El reflejo de otro*

30 abril, 2016 § Deja un comentario


Imaginemos un amanecer lluvioso. Un hombre recién levantado entra en su baño aún medio dormido y se encuentra con un intruso en el espejo. Pensará que está soñando, que se equivocó de casa y llegó a una donde el espejo está dañado o, puede creer que aún se encuentra en la pesadilla de la noche anterior plena de sueños inquietantes.

219-Espejo-2Estaba oscuro cuando el despertador, que siempre suena más temprano de lo que uno se imagina, sonó. No prendí ninguna luz para no despertar a mi mujer y a ciegas, con las puntas de los dedos como guía, caminé hacía el cuarto de baño tocando, sintiendo y, a veces, acariciando los objetos que encuentro para no tumbarlos. Conozco bien el recorrido pero preferí tomar precauciones, lo hago cada amanecer y estoy seguro de poder hacerlo con los ojos cerrados pero hoy fui más cuidadoso que de costumbre. Cuando llegué al baño y prendí la luz, caí en la cuenta de la inutilidad del esfuerzo realizado a tientas por el apartamento, vivo solo. Mi mujer vive en su propia casa y rara vez duerme en este apartamento. Somos una pareja moderna, “juntos pero no revueltos” y aunque algunas veces la sueño aquí conmigo. Es bueno tener en cuenta que aquí sólo hay espacio para uno y es por eso, entre otras cosas, que no vivimos juntos.
Hasta hoy, en el espejo del baño sólo se podía ver una persona a la vez, sin embargo, esta mañana pasó todo lo contrario: un hombre desconocido me mira desde el gabinete del baño y no soy yo, estoy seguro, no es mi cara o por lo menos mi cara de todos los días la que me devuelve el espejo. Es la cara de otro. Quedé tan sorprendido cuando no me reconocí que volví a salir del baño. ¿Me volví sonámbulo?, ¿me equivoqué de puerta y hasta de apartamento? No, estaba en mi baño y el personaje en el espejo, no era yo.
Después de instantes que parecieron eternos, cuando confirmé que estaba despierto y cualquier sueño hacía parte de la noche anterior, la situación cambió y mi preocupación pasó del espejismo a la realidad. Descolgué el gabinete y busqué detrás con la esperanza de encontrar un hueco en el muro y por allí la persona que me estuviera haciendo una mala jugada. No había nadie, no había hueco, no había nada, la pared estaba como debía estar. Puse el gabinete en su lugar y quise tranquilizarme mirando directo a los ojos del desconocido frente a mí, él también me miró directamente a los ojos, como lo hice yo. Creí reconocer un vago parecido pero distante, muy distante. Me llevé una mano al pelo y él hizo lo mismo. Claro, había entre nosotros diferencias fundamentales, él tenía el pelo erizado, mientras el mío era liso y peinado hacía un lado. Me extrañó que usáramos la misma camiseta para dormir aunque la suya estaba sucia en el cuello y la mía limpia, lo comprobé. Con seguridad notó mi desconcierto y repetía mis movimientos sin parar, miraba para donde yo miraba y hacía lo mismo que yo hacía, como en esos números teatro cuando dos actores se paran frente a frente y cada uno reproduce los movimientos del otro sin equivocarse.

219-Espejo-1Me aproximé para examinar de cerca mis ojos y él hizo igual. Los suyos tenían arrugas y bolsas bajo los párpados, evidentemente en mí no era posible ver esas marcas del tiempo, me había cuidado siempre de no tenerlas y cuando daban señales de aparecer recurría a un tratamiento efectivo. Durante un buen rato nos miramos, ojo con ojo, ¿cómo es posible que esto me pase, a mí, que he visto todo; y nada, absolutamente nada, me sorprende ya, ¿qué piensa?, ¿será que piensa y siente lo mismo que yo? Si es así debo cuidarme, podría  llegar a tomar mi puesto y sin duda, dejarme encerrado. Encerrado en un espejo, repetí en voz baja para que no me escuchara. Con seguridad está buscando la salida pero no veo cómo lo va a hacer por mi apartamento, no. Si le hablo ¿responderá? Me encuentro en piyama frente a un desconocido que entró en mi casa por el espejo para tomar mi puesto, si no ¿para qué lo habría hecho? Afuera llueve, está oscuro y yo sigo aquí, preocupado. Quizá vino a decirme algo pero no ha hablado, hasta ahora no ha dicho una palabra, sólo me imita y me tiene tan desconcertado que no me atrevo, ni siquiera, a imitarlo yo a él. Debo hacer algo, rápido, me dije en voz baja para evitar que me escuchara. Respiré profundo, conté hasta cien y puse en marcha un plan sencillo pero efectivo. La idea era sorprenderlo haciendo movimientos inesperados hasta lograr que fatigado, él mismo, por su propia iniciativa, tome la decisión de partir por donde entró. En una acción relámpago puse el dedo índice en mi párpado inferior y lo empujé hacia abajo como si me fuera a examinar el blanco del ojo. Hizo lo mismo sin pestañear. Vimos que en lo único que nos parecíamos era en el blanco del ojo. Entonces, para descubrir siquiera una parte, aunque fuera mínima de su personalidad, lo miré fijamente, él hizo lo mismo y lentamente, muy lentamente bajé la mirada como quien va a revisar su peso en la balanza, pero en secreto, sin que nadie lo vea. No puedo permitir a un desconocido que se metió sin permiso en el espejo de mi baño, crea que tengo unos kilos de más. Cuando volví a mirarlo, respondió con una sonrisa pequeña y cómplice, ¿será que también se siente pasado de kilos y los está escondiendo como yo?

