl Álvarez Lara  2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.comPrint

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