219-Espejo-3Ya veo la luz del día a través de la ventana, dejó de llover y aún no he podido encontrar un rastro de su personalidad que sea original, que no parezca una copia de mi actitud frente a él. Soy un hombre muy ocupado y al intruso parece no importarle, y parece no importarle tampoco, que no dispongo de tiempo para estar aquí intentando esconder algo que él, un desconocido, quiere imitar de mí frente a mis ojos. ¡No, no tengo tiempo para eso!, además, él es infatigable, y yo estoy exhausto, voy a llegar tarde al trabajo, mi jefe no va a creer esta historia del hombre que nunca he visto metido en el espejo de  mi casa y sobre todo, no va a creer que por su culpa llegué tarde. No lo va a creer y con seguridad me va a obligar a trabajar horas extras para compensar la demora. Me siento cansado. Sin comenzar el día y ya me siento cansado. Tengo la sensación de que el intruso ya sabe todo sobre mí, sabe lo que voy a hacer, conoce mis gestos, adivina mis pensamientos y me adelanta en todo. Una voz interior, no sé si es él quien me habla o es producto de la fatiga, me sugiere que lo mejor es que me parezca a él, me mimetice en él y le deje creer que soy él. Eso vino a buscar y no se puede ir sin haberlo logrado. Tal vez si entro al espejo y tomo su lugar, él se vaya…

*“El reflejo de otro” hace parte del libro “El sótano del cielo” con el título “Espejito, espejito” publicado por la Editorial Eafit de Medellín en el año 2001.

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Argumento. El hombre se paró frente al espejo y esperó. Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2001 / 2016


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Retrato de mentiras

23 abril, 2016 § 1 comentario


218-Personaje-2Meandro tiene la apariencia de un hombre boyante. Desde siempre se le vio así. Es simpático, buen conversador, habla con cualquiera, en cualquier parte, sobre cualquier tema. Va por el mundo sin angustia, desagrado o fatiga. Es así y no hay nada que hacer. Sin embargo, como todo, personas y cosas, Meandro tiene facetas. No se trata de estados de ánimo alterados o volubilidad natural que lo aqueja en momentos precisos, no, no se trata de eso. Poca gente nota sus facetas, en general disimuladas por el derroche de calificativos con que lo reconocen.
Meandro dice mentiras. Desde un punto de vista estricto no es un problema grave, mucha gente lo hace con mayor o menor intensidad, todo el mundo dice mentiras a diario sin inmutase. Una mentira para que sea mentira con todas las de la ley debe parecer verdad, es el requisito que cumplen las incontables que circulan y nadie distingue. Sin embargo no se trata de la mentira solamente, que puede ser pequeña poco creíble o gigantesca y aceptable. Se trata también de quien la dice. Para ser buen mentiroso es indispensable la memoria y sobre todo la agilidad para recordar entre el arsenal de mentiras dichas. Nunca la mentira es una sola, hay que tener presente a quien, en qué condiciones, la hora y el lugar donde se dijo. Memoria infalible y presencia de espíritu son cualidades necesarias para el mentiroso de cierto nivel que no se deja pillar y negará hasta el fin si alguien lo pone en duda. El mentiroso corriente casi siempre es descubierto porque le faltan memoria y presencia para hacer pasar una mentira por verdad. Es una cuestión de dimensión, el mentiroso corriente es un personaje de mentiras pequeñas, “piadosas”, sin importancia.
Meandro no es un mentiroso pequeño, mediocre, sin memoria, es de la talla de los embaucadores que saben que mentiras fantásticas, enormes, inalcanzables son más fáciles de creer por todos, incluido él mismo. Meandro, como todo embaucador, embaucador es una categoría superior de mentiroso, cree una y otra vez las fantasías que inventa, que vive, que hace creer a otros pero, y aquí está su grieta, su gotera, su infortunio, su debilidad, Meandro hace creer a otros pero él, a pesar de que está convencido de su propia patraña, abandona consciente o inconsciente lo que hizo parecer como cierto. Un inconveniente fatal cuando no se tiene el control sobre cómo, cuándo o por qué, se revela esa debilidad.
218-Personaje-1Lo que sigue después de su abandono es el descreimiento de aquellos que lo escucharon, siguieron sus directrices y de repente se encuentran en el vacío. En ocasiones los afectados reaccionan con animosidad, lo buscan o intentan agredirlo pero la mayoría de las veces guardan silencio. Los investigadores han llegado a la conclusión de que no hay continuidad en la búsqueda porque a la mayoría les afecta hacer público el engaño de que fueron víctimas. Lo más conveniente para Meandro en esos casos es desaparecer con la esperanza de que pronto lo olviden. Y sucede. En general la memoria es corta y sólo se activa algunos minutos después del descubrimiento, minutos que, en el peor de los casos, se convierten en días si las víctimas tienen presente el hecho, sin embargo, al cabo de cierto tiempo, otros hechos, otras afugias, otras mentiras, toman el lugar del engaño anterior y éste pasa a segundo o tercer plano, o incluso, se inscribe en una capa aún más profunda del recuerdo donde la posibilidad de recuperación es mínima.
Muchos quienes lo conocen de toda la vida o han sido sus víctimas o no han sido sus víctimas pero saben de sus habilidades y debilidades, creen que es un desperdicio. Hay quienes dicen que Meandro es una inteligencia superior, que de haber utilizado bien sus habilidades sería el hombre próspero que muestra en apariencia: con cargos importantes y ejecutorias aún más importantes, un artista, un líder, quizá un empresario con viento a favor. Nadie menciona la posibilidad de una carrera en la política porque lo único que hubiera tenido que combatir para llegar al éxito en ese terreno hubiera sido el abandono súbito que lo acosa sin avisar; de resto, dicen, tenía todo para terminar con monumento en alguna plaza pública del país.
Meandro no tiene familia, dejó entrever en algunas encrucijadas de su vida que sí. Hubo mujeres que creyeron pero nunca alcanzó a redondear una relación sin que antes fuera atacado por el mal que en su caso parece uno de esos virus que se repiten con frecuencia. Más de una vez vió volar sus pertenencias desde la ventana de un tercer o cuarto piso, seguidas de un chillido de gata enfurecida, “hijueputa, no volvás a aparecer por aquí… te hago meter a la cárcel… malparido…”
Cualquiera puede imaginar que conociendo sus debilidades lo consecuente hubiera sido ponerles fin, sin embargo, nos vemos frente a una opinión apresurada porque deja de lado un aspecto fundamental: él también cree. Sabe que está diciendo mentiras, que nada de lo que dice se va a cumplir y a pesar de saberlo, está tan convencido como su víctima, hace planes con ella, sugiere posibilidades y muestra entusiasmo. Sin lugar a duda, el defecto, lo mantiene activo y no lo deja decaer porque en medio de tanta corriente a favor y en contra, Meandro es ingenuo y cree que alguna vez, alguno de sus montajes va a tener buen fin y entonces podrá mirar a todo el mundo a la cara y decir …era posible, ¿lo ven ahora?
218-Personaje-3Esta frase será, tal vez, lo que rece el epitafio en su lápida el día que lo entierren que no sabemos si será o no el día de su muerte porque el muerto que dirán que es él, vestido con ropas parecidas a las suyas, podría perfectamente no ser él. ¿Quién asegura? preguntarán sus detractores, que el cuerpo que todo el mundo le adjudica, sea el suyo y no el de otro que para estimular su imaginación mentirosa estaba en el lugar donde no debía estar. De suceder así, Meandro se habrá reivindicado con la mayoría de sus detractores y seguidores, habrá llevado a cabo, se habrá despedido con una mentira tan grande, incluso blindada contra su debilidad que nadie la podrá poner en duda y todos tendremos que conformarnos con que al fin de Meandro salió una verdad, Meandro vive…
Argumento. La historia empieza con una mentira…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara 2010 / 2016


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Recuerdos, coincidencias y confusiones

16 abril, 2016 § 1 comentario


217-Zapato-1Sucedió algo esta semana que dio lugar a coincidencias, confusiones y recuerdos alrededor de los zapatos. Una de mis hijas salió para su trabajo apurada por el tiempo y no se dio cuenta de que llevaba los zapatos de modelos distintos, negros y parecidos, pero distintos. Los zapatos son importantes y en general todo el mundo les presta atención por el diseño, el color, la comodidad o la función. Son distintos los zapatos para hacer ejercicio, ir al trabajo, a una fiesta o para caminar entre las vitrinas de los centros comerciales. Nada hay peor que unos zapatos incómodos, estrechos o con ruido…
El recuerdo viene del ruido que producen unos zapatos mal hechos, mal cortados o de cuero duro. Pensé que con algunas posturas el ruido desaparecería o me acostumbraría al punto de no escucharlo pero no, el ruido no desapareció, ni disminuyó. Hasta que una mañana compré otros zapatos. El vendedor se sorprendió cuando le dije que me iba con los nuevos puestos y que empacara los otros, los del ruido, le dije y a pesar de que no entendió los puso en una bolsa de plástico. En el primer taco de basura dejé los zapatos con el ruido incluido y seguí por la misma acera, dos cuadras, hasta la estación del Metro. Sentado en la entrada de la estación me crucé con un habitante de la calle a quien le hubieran ido de película los zapatos. Sin pensarlo dos veces regresé al taco de basura pero toda la basura rebosante estaba, menos la bolsa con los zapatos. Menos mal, pensé, que no había dicho nada al habitante de la calle. Cuando llegué por segunda vez a la estación él ya no estaba por allí…
La coincidencia viene con “El zapato rojo” uno de los textos del libro “Historias reales” de Sophie Calle, donde narra que el último robo que hizo en los grandes almacenes con su amiguita Amélie, cuando eran unas niñas de once años, fue un par de zapatos rojos. Amélie se quedó con el derecho y Sophie con el otro…
La confusión de mi hija me recordó al profesor del colegio en un pueblo de la sabana cerca de Bogotá, donde estudié bachillerato. Recordé aquel profesor porque durante buena parte del año, una vez a la semana, sus zapatos eran del mismo color pero distintos. La primera vez, la cosa comenzó a mediados del año, nos miramos entre los estudiantes sin creer lo que veíamos y nos burlamos de él, decíamos que no había dormido en toda la noche, que se había despertado mal, estaba aun bajo los efectos del sueño o de la mujer que no lo dejaba dormir y se vistió con los ojos cerrados. Al día siguiente sus zapatos correspondían y olvidamos el error del día anterior, pero cuando la semana siguiente el mismo día de la semana anterior, si no estoy mal era un martes, el profesor apareció con los zapatos distintos, esta vez negros pero distintos, los cuchicheos en clase le obligaron a interrumpir varias veces para llamarnos la atención, sin embargo, no se dio cuenta del por qué de nuestra algarabía y, si se dio cuenta, nos ignoró. Al otro día todo volvió a la normalidad y de nuevo olvidamos el incidente hasta el martes siguiente cuando llegó otra vez con los zapatos cambiados. De nuevo cuchicheos que desbocaron en protestas y amenazas de castigo de su parte y en la curiosidad nuestra de por qué los días martes el profesor no tenía o no quería tener la posibilidad de distinguir los zapatos. Se abrió ante nosotros, entonces, un mundo de posibles intimidades de la vida de este profesor a quien, para 217-Zapato-3decir la verdad, temíamos por su rigidez. Tuvimos que vernos enfrentados en tres ocasiones seguidas a la mezcla inesperada de zapatos del profesor para que a la cuarta vez ya no fuera causa de sorpresa pero sí de la curiosidad suficiente para organizar un seguimiento como lo llaman ahora, en nuestro caso era espionaje puro. El profesor, ajeno a todos estos devaneos entre nosotros, alumnos de quinto, no sospechó cuando una avanzada de los nuestros le pidió que si podían ir a su casa para que les explicara un ejercicio. En principio se negó pero después de insistir aceptó pero a una hora precisa: ni más temprano, ni más tarde de las seis y treinta en punto porque antes o después era imposible. Jugamos a la suerte la posibilidad de pertenecer al grupo de tres que visitarían la casa del profesor. El día elegido fue un martes, el quinto o sexto, después de aquel en que el profesor se apareció en clase con los zapatos trocados. Se eligió precisamente ese día porque, con el cuerpo del delito presente, alguno del grupo podría, si se daba la oportunidad, preguntar o prevenir al profesor del trueque. A las seis y media en punto, el profesor abrió la puerta de su apartamento y los hizo seguir a la sala. Una sala común y corriente, con láminas enmarcadas en los muros, un arreglo con flores de plástico en la mesa de centro que impedía la vista de quien estaba al otro lado, un sofá para tres y tres sillones alrededor de la mesa; una ventana al otro lado del salón frente de la puerta de entrada, que probablemente miraba a un jardín. El apartamento estaba casi a oscuras, el día estaba cayendo y los tres enviados se concentraron en los zapatos del profesor, distintos como solía suceder los martes a pesar de que no eran los mismos que había llevado en el colegio ese día, estos eran cafés y los que utilizó durante el día eran negros. No había nadie más en el apartamento y según los enviados por allí no había mujer alguna. El profesor obró con naturalidad, desde el primer momento anunció que tenían diez minutos, ocupo el sillón desde donde dominaba la posición de los estudiantes y cruzó las piernas dejando en evidencia el cambio de zapatos y la mezcla de modelos distintos. El encuentro fue un fiasco porque los enviados no tenían nada específico para preguntar al profesor y todas las preguntas se fueron en tartamudeos y repeticiones. El profesor lo notó y al segundo o tercer tartamudeo cortó en seco y preguntó cuál era la verdadera razón de la visita. Pillados fuera de base, los enviados no supieron responder, sin embargo ninguno dijo que la razón eran los zapatos que él balanceaba con toda tranquilidad frente a ellos. Así terminó la pesquisa. Intentamos después en otras ocasiones, espiándolo de lejos, preguntando a los vecinos si habían notado algún comportamiento sospechoso durante los últimos meses, sobre todo los martes pero ninguno dio razón de hechos extraños. El profesor, según todo el mundo 217-Zapato-2era una persona normal sin nada para esconder o reprochar, por lo menos en apariencia. La curiosidad y los intentos de seguimiento detectivesco que nos ilusionaban, éramos Sherloks en potencia, duraron unas semanas. Los martes durante esos meses fueron días de expectativa, hasta que, como suele suceder con todo, el interés desapareció, los deportes tomaron el lugar de los zapatos del profesor y los martes volvieron a ser días comunes y corrientes. Hasta que un martes, unas semanas antes de que terminara el año escolar, el profesor llegó a clase, la segunda hora de la mañana, como de costumbre cinco minutos después de la hora cuando ya todos estábamos en nuestros puestos. Como siempre y sin preámbulos comenzó a hablar. Pasaron cinco minutos, quizá diez, cuando los estudiantes de la primera fila comenzaron a cuchichear, a hacer señas hacia los pies del profesor, a llamar la atención de los otros hasta que el ambiente del salón fue el mismo del día en que descubrimos que sus zapatos eran del mismo color pero distintos; este martes los zapatos del profesor, después de semanas de ser distintos, eran iguales, eran del mismo par, cafés, de ataduras con tres ojales y pliegues de cuero en el empeine. Y entonces, todo volvió al comienzo: las preguntas, la curiosidad y el espionaje con la esperanza de descubrir algo. Ninguno de nosotros propuso crear otra comisión para ir a su casa a investigar. Al termino del año el profesor terminó su curso como esperábamos, el examen final fue relativamente difícil pero las calificaciones generosas y ninguno tuvo que repetir la materia. Al año siguiente el profesor no volvió al colegio…
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, vuelve a casa sin zapatos… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
Saúl Álvarez Lara / 2016


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Fisgoneo narrativo

9 abril, 2016 § Deja un comentario


216-Fotografía-1En los tiempos que corren las imágenes son una fuerza narrativa. No se lee menos, se lee distinto. La mezcla que la modernidad propone entre imagen y lectura para ofrecer una explicación, definir una historia o proponer otra imagen es otro estado de la lectura. Hay casos donde las palabras se convierten en imágenes que narran no solo su contenido sino su imagen y en esa segunda lectura, luz, ángulo, legibilidad, lugar, son fundamentales. Textos e imágenes proponen, según el ángulo desde donde se miren, visiones y lecturas diversas; por supuesto, también proponen interpretaciones que serán tanto más fantasiosas, enardecidas o contrarias según quien sea el lector. Desde hace años por una facilidad que encuentro a entrar sin anunciarme en cuanta imagen cruza mi camino, practico algo que podría llamar fisgoneo narrativo. Como no soy fotógrafo, a pesar de que, como todo el mundo hoy en día, tomo fotografías que son apoyo ineludible a lo que escribo; también, claro, practico el fisgoneo narrativo con imágenes que se cruzan en mi camino, se convierten en obsesión y me sugieren historias que seguramente están lejos de la idea original de quien las hizo. Historias que mi obsesión por la ficción propone y quizá coincida con la del autor de la imagen como instancia anterior a la realidad. A medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que es más y más difícil vivir fuera de la ficción. Keserü el personaje de Liquidación, la novela de Imre Kertész, evitaba la idea de realidad y cada vez que se veía obligado a mencionarla añadía: “…La llamada realidad…” Seguramente esta Marginalia resultó del recuerdo de Imre Kertész y la frase dicha por su personaje…
En esa suerte de vitrina en que se ha convertido la virtualidad, donde se puede mirar y no tocar, una foto llamó mi atención. Es la imagen de un hombre que se va. Solo alcanzo a ver parte de su ropa, del pantalón y de una mano que seguramente regresa al bolsillo después de pagar la cuenta a pesar de que, lo van a ver, no tiene nada que pagar. Es posible que lleve la mano al bolsillo para sentirse seguro. El lugar es el interior de un café. Sobre la mesa que el hombre abandona hay una taza desechable para café, limpia, sin usar. Hay un cenicero, también limpio, el hombre no fumó, o no fuma, es difícil ahora dar con gente que fuma en lugares cerrados, los ceniceros son objetos que tienden a desaparecer. Un vaso de vidrio grueso con servilletas blancas en tirabuzón en su interior advierte que el hombre no consumió. Sin embargo, unas migas de pan sobre la mesa, abren la posibilidad de otra persona que no aparece en la imagen. La mesa y dos taburetes, tras una sombra en primer plano, están en desorden, el segundo taburete un poco fuera de lugar da cuenta del paso de otra persona, ¿hombre?, ¿mujer? Nada permite asegurar que sea una mujer aunque quizá convendría para la historia pues su presencia sugiere un amor con los nombres de los amantes grabados con punta dura en la mesa. Sin embargo, la falta de consumo da cuenta de un encuentro rápido, ¿para definir los detalles de un plan?, ¿secreto?, ¿un plan para escapar?, es posible. El rompimiento del compromiso en esas condiciones de rapidez también es posible. Los amantes se separan y toman un rumbos opuestos, ¿para no encontrase más?, ¿para que ningún conocido los vea juntos? La clave de la imagen está en la falta de consumo que determina el encuentro rápido, con pocas palabras, precisas, definitivas.
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Sin embargo, un detalle monumental cambia por completo el panorama que propone la imagen, está en blanco y negro. La falta de color aleja la historia de amor, incluso fallida y acerca otro contexto, el de las pistas, los secretos, las luces y las sombras de historia de persecución, de muerte, amenaza y espionaje. De historia negra. Es entonces evidente que el segundo personaje, el que ya salió de la imagen es mujer, siempre hay una en estas situaciones, rubia estilo Marilyn Monroe o misteriosa estilo Sharon Stone, que abandona el lugar después de prevenir al hombre, su hombre. Por eso el encuentro dura poco, fueron solo dos o tres palabras, dichas por ella en susurro, nada más. Después abandonan el lugar por caminos distintos para no caer en ninguna de las trampas que los rodean. Nada en la imagen determina si se trata de personajes buenos o malos, siempre hay de los unos y de los otros, nunca son todos buenos o todos malos porque dificultaría el devenir de la narración.
Aparte del color, un detalle que lleva a una variable no considerada hasta ahora, son las migas de pan abandonadas en la mesa. ¿Son migas de pan?, de ser así cuál de los dos personajes come pan en seco sin acompañarlo por algún líquido, ¿ni siquiera un vaso con agua? O no son migas de pan. Es lo que parecen en la fotografía pero pueden perfectamente no serlo, y se trata más bien de algún tipo de polvo de color claro, casi blanco, en grumos. ¿Es acaso un trueque rápido lo que acaba de suceder y por eso el no consumo? Lo que el hombre que se aleja pone en su bolsillo es lo que acaba de recibir del otro personaje que no está en la fotografía y que, por esta nueva situación, no necesariamente es una mujer. Entonces ¿no hay historia de amor, ni novela negra en la imagen, sino un trueque?
Como las imágenes narran historias que en ocasiones tienen continuidad entre ellas aunque no vengan del mismo lugar, hora, o situación, la fotografía anterior me lleva a otra que tiene lugar en otro sitio público, con mesas y un personaje de espaldas, dos mesas delante de quien tomó la foto.  El personaje lleva un corte de pelo estilo “Mohicano”. ¿Será éste el último? me pregunto cuando veo la imagen. Lleva un tatuaje que le debe cubrir la espalda, la camiseta solo deja ver la parte de arriba, cerca del cuello donde termina el corte. Debe ser un águila. Tres hombres ocupan otra mesa, cada uno habla por su celular. Frente a quien tomó la fotografía hay un café corto, parece un expreso, y un pandequeso. Un policía mira al fotógrafo, lo escudriña, ¿será sospechoso?, ¿de qué? La mayoría de las mesas están libres y no veo de qué pueda ser sospechoso el fotógrafo que toma café, ¿por la fotografía? Busco en la imagen qué atrae las sospechas del policía y entonces veo mi doble, lejos, varias filas de mesas más allá, disimulado o desenfocado por el tamaño al que amplié la imagen. El zoom, fuente de ficciones de otra época, recordemos “Blowup” la película de Antonioni basada en un cuento de Julio Cortazar, es ahora utilidad al alcance de todos. Mi doble es completamente distinto a mí pero es mi doble. Ocupa una mesa, lejos, escribe en su celular, seguro escribe desde antes de la fotografía, lleva gafas, las suyas son de sol, y tiene en frente un café corto y cerrado como el del fotógrafo. No me pregunto qué escribe, estoy seguro de que toma nota sobre lo que ve. Tal vez escribe una novela y toma nota como un desesperado todo el día, todos los días a todas las horas, como yo. Y como yo, para por momentos, como si descansara y se hace el que no mira, pero no, es una maniobra para despistar, en realidad observa todo y a todos.
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Las dos fotos aparecieron en la vitrina, ver y no tocar, frente a la que paso horas y horas cada día. No sé quién es el fotógrafo, he llegado a ellas por culpa del azar, como en las coincidencias que llevan a la ficción, que sabe desde antes el camino a seguir y propicia el fisgoneo del que no me puedo liberar…
Argumento. Un hombre disimulado entre la gente toma nota. Escribe sin parar, toma nota de lo que ve y parece apurado. Luego sigue su camino. En la calle siguiente repite el ejercicio. En la calle siguiente comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

Saúl Álvarez Lara  2016

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Una multitud de película

2 abril, 2016 § Deja un comentario


215-Multitud-1Hace poco, por sugerencia de Roberto Ojalvo, director del Museo Maja de Jericó, en el suroeste de Antioquia o de Jorge Zapata, el pintor, o de los dos, escribí el texto que sigue para presentar la exposición que se inaugura en estos días y estará abierta las próximas semanas en el Museo. Después de dar algunas vueltas a la idea me crucé con una frase en los Diarios de Paul Klee que me sugirió la línea a seguir para llegar a su obra, o quizá mejor, a su manera de llegar a lo que pinta. Paul Klee escribió: “…El pintor no pinta lo que ve sino lo que imagina…” Tal vez, me dije, la frase aplica a Jorge Zapata porque si bien sus pinturas son una representación de la calle, personajes, objetos o situaciones, el resultado, sin quitar nada de la realidad que encierran, se construye como planos de película. Fue la primera vez que la palabra “película” apareció en este encuentro.
A pesar de que conozco las pinturas de Jorge Zapata desde hace algunos años, tengo una en mi casa, nunca había estado en su estudio. Fui a visitarlo un lunes en la tarde. El estudio está situado en una de las calles del centro de Medellín cerca del Parque de Bolívar. Llegué sin inconveniente y sin la dirección precisa, solo con el recuerdo de las indicaciones que él mismo me dijo por teléfono esa mañana. En la primera puerta donde llamé acerté. Entre los visillos detrás del vidrio de la puerta de entrada vi venir desde la profundidad de un pasillo oscuro y profundo una figura que hacía señas para no tocara más el timbre. Era Jorge. Al entrar vino la primera sorpresa. Las paredes de esa casa, con habitaciones a lado y lado del pasillo central, todas las paredes hasta el techo, están cubiertas de collages realizados por otro artista que habita allí. En los rincones, en los techos, entre las puertas, en los espacios entre habitaciones, en todos los recovecos, no hay un solo centímetro que no esté cubierto por una imagen o un grupo de imágenes, y sobre el piso, en las mesas o en arrumes, libros también cubiertos de composiciones hechas con imágenes de todos los orígenes. Esta primera sorpresa, sin embargo, es otra historia y hablaremos de ella en una próxima Marginalia.
Al final del pasillo se abre un patio y la cocina, ambos igualmente tapizados con imágenes; después el estudio y más allá el solar donde intentamos sentarnos a conversar pero un aguacero corto e intenso no lo permitió. El estudio es pequeño, con el desorden y el orden que debe haber en un estudio de pintor, con pinturas en proceso, con pinturas terminadas, con arrumes de cartones y también de imágenes, solo que allí se trataba de las imágenes de Jorge Zapata, de sus montajes cinematográficos, de sus personajes. Un espacio con entrada al estudio y salida al solar, alrededor de una mesa redonda, metálica, fue el lugar donde nos sentamos para conversar al calor de una copa de vino, sobre las pinturas, pero sobre todo, con la intención de saber cómo llega o llegó Jorge Zapata a lo que pinta. El resultado de ese encuentro es el texto a continuación y lleva el mismo título de esta Marginalia.

215-Multitud-2
Una multitud de película.
Me encuentro frente a una multitud. No se trata de la multitud que no se detiene y avanza inexorable rumbo a sus historias. Es la multitud que Jorge Alonso Zapata, sacó de su contexto, enmarcó con maderas que no le van y desde su dedicación a la vida de pintor ha venido construyendo como una película sin fin en planos sin secuencia. En esa multitud está lo que no vemos y, con frecuencia, ni siquiera imaginamos. Una película requiere de planos, momentos, situaciones para llegar a la forma y personajes para intuir la historia. Es el trabajo que hace Jorge Zapata mientras pinta: recrea personajes e imagina situaciones. Cada una de sus pinturas es el resultado de encuentros, recorridos, llamados urgentes de atención, o momentos de observación disimulada. Cada cuadro, como parte de la secuencia general que representa su pintura, lleva implícita una historia que no es única, se complementa y llega al desenlace en otro cuadro, otro plano de la película.
Si hablamos de planos en esta aproximación a la pintura de Jorge Zapata es para situarla en el contexto de una continuidad, secuencia en términos de cine, de instantes que se integran a medida que el azar pone frente a sus ojos las situaciones de calle, de puerta, de esquina, de multitud, que él, como el poseedor de esa manera de ver, fija como puntos de referencia de una historia vivida, no solo por quienes allí aparecen, sino como manifestación de su propia experiencia mientras dibuja, define, agrega color y características propias a cada situación o personaje.
Jorge Zapata ve, interpreta los planos, otro término venido del cine, que su mirada con experiencia selecciona. Para una manera de ver desprevenida, es posible que las situaciones de calle sean siempre las mismas, casi iguales, con una que otra variable pero parecidas a las que la prensa y la televisión nos han acostumbrado. Para el pintor, con la mirada al corte, son momentos que saltan a la vista y en su afán por fijarlos en la continuidad, secuencia, de su obra, los dibuja a lápiz en una libreta de bolsillo que lleva siempre en su maletín. Son momentos tan rápidos, instantes tan efímeros, que antes de terminar de registrarlos con trazos precisos ya han cambiado: la mujer, por ejemplo, que escarba en su bolso para sacar el espejo, recostada contra un poste mientras el semáforo cambia de verde a rojo, desaparece, y en su lugar, un hombre con los brazos tatuados espera quién sabe qué recostado al mismo poste. El pintor los registra, instantes furtivos, y con trazos rápidos toma nota. A veces incómodo porque él también está a la espera de que el semáforo cambie, dibuja. Con esa rapidez se suceden las situaciones, es la misma rapidez con que las secuencias pasan en el cine. Después, el pintor regresa a su estudio y con trazos negros, de pincel, define líneas, da forma a personajes, agrega detalles –un balde, una bolsa, un papel arrugado, un letrero publicitario– provenientes de la misma cantera de donde vienen todas las situaciones –la calle– pero registrados en otros momentos. En esta construcción, que Jorge Zapata realiza en su estudio, que no es del todo cinematográfica pero el resultado lo es, comienzan a aparecer personajes en el primer plano de algunos cuadros, de perfil o de frente, con camisa azul, verde o amarilla, con dibujos o marcas de consumo, siempre con colores vivos. En otros cuadros, los mismos personajes pasan a segundo plano, lejos, dejan el frente a otros porque ellos ya hicieron su papel. Incluso los cuadros, planos, donde lo que sucede, sucede en la intimidad de una habitación de adolescente o de motel donde los juguetes sexuales ruedan por todos los rincones, es posible imaginarlos detrás de alguna de las ventanas de las casas o edificios ultramodernos presentes en otros cuadros.
215-Multitud-3El pintor mira. Mirar estimula su imaginación. Jorge Zapata con imaginación desbordante ve más, más detalles, más colores, más formas en sus recorridos urbanos quizá porque sus ojos, como cámaras de cine, no cesan de registrar situaciones, de pasarlas de un cuadro a otro, de un plano a otro. Lo hace sin movimiento, tal vez con la idea de que el espectador les encuentre uno en la quietud simulada que representan.
Con todo esto quiero decir que la pintura de Jorge Zapata es un solo movimiento, en música quizá lo llamen un “allegro perpetuo”, separado por cartones, papeles, marcos, que en su intensidad y forma, narran una sola historia: la de unos personajes, la de una ciudad, la de un momento que podría suceder en cualquier lugar del mundo…

Argumento. Dicen que quien escribe siempre escribe la misma historia y quien pinta siempre pinta el mismo cuadro, por eso me atrevo a repetir el argumento del pintor que una mañana se aseguró de pintar todo lo que pasa frente a sus ojos… Con el primer trazo, siempre el mismo, comienza la historia…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

Saúl Álvarez Lara  2016

